Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 20
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Winnie

Entro dando trompicones en la habitación y Kas se pone enseguida a mi lado. Está más iluminada de lo que me esperaba, pero no saber dónde me estoy metiendo hace que dude.

Los peldaños de piedra terminan en un suelo de madera y alzo la mirada hacia el techo. Me tambaleo de la sorpresa al ver lo que tengo encima.

—Ay, Dios —suspiro.

Todo el techo es una cúpula de cristal con un entramado de hierro entre los cristales.

El cielo sigue cubierto de nubes y me da una punzada de tristeza que el techo no se abra a un cielo crepuscular.

Las vistas deben de ser impresionantes en una noche despejada.

Por toda la habitación hay faroles encendidos. Kas sacude el polvo y la suciedad de una chimenea revestida de piedra y cementada con barro gris.

Doy una vuelta y lo observo todo. Esta habitación es mucho más que un dormitorio.

Hay unas escaleras que siguen la curva de la pared y terminan en una tarima de la que sobresale una ventana también curva, como una burbuja.

De ahí, un pequeño puente de cuerdas lleva a otra tarima donde varios cojines cubren el suelo, con un telescopio delante.

Otras escaleras suben hasta un rincón repleto de estantes llenos de libros encuadernados en cuero.

Y, para finalizar, unas últimas escaleras desembocan en una enorme tarima circular con balaustrada.

Está tan alta que no veo qué hay encima, pero es la que está más cerca del techo abovedado, y me pregunto si estará ahí la cama.

—Encended la chimenea —ordena Pan mientras me rodea con los brazos y me atrae hacia su calor.

Kas ya se ha puesto a ello, agachado frente a la chimenea, apilando la leña menuda y los troncos de la caja que tiene al lado. Vane le tiende el mechero y, en cuestión de minutos, el fuego crepita.

Giro sobre mí misma en la alfombra raída del suelo, ansiosa por ver más detalles de la vida de Peter Pan.

Hay un sofá de terciopelo verde en la pared del fondo, encajonado bajo una de las tarimas y con un poste a cada lado. Bajo dos pequeñas ventanas hay más libros apilados en montoncitos, un vaso repleto de bellotas y otro lleno de piedras y conchas marinas.

Justo detrás de mí hay un escritorio con un taburete de madera apartado, como si Pan lo hubiera dejado ahí hace décadas y nunca se hubiera molestado en devolverlo a su sitio.

Una pluma de escribir descansa en una base de cristal, con un pequeño frasco de tinta tapado a su lado.

También hay unas cuantas hojas de pergaminos con los bordes enrollados.

—Esta habitación me gusta —le digo a Pan cuando se pone a mi lado.

Él la recorre con la vista.

—Es como volver a otra vida.

Me acerco al escritorio y me siento en el borde, con la esperanza de que la madera y los tornillos aguanten a pesar del paso del tiempo.

—¿Alguna vez has subido aquí a una chica?

Él se acerca y se acomoda entre mis piernas.

—Tú eres la primera.

—Qué suerte tengo.

Me levanta la barbilla y me besa con dulzura, entrelazando nuestras lenguas. El coño empieza a palpitarme al notar su atención y la promesa de lo que está por venir.

Vuelve a besarme y suelto un gemido.

—¿Bash? —dice—. ¿Tienes la cuerda lista?

A la espalda de Pan suena la leve risa de Bash.

—Sabes que sí.

Pan vuelve a besarme y sus ágiles dedos buscan los botones de la espalda del vestido. Los va desabrochando uno a uno y el aire frío me acaricia la columna.

Cuando termina, Pan me coge de la mano, me atrae hacia él, y el vestido, suelto ya y sin nada que lo sujete, se me desliza por el cuerpo.

Los chicos no pueden apartar la mirada.

—Joder, Darling —dice Bash con un rollo de cuerda en la mano—. Nunca he estado tan feliz como ahora mismo. Eres una puta fantasía para la vista.

Pan me agarra de las caderas por detrás y me lleva hasta el sofá.

—De rodillas sobre los cojines —me ordena—. De cara al respaldo.

Hago lo que me dice y, en un segundo, Bash me rodea las muñecas con la cuerda y la ata a los postes que sostienen las tarimas.

Alguien, creo que Kas, se pone detrás de mí, me coloca un trozo de tela en los ojos y me lo ata a la nuca.

—Juguemos a un juego, Darling —dice Pan—. Si adivinas de quién son las manos y los labios que te tocan, tendrás una recompensa. Si no aciertas, te castigaremos.

Trago con fuerza. Estoy tan emocionada que apenas contengo un chillido.

—Vale —respondo, y me recoloco en el sofá, haciendo que las cuerdas rechinen.

Los chicos se han quedado en silencio, y yo espero y espero.

El primer roce me llega en el hombro, una caricia tan ligera que me recorre un escalofrío por la espalda.

Baja hacia los omóplatos y luego por las costillas; tengo que reprimir un gemido cuando la mano me roza el pezón y me lo pellizca con fuerza: una oleada de placer y dolor me atraviesa entera.

Con la otra mano me agarra el culo y me lo masajea con suavidad.

Estoy tan mojada que al más mínimo roce el coño va a arderme de deseo.

—Kas —digo sin pensar.

La mano se desliza hasta mi nuca y me empuja hacia abajo, obligándome a sacar el culo.

—Error —dice Bash, y me da un buen cachete.

Aúllo de sorpresa y noto el escozor desvanecerse poco a poco y dejarme un cosquilleo de excitación.

