14
Peter Pan
No hay suficiente whisky ni bourbon en el mundo para apaciguar mis nervios de esta noche.
El vino feérico podría servirme, pero beberlo sería una estupidez de principiante. No puedes emborracharte en una celebración fae cuando eres el extraño y el enemigo.
Callio nos lleva a la sala del trono, donde la fiesta ya lleva rato empezada. Y, cuando un sirviente pasa por delante con una bandeja, cojo una de las copas y me la bebo.
Sí que soy un estúpido.
El vino feérico es como beber estrellas. Es suave y dulce y pica en las mejillas. Cuando se me asienta en el estómago, las entrañas se me relajan y se me llenan de calor, y algo de la ansiedad que sentía se desvanece.
En el estrado, donde normalmente está el trono, ahora hay una banda. Tocan instrumentos de viento y la lira. Todos los músicos son fae sin alas.
La multitud nos envuelve. Los fae siempre han sido demasiado excéntricos con sus galas, y esta noche no es una excepción.
Túnicas bordadas en oro, vestidos adornados con esmeraldas, zafiros y diamantes…
Algunas piedras son lisas como un caramelo; otras tienen tantas facetas que cortan la luz mientras los fae bailan.
Examino la sala en busca de Campanilla. De repente la veo y se me revuelven las tripas.
—¡Mis niños! —dice, y se acerca con los brazos abiertos para recibir a sus hijos.
Bash y Kas se ponen rígidos, pero toda la sala del trono los observa y dejan que Campanilla los abrace.
—Me acuerdo de cuando erais más bajitos que yo —dice, y se enjuga los ojos, pero es pura farsa.
Campanilla solo es capaz de sentir una emoción a la vez, y normalmente es odio—.
Un momento… —Da un paso atrás y examina a los gemelos de arriba abajo—.
Así no podéis ir. ¡Brownie! —Se gira y da una palmada—.
¡Brownie! ¿Dónde están los Brownies? Tilly, ¿dónde están los Brownies?
Los Brownies están muertos. Lo sé porque los maté yo.
La reina fae se acerca y la multitud se aparta para dejarla pasar.
—Ya te lo dije, madre —dice Tilly—. Andamos algo cortos de Brownies.
Tilly me lanza una mirada mordaz.
—Sé cortés, entonces, y lleva a tus hermanos a su vestidor. He hecho que les preparen sus galas reales. —Las mejillas de Campanilla brillan con un intenso dorado por efecto de su luz; luego me mira—. Di por sentado que no tendrías galas lo bastante elegantes para mis chicos. No te ofendas.
Y una mierda que no quería ofenderme.
—Seguidme. —La reina se gira hacia la puerta.
Los gemelos me miran. Están acostumbrados a buscar mi aprobación, pero no sé si en este caso serviría de algo. Yo ya no sé nada.
Es como si la tierra bajo mis pies estuviera mutando y cambiara el paisaje por completo.
—Abrid bien los ojos —les digo, y ambos asienten y se van.
La fiesta se reanuda. La banda empieza a tocar una melodía rápida y alegre, y los bailarines se mueven a su ritmo, con los zapatos resonando contra el suelo de piedra.
Campanilla se coloca a mi lado y pasa un brazo por el mío.
—Camina conmigo, Peter Pan.
Por el rabillo del ojo veo a Darling intentar lanzarse hacia mí, pero Vane la detiene. Me alegra que tenga a alguien como él. Y yo me alegro de tenerlo a él.
El corazón me golpea con fuerza mientras Campanilla me lleva a través de la multitud hacia la barra.
Chasquea los dedos y el fae que hay tras la barra prepara una mezcla y acaba vertiendo el brillante brebaje rosa en vasos con forma de bellota.
En el último momento, añade un duendecillo de adorno, y este revolotea alrededor del borde del vaso y lo hace brillar de un intenso naranja.
El vino feérico me ha mareado un poco, así que ignoro la bebida.
Campanilla coge la suya y le da un trago sin dejar de mirarme por encima del borde, con el duendecillo revolote ándole por la nariz.
El corazón me late aún más deprisa.
—¿Te acuerdas de cuando nos sentábamos a la orilla de la laguna y le pedíamos que nos revelara sus secretos? —Pliega las alas, que apenas se tocan, y apoya la cadera en la barra—. ¿Te acuerdas del secreto que le pedías una y otra vez?
Trago con fuerza.
—Le pregunté muchas cosas, Campanilla.
Pero sé a qué se refiere. Es de las pocas cosas del pasado que no he olvidado: la nostalgia que sentía entonces, el vacío que era imposible de llenar.
—«Espíritus de la laguna, ¿tengo madre?» —dice imitando una versión antigua de mí.
Termina con una carcajada y vuelve a dar un sorbo a su bebida. Lleva las uñas pintadas del mismo tono que mi chaqueta, igual que su vestido. Cuando éramos jóvenes, nos hacíamos la ropa con hojas secas y fingíamos que Nunca Jamás era una isla desierta y nosotros, unos niños abandonados.
La madre de Campanilla estaba muerta y yo solo tenía un vacío donde debía estar la mía. La isla era nuestra madre de acogida.
No quería vivir anhelando una madre, así que fingía que nunca había querido una. Me contagié del salvajismo de Nunca Jamás, sediento de aventura y de libertad y, con el tiempo, de poder.
—No quiero crecer —le dije a Campanilla.
—Yo tampoco —respondi ó ella.
—Seamos jóvenes para siempre.
Entonces se rio con esa risa particular que sonaba a carillón de viento.
—Me parece bien, Peter —contestó.
Sin darme cuenta, tengo las emociones a flor de piel. Campanilla me mira con sorna por encima del borde del vaso.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, así que parpadeo y aparto la mirada.
—Conozco la respuesta a tu pregunta —dice. Se acerca y baja la voz—. En todos estos años que he estado en las profundidades de la laguna, escuchando hablar a los espíritus, oí la respuesta.
No quiero saberla.
Y, sin embargo, es la respuesta que más ansío.
La lirista de la banda está prácticamente bailando en su asiento, con el cuerpo moviéndose al compás de la música. La multitud de faes y humanos llena el aire de risas y jolgorio, y yo solo noto cómo el corazón se me encoge más y más hasta que está a punto de estallar.
—¿Sabes qué me dijeron los espíritus?
—No, Campanilla, no lo sé.
Atrapa al duendecillo de su vaso y se lo mete en la boca. Oigo crujir las alas cuando lo muerde.
Solo es un bicho y, aun así, me parece horroroso. La Campanilla que yo conocía era obsesiva, maníaca y, a veces, cruel, pero nunca comía duendecillos.
Me enderezo un poco.
Los labios se le curvan en una sonrisa.
—Hubo un tiempo en el que Peter Pan tuvo una madre —dice—, y su madre lo abandonó en la laguna porque era un niñato insolente que no encajaba en su familia.
Y a su madre le preocupaba que, si lo dejaba quedarse, él tomaría, tomaría y tomaría…
—se acerca un poco más—… y seguiría tomando… hasta que no quedara nada.
Se me para el corazón.
Me pitan los oídos.
—Y si una madre fue capaz de abandonar a su bebé —continúa Campanilla—, él no puede ser…
Un mito. Un dios. Especial.
No tiene que decirlo. Sé leer entre líneas.
Campanilla me frunce el ceño.
—Siento ser yo quien te lo cuente. —Bebe de su copa y luego la deja—. Podemos hablar más tarde. Tenemos mucho que discutir. ¡Disfruta de la fiesta, Peter Pan!
Sus relucientes alas se oscurecen y la multitud la engulle.