Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 21
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Winnie

Me despierto muerta de sed y con la vejiga a reventar.

Todos los chicos están enredados a mi alrededor, durmiendo profundamente, pero consigo escaparme de ellos y de la cama sin despertarlos.

Bajo las escaleras, cruzo el puente de cuerdas y luego las tarimas hasta llegar al suelo, y salgo de la torre.

Llego a mi baño entre bostezos y con los ojos aún medio cerrados de sueño. Cuando termino, me pongo unos pantalones y me arreglo el pelo. Sin duda, tengo pinta de que me han follado cuatro hombres.

—Ahora un poco de agua —murmuro para mí.

Cuando entro en la cocina me froto los ojos para quitarme el sueño, pero algo me hace detenerme de golpe.

Campanilla está en la cocina, con el cielo oscuro a su espalda, visible a través de las puertas del balcón.

—Hola, Winnie —dice.

La sombra se retuerce en mi interior y sé que los ojos se me vuelven negros.

—No hace falta ponerse así —dice Campanilla—. Solo he venido a hablar.

—No me lo creo. Y, la verdad, me insulta que creas que me lo iba a creer.

Se ríe, y es difícil no dejarse llevar por la seguridad que transmite ese sonido, como si fueran campanas repicando. Tiene una apariencia tan inocente, suena tan inocente… pero no es ninguna de esas cosas.

Incluso antes de que resucitara de las profundidades de la poderosa y, a veces, impredecible laguna, ya era retorcida. Mató a mi antepasada, y esa decisión nos ha traído a todos hasta este lío.

—¿Qué quieres? —le pregunto.

—Quiero volver a la normalidad.

—No puedes recuperar a Peter Pan.

Dios, he sonado como una zorra posesiva, pero no voy a retractarme.

Campanilla rodea la isla de la cocina y yo sigo sus movimientos; me aseguro de que la isla queda entre nosotras.

—¿Sabes? Hay algo en todo esto que me resulta patético —dice ella.

No muerdo el anzuelo, así que no digo nada.

—Todo el mundo cree que quiero a Peter Pan. —Alza una mano y chasquea los dedos, y se forma un remolino de polvo de hadas—. Es como un truco de magia —continúa—. ¿Sabes lo fácil que es engañar al público cuando cree que sabe el truco?

No me gusta por dónde va esta conversación.

Yo estoy en una punta de la isla y ella en la otra, con la mano aún en alto, brillando con polvo de hadas en la nebulosa luz de la cocina.

—Te contaré un secreto. Entre bastidores, por así decirlo. —Las alas empiezan a agitársele y la levantan del suelo. La isla entre nosotras ya no significa nada—. Nunca he querido recuperar a Peter Pan. Lo único que quiero es su sombra.

—Nunca te la dará.

—Lo sé.

Su mirada dice que ya ha pensado en eso. Estoy segura de que hay docenas de cosas que podría hacerle a Pan para obligarlo a cooperar. Amenazarme, por ejemplo. Y ahora estoy aquí, a solas con ella, en la oscuridad de la cocina, mientras los chicos duermen.

Si grito, ¿cuánto tardarían en llegar?

Y ¿quiero ponerlos en peligro?

—Si lo que quieres es poder, ¿por qué no me quitas mi sombra? Me tienes para ti sola. Vulnerable.

—Ojalá fuera tan fácil. —Señala mi hombro con la cabeza, donde la camiseta está medio bajada—. ¿Las runas de tu espalda? La laguna las vio cuando nadabas con ese caramelito del Tenebroso. Te grabaron las runas en la espalda para protegerte, ¿verdad?

—Es posible.

—Aunque están un poco desdibujadas. Sin duda un error de mortales. En cambio, han formado un hechizo vinculante. ¿Tu sombra? Nunca va a abandonarte. La laguna lo dejó muy claro. Serías el blanco perfecto, sí, de no ser por ese detalle.

¿Está mintiendo?

«No», dice la sombra.

¿Por qué no me lo habías dicho?

«Nunca ha importado», responde.

—¿Por qué? ¿Por qué todo esto? —le pregunto para que siga hablando—. ¿Solo quieres poder? Es una tontería, si lo piensas bien.

Se encoge de hombros.

—Cuando llevas tanto tiempo muerta en el fondo de una laguna, empiezas a ver dónde te equivocaste.

Empiezas a lamentar las decisiones que tomaste y las que no.

Puede que en vida fuera la reina fae, pero nunca tuve poder.

Nunca quisieron aceptarme; no era más que una fae común.

Pero mis chicos… —Se le pierde la mirada—.

A mis chicos sí los aceptarán. Los fae se han vuelto débiles.

Necesitan hombres despiadados que los gobiernen.

—Quieres que los gemelos consigan la sombra —digo.

Asiente.

—Tú y el Tenebroso compartís una sombra. Puede volver a hacerse.

—Kas y Bash no van a ponerse de tu lado. Está claro que no los conoces.

—Ay, niñita estúpida. Para tener poder sobre alguien, solo hay que darle un aliciente.

—¡Winnie!

La voz rompe el silencio y me doy la vuelta, confundida.

—¿Mamá?

—¡Winnie! ¡Ayuda!

Viene de fuera. ¿Qué cojones está pasando?

Tiro del pomo de la puerta y salgo disparada. Abajo, dos faes tienen sujeta a mi madre. La agarran de los brazos y la arrastran desde el patio hacia el bosque.

—¡Mamá!

—¡Ayuda, Winnie!

Volar sigue sin dárseme demasiado bien, pero me subo a la barandilla del balcón y salto, esperando un puto milagro.

Me golpeo contra el suelo y luego vuelvo a elevarme. Vuelo a trompicones, choco contra la rama de un árbol, vuelvo a caer, doy contra el barro y la nieve… El frío se me cala en los huesos, la fina camiseta está empapada.

—¡Mamá!

Echo a correr, porque sé que puedo fiarme de mis piernas.

Corro y corro. Mamá intenta zafarse de los fae y deja tras de sí un largo rastro de huellas en la nieve.

Los estoy alcanzando.

La sombra se remueve dentro de mí.

«Escucha tu intuición. Escúchame a mí» , dice.

Pero, si mamá está en la isla, necesita mi ayuda. Estará muerta de miedo. Debe de…

El suelo se hunde bajo mis pies y caigo en la oscuridad; aterrizo con un fuerte golpe sobre lo que parece madera basta.

Me giro justo a tiempo para ver a un Niño Perdido cerrar una tapa sobre mí.

Oigo martillear clavos en la madera. Golpeo la tapa.

—¿Qué cojones estás haciendo? ¡Para! ¡Déjame salir!

—Enterradla bien hondo —dice la voz de Campanilla.

Se oyen unos suaves pasos por encima de mí. Y luego más.

Están echando tierra con unas palas.

—¡Parad!

Golpeo la tapa con más fuerza e intento conectar con la sombra, pero la oscuridad se evapora.

De repente estoy de pie junto a la laguna con Peter Pan, Vane, Bash y Kas.

¿Qué demonios está pasando?

—¿Darling? —dice Pan—. ¿Estás bien?

—Yo… estaba…

Me doy la vuelta. La nieve ha desaparecido y el sol brilla, pero yo sigo helada.

Bash me envuelve en sus brazos y su calor empieza a calarme.

—¿Has tenido una pesadilla?

—Supongo que sí. Vuestra madre estaba ahí…

Se ríe.

—Parece el principio de un chiste malo.

—Todo va a salir bien. —Kas se pone a mi lado—. Todo va a salir perfectamente bien.