Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 22
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Peter Pan

Me despierto con un dolor cegador, entre gritos y caos.

Hay sangre por todas partes. La huelo. Y también la presencia de Niños Perdidos.

¿Los Niños Perdidos nos están atacando?

Hay uno encima de mí que acaba de apuñalarme con una daga. Me cuesta respirar y el dolor es tan fuerte que empieza a revolv érseme el estómago.

Agarro la empuñadura y me la arranco dejando ver una reluciente hoja oscura.

Le doy un puñetazo al chico y lo aparto. Choca contra la pared, pero tiene fuerzas para levantarse.

—¿Qué cojones haces? —le pregunto, pero tiene los ojos completamente en blanco, como si estuviera poseído.

Intenta alcanzar la daga, pero lo agarro de las muñecas y se la clavo en el cráneo.

Parpadea una, dos veces y cae sobre la cama, muerto.

Me pongo en pie y noto la sangre salirme a borbotones de la herida, resbalarme por el pecho y por la curva de la cadera.

Estoy desnudo. De puta madre.

En la siguiente tarima, veo a Vane tirar a un chico por encima de la barandilla; golpea el suelo con un ruido sordo y húmedo. Kas está en los escalones con las manos en alto.

—No quiero hacerte daño —le dice a un Niño Perdido de pelo oscuro—. Dame la daga.

El chico arremete. Kas hace una finta hacia la izquierda. El chico vuelve a atacar y Kas lo agarra de la muñeca cuando retrocede, embiste hacia delante y los estrella contra la pared y le clava la hoja en el pecho. La sangre le brota a borbotones.

—¿Qué coño está pasando? —grita Bash desde abajo.

Tiene inmovilizado en una llave de estrangulamiento a un Niño Perdido que se sacude entre sus fuertes brazos.

—No lo sé —respondo mientras Vane se acerca y rasga una sábana en una tira larga.

—Brazos arriba —me dice. Me envuelve el pecho con la tela, de modo que la herida queda cubierta, y luego la ata con tanta fuerza que veo estrellas—. Deja de quejarte —dice.

—Que no me estoy quejando, joder. Chicos, ¿estáis heridos?

—Cortes superficiales —responde Bash, y tira a un lado al Niño Perdido, ya muerto—. Nada de qué preocuparse.

—¿Dónde está Darling? —dice Kas.

Miramos alrededor del dormitorio. Me entra el pánico.

—Mierda. Vete.

Empujo a Vane, que alza el vuelo y aterriza abajo del todo. Yo intento seguirle el ritmo, pero los pulmones no se me expanden todo lo que querría y el dolor es demasiado fuerte.

Me toca seguir a Kas por las tortuosas escaleras.

—Vane, ¿la sientes?

Tiene los ojos entrecerrados; intenta encontrarla, y, con cada segundo que pasa, yo me pongo más nervioso y Vane parece más preocupado.

—Está tranquila. Como si… —Frunce el ceño—. No lo sé. Es raro. Está lejos y la conexión es débil, pero parece estar bien.

Eso me calma un poco. Al menos por ahora.

Bash sujeta una de las dagas que le ha quitado a uno de los Niños Perdidos.

—Esto no tiene buena pinta.

Otra punzada de dolor me atraviesa el pecho. Me siento mareado y débil.

—Es el mismo tipo de daga que usó Campanilla contra mí.

—Está hecha de roca volcánica de Isla Perdida —explica Kas. Chasquea los dedos hacia su hermano—. Esto es lo que faltaba en la cámara fae.

—Joder. No tiene buena pinta, no.

—Es el mismo tipo de piedra que Holt Remaldi utilizó para robarme la sombra de Isla Tenebrosa —dice Vane—. La élite de Isla Tenebrosa venera esta mierda como si fuera oro.

Miro a los gemelos.

—¿Sabíais que en la cámara fae había dagas hechas de este material?

—No se me había ocurrido hasta ahora —dice Bash—. Vi que en las estanterías de la cámara había un rincón vacío, pero Kas y yo no conseguimos recordar qué había ahí.

—Creo que sería mejor preguntarnos por qué los Niños Perdidos se han vuelto contra nosotros —dice Kas.

—Parecían poseídos, los muy cabrones. —Vane le da una patada al zapato de un Niño Perdido muerto tirado sobre la alfombra—. Algo no va bien.

