19
Winnie
Cuando entramos, la casa está tan fría que veo cómo el aliento se me condensa delante de mí. Me aprieto la chaqueta de Vane sobre los hombros y su olor —ámbar machacado y noches de verano lluviosas— me hace sentir como en casa.
Ya en el vestíbulo, los gemelos empiezan a subir las escaleras hacia el ático. Yo los sigo con Vane a mi lado.
Pan se queda rezagado con una gran mueca en la cara.
Vane se detiene en un escalón con la mano en el pasamanos.
—¿Qué pasa? —le pregunta a Pan.
Pan sale de sus pensamientos.
—Hace mucho que no veo a los Niños Perdidos. Está todo muy tranquilo.
Los gemelos terminan de subir. Bash dice que encenderá el fuego y Kas decide abrir una botella de vino feérico.
—Seguramente estén en la ciudad follándose a unas cuantas —dice Vane.
—Puede que tengas razón.
Pan nos sigue y, cuando llegamos al ático, los gemelos ya llenan vasos de vino feérico, con el fuego crepitando en la chimenea.
—Para celebrarlo —dice Bash.
Vane resopla.
—¿El qué?
—Que nos vamos a follar el coño de Darling.
—Amén —dice Pan, y coge uno de los vasos.
—Supongo que yo también —digo.
Agarro un vaso y me lo bebo a tragos. Si no voy con cuidado, podría volverme una alcohólica con tanto vino feérico. Me calienta el estómago y me deja un dulzor en la lengua que hace que se me humedezcan un poco los ojos y que sienta la cabeza algo mareada.
Pero sigo tiritando de frío.
—Esta habitación va a tardar demasiado en calentarse —dice Kas.
El ático es una gran habitación abierta: el Árbol de Nunca Jamás en un extremo y el comedor y el balcón en el otro. La cocina está al otro lado tras dos enormes puertas.
—¿La biblioteca? —sugiero.
—Tengo una idea mejor. —Bash le hace un gesto a Pan con la cabeza—. ¿Cuándo fue la última vez que subiste a tu antigua habitación?
Pan está en la barra con un codo apoyado en ella. Ya ha dejado el vino y se ha pasado al bourbon .
—Hace mucho —admite.
—Espera… ¿dónde está la antigua habitación de Pan? ¿La he visto? ¿Es donde encontraste la caracola mágica de la laguna?
—Un piso más arriba —responde él, y da otro trago.
Para mí no es tan raro vivir en una casa un tiempo y acabar descubriendo que tenía más habitaciones, rincones y recovecos de los que ni sospechaba.
Una vez mi madre alquiló una casa con un armario que seguía la línea del tejado.
De primeras, parecía que al final de la pared había un agujero negro, justo donde se partía en dos aguas.
Pero un día me atreví a mirar con una linterna y encontré una puertecita en un rincón que llevaba a un desván cerrado desde hacía mucho.
No nos quedamos mucho tiempo en esa casa, pero el desván secreto se convirtió en mi propio refugio durante el resto del otoño. Incluso robé una linterna a pilas de un todo a cien y una manta de la colada de unos vecinos y me monté mi propio rincón de lectura.
Así que supongo que no debería sorprenderme que haya rincones de la casa del árbol de Peter Pan que no he visto. De hecho, la idea de descubrirlos me emociona.
—Enséñamela —le digo a Pan.
Sus resplandecientes ojos azules vuelven a estar distantes, pero parpadea para volver a la realidad y atender mi orden mientras coge la botella de bourbon .
—Por aquí.
Recorremos el pasillo que lleva a la biblioteca y a su tumba.
Sé que al otro lado de la entrada de la tumba hay un pasillo oculto que lleva a una sala de estar.
Ya dentro, Pan pasa la mano por detrás de una estantería y algo hace clic.
Tira de ella y se abre sobre un sistema de bisagras y ruedas que deja al descubierto una escalera de caracol de piedra con ventanillas circulares.
La azulada luz de la noche nevada llena el espacio de un brillo difuso.
—Dios mío. Esto es espectacular. —Me muerdo el labio inferior para no chillar.
—¿A Darling le gustan las habitaciones secretas? —Bash enarca una ceja—. Tendré que apuntarlo para el próximo palacio que le construyamos.
¿No sería un sueño? Estamos todos un poco borrachos, así que no se lo voy a tener en cuenta.
—¿Quién sube primero? —pregunto.
—Adelante, Darling —dice Pan con una leve mueca de diversión en la curva de su pícara boca.
Solo pensar en esa boca se me contrae todo de emoción.
—Ya está pensando en que la follen —dice Vane.
—¡Eh! Deja de leerme la mente.
—Espera, ¿podéis leeros la mente? —pregunta Bash.
—No —respondo, y subo el primer escalón—. Pero la sombra le proyecta al otro nuestras emociones. Y a Vane se le da bastante bien leer las mías.
—¿Qué siente el Tenebroso ahora? —pregunta Bash, que apoya el hombro en la pared de piedra de la entrada.
Vuelvo a mirar a Vane, que está el último, al lado de Pan, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que me reta a descifrarla.
Ha vuelto a encerrarse en sí mismo, el muy cabrón.
—¿Has visto alguna vez a un niño en una feria, sentado en un banco devorando un enorme algodón de azúcar? ¿Con las manos pegajosas, hambriento y aturdido de emoción? —le digo a Bash.
—Claro —dice Bash.
—Pues eso es Vane ahora mismo.
Kas intenta disimular su risa, pero se le escapa igualmente, y Vane lo fulmina con la mirada.
—Darling —dice Vane, y entrecierra los ojos—, esa bocaza tuya me las va a pagar.
—Ohhh —dice Bash—. Deja que primero la ate y luego podrás hacerle lo que quieras.
De repente y sin previo aviso, tengo el coño chorreando.
¿Por qué estos chicos tienen tanto control sobre mí? ¿Por qué se me hace un charco entre las piernas cada vez que prometen tratarme como a una sucia zorra?
Voy a fingir que más allá del horizonte no hay más conflictos, y voy a dejar que me traten como a una zorra y a sentir solo placer y el frenesí de ser utilizada por unos hombres que me aman lo suficiente como para saber qué quiero, qué necesito y cómo lo necesito.
—Vamos —digo, y subo por las escaleras hacia las sombras.