17
Bash
Que la cámara se abra para nosotros después de todo este tiempo resulta demasiado fácil. Pero ¿quién soy yo para cuestionar la suerte?
Empujo las puertas. Las bisagras chirrían con fuerza. Nos triplican en tamaño, y necesitamos toda nuestra fuerza para abrirlas del todo.
La cámara está sumida en la oscuridad; solo la entrada tiene luz, la de dos farolillos colgados de unos soportes metálicos.
Cerramos las puertas tras nosotros y cada uno coge uno.
—¿Tú a la izquierda y yo a la derecha? —propone Kas.
—Me parece bien.
Intento abandonar toda esperanza y me limito a escuchar la magia de la sala.
Las estanterías están organizadas en filas que forman pasillos.
Empiezo por el primero y paso por delante de varias estatuillas mágicas, hojas hechizadas y frascos cerrados con la advertencia «No abrir».
Noto la magia de dentro: unas son brillantes y están llenas de vida; otras, oscuras y siniestras.
Si tuviera que describir cómo se sienten mis alas, o su magia, no estoy seguro de poder encontrar las palabras. Es de esas cosas que dirías «lo sabré en cuanto lo note ».
La siguiente fila tiene varios libros encuadernados en cuero, un sombrero puntiagudo y un zapato de zapatero. Zigzagueo por los pasillos, con el farolillo en alto para que la luz llegue lo más lejos posible.
—¿Aún nada? —grito, y mi voz resuena en la oscuridad.
—Nada de nada —responde Kas.
Cuando llevamos examinada la mitad de la cámara, nos puede la preocupación. Tenía la esperanza de localizar mis alas y la vasija en la que están guardadas como un elefante que huele el agua a kilómetros.
Pero no hay nada. Solo el zumbido de fondo de una magia que no es la mía.
Kas y yo nos acercamos al fondo de la cámara. Ya solo nos quedan unas cuantas filas por revisar cuando nos encontramos en el pasillo principal.
—Esto me está poniendo nervioso —admito.
La luz del farol titila en el rostro de mi hermano. No hace falta que diga nada: sé que le pasa lo mismo.
—Solo unos cuantos pasillos más —dice, y desaparece.
Refunfuño y reanudo la búsqueda.
Miro en una fila, y luego en otra, paso de largo tesoro mágico tras tesoro mágico , pero nada me llama como algo mío.
Cuando Kas y yo volvemos a encontrarnos en la pared del fondo, ya no nos queda ni una esperanza a la que aferrarnos.
Nuestras alas no están aquí.
—Campanilla debía de saber que buscaríamos aquí —dice Kas—. He encontrado un hueco vacío en una estantería, pero no creo que nuestras alas estuvieran ahí.
—Enséñamelo.
Me lleva tres estanterías atrás. El tercer estante contando desde el suelo está vacío de lado a lado. De la madera cuelgan unos ganchos, como si de ahí hubieran colgado varios objetos.
—¿Qué había aquí? —pregunto.
Kas se encoge de hombros.
—No me acuerdo, pero la magia residual no parece la nuestra.
Coincido. La nuestra tiene un tacto más sólido.
—Supongo que no podía ser tan fácil, ¿eh?
Me río, pero es una risa teñida de preocupación.
Un mal presentimiento me sube por la garganta.
—Deberíamos volver —dice Kas, y deja que el farol le cuelgue flojo del costado mientras camina hacia la entrada.