Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 25
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Bash

No quiero llorar, pero a tomar por culo, ¡tengo mis alas!

Surco el cielo mientras un fae me persigue. A mi izquierda, mi hermano arrastra hacia el océano a un Niño Perdido que intenta zafarse.

El fae choca contra mí y las alas se esfuerzan por mantenernos en el aire. Ataca. Me muevo y falla, y el propio impulso lo hace caer.

Ruedo, pliego las alas y me lanzo a través del cielo como un halcón sobre su presa.

El fae intenta aprovechar el viento en contra, pero Campanilla lo controla a él y al Niño Perdido, y no creo que tengan la mente del todo puesta en la lucha.

No conozco a este guerrero fae, pero no está desenvolviéndose en el aire como alguien que sabe qué mierdas está haciendo.

Joder, acabo de recuperar las alas tras décadas sin volar y aun así le saco ventaja.

Una ráfaga de viento lo desvía y acaba en mis brazos. Lo envuelvo con el cuerpo, con las alas aún plegadas, y dejo que la gravedad haga el trabajo. Caemos hacia el suelo del bosque. El fae forcejea.

Cuando nos acercamos a los árboles, lo suelto. Se estrella contra las gruesas ramas de un roble y el crujido de la madera resuena por todo el bosque. Unos segundos después oigo un golpe seco seguido de un gemido.

Vuelvo a abrir las alas y me alzo hacia el cielo, muy, muy alto. A lo lejos veo a Kas volver hacia mí. Cuando me aseguro de que ya no hay más faes alrededor, planeo a la espera de que ocurra algo.

Y, de repente, distingo el ligero sonido de la voz de Darling y… ¿Tilly?

—¡Abajo! —le grito a Kas—. ¡Sígueme!

Es como si volviéramos a ser guerreros, entrenando para la guardia fae.

¿Cuánto hace de eso? Demasiado.

Kas me sigue y atajamos por el bosque; el aire frío me pellizca la piel y las ramas me arañan los brazos.

Veo a Darling en el camino con mi hermana y el corazón me da un vuelco, hasta que veo a Vane.

No discuten, así que es buena señal.

Bajo hasta el camino y, de pronto, soy consciente de lo majestuoso que debo de verme.

Darling abre la boca y los ojos de par en par.

Me hincho de orgullo. Joder, ya ves si estoy bueno así. En mi humilde opinión, siempre he estado más guapo con las alas.

—Hostia puta —dice Darling; corre hacia mí y me abraza—. Has recuperado tus alas. Vane, ¿por qué no me dijiste que las tenían?

Kas aterriza a mi lado y Darling lo arrastra al abrazo.

—Cuánto me alegro por vosotros dos. ¿Cómo habéis…?

—La sombra —dice Kas.

Darling nos suelta.

—¿La sombra os ha devuelto las alas?

Mi hermano y yo asentimos. Hemos perdido de vista a Pan en la batalla, pero no quiero ni imaginar cómo estará ahora mismo.

La sombra lo era todo para él.

Yo nunca la quise. Ni siquiera soñaba con tenerla. Pero ahora que es mía me llena algo, como si siempre hubiera estado destinada a mi hermano y a mí. Y entiendo que, si ese era el destino, nunca debió ser de Pan.

Aunque fue él quien se sacrificó por nosotros y por Darling, me sigue sabiendo a traición. Y no sé qué hacer con eso.

Lo que más quería en este mundo era recuperar mis alas. Y quiero disfrutar de ellas sin pensar en el precio.

—Me alegro por los dos —dice Tilly—. Siento que hayamos tenido que llegar hasta aquí.

Noto a mi hermano enfurecerse. Kas y yo siempre hemos podido comunicarnos a un nivel que nadie más alcanza; esa conexión de gemelos que nadie entiende. Pero, con la sombra dividida entre los dos, cada emoción se amplifica hasta el punto de parecer propia.

Le pongo una mano en el antebrazo.

—Ya no puede hacernos nada —le digo.

Si yo percibo la indignación de Kas, espero que él perciba mi voluntad de enterrar esta pelea de una vez por todas.