Otra punzada de dolor, esta vez me atraviesa las costillas. Debería estar curándome, y no veo ni un puto indicio de ello.

—Tenemos que encontrar a Darling.

—Estoy de acuerdo —dice Kas, y se encamina hacia la puerta.

Salimos todos juntos en fila, bajamos las escaleras a toda prisa, cruzamos el pasillo y el ático. La casa está en completo silencio. Incluso los periquitos se han ido del Árbol de Nunca Jamás y los duendecillos están a oscuras.

Tengo que detenerme al otro lado del sofá, sin aire e incapaz de ir más deprisa.

¿Qué puede pasarte cuando te apuñalan con una daga de roca de Isla Perdida? Cada mito dice una cosa y las fuentes tampoco son demasiado fiables.

Tengo la Sombra de la vida de Nunca Jamás. Debería estar recuperándome.

—¿Por dónde? —le pregunta Bash a Vane.

Vane se pone a mi lado y me pasa el brazo por debajo del mío.

—Levántate —me dice.

—Estoy de pie —replico—. Así que técnicamente ya estoy levantado.

—Tienes pinta de que te va a dar un chungo. ¿Te encuentras bien?

No, no me encuentro bien. Estoy muy lejos de encontrarme bien.

«Sumergido en la oscuridad».

Un niño corriente, abandonado por su madre.

Un hombre que creía ser un mito y no puede curarse de una daga hecha de piedra.

La sangre se filtra por la tela improvisada. La habitación me da vueltas.

—Siéntate —dice Vane; cambia de rumbo y me obliga a sentarme en el sofá. Yo me dejo caer sobre un cojín.

El pecho me retumba con fuerza; la piel me arde justo donde la hoja atravesó carne y músculo. Me duele todo.

—Encontrad a Darling —le pido a Vane. Está inclinado sobre mí y me mira con preocupación—. Estaré bien.

—Te estás poniendo pálido.

—No he tomado demasiado sol —bromeo, pero la risa falsa me provoca un ataque de tos que hace que el dolor me baje hasta las rodillas—. Encontrad a Darling —repito—. Por favor.

Se endereza.

—No te muevas. No hagas ningún esfuerzo…

—Que sí, lo pillo. Ahora idos…

Algo cruza la habitación a toda velocidad. Vane consigue atraparlo en el aire.

Me cago en la puta. Otra daga negra.

—¡Al suelo! —grito.

Pero es demasiado tarde.

Una tras otra —zas, zas, zas—, tres dagas más se hunden en el pecho de Vane. El Tenebroso cae de rodillas frente a mí, con ambos ojos negros y el pecho cubierto de sangre.

—¡Vane! —Salto del sofá y consigo sujetarlo antes de que se desplome del todo—. ¡Vane!

—Puta… hada… de mierda —dice con un gruñido húmedo mientras una luz dorada llena la habitación y disipa las sombras.

Campanilla entra en la habitación con Tilly detrás, aparentemente a regañadientes.

—Aquí están los aguafiestas —dice—. Os fuisteis tan pronto… Se me ocurrió que sería buena idea traer la fiesta aquí.

Varios Niños Perdidos y faes de rango inferior rodean el ático y bloquean todas las salidas.

Todos tienen la mirada vacía.

—¡Chicos! —grita, y mueve los dedos hacia los gemelos—. Venid con vuestra madre. Vamos.

Los gemelos se apartan de la puerta de la cocina y se colocan al lado de la barra, justo donde Campanilla ha sacado varios vasos y descorcha una botella de whisky de manzana. Era su favorito.

—¿Sabéis qué es lo más gracioso de todo? —Llena los vasos y me acerca uno. Dudo si beberlo; Vane sigue apoyando todo su peso sobre mí—. Venga, Peter.

Acepto el vaso. Vane se tambalea.

—Lo más gracioso de todo es que llevas tanto tiempo buscando tu sombra, Peter…

Qué divertido debió de ser descubrir que la habían tenido todo este tiempo tus queridas Darling.

—Se ríe, sirve un par de vasos más y se los tiende a los gemelos—.

Confié en ti —me dice—. Hubo una época en la que creía que lo sabías todo, en la que creía que podías hacer cualquier cosa.

¿Recuerdas aquel festín que hiciste aparecer de la nada?

—Sacude la cabeza, nostálgica—. Esa noche nos lo pasamos bien.

