26
Winnie
Vane y Bash inspeccionan la casa del árbol antes de que entremos.
En el suelo hay varios Niños Perdidos muertos, pero Campanilla y su ejército han desaparecido. Cuando entro en el dormitorio intento no mirarlos. La verdad es que nunca me molesté en conocerlos; hace tiempo los gemelos ya me avisaron de que los Niños Perdidos van y vienen.
«Y, a veces, Pan se los carga», añadió Bash.
He encontrado ropa que me abrigue más y que también valga para pelear. No soy una guerrera, pero soy la puta Winnie Darling y no voy a dejar que Campanilla me quite lo que es mío.
Ojalá Pan estuviera aquí.
Me aterroriza pensar cómo lo encontraremos cuando todo esto termine.
Cuando vuelvo al ático, los chicos también se han cambiado. Van vestidos de azul real, un color elegido para hacer juego con sus alas, lo que significa que han guardado esta ropa todo este tiempo con la esperanza de recuperarlas.
Llevan los hombros reforzados con placas metálicas y unos puños de cuero les cubren los antebrazos.
Parecen soldados principescos listos para la batalla. Aunque Bash lleva una trencita tiesa que de primeras parece ridícula, pero se nota que está feliz de llevarla. El pelo de Kas, en cambio, cae en dos trenzas perfectas por los hombros.
Junto a ellos, Vane va entero de negro, con un atuendo que dice tanto «soy un príncipe tenebroso de otro reino» como «soy un antihéroe asesino malote» de mi mundo. La verdad es que, mientras vista de negro, me quedo con cualquier versión de él.
A veces me sorprende lo sobrenaturales que son todos, y que además sean míos.
Algún día, cuando ya no vivamos en guerra en Nunca Jamás, los llevaré a mi mundo y los pasearé por delante de la gente con la que iba al colegio.
Me llevaba bien con casi todo el mundo en mi ciudad, pero había quien me consideraban inferior.
Y ahora perderían el culo por Vane y los gemelos.
¿Y quién no lo haría?
—Así que el plan es… —empieza Bash.
—Distraemos a Campanilla y Tilly la apuñala —termina Kas.
Tilly saca del cinturón de cuero la funda con la daga negra.
—¿De verdad creéis que esto va a funcionar? —pregunto—. La daga no mató a Vane. Gracias a Dios.
—Ya, pero daddy Tenebroso —Vane fulmina a Bash con la mirada— tiene la sombra tenebrosa de Nunca Jamás. Y Campanilla tiene… bueno, no estamos seguros de qué tiene, pero me apostaría lo que fuera a que no es tan indestructible como el Tenebroso.
—¿Y si no funciona? —pregunto.
—Siempre hay un plan B, Darling.
Bash me pasa un brazo por los hombros y tira de mí hacia él. Me besa la frente y abre las alas.
No estoy segura de acostumbrarme a verlas. Y hablando de tíos buenos… los gemelos en su forma natural de fae parecen héroes mitológicos recién salidos de una pintura al óleo.
Si Peter Pan estuviera aquí…
¿Dónde estará?
Al pensar en él se me contrae el pecho. ¿Nos evita a propósito o es que algo va mal? ¿Habrá llegado Campanilla hasta él?
Vamos, Pan. Vuelve con nosotros.
Salimos de la casa del árbol y bajamos por el sendero. Como es probable que Campanilla quiera matarnos tanto como nosotros a ella, damos por hecho que acabará encontrándonos. Así que caminamos en dirección al palacio fae mientras la nieve se acumula a nuestro alrededor.
Sé que se acerca el amanecer, pero con tanta oscuridad cuesta asegurarlo.
Cuando todo esto termine, voy a dormir un día entero y obligaré a los chicos a quedarse en la cama conmigo.
Y espero que sea más pronto que tarde.
Cruzamos el puente del Río Misterioso. El hielo acumulado en las piedras cruje bajo nuestros pies. Hay más hielo a lo largo de la orilla, amontonado en bloques donde la tierra se junta con el agua.
Campanilla nos espera en la linde del bosque, en el gran prado que hay justo antes del palacio fae. Vuela a varios metros de altura, con al menos dos docenas de faes detrás, y un ejército irregular de Niños Perdidos y de faes sin alas que nos aguardan en el suelo.
