15
Winnie
—Hola, hermanito —dice una voz, y desv ío la atención de Peter Pan y Campanilla.
—Dios —dice Vane—. ¿Qué haces todavía aquí?
—Haciendo de las mías —dice el hombre con una devastadora y reluciente sonrisa.
Se me abre la boca de par en par cuando veo al recién llegado.
Solo le saca unos centímetros a Vane, pero tiene la misma complexión y los mismos impresionantes rasgos.
La única diferencia es que Vane tiene un ojo negro y otro violeta, y este hombre, unos sobrenaturales ojos verdes que, cuando se posan en mí, me estremecen el cuerpo.
El Cocodrilo.
—Tu Darling tiene frío —dice Roc—. Voy a darle mi chaqueta.
—No necesito una chaqueta.
—No necesita tu chaqueta —dice Vane.
—Está bien.
Roc se lleva un cigarro a la boca y lo enciende. Miro alrededor; no estoy segura de que se pueda fumar aquí, pero nadie lo detiene. Dado que la mitad de los habitantes de las islas parecen ser inmortales, quizá a nadie le importe.
—Parece que tu rey de Nunca Jamás está pasando una mala noche. —Roc señala hacia la barra con la punta del cigarro.
Vane entrecierra los ojos.
Pan está más pálido de lo normal mientras Campanilla le habla.
—¿Deberíamos rescatarlo? —le pregunto a Vane.
Roc da una calada y exhala.
—Tictac, hermanito.
—Cállate, imbécil.
Tengo una sensación de alarma en el estómago. Es otra vez esa sensación de terror. Pero ahora no estoy segura de si es mía o de Pan.
Me cuesta distinguir entre las sombrías emociones de Vane y las feroces emociones de Pan. Van y vienen como estrellas fugaces. Un momento están ahí y al siguiente han desaparecido.
—Quédate con ella —le dice Vane a su hermano—. Y protégela como si fuera Lainey.
—No soy una niñera.
—Dilo, Roc.
—Vale. —Roc tira el cigarro al suelo de piedra y lo aplasta con la bota—. Lo prometo.
—Quédate con él —me dice Vane con voz apremiante—. Es un gilipollas, pero, si algo va mal, sabrá protegerte.
—¿Qué podría ir mal? —pregunto con sarcasmo, pero Vane ya se ha colado entre la multitud.
Siento el impulso de ir tras él, pero sé que ahora mismo es el único que nos mantiene unidos y no quiero añadirme a su lista de personas a las que vigilar.
—Baila conmigo.
Me giro hacia Roc y veo que tiene la mano extendida.
—¿Con este vestido? —Me subo un poco la larga falda—. Ni de coña.
Roc se agacha, saca un cuchillo y corta la larga cola.
—Pero ¿qué…? —digo mientras la tela se separa con un delicado movimiento—. Acabas de destrozarme el vestido.
—¿Tú crees? —Se endereza, tira la tela sobrante a un lado como si fuera basura y vuelve a extender la mano. No consigo descifrar su expresión, pero su mirada es inquisitiva—. Un consejito, Darling: nunca te adentres en territorio enemigo con un vestido con el que no puedas correr ni bailar.
Vuelve a sonreír y me enseña esos relucientes dientes blancos y unos incisivos afilados como colmillos.
Dios, es guap ísimo . No me extraña que Wendy se enamorara de él. Por lo visto a las Darling nos van los capullos de moralidad gris con abdominales duros como piedras y una belleza descomunal.
—La verdad es que no sé bailar.
La banda toca una melodía alegre y los bailarines, abrazados, giran por la sala como si esto fuera un romance de época.
—Yo bailaré por los dos. Déjame enseñarte.
Da un paso hacia mí, me pasa un brazo por la cintura y me atrae hacia él. Huele a tabaco fuerte y a algo más, algo parecido a terciopelo arrugado y a pecado bañado en oro.
Me coge de la mano.
—Sigue mi ritmo y yo haré el resto.
Bailamos entre la multitud y la sala se convierte en un caleidoscopio de luces y colores.
Ahora sí se me escapa una sonrisa.
El baile me está sentando muy bien.
Roc vuelve a hacernos girar. Me dejo llevar, con cuidado de no enredar los pies con los suyos.
