13
Winnie
Estoy tan concentrada en no tropezar con la larga falda del vestido que no me doy cuenta de que ya hemos llegado a territorio fae.
Pan nos advierte una última vez sobre las normas y sobre que debemos permanecer todos juntos.
Al final, el camino desemboca en lo que parece un terreno completamente nuevo.
La nieva baila en el aire, pero aquí no cae con tanta fuerza como en la casa del árbol, así que puedo admirar el extenso campo y el palacio fae en todo su esplendor.
Y, joder, es espectacular.
Es como… bueno, como algo salido de un cuento de hadas.
Hay varios edificios repartidos por el paisaje montañoso y el palacio, la construcción más grande, está en el centro, como la púa más alta de una corona.
El palacio es de piedra blanca, y me imagino que con la luz del sol brillará y resplandecerá.
Varias agujas se alzan hacia el cielo y me recuerdan a las caracolas que encontraba en la playa cuando mamá y yo vivíamos cerca del océano.
—Parece un cuadro. —Se me condensa el aliento en el aire.
Bash me recoloca en los hombros la chaqueta suya que llevo puesta. Me la dio en cuanto empecé a tiritar.
—Es bonito, ¿verdad?
Kas se pone a mi lado y todos admiramos la vista.
—¿Sabes qué es lo más gracioso?
Lo miro. Le observo la mandíbula marcada y el brillo del oscuro pelo que le cae en cascada por los anchos hombros.
—¿El qué?
—Nunca sentí el palacio como un hogar.
—¿Y cuál era tu hogar, entonces?
Mira a su gemelo por encima de mí.
—La cabaña de nuestra abuela al otro lado de estos terrenos —dice Bash.
Kas asiente.
—Me pregunto qué habrán hecho con ella.
—Espero que no la hayan derribado. Madre lo intentó después de la muerte de Nani, pero padre se lo prohibió.
Kas tensa la mandíbula y entrecierra los ojos.
—Vamos. —Pan se adelanta y Vane lo sigue de cerca—. No hay tiempo para ponerse melancólicos.
Kas suspira, así que lo cojo de la mano y entrelazo nuestros dedos.
—No le hagas caso. Hoy está de mala hostia —digo, y le aprieto la mano—. Siempre hay sitio para la nostalgia, aunque duela.
Se inclina y me besa la frente.
—No te merecemos, Darling.
Nos escoltan hasta la puerta. Los guardias no oponen ninguna resistencia; de hecho, parecen extrañamente ausentes cuando la abren. El camino de adoquines nos lleva hasta la enorme entrada principal. La puerta se abre y entramos, a resguardo del viento y la nieve.
Me sacudo y le tiendo a Bash su chaqueta, con los hombros empapados de nieve.
—¡Bienvenidos! —nos saluda una fae con los brazos bien abiertos y las alas reluciendo a la espalda. Tiene la piel de un tono verde ceniciento y el pelo de un rojo intenso.
¿Cómo es posible que lleve tanto tiempo en Nunca Jamás y nunca me haya cruzado con alguien tan increíblemente sacado de un cuento de hadas? Supongo que la casa del árbol me ha tenido aislada. Y la única vez que Pan y yo pisamos la ciudad acabó en un baño de sangre.
Y es raro, porque estoy acostumbrada a ir de un sitio para otro y a no quedarme nunca quieta.
Incluso cuando mamá y yo conseguíamos un sitio temporal al que llamar hogar, me escapaba en cuanto podía, aunque fuera para pasar el rato en la biblioteca.
Lo que fuera con tal de escapar de la depresión y la locura de casa.
Y ahora que estoy feliz, me siento amada y segura, resulta que no tengo ninguna necesidad de escapar . No debería sorprenderme.
Si esta fae es una muestra de lo que me queda por ver, me encantaría descubrir más de Nunca Jamás y, con el tiempo, de las Siete Islas.
La mujer coge la mano de Peter Pan y se inclina para hacer una respetuosa reverencia.
—Cuánto me alegra que os hayáis unido a nosotros en esta celebración, rey de Nunca Jamás. —Se endereza y da un paso atrás—. Permitid que me presente. Soy Callio, cortesana y consejera de confianza de la reina. Me ha enviado a daros la bienvenida a palacio.