¿Cuándo fue la última vez que usaste tu poder para algo tan banal?

Ahora todo son guerras y follar y, seamos sinceros, quejarte .

—Se acerca a mí—. Bebe, Peter. —El vaso me tiembla en la mano.

Estoy temblando y no me noto las piernas—. Bebe. Peter.

Me acerco el vaso a los labios y doy un trago, pero Campanilla le agarra la base y lo empuja hacia arriba, obligándome a bebérmelo todo.

Ni siquiera tengo fuerzas para enfrentarme a ella.

Cuando termino, me quita el vaso.

—Solo hay dos hombres en esta habitación merecedores de mi poder, que nunca se han quejado ni han protestado por hacer el trabajo duro. —Campanilla señala a los gemelos con ademán ostentoso—. Mis chicos.

—¿Qué coño crees que estás haciendo? —le pregunta Bash.

—Devolveros vuestro derecho por nacimiento.

—¿Matando a Pan y a Vane? Y una mierda —dice Kas.

—Nunca os dejarán estar al mando. —Campanilla se cuela entre los gemelos, con las alas destilando polvo de hadas—. ¿Alguna vez os han dejado estar al mando?

Los gemelos se miran entre sí.

La respuesta es no, nunca los hemos dejado. Siempre los he tratado como a los hermanos pequeños que nunca quise. Y Vane también.

Pero los gemelos me escogieron. Confiaron en mí.

Y, aun así… siguen sin sus alas y yo nunca tendré el poder para devolverles el trono.

—No quieren que lideréis. Solo quieren que los sigáis, como Niños Perdidos a la espera de que los encuentren. Pero vosotros, los príncipes fae, nacisteis para reinar —dice Campanilla bajando la voz, como si les contara un secreto.

Bash tensa la mandíbula y a Kas se le abren las aletas de la nariz.

—Y deberíais reinar con la sombra —añade.

—¿Qué mierdas estás sugiriendo? —Bash descruza los brazos.

—Peter Pan nunca se ha merecido la sombra de Nunca Jamás —dice Campanilla—. Solo se la quedó porque se creía merecedor de ella.

—No queremos la sombra —dice Kas—. Solo queremos nuestras alas.

—Oh. —Campanilla hace un puchero—. ¿Vuestra hermana no os lo ha dicho?

Tilly da unos pasos atrás.

—¿Decirnos el qué? —pregunta Bash.

Kas camina hacia su hermana pequeña.

—Decirnos el qué, Til.

La reina fae se lame los labios y las lágrimas empiezan a resbalarle por el rostro.

—Yo… vuestras alas…

—¿Qué pasa con nuestras alas? —Bash se acerca aún más.

—Nunca las he tenido —espeta.

—¿¡Qué!? —grita Kas.

—En cuanto os las quitaron, mandé destruirlas.

Y, de repente, se desata el caos.

Bash rodea a su gemelo y se lanza contra su hermana.

—¡ ¿ Cómo has podido?! —grita Bash.

Los fae rodean a su reina y desenvainan las dagas, listos para luchar. Tilly recula hasta la cocina.

—No creí que… Perdón… Es que yo… estaba tan enfadada con vosotros que no creí que fuera a perdonaros nunca y…

—Por supuesto —la voz de Campanilla se impone—, hay otra manera de volar.

Los gemelos se giran hacia mí. La tristeza es una emoción difícil de ocultar, y veo todas sus capas en la cara de los gemelos. Sus alas han desaparecido para siempre. Nunca van a recuperarlas.

Sé lo que es extrañar algo con tanta fuerza que duele.

—No vamos a quitarle la sombra a Pan —le dice Bash a Campanilla—. Así que puedes irte a tomar por culo.

—Nunca lo haremos —añade Kas, que me mira fijamente desde el otro lado de la habitación.

Vane sigue respirando con dificultad entre mis brazos.

Por el rabillo del ojo, veo a Tilly escabullirse de la cocina con las lágrimas resbalándole por la cara.

—Entonces supongo que nunca recuperaréis a vuestra querida Darling.

La tristeza y el desafío de los gemelos dejan paso enseguida a la ira y el miedo.

Esta es la última carta que le queda a Campanilla. La carta ganadora.

Aunque lo que quiera para los gemelos sea poder, las Darling siempre han sido una espina clavada que ha querido arrancarse.

