27
Roc
Lo que más me gusta de las batallas es observar.
Estoy disfrutando de esta guerra desde el balcón de la casa del árbol. Peter Pan ha perdido su sombra, los príncipes han recuperado sus alas y luego todo el mundo se ha vuelto loco porque Darling había desaparecido y a Campanilla se le ha ido la olla porque las cosas no le salen como quería.
Este es el único momento en el que me gustaría tener palomitas en vez de cacahuetes.
Vane, que sangra pero respira, va por un lado, siguiendo el rastro de su Darling. Los gemelos y Pan van en otra dirección y, al poco, se separan.
Encuentro a Peter Pan en la laguna, tirado sobre la arena.
Rompo un cacahuete y él se sobresalta. Alza la cabeza lo suficiente para ver que soy yo y vuelve a dejarla caer sobre la arena.
—¿Te ha entrado un bajón o qué? —le pregunto, y hago crujir el cacahuete entre los dientes.
—No estoy de humor, Roc.
—¿Estás llorando?
Suspira y se lleva una mano a los ojos; no para ocultar las lágrimas, sino de pura frustración por lo que debo de estar provocándole.
—No finjas que un hombre no tiene derecho a llorar —dice detrás de la mano.
Me siento a su lado con una rodilla alzada para apoyar un brazo y seguir con los cacahuetes.
—Tienes razón. En algún momento de mi vida se me ha caído una lágrima o dos.
Se quita la mano de los ojos, me mira y se sienta.
—¿Por qué motivo?
—¿Es que vamos a compartir nuestras vulnerabilidades, Peter Pan?
Saca un cigarro y lo enciende; luego alza las rodillas y se las rodea con los brazos. Exhala una columna de humo. Tiene pinta de estar cansado. Derrotado. No lo culpo. Acaba de sacrificar su sombra por unos mierdecillas fae y su coñito Darling.
No sé si yo habría hecho lo mismo.
—Muy bien —le digo—. Lo de los lloriqueos. Te contaré las tres veces que pasó. Primero, de niño me rompí un brazo. Me caí de un sauce garras de dragón. Me lo rompí por dos sitios. Dolía un huevo. La segunda fue cuando me comí a una chica que no debía.
Pan me clava la mirada.
—No de esa manera… —aclaro.
—¿Y la tercera?
—Cuando oí el último suspiro de mi hermana.
Asiente, como si se lo esperara.
—Vane nunca se perdonará la pérdida de Lainey. Debía de ser una chica muy especial.
Suspiro.
—Era una niñata a la que le gustaba provocar a sus hermanos mayores porque sabía que arrasaríamos con todo con tal de protegerla. Admito que éramos un poco controladores.
Con el cigarro sujeto entre los dedos, da una larga calada y fija la vista en la arena.
—¿Y por qué motivo derrama una lágrima o dos el rey de Nunca Jamás?
Ya sé la respuesta, claro, pero me gusta hurgar en la herida solo para verla sangrar.
—He perdido todo lo que soy —admite.
—¿Y qué va a hacer ahora el rey de Nunca Jamás sin nada?
Respira hondo.
—Ahora mismo intento descifrar el porqué. —Señala el agua oscura con la cabeza. No hay espíritus nadando, ni remolinos relucientes—. ¿Qué motivo iba a tener la laguna para traer a Campanilla de vuelta, aparte de darme una lección?
Dudo que la laguna haya resucitado a la fae solo para castigarlo.
Está claro que no sabe que el trono fae lo construyeron los Creadores de mitos y que está impregnado de magia oscura.
Lo que me lleva a preguntarme si el reino fae, desde que posee el trono, se ha visto sucumbido a la oscuridad y la mala suerte.
Nunca lo sabremos, porque yo soy el único que sabría hacer la pregunta, y también soy el único al que le importa una mierda.
—Creo que la laguna intentó advertirme —dice Pan—. Supongo que no presté suficiente atención.
—Echar la vista hacia atrás no sirve de nada. Es un juego en el que el tiempo gana y tú pierdes. Siempre.
Apura el cigarro, sacude la ceniza aún viva y lo hunde en la arena fría.
—Creí que, en cuanto reclamara la sombra, todo volvería a la normalidad.
—No —le digo—. Creías que todo sería más fácil.
Creías que en algún momento del futuro tus problemas se desvanecerían.
Es una trampa, Peter Pan. He vivido una larga vida y he visto muchas cosas, y te aseguro que no hay ni un momento en el futuro en que los problemas no existan.
En que tus dudas se esfumen; en que tus adversidades desaparezcan; en que las cosas sean fáciles.