—Mis niños han vuelto a casa —dice, y da una palmada que desprende polvo de hadas—. Pero habéis traído a una Darling y al Tenebroso… ¿y no a Peter Pan? Bueno, así es mejor. Sospecho que el rey de Nunca Jamás ya no lo es. Puede que no volvamos a verlo.
La idea me revuelve el estómago. Sé que solo intenta cabrearme, pero lo está consiguiendo.
—Solo te lo vamos a pedir una vez —dice Bash—. Te pedimos, con toda la educación del mundo, que te vayas a tomar por culo y te largues de esta isla. No queremos luchar contra ti.
Campanilla baja al suelo.
—No voy a abandonar a mis niños justo cuando han recuperado su poder. Me vais a necesitar. Los hijos siempre necesitan a su madre.
—Y una mierda que te necesitamos —dice Bash.
—Nunca te hemos necesitado —dice Kas—. Eras tú quien nos necesitaba porque éramos tu única conexión con el trono fae y su poder.
Campanilla echa la cabeza hacia atrás y empieza a reírse.
—Fue el trono quien me trajo de vuelta, y es el poder del trono el que ahora os aniquilará. Irónico, ¿verdad? Ya entraréis en razón —dice cuando se calma.
Levanta las manos y gira las muñecas. El ejército de faes y Niños Perdidos se abalanza sobre nosotros.
Los gemelos se adelantan para enfrentarse a ellos y matan a sus oponentes casi sin esfuerzo. Están en su elemento; las alas los suben y los bajan. Ojalá pudiera verlos desde fuera. Es como un baile.
Vane me obliga a quedarme a su lado, así que tenemos la ocasión perfecta de utilizar la Sombra de la muerte de Nunca Jamás.
La sombra tiene ganas de desatar el caos, y su emoción me llena el cuerpo de adrenalina.
Estoy hecha para esto.
Varios Niños Perdidos arremeten blandiendo las dagas. Intentan rajarnos. Nuestra sombra se extiende a nuestro alrededor: es una sensación, algo que no se ve, pero cuyo calor se nota en el aire.
Un Niño Perdido rubio suelta un grito de guerra y corre hacia mí con una daga en la mano, pero no llega a alcanzarme. Se detiene en seco con los ojos muy abiertos y luego cae de rodillas, atrapado entre la asfixia y el terror.
Bien hecho , le digo a la sombra.
Ni se molesta en responder: va y viene entre Vane y yo mientras derrotamos a un fae, luego a un Niño Perdido, uno tras otro. Arranco una daga del suelo nevado y la clavo en el pecho de una mujer de pelo morado brillante. Su sangre me corre por los brazos y me empapa el abrigo.
Más adelante, Kas y Bash están arrinconando a Campanilla.
—¡Deprisa, Vane! —le grito justo cuando un fae de cuernos puntiagudos le lanza una estocada.
Vane lo agarra de la muñeca y lo golpea desde abajo y le rompe varios huesos. El fae aúlla. Vane lanza la daga al aire, la agarra por la empuñadura y se la clava en el cuello.
La sangre le salpica la cara a chorros.
Vane me mira mientras el fae da su último aliento, y lo deja caer al suelo.
Nos abrimos paso entre los enemigos que quedan y nos dirigimos hacia Campanilla y los gemelos, en mitad de la batalla.
Kas se abalanza sobre ella. Bash alza el vuelo y le corta la escapatoria. La sombra que comparten y sus alas la mantienen en tierra, pero ella se ríe de sus intentos.
—¿Esto es todo lo que tenéis? ¿En serio? —dice.
Tilly llega volando con la daga negra en la mano. Sin pensárselo, se la hunde en el corazón a su madre.
Brota de la herida una sangre oscura y negra, como lodo aceitoso.
Los gemelos dan un paso atrás. Tilly mira, perpleja de lo que acaba de hacer.
La luz dorada de Campanilla se desvanece y cae sobre la nieve y el barro; se queda sin aire.
¿Tan fácil era?
Nos miramos, nerviosos, expectantes.
Un Niño Perdido se abalanza sobre mí y Vane se interpone; le rodea el cuello con un brazo y lo lanza hacia atrás.
El crujido seco del cuello al romperse resuena por todo el claro.
Si Campanilla estuviera muerta, ¿no deberían haber salido de su control los Niños Perdidos y los fae?
Y entonces Campanilla abre los ojos y vuelve a reírse, un sonido estridente que me hace daño en los oídos.
Se pone de pie, se arranca la daga del pecho y la tira a un lado.
—Como si eso fuera a detenerme.