—¿Dónde está? —pregunta Kas.

Las alas de Campanilla aletean y dejan un rastro de polvo de hadas en el aire.

—Me temo que está indispuesta.

—¿A d ónde coño te la has llevado?

Bash se lanza hacia su madre, pero los Niños Perdidos y los fae lo rodean enseguida, empuñando las dagas, listos para reducirlo.

—Puedo sentir su miedo —dice Vane.

—¿Qué?

—Darling. Ahora la siento. —Se estremece entre mis brazos—. Está entrando en pánico y… asustada.

—¿Dónde está? —le susurro.

La sangre le gotea por la comisura de los labios.

—No lo sé. No sabría decirlo. Es como si estuviera bajo tierra o algo así.

Enterrada en la oscuridad. Sola.

Igual que hice yo con Campanilla cuando la maté y la tiré a la laguna.

«No te mereces la sombra».

« No eres más que un niño abandonado por su madre».

«Solo eres un niño».

—¡Dinos dónde está! —chilla Kas, y le da un puñetazo a un Niño Perdido, pero otro ocupa rápidamente su lugar.

—Juro por mi puta estampa que… —Bash golpea a uno de los fae más pequeños y el hombre se desploma sobre un taburete.

—Parad —grito.

Todo el mundo se queda quieto.

—Podéis quedárosla. —Me paso la lengua por los labios.

—¿Qué cojones haces? —pregunta Vane, pero lo ignoro.

—Os doy mi sombra por voluntad propia.

—No seas… imbécil —dice Vane.

—Pan.

Bash niega con la cabeza, pero es demasiado tarde. He tomado una decisión.

¿Qué es el poder si te pasas la vida luchando por conservarlo? ¿Qué es el poder si no tienes a nadie con quien compartirlo?

—Les doy mi sombra —le digo a Campanilla—. Y tú nos devuelves a Darling. —Hago un gesto con la cabeza hacia los gemelos y hacia Vane—. Ilesa.

—No queremos la sombra —dice Bash, inquieto.

—Y precisamente por eso sois los indicados para tenerla.

Igual que Darling y Vane, que tampoco la querían.

Me he pasado casi toda mi vida buscando la sombra, destruyendo todo a mi paso con tal de poseerla.

—Miro a Campanilla. No sé si queda algo de la chica fae que fue mi amiga todos aquellos años, pero, si lo hay, necesito que escuche estas palabras—: Lo siento, Campanilla.

Siento que nos quisiéramos tanto que acabáramos destruyéndonos.

Flaquea. Por una fracción de segundo, veo a la antigua Campanilla. Mi mejor amiga. La primera persona con la que compartí Nunca Jamás de verdad.

En su día la amé porque estaba desesperado por no estar solo. Pero fue un error. Me aferré a ella porque no tenía a nadie más. Y puede que los dos abusáramos de ese amor para conseguir cosas que necesitábamos y no sabíamos pedir.

Y luego me transformé en el rey de Nunca Jamás, el malvado y despiadado rey de Nunca Jamás.

«Sumergido en la oscuridad».

Y ya no quiero ser ese hombre.

Ni para Darling. Ni para Vane. Ni siquiera para los gemelos.

Quiero ser otro, aunque no sepa quién.

Ayudo a Vane a tumbarse en el sofá y luego me dirijo hacia los gemelos y Campanilla.

Estoy muy cansado.

Me dejo caer de rodillas frente a los príncipes fae.

—Es vuestra.

—Pan —empieza Kas.

—Cogedla.

Bash aprieta los dientes.

—No vamos a…

Si están destinados a tener la sombra, la sombra irá a ellos. Esta es la última prueba que necesito para saber que yo nunca estuve destinado a nada de esto.

La sombra sale a la superficie. Percibo su forma, su peso, la gran ola que se agita cuando se desprende de la herida abierta de mi pecho.

Me purgo de ella como de una infección: tengo los ojos desorbitados y llorosos y me tiembla todo el cuerpo.

Me abandona y se lanza hacia los gemelos.

Los envuelve en una radiante y abrasadora luz.

Los gemelos caen a cuatro patas.

Oigo el sonido lejano de unas campanas repicando mientras la tarima traquetea contra los clavos que la sujetan.

Y luego…

La oscuridad se disipa y los gemelos se levantan.

Y, a la espalda, se les despliegan unas oscuras y brillantes alas.