Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 12
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Winnie

Cuando entro en la antigua habitación de Cherry, me viene el recuerdo de cuando estuve atrapada aquí con la sombra tenebrosa. Guardo el vago recuerdo de una gran sensación de pánico y, luego, nada.

Sigo sin saber en qué estaba pensando ni qué esperaba que pasara.

Estoy segura de que me quería muerta.

Se me eriza el vello de los antebrazos y noto a la sombra dentro de mí.

«Estábamos destinadas», dice.

Y, sin embargo, Cherry tuvo que traicionarme para que esto pasara. ¿La absuelve eso de culpa? Puede. O puede que no. Ahora que se ha ido, quizá ya dé igual.

Kas se cuela por mi lado de camino al armario. La puerta chirría con sus viejas bisagras y Kas desaparece dentro.

—Cherry no tenía mucho —dice desde la oscuridad—. Pero alguna vez acompañó a Pan a palacio y él se aseguró de que llevara ropa adecuada. Con tan poco margen, esto tendrá que servir.

Doy vueltas por la habitación de Cherry. Está desordenada, como la de alguien que ha tenido que salir corriendo.

A los pies de la cama hay un jersey; lo cojo y paso la tela entre los dedos.

Está deshilachado, pero es suave. Le tenía cariño.

No puedo evitar pensar en todas las partes de mí que dejé desperdigadas por todo el país cuando mamá y yo teníamos que huir con la esperanza de escapar del casero que nos exigía el alquiler o de algún hombre que se había acercado demasiado a ella en el trabajo.

Cherry y yo teníamos una cosa en común: nuestras pertenencias eran todo lo que teníamos. Nunca tuvimos un hogar.

—Ay, Cherry —digo.

—¿Qué has dicho?

Kas sale del armario con un vestido en la mano.

—Nada —respondo, y observo el vestido que cuelga de una percha de madera—. Joder.

—Es el más bonito que tiene. —Kas lo alza para que le vea toda la cola.

—Es precioso.

La tela es de un intenso verde esmeralda, con una falda ancha y vaporosa y una larga cola que arrastrará varios metros tras de mí.

—Nunca he llevado nada tan elegante.

Kas saca el vestido de la percha y