Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 18
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Peter Pan

Estoy borracho y Vane cabreado, pero me importa una mierda.

Ya nada importa, ¿verdad?

Todo es una puta mentira.

Ahora que Darling ha vuelto con nosotros y que el Cocodrilo ha desaparecido —seguramente esté por ahí satisfaciendo algún agujero húmedo—, Vane me saca de la sala del trono y me lleva al comedor.

Aquí la música suena más apagada; apenas se oyen los tambores y el tintineo al otro lado de la pared.

Las voces suenan aún más lej os: risas, zalamerías, júbilo.

Su felicidad me da ganas de gritar.

Pensar que fui un niño nacido del poder puro de Nunca Jamás…

Ahora que lo pienso, es patético.

Los pensamientos se me oscurecen y cojo una copa a un camarero que pasa por delante. Me bebo el vino de golpe antes de que Vane se dé cuenta de que estoy descontrolándome.

—Que pares ya, joder —me dice, y me quita la copa de la mano.

—¿Y qué más da? —pregunto.

—¿De qué coño hablas?

Señalo con gestos exagerados a la multitud de la sala.

El techo aquí también es abovedado y está cubierto de enredaderas, como en la sala del trono. Pero no hay estrado; ninguna majestuosidad más allá del tamaño del espacio. Más farolillos cuelgan de las enredaderas e iluminan la sala.

—Pan. —Darling me coge la mano y me la aprieta—. ¿Qué te ha dicho Campanilla?

Suelto un resoplido burlón y me dejo caer en el asiento más cercano de la larga mesa. Hay un centro de mesa con flores y musgo: nomeolvides, crossandras y lirios stargazer.

Vane se sienta frente a mí y Darling a mi derecha, aún sin soltarme la mano.

—¡Más vino! —grito a quien pueda oírme, y un camarero se acerca corriendo con la bandeja.

—No —dice Vane—. Nada de más vino.

El camarero duda, sin saber quién manda, aunque está claro que soy yo. Chasqueo los dedos hacia él. Se acerca. El capullo de Vane vuelve negro su ojo violeta, y el camarero sale corriendo.

—¿Por qué me incordias? —le pregunto.

—¿Qué te ha dicho Campanilla? ¿Por qué te comportas como un capullo insolente?

Refunfuño y me hundo en la silla.

No puedo contárselo. A ninguno. Resulta que el todopoderoso rey de Nunca Jamás no es tan poderoso. Sin la sombra no soy nada, tal y como me temía.

Las palabras de los espíritus vuelven a resonar en mi cabeza.

«Sumergido en la oscuridad».

No me merezco la sombra. Es lo que intentaban decirme.

Tal vez debería terminar con este sufrimiento y darle la sombra a Campanilla. Dejar que haga lo que quiera. Es lo que quiere desde que volvió, ¿no? Darme una lección porque no me arrodillo ante ella. Aprieto los dientes e intento imaginar qué lección me dará si no le doy lo que quiere.

Y lo que quiere Campanilla… ¿en el fondo es lo mismo que quieren los espíritus? Si la han traído de vuelta, ¿es porque le han encomendado una misión? «Arráncale la sombra de Nunca Jamás a Peter Pan y dásela a alguien que haga algo bueno con ella».

Darling tira de mi mano y se la pone en el muslo desnudo. El calor de su piel, su suave roce, me saca de mi miseria.

—Sigue tocándome —me dice.

Trago saliva.

—Sea lo que sea que te haya dicho Campanilla, lo solucionaremos —dice.

Inclino la cabeza hacia ella y le hundo los dedos en la piel.

—No creo que podamos solucionar esto, Darling.

Se lleva mi mano a su centro.

—Eres el todopoderoso Peter Pan. Por supuesto que lo solucionarás.

Yo tenía una madre.

Y me abandonó.

Puede que nunca estuviera destinado a tener la sombra. Puede que ella siempre hubiera estado destinada a alguien mejor que yo.

