16
Kas
Llevo envejeciendo muchos años y, sin embargo, las galas reales siguen quedándome bien. No hace falta magia para aflojar las costuras ni para quitar tela de más cuando me las pongo.
Tilly nos ha traído a uno de los muchos vestidores del ala real del palacio.
Yo estoy tras un biombo tallado en madera de teca.
En la madera hay incrustados varios cabujones, varios duendecillos brillan dentro y proyectan un arcoíris de colores.
No sé si los duendecillos son reales, lo que significaría que van a quedarse ahí atrapados toda la eternidad, o si solo es una ilusión.
—¿Qué tal te queda? —pregunta Bash desde la sala.
—Igual que hace unas décadas.
Bash se ríe. Nuestra hermana pone cara de fastidio.
—En ese caso, si ya estáis listos… —dice.
Salgo de detrás del biombo.
Bash se coloca a mi lado.
—Qué guapos estamos, joder.
Llevamos las capas reales azules, bordadas con hojas doradas por el frente, las mangas y los hombros, como si fueran una armadura.
No es que me parezca mal, pero no me gusta que me vistan como el juguete de una madre ni que nos hagan desfilar por la corte real como si fuéramos moneda de cambio.
Así es como me siento ahora: como si Campanilla nos usara como el medio para un fin.
Aunque no estoy seguro de cuál es ese fin. O, peor aún , cuál es el medio.
Tilly nos observa con la cabeza bien alta.
—Volvéis a parecer príncipes.
—Siempre hemos sido príncipes, Tilly Willy —dice Bash.
Al oír el viejo apodo, se le empañan los ojos. Tilly Willy, como los bichitos willy que encontrábamos entre los suaves pétalos de las flores.
Esos bichitos tienen manchas de colores vivos en la espalda, pero también aguij ó n. A Tilly nunca le ha costado sacar el suyo ante cualquier ofensa, por mínima que fuera. Supongo que no debería sorprenderme que nos desterrara.
—Para vosotros es «alteza» —me recuerda, y echa los hombros hacia atrás.
—Por supuesto.
Callio entra a toda prisa.
—Su Majestad —dice con una reverencia, y luego nos mira a nosotros.
Los príncipes desterrados no tenemos derecho a que se dirijan a nosotros con formalidades, pero Campanilla nos prometió que nuestro exilio había terminado y que ahora, con las galas reales, tendrían que hablarnos con respeto.
—Sus Altezas Reales —añade, y nos dedica otra reverencia.
Siempre he odiado la pomposidad de la realeza, y tener que soportar el rito de cosas mundanas como que me saluden por un título es insufrible. Pero ahora no se trata de cómo me saludan, sino de lo que eso simboliza: que algo ha cambiado.
—La requieren en la sala del consejo —le dice Callio a la reina.
—Til —empieza Bash—, si pudiéramos hablar un poco más…
—Tal vez más tarde —dice, y se retuerce las manos—. Los dos estáis muy guapos y… me alegra que estéis aquí —añade, y se va a toda prisa.
Bash suspira.
—¿Qué querías decirle?
—Quería intentar hacerla entrar en razón.
—Estás malgastando saliva.
Me detengo frente al espejo dorado de cuerpo entero y me arreglo el broche del cuello. Mi hermano se coloca detrás de mí y me aparta las manos, me desabrocha el broche y se asegura de ponerlo recto.
—Supongo que también está bien que nos deje tranquilos. Es la oportunidad perfecta para ir a la cámara. —Enarca las cejas.
—No quiero ni una puta tontería —le digo.
Me hace un saludo militar, pero sé que eso no significa nada para este imbécil.
Esperamos unos minutos, solo para asegurarnos de que Tilly no vuelve por cualquier motivo. Cuando nos asomamos, el largo pasillo está vacío a ambos lados.
—Despejado —susurra Bash, y sale.
Volvemos a ser niños, escurriéndonos por el palacio en una misión clandestina.
Andamos con pasos silenciosos sobre los adoquines mientras avanzamos por el pasillo y giramos a la izquierda. Aunque hace mucho que no recorremos estas salas, nos conocemos cada recoveco, cada pasillo abovedado, a dónde lleva cada puerta cerrada, qué secretos esconde cada hoja de madera…
Unos farolillos crean charcos de luz sobre el suelo de piedra mientras nos adentramos en el ala real.
Pasamos por delante de una larga hilera de retratos al óleo de nuestros antepasados con sus galas reales: algunos tienen un aire triste; otros, poderoso; algunos, un cierto brillo en los ojos, como si intentaran no reírse.
Pasamos por otro pasillo a nuestra derecha, el que lleva a la enfermería y la farmacia, y Bash se detiene en la esquina.
—¿Qué haces? —le digo medio susurrando medio gritando.
—Es que… sería una pena que Darling no pudiera probar un frasco de lubricante feérico, ¿no?