Todos los que bailamos nos movemos como si siguiéramos una coreografía. Las parejas bailan en una dirección y luego en otra. La música se intensifica y llena la sala. Una cálida sensación de felicidad me inunda el pecho y dejo que Roc lleve el control y que la música me siga animando.
Hay algo en estar entre gente, en que docenas de personas compartan este momento de júbilo, que parece de otro mundo.
Se me agolpan las lágrimas en los ojos. Es una sensación alegre e inocente, y había olvidado cómo disfrutar de algo sin tener que preocuparme por nada.
Hemos estado tan ocupados intentando salvar la isla que hemos olvidado lo que era sentir alegría.
La música se detiene, la muchedumbre deja de bailar y rompe en aplausos para los músicos.
Roc está a mi lado aplaudiendo también, con varios anillos resplandeciéndole bajo la luz.
—¿Tan mal ha ido? —me grita por encima de las voces de los asistentes.
—Supongo que no.
—Entonces bailemos otra vez.
—¿Qué? ¿En serio?
—¿Tienes algo mejor que hacer, Darling?
Esta vez la banda escoge una melodía más lenta, y los bailarines adaptan sus movimientos. Todo el mundo conoce la coreografía de cada pieza y, por lo visto, también Roc.
En cuestión de segundos estamos bailando con el grupo como piezas de un engranaje que encajan unas con otras alrededor de la sala.
El baile lento me da la oportunidad de hablar más con él, y no pienso desaprovechar la ocasión. Hay muchas cosas que quiero saber sobre Vane y su vida antes de Nunca Jamás.
—Háblame de tu hermana —digo.
Roc titubea y le piso una bota.
—Lo siento.
—Nunca pilles a un cocodrilo por sorpresa —me advierte, pero sonríe.
—No era mi…
Nos hace girar entre dos parejas.
—No pasa nada. Se parecía mucho a ti. Era valiente, atrevida e irritantemente curiosa. Quería estudiar Historia Mágica en la Universidad de lo Oscuro. Seguramente la habrían aceptado. Si te soy sincero, somos unos nepo babies .
—¿Qué?
—¿Nepotismo? Lo que hace la gente con poder para favorecer y enchufar a los de su sangre.
—Ah, sí, claro.
Eso quiere decir que la familia de Vane era… ¿noble? ¿Aristocrática?
—Somos de cuna noble —añade Roc, como si pudiera leer la duda en mi rostro.
Vuelve a hacernos girar y me recreo en sus movimientos.
—Nuestra familia fundó una sociedad conocida como La Sociedad del hueso.
Guardianes del tiempo. Creadores del tiempo.
Dado lo que somos, no nos quedaba otra. Pero, además de bestias, somos la élite.
—Se ríe y el sonido le retumba con fuerza en el pecho—.
Vane y yo crecimos entre mansiones y castillos donde se nos satisfacía todo capricho.
No consigo imaginarme a Vane comportándose como uno de esos ricachones gilipollas y consentidos que tan bien conocí en mi mundo. Esos hombres que creían que todo les pertenecía y, si no era el caso, lo hacían suyo.
—Nuestro padre era mezquino y codicioso. Intentó derrocar a la monarquía, la familia Lorne, que entonces tenía el poder en Isla Tenebrosa.
Bailamos el vals por el borde de la pista de baile. La música se atenúa en mis oídos y me concentro en Roc.
—No hace falta decir que descubrieron los planes de mi padre.
Tenía un exceso de ambición y ningún conocimiento de guerra, ni siquiera de las silenciosas.
Lo arrestaron. Nos arrebataron casi toda la riqueza.
Vane y yo, junto con Lainey, nos mudamos al Umbrío, un estercolero ceniciento, sucio y lleno de desesperación. Me encantaba.
Me sonríe. Sus ojos verdes atrapan la brillante luz de un duendecillo y se me eriza el vello de los brazos.
—Sí, éramos unos consentidos arrogantes, pero también éramos astutos, estábamos hambrientos y, sobre todo, éramos poderosos.
Así que los hombres adecuados nos ofrecieron protección y, a cambio, devorábamos para ellos.
Soltábamos a nuestros monstruos y consumíamos hasta que no quedaba nada.
Y luego, un día, de pronto estábamos al mando.
—Se ríe para sí y me hace dar una vuelta hacia la multitud, hacia el centro de la sala—.
Teníamos a la élite de Isla Tenebrosa bien entretenida.