Aquí hay demasiada gente y estoy intentando abarcarlo todo. Es vertiginoso. Faes con vestidos brillantes y pantalones de traje con motivos de hojas, hombres con túnicas bordadas en oro y niños con alas, cuernos y ojos curiosos.
Cuando se me asienta en la cabeza la idea de que esta es la realidad de Nunca Jamás y de mi nueva vida, el corazón me late más deprisa. No es la primera vez que me pasa y, desde luego, no será la última.
Estoy viviendo en un cuento de hadas y esto solo es el principio.
Ojalá pudiéramos terminar con esto, sea lo que sea, y que Campanilla se fuera volando de nuestras vidas de una vez por todas.
—Nos alegra que celebréis con nosotros el regreso de la Reina madre —dice la fae.
Kas resopla.
—¿Y no os extraña que una fae muerta haya resucitado?
Callio junta las manos frente a ella.
—No más que el que a un príncipe desterrado se le permita volver al redil.
A Kas eso no le ha gustado. Doy un paso para ponerme entre él y la fae. La sombra se retuerce dentro de mí y sé que los ojos se me han vuelto negros.
Callio intenta disimular el sobresalto, pero yo lo noto, igual que la sombra.
—Vuelve a insultarlo y te estrangularé hasta que te sangren los ojos. —Con la sombra, la voz se me ha vuelto profunda y estruendosa. A la sombra le encanta hacer acto de presencia.
Bash se ríe y me pone las manos en los hombros; tira de mí para colocarme detrás de él.
—Es algo protectora, Calli-como-te-llames. Tendrás que perdonarla.
Callio frunce el ceño, pero finalmente asiente.
—No queremos violencia —dice.
Ahora es Vane quien resopla.
—Por supuesto —responde Bash—. Solo hemos venido a celebrar el regreso de nuestra madre muerta.
Un grupo de chicas con relucientes alas y piedras preciosas en las orejas aminora el paso al pasar por el hall . Cuchichean y se comen a mis chicos con la mirada mientras se sonrojan, baten las pestañas y se ríen entre ellas.
Me hierve la sangre.
Rechino los dientes con tanta fuerza que me pitan los oídos.
De repente, Vane está a mi lado.
—Tranquila, Win.
¿Es así cómo se siente un soldado en la selva, sabiendo que el peligro puede estar en cualquier esquina? Quiero decir, el peligro son estas chicas fae y lo que está en riesgo son mis chicos.
Pero yo confío en ellos. De verdad. Es solo que… a la sombra no le importa la confianza. Solo le importa proteger lo que es nuestro.
La sombra y yo estamos en la misma maldita sintonía.
—Respira —dice Vane.
—Estoy respirando.
—Si hacéis el favor de seguirme —dice Callio, y se da la vuelta con elegancia, con el vestido revoloteándole alrededor de las piernas.
Respiro hondo, porque llenar los pulmones de aire es mejor que echar fuego.
—Creo que estoy sobreestimulada —susurro.
Vane se pone delante de mí.
—Cuando notes que la sombra se apodera de…
—La sombra no se está apoderando de nada.
Vane se inclina hasta ponerse a mi altura.
—Cuando notes que la sombra lucha contra ti, me miras a mí.
Lo miro a los ojos; tiene uno negro y otro violeta. Busca algo en mi interior, y se le marcan unas finas líneas de preocupación alrededor de los ojos.
—Estoy bien —digo, pero no estoy segura de que sea cierto.
Me gustan las fiestas y estamos en una, pero nunca he tenido que ir a una en la que tuviera que proteger los corazones de cuatro espectaculares y poderosos hombres de los que todos quieren un pedazo.
Y, además, con una sombra tenebrosa rondándome bajo la piel.
—Mírame a mí —repite Vane.
Sus palabras me sobresaltan. No me había dado cuenta de que había desviado la atención para lanzar una última mirada asesina a las chicas.
—Vale —le digo.
—¿Vale?
—Sí.
—¿Se encuentra bien?
Pan espera a medio camino entre nosotros y los gemelos. No consigo descifrar su expresión; lo noto tan lejano.
Necesito que me diga que me sigue queriendo. Quiero que me tranquilice, que me asegure que todo va bien, que no tengo que preocuparme por encontrármelo con otra chica en el regazo.
Quiero gritarle que me diga todas esas cosas, pero me muerdo la lengua.
—Estoy bien. —Cuadro los hombros, como para demostrárselo—. Acabemos con esto de una vez.