Darling se sube más la falda y me lleva la mano hasta la costura de las bragas. Se inclina.

—Deja que por una vez sea Vane quien mire.

Lo miro desde el otro lado de la mesa. Está recostado en la silla, algo encorvado, con la mirada fija en nosotros. Asiente levemente.

Ni que necesitara su permiso.

Deslizo la mano bajo las bragas de Darling y acaricio el calor de su coño. Ella suelta el aire con fuerza y empiezan a pesarle los párpados.

Al menos me queda esto. Antes de perder todo lo demás, al menos aquí y ahora, puedo perderme en esta sensación.

Darling pasa el brazo por debajo de la mesa y me posa la diminuta mano en el muslo; me clava los dedos mientras la provoco con círculos alrededor del clítoris pero sin llegar a tocarlo.

Se recoloca en la silla y abre las piernas mientras se acerca al bulto entre las mías.

Si consigo concentrarme solo en ella, podré olvidarme de todo lo demás. Incluso podré ignorar lo peligroso que es estar borracho en el palacio fae mientras provoco a mi querida Darling.

El calor aumenta entre sus muslos y, cuando por fin cedo y le meto un dedo, no me sorprende encontrarla totalmente mojada.

Me inclino y le hablo al oído.

—¿Esto que noto es el semen de Vane chorreándote del coño, Darling?

Se lame los labios.

—Sí.

Si me concentro en ella, en sus palabras, en su calor y en esta sensación electrizante de su placer bailándome en la piel, puede que consiga olvidar que todo a mi alrededor se está desmoronando.

Saco la mano de las bragas de Darling, de debajo de la mesa, y le paso por el labio inferior un dedo impregnado de su humedad.

—Pruébalo —le ordeno.

Se pasa la lengua por el labio y se limpia los jugos.

—Siempre tan llena de semen de Niños Perdidos.

Tiene la mirada ardiente, y noto su sombra retorcerse bajo la superficie.

Vane se echa hacia delante.

—Deberíamos irnos.

—Sí —dice Darling.

—Aún no hemos visto a los gemelos —recuerdo.

Vane ladea la cabeza hacia la izquierda, pero no aparta los ojos de mí.

Sigo el gesto y veo a los gemelos abrirse paso entre la multitud hacia nosotros. Traen la cara tan sombría como la mía.

Cuando llegan a la mesa, Kas apoya las manos en el borde y se inclina hacia delante.

—No hemos encontrado nada.

No hay alas. No hay vasijas. Empiezo a pensar que Campanilla nos ha invitado solo para atormentarme con secretos. Quería presenciar la carnicería con sus propios ojos.

—Aunque tampoco ha sido un viaje del todo en vano —dice Bash, y enseña una botella de cristal ámbar.

A Darling se le ilumina la cara.

—¿Qué es?

—Lubricante feérico —responde Bash—. No se parece a nada que hayas probado.

Bash le encuentra el lado positivo a todo. ¿Que no hay alas? Pues el lubricante servirá.

A veces deseo tener ese optimismo, o esa habilidad suya para fingir .

—Habéis llegado en el momento perfecto —digo—. Estábamos hablando de llevarnos a Darling a casa para follárnosla hasta que nos haga olvidar que…

Hasta que me haga olvidar que todo lo que creía saber es una mentira.

Darling y Vane me miran con curiosidad. Están conectados entre ellos por la sombra que comparten, pero en menor medida también lo están a mí. Y yo a ellos.

Sonrío para desviar la atención.

—… hasta que nos haga olvidar que está nevando —termino—. Podemos calentarnos en el coño de Darling.

Bash se pone al lado de Darling y le deshace el moño. El pelo le cae en ondas por la espalda; Bash se lo enrolla en los nudillos y la obliga a echar la cabeza hacia atrás, y le deja al descubierto el lechoso cuello. Se lo rodea con la otra mano justo bajo la mandíbula.