Frecuentaban el Umbrío para saciar sus deseos más oscuros, y nosotros se los servíamos en bandeja.
Así que, aunque habíamos caído en desgracia, llegamos a tener un sitio entre los nuestros.
Y seguramente todo habría ido bien si no hubiera devorado por accidente a una princesa Lorne.
Abro la boca de par en par. No creía que la historia fuera a acabar así.
—Por supuesto, los Lorne querían vengarse, y ¿quién podía culparlos? Pero no me mataron. Violaron a nuestra hermana y luego la mataron delante de nuestros ojos.
La música se detiene y nosotros también. Estoy aturdida, tanto por la historia como por el corte brusco de la música; me tambaleo al mismo tiempo que Roc da un paso atrás y vuelve a aplaudir a la banda, como si no acabara de contarme una historia capaz de romper cualquier corazón.
Yo no tengo ganas de aplaudir.
Una lágrima me resbala por el rostro y me doy cuenta de que estoy llorando. Sé que en este mundo hay gente cruel, pero me cabrea much ísimo que esa clase de personas tenga derecho a respirar.
Roc extiende una mano hacia mí y me enjuga una lágrima con el pulgar.
—No llores, chiquilla —dice—. Fue hace mucho tiempo.
—Sí, pero el tiempo no significa nada para un corazón roto.
Y, ahora mismo, el mío se rompe por Vane.
Me fijo en cómo se le mueve la nuez de Adán al tragar saliva.
—Supongo que tienes razón.
Suena una nueva canción y los bailarines vuelven a llenar el espacio.
—Parece que tienes a tus hombres bien entrenados —dice Roc, y señala con la cabeza por encima de mi hombro.
Cuando sigo su mirada, veo a Vane con Pan y ni rastro de Campanilla. Distingo que discuten, y Pan bebe vino feérico como si le fuera la cordura en ello.
Con la sombra oigo y veo a más distancia, pero hay tanta gente, tantas voces llenando cada rincón de la sala, que no consigo descifrar de qué hablan. Seguro que de Campanilla.
—Te pareces a ella.
Me giro hacia Roc.
—¿A quién?
—A Wendy.
La suavidad de su expresión se ha esfumado; no consigo leerle el rostro.
—Sus rasgos eran más suaves, pero tienes sus mismos ojos y el mismo piquito de oro.
Es extraño pensar que mi antepasada tuvo relación con el hermano de Vane. El tiempo aquí no significa nada.
—¿La amabas? —pregunto.
—Esa es una pregunta muy osada, pequeña Darling.
—Pero ¿la amabas?
Suspira y aparta la mirada.
—Amaba cómo me hacía sentir.
—¿Y cómo te hacía sentir?
—Deja que lo reformule. —Vuelve a mirarme—. Amaba que, aunque fuera solo un momento, con ella era capaz de fingir que tenía sentimientos.
Ahora se le ve tristeza en el rostro, y frunce el ceño.
Alguien choca conmigo por detrás. Caigo hacia delante. Roc me atrapa y acto seguido se lanza hacia el hombre y lo agarra del cuello con fuerza.
—Mira por d ó nde pisas.
Al hombre se le amorata la cara; no puede respirar.
—Lo siento. —Apenas consigue pronunciarlo. Cada sílaba suena a sal arrastrada sobre piedra.
—Roc. No pasa nada.
Empuja al hombre y este se tambalea. Un amigo fae suyo consigue sujetarlo.
—Largo —dice Roc, y ambos se escabullen.
Roc se enciende otro cigarro.
Vuelvo a buscar a Pan y a Vane por la sala, no quiero quitarles el ojo de encima.
Pan sigue bebiendo vino. Vane lo mira con mala cara.
El terror dentro de mí se intensifica y me revuelve el estómago.
De repente, Pan y Vane se giran hacia mí y me encuentran con la mirada. Luego Pan se fija en Roc y su expresión se vuelve fría. Se separa de la barra. Vane le grita algo.
—Es hora de que me vaya, niñita —me susurra Roc al oído. Trae consigo el aroma a humo y a tabaco quemado—. Me lo he pasado bien bailando contigo, espero que no sea la últim a vez.
Me giro, sin saber qué responder, pero con la abrumadora sensación de que debería decir algo.
Pero Roc ya se ha ido.