—Bash. —Ladeo la cabeza y le lanzo mi mejor mirada de «no la cagues».
Camina de espaldas por el pasillo, sonriéndome.
—¡Bash!
—¡Solo será un segundo!
Se gira y corre por el pasillo; atraviesa a toda velocidad los retazos de luz de luna que se cuelan por las ventanas del jardín. Su risa resuena por el pasillo.
—Joder —murmuro, y corro tras él.
Cuando vivíamos en palacio, una fae verde llamada Mead se encargaba de la farmacia. Era una mujer muy sabia, mucho más joven que Nani, que se pasaba horas y horas escuchando sus historias y sus consejos sobre cosechas y sobre cómo preparar tinturas, bálsamos y aceites mágicos.
Mead me caía bien, aunque venerara a Nani y, a veces, le acaparara todo el tiempo.
Bash y yo siempre quisimos la atención de Nani solo para nosotros.
Nunca teníamos suficiente de nuestros padres, así que la busc ábamos en otra parte.
Nani siempre nos aguantaba, incluso cuando nos comportábamos como unos gilipollas, pero tenía una vida más allá de nosotros y no tenía ningún reparo en quitarnos de en medio.
Cuando llegamos a la farmacia, está en silencio y a oscuras. Si Mead sigue llevándola, estoy seguro de que está en la fiesta disfrutando de su descanso.
La sala está tal y como la recordaba, con una ventana saliente a la izquierda y las estanterías llenas de pequeñas macetas con flores y hierbas medicinales.
En el centro hay una larga mesa de trabajo con la base de madera muy desgastada y la superficie de mármol llena de manchas, pero suave al tacto.
A la derecha, hay estanterías y más estanterías llenas de botellas de cristal ámbar.
Bash pasa los dedos por las etiquetas en busca del lubricante feérico.
Yo me dirijo a la mesa de trabajo y arranco una flor de un azul pálido de una nomeolvides trasplantada. Nani las llamaba «orejas de ratón».
—¿Quieres oír algo curioso? —le pregunto a mi hermano.
Él sigue buscando entre las botellas.
—Claro.
—Se me ha olvidado cómo era Nani.
Bash se detiene. Me mira con una mueca por encima del hombro.
—Bueno… la verdad es que yo tampoco me acuerdo.
Es decir, cuando pienso en ella, la veo en mi mente, pero sus rasgos son difusos, casi irreconocibles.
—Se ríe—. Aunque la oigo. Tan clara como el agua.
«Puede que seáis unos príncipes, pero, cuando estéis conmigo, os comportaréis como unos caballeros».
Yo también me río.
—«Si queréis aprender a dominar el verdadero poder, ¡cultivad tomates!».
Mi hermano se da la vuelta y se cruza de brazos.
—Me pregunto por qué nunca posó para un retrato. No recuerdo ninguna imagen suya. A Campanilla le hicieron docenas. No podías doblar una esquina sin ver a nuestra madre retratada al óleo.
Pienso en el contraste entre mi abuela y mi madre y me cuesta asumir que mi hermano y yo somos un punto intermedio entre ellas. Somos Campanilla y Nani a partes iguales, dos mujeres muy diferentes.
Aplasto los pétalos de la flor entre los dedos y el aceite me pringa la piel. Las nomeolvides se regalan a las personas a las que amas. Es una promesa, o un recordatorio.
Nunca me olvides .
Pero ¿y si te olvidas de ti mismo? ¿De quien eras y quien querías ser?
¿Y si creías saber lo que querías y luego descubrías que estabas dando palos de ciego en pos de algo que, una vez conseguido, ya no parecía tan importante?
¿Volveré a sentirme completo cuando recupere mis alas?
Quiero terminar con esta búsqueda de una vez por todas.
—Vamos —le digo a mi hermano—. Vamos a la cámara a encontrar esas vasijas.
Bash examina la última botella y por fin da con lo que buscaba. Sujeta el cristal ámbar y lo sacude un poco.
—Lo tengo. A Darling le va a encantar.
Pongo los ojos en blanco, pero seguramente le encante. Esta mierda es espectacular.
Salimos de la farmacia y volvemos al pasillo principal, que sigue vacío. Recorremos el resto del camino a paso ligero: giramos a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda, hasta que volvemos a estar bajo tierra. Las sombras son más densas; el aire, más frío.
Cuando llegamos ante unas grandes puertas dobles, nos detenemos. En el cerrojo hay un orbe brillante. Es magia fae, una cerradura impenetrable que solo se abre ante unas pocas personas.
Bash y yo teníamos acceso. ¿Seguirá activo?
Parece poco probable, pero…
Cuando poso la mano sobre el orbe, la energía de dentro se condensa y brilla en un resplandeciente azul.
Y el cerrojo se abre con un chasquido.