Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 23
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Kas

Cuando perdí mis alas, fue como perder una extremidad. Había vivido toda una vida medio en el suelo y medio en el aire y, cuando perdí la capacidad de alcanzar las nubes, fue como si me hubieran cavado un enorme agujero en el centro del cuerpo.

Al principio me enfadé. Luego me volví vengativo. Después vino el abatimiento. Llegué a un punto en que apenas podía mirar al cielo porque envidiaba a los putos pájaros.

Con el tiempo, conseguí enterrar todos esos sentimientos hasta que mi vida con alas parecía la de otro.

O incluso un sueño. Pero ahora, cuando me alzo y noto de nuevo el peso de las alas, no puedo evitar que las lágrimas me empañen los ojos.

Todas esas emociones viejas y enterradas están resurgiendo.

¿Esto es real?

Sin pensarlo, las alas se me expanden y los músculos viejos y olvidados ceden sobre los hombros y la espalda. La luz del fuego las ilumina y brillan con iridiscencia, como el oscuro y brillante arcoíris de las escamas de una sirena.

Miro a mi gemelo. A él también se le están expandiendo las alas. Bash nunca ha sido de los que demuestra emociones, más allá de la prepotencia y la excitación, pero la luz le refleja los ojos igual de húmedos.

«¿Cómo es posible?», me pregunta.

«No tengo ni puta idea», respondo.

La sombra de Nunca Jamás no le dio alas a Pan, pero él decía que las sombras pueden reaccionar de forma distinta según quién las tenga.

No es ninguna tontería pensar que tienen el poder de restaurar algo.

Frente a nosotros, nuestra madre reluce de orgullo y junta las manos de una palmada.

—Mis chicos —dice—. Habéis recuperado vuestra antigua gloria. Siempre habéis estado guap ísimos con las alas.

—Dinos dónde está Darling.

—Ya habrá tiempo para eso.

Campanilla se acerca con los brazos abiertos, como si quisiera un puto abrazo, como si no hubiera secuestrado a nuestra chica, no nos la estuviera ocultando y no hubiera obligado a Pan a renunciar a su sombra por ella.

—No me toques ni un puto pelo —le advierto, y se detiene. El triunfo se le borra de la cara—. ¿Dónde está Darling?

Se le dilatan las fosas nasales y las alas le aletean aún más rápido.

—¿Qué tienen las Darling para que unos mierdecillas como vosotros pierdan la puta cabeza?

—Encuéntrala —le dice Pan a Vane—. Que los gemelos te acompañen.

—¡Detenedlos! —grita Campanilla, y los Niños Perdidos y los fae entran en acción.

Se desata el caos.