—Darling, ¿alguna vez, en tus sueños más salvajes, has imaginado que te follaban cuatro hombres a la vez?

Su respuesta sale entrecortada, pero con un deje de emoción.

—Estaba en mi lista de pendientes.

Bash suelta una carcajada. Luego le ofrece una mano con gesto caballeroso.

—Pues vamos a tacharlo de la lista.

Ella le acepta la mano, se levanta de la silla y se alisa la falda arrugada.

Los gemelos nos llevan a través del comedor y por el palacio hasta salir a la nevada noche. Esta vez es Vane quien se quita la chaqueta para ponérsela a Darling sobre los hombros.

Ella se deja.

Las luces y el ruido de la fiesta se apagan mientras nos acercamos a casa.

Cuanto más nos adentramos en la oscuridad, más se me relajan los hombros.

A mi lado, Vane sigue de mal humor, y Darling va unos pasos más adelante con los gemelos.

Dejo que el silencio se alargue unos segundos, para darme tiempo a pensar qué me preguntará y qué responderé.

Cuando cruzamos el siguiente meandro del Río Misterioso y entramos oficialmente en mi territorio, ya no aguanto más.

—Dispara —le digo.

Me fulmina con una mirada tan intensa que casi me asfixia. Enciendo un cigarro y doy una calada, impaciente por que suelte lo que se está callando.

Cuando no dice nada, le ofrezco el cigarro y se llena los pulmones de humo, y luego lo suelta con un suspiro.

—Campanilla te dirá lo que crea que más daño te hará —dice por fin.

Bash se detiene, Darling se le sube a la espalda y le pasa los brazos por el cuello y las piernas por la cintura. Sus risas resuenan por el bosque.

—Por Dios —dice Kas mientras su hermano echa a correr con Darling como dos niños en un parque.

—¿Y si me ha dicho la verdad? —le digo a Vane cuando me devuelve el cigarro.

—Cuéntamelo y deja que decida por mí mismo.

Más adelante, Bash hace girar a Darling y lo que queda del vestido se levanta como si fueran pétalos. Ella se ríe y se agarra con fuerza a él . Kas acelera el paso para unirse a ellos, incapaz de contener la risa.

La nieve amaina, pero las estrellas siguen escondidas tras un espeso manto de nubes. Creo que nunca las había echado tanto de menos.

Tras tanto tiempo viviendo en el crepúsculo, se convirtieron en mis fieles compañeras. Brillaban en la oscuridad y me guiaban por la noche.

Vane me obliga a detenerme en medio del sendero, justo donde empieza la cuesta hacia la casa del árbol.

No hay luna ni estrellas, pero se vislumbra el distante resplandor de los faroles de la casa del árbol, que le proyecta sombras en la cara y le convierte el enfado en una oscuridad terrible.

—Que Campanilla haya regresado de entre los muertos no es un castigo —me dice.

Suspiro; el cigarro se consume.

—Por Dios bendito, por una vez haz el favor de escucharme. A veces ocurren cosas horribles sin más. A veces no hay ningún motivo ni nadie a quien culpar, y mucho menos a ti.

—Lo sé, Vane, y a veces la gente mala hace cosas malas y tiene que pagar por sus fechorías.

Las palabras de los espíritus vuelven a atormentarme.

A Vane se le descompone el rostro. Sabe perfectamente de qué hablo. El Tenebroso ha hecho muchas cosas siniestras.

Por eso estamos los dos desesperados de cojones por perdernos en Darling.

Ella es como un bálsamo y, cuando estamos con ella, nuestros antiguos pecados desaparecen, y el ardor de viejas heridas duele un poco menos.

—Vamos. —Tiro el cigarro y lo aplasto con la bota; animándolo a ir a la casa—. Follémonos a nuestra putita Darling hasta que acabe retorciéndose en nuestros brazos.

Vane sabe que no hay nada más que decir.

Respira hondo, endereza los hombros y me sigue cuesta arriba.