No hay momento en el futuro en que no duela aquí —me golpeo el pecho— cuando algo que amas se rompe o te abandona.
Solo existe el ahora y lo que haces con él .
Me mira por encima del hombro.
—¿El Devorador de Hombres se me pone filosófico? —Se ríe para sí.
Rompo otro cacahuete y me lo meto en la boca.
Nos quedamos en silencio por un momento. Las ramas de los árboles crujen con el viento.
—Por curiosidad, ¿qué te dijo la laguna? Esa lección a la que no prestaste atención.
Hace un gesto con los dedos y le paso un cacahuete.
—¿Son de Potter? —pregunta.
—Del único e inigualable.
—Son unos cacahuetes muy famosos —bromea.
—Diría que incluso infames.
Se come el cacahuete tostado.
—¿Te acuerdas de cuando me tiraste a la laguna? ¿ Cuando Garfio y tú intentabais matarme?
—Claro, ¿cómo iba a olvidarlo?
Se ríe.
—Los espíritus me arrastraron a las profundidades y me dijeron: «Rey de Nunca Jamás, rey de Nunca Jamás… sumergido en la oscuridad, aterrorizado por la luz. No puedes tener luz sin oscuridad».
Una elección de palabras interesante.
Lo miro. El viento le alborota el pelo. Creo que, en el fondo, uno de los motivos por los que me he resistido a que me caiga bien es porque se parece a un dios. Indestructible. Indomable. Distante e imposible de descifrar. Único en su puta especie.
En todos mis años, de toda la gente que he conocido —hombres místicos, mujeres poderosas, ricos, famosos, reyes, los más reservados—, ninguno, ni uno solo, ha podido arrojar luz sobre el origen de Peter Pan.
Y tal vez ese sea el segundo motivo por el que no he querido que me caiga bien. De todos los mitos de las Siete Islas, él es el único que ha perdurado.
No puedes tener luz sin oscuridad. Eso ya lo sé. Pero muy pocos están dispuestos a adentrarse en la oscura profundidad, a destruirse en el descenso para poder salir transformados.
Me levanto.
—Sígueme.
Me quito los zapatos y los pantalones y echo a andar por la playa. Pan duda, pero luego se une a mí y nos adentramos juntos en el agua hasta que nos llega a la cintura.
—¿Confías en mí? —le pregunto.
—Ni de puta coña —responde Pan con expresión hueca.
—Déjame reformular la pregunta: ¿confías en que sé cosas que la mayoría de los hombres no?
—Supongo que sí.
—Tengo una teoría sobre el mensaje de la laguna. ¿Quieres escucharla?
Lo piensa y se pasa la lengua por los dientes.
—Un hombre que no tiene nada no tiene nada que perder —le recuerdo.
Refunfuña.
—Está bien. Déjame escucharla.
Ya no nieva, pero el aire sigue siendo frío y el cielo, cubierto de nubes. El fondo arenoso de la laguna está frío bajo mis pies.
—Pues va más o menos así —le digo, y me abalanzo sobre él.
Un hombre que lo ha perdido todo no puede luchar contra una bestia que conserva algo más que él.
Lo sujeto con firmeza mientras lo mantengo bajo el agua. Yo soy más fuerte. Sobre todo si él no tiene su sombra y la derrota ya le ha inundado las venas, extendiéndose como una infección.
Se sacude. El agua salpica a nuestro alrededor. Me clava las uñas en su intento por zafarse.
Capturo su último momento de vida: cuando sus ojos me buscan a través del agua, cuando abre la boca y el agua se le cuela dentro y su cuerpo da una última sacudida.
Le doy un tres sobre diez en esfuerzo.
Por si acaso, lo mantengo abajo otro minuto más. Casi oigo pasar los segundos en mi cabeza.
Tictac, tictac.
Y, cuando lo suelto, no flota hacia la superficie.
En cambio, se hunde.
Más y más.
Hasta que la oscuridad lo engulle.
Todo esto sigue siendo una teoría. Pero, conforme los segundos se convierten en minutos, esa teoría se debilita.
Vuelvo a la orilla, me visto, sacudo la chaqueta y me la pongo. Mientras espero, sigo con mis cacahuetes.
Cuanto más tiempo pasa, menos confianza me queda. Pero, en el fondo, si Peter Pan muere, salgo ganando. Y si vive, luego me lo agradecerá, así que también salgo ganando.
Encuentro un hueco en la linde del bosque, donde se ha caído un árbol; el grueso tronco ha quedado perfectamente encajado entre la arena y el musgo.
Me acomodo y, con los cacahuetes en la mano, sigo esperando.