Otro de los chicos ocupa el sitio de Bash cuando este da un paso atrás, y empiezo a darle vueltas intentando descifrar a quién pertenecen los pasos, atenta al calor que desprende esa persona y a su respiración.

Creo que con Vane tengo ventaja, ya que la sombra lo percibe, pero o él o la sombra me engañan con la segunda caricia: esta es más dura en el cuello y me obliga a quedarme quieta, y las cuerdas se me clavan en la piel.

El roce de unos labios en la espalda me estremece y me dejan un rastro de besos por toda la espalda.

—Vane —aventuro, segura de que la sombra está cerca.

¡Zas! Otro cachete.

Me tenso.

—Error —dice Pan.

No estoy segura de si voy ganando o perdiendo.

Esta vez noto otra presencia frente a mí, tras el respaldo del sofá. La noto inclinarse hacia delante y subirme la mano desde la cintura por las costillas; con el pulgar me acaricia la parte inferior del pecho y me manosea el pezón.

Se mete el otro en la boca y me lame mi turgente pezón.

Siseo, primero por el frío y luego por el calor y el placer.

Las cuerdas crujen.

Aún no quiero decir un nombre. Prefiero recrearme un poco.

Me muerde el pezón, como para provocarme, y luego desciende la mano por el vientre liso y se detiene al llegar al triángulo de carne entre mis piernas.

Se detiene ahí y mi cuerpo se rebela. Meneo las caderas para buscar fricción, pero él se da cuenta y retira la mano de golpe.

—Kas —pruebo otra vez.

Se inclina hacia mi oreja.

—Muy bien, Darling.

Kas se acerca y oigo crujir el suelo cuando se sienta. Se coloca entre mis piernas y me agarra los muslos por detrás.

—Siéntate en mi cara, Darling, y deja que te recompense.

Bajo el cuerpo. No hace falta que me lo diga dos veces.

La boca de Kas en mi coño es todo lo que siempre he necesitado. Me besa el clítoris, me lame y gime contra mí.

De repente, Pan está detrás de mí.

—¿Cómo sabe, príncipe?

—Joder, qué dulce está —dice, y luego saca más la lengua para saborearme más adentro.

—No dejes que se corra aún —ordena Pan; su voz suena lejana en la habitación.

Kas me folla con la lengua, saborea despacio mi humedad, y se me escapa un jadeo.

Ay, Dios. No voy a poder con los cuatro.

El suelo vuelve a crujir cuando se acerca otro de los tres.

Me rodea el cuello con la mano por detrás y me obliga a alzar la barbilla.

Con los dientes me roza el pulso del cuello y luego me muerde la carne; mi cuerpo intenta retorcerse, pero él no me lo permite.

Con la mano aún en el cuello, comprueba lo vulnerable que estoy ante él, y me muerde y me besa hasta que tiemblo y me estremezco sobre la cara de Kas mientras él sigue comiéndome el coño.

El placer empieza a arremolinarse en mi centro, listo para arder.

—Joder, me está empapando —dice Kas—. ¿A quién tienes detrás, Darling?

Vane. Bash. Pan. ¿Quién es? ¿Acaso importa?

Kas sale de debajo de mí, me rodea y se sienta en el sofá para que pueda sentarme a horcajadas. El calor le sale de la polla gruesa y dura, y yo me muevo contra él y me acaricio el coño con la parte inferior de su miembro.

Tengo el clítoris hinchado y deseando liberarse.

—Di un nombre, Darling, y dejaré que te corras, pero solo si prometes correrte otra vez más tarde.

—Sí —digo con un sollozo—. Por favor.

—Adelante —dice él.

—Pan —respondo.

—Buena chica —dice Pan; la voz le suena ronca—. Llénala, Kas. Haz que duela.

Kas mueve las caderas para colocarse y me penetra tan hondo que el dolor me atraviesa entera.

—Joder.

Pan me sujeta contra él mientras Kas me folla duro y rápido. Las tetas me botan cuando nuestros cuerpos chocan.

—Hostia puta, Darling. —Kas respira con dificultad al embestirme.

Yo muevo las caderas hacia delante y me froto el clítoris contra él.

—Córrete en su polla —me ordena Pan—. Demuéstranos que puedes ser una buena putita.

El placer crece dentro de mí como una nube de tormenta. Kas me sujeta con fuerza, se hunde más hondo y se corre dentro de mí.

Pan me echa hacia delante y pone una mano sobre la de Kas en mi cadera; me aprieta contra él, y el orgasmo me atraviesa y me quema nervios, músculos y huesos. Me hundo contra las cuerdas, contra Pan y contra Kas, y la polla de Kas derrama el resto del semen.

—Aún no has terminado —dice Pan—. Antes de que acabe la noche, Darling, te habremos follado todos los agujeros y tú te habrás corrido al menos dos veces más. —Gimo contra él mientras me besa la parte suave de la oreja—. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—Buena chica. —Y chasquea los dedos—. Traedme ese lubricante.

Kas sale de debajo de mí, pero el sofá vuelve a hundirse cuando alguien ocupa su lugar. Oigo abrirse un frasco y Pan me derrama varias gotas en el culo. Me invade una sensación de calor, luego de placer, y el lubricante se mueve sobre mí como agua viva y me recorre la piel con una suave caricia.

Aúllo de sorpresa.

—Hostia puta —digo—. Este lubricante es espectacular.

Noto el glande de Pan en mi entrada.