Estoy cansado.

Me mira y respira hondo.

—Está bien —dice—. Tilly, estás perdonada, pero nunca olvidaremos lo que has hecho.

Nuestra hermana junta las manos frente a ella.

—No esperaba menos.

—Y ahora, ¿vamos a matar a la malvada reencarnación de nuestra madre o qué? —digo.

—¿Cómo? —Kas se recoge el pelo en la nuca, pero nuestra hermana se acerca y le aparta la mano con suavidad.

—Déjame a mí —dice.

Kas duda un segundo, pero luego asiente.

Ella le parte el pelo en dos, luego en tres y empieza a trenzarlo.

De pequeña le encantaba peinarnos. M ás de una vez me llenaba la cabeza de trenzas y me obligaba a pasearme por la corte con la esperanza de cosechar elogios.

Y, como ella era princesa y yo príncipe, la corte aplaudía y nos adulaba, y Tilly se lo creía.

La verdad es que me gustaba hacerlo. Pero ahora no me queda pelo que trenzar y Kas me da un poco de envidia.

—Si entre todos tenemos las sombras —dice Vane—, deberíamos poder reducirla. Pero ¿cómo coño se supone que vamos a matarla si en teoría ya está muerta?

—Primero deberíamos encontrar a Pan —dice Darling—. Estoy preocupada.

Conozco a Pan, y no va a querer vernos, a ninguno, y menos a Darling.

—Deberíamos darle un respiro —le digo, y ella alza la cabeza hacia mí, lista para protestar—. Si quisiera estar aquí, Darling, estaría. Déjalo estar solo un tiempo.

Hay algo de egoísmo en mi ruego. Creo que no estoy preparado para enfrentarme a él, no ahora que poseo lo único que siempre lo ha definido.

Porque no pienso devolvérsela. Y eso también me sabe a traición.

Tilly ata una de las trenzas de Kas y empieza con el otro lado.

—Tengo una de las dagas de Isla Perdida —dice—. Si conseguimos reducir a Campanilla, quizá la daga pueda matarla.

—Merece la pena intentarlo —digo—. ¿ Crees que, una vez muerta, acabará su control sobre los fae y los Niños Perdidos?

—Esperemos que sí.

Darling cruza los brazos sobre el pecho. Sigue haciendo frío y solo lleva una camiseta varias tallas más grandes.

—Tienes que vestirte. —Vane la empuja hacia la casa.

Tilly termina la segunda trenza de Kas. Le ha quedado el pelo trenzado a la perfección.

—Ahora me toca a mí —le digo.

Me mira el pelo corto y ondulado.

—¿Cómo?

Me enrollo un mechón en la coronilla.

—Estoy seguro de que podrás hacer algo con esto.

Me agacho para que me alcance. Apenas tarda treinta segundos. Cuando se retira, ella y Kas estallan en una carcajada.

—¿A que tengo una pinta fabulosa? —pregunto, y bato las alas para darle un efecto dramático.

—Eres el fae más fabuloso de toda la isla —dice Kas—. Puto idiota.

Tilly empieza a sollozar.

—¿Estás llorando? —le pregunto.

—Lo siento —dice, y llora aún más fuerte—.

Lo siento mucho. Estaba sola y no sabía qué más hacer y pensaba que tenía que ser fuerte y mostrarme firme ante la corte…

y los Brownies me dijeron que tenía que ser decisiva y yo…

En ese momento fui más reina que hermana, y eso nos destrozó.

Y, desde entonces, cada momento he intentado ser reina cuando debería haber sido hermana.

Y, ahora mismo, no es más que una cría. Una hermana pequeña que siempre rehuía a sus controladores y protectores hermanos mayores. Una niña que ahora nos necesita desesperadamente.

Kas y yo la abrazamos y, entre nuestros brazos, se echa a temblar y llora contra nuestros pechos.

—No pasa nada, Tilly Willy —le digo—. Ya no estás sola.

Ella asiente e intenta reprimir las lágrimas.

—Manos a la obra —digo—. Basta de lloriquear, tenemos que matar a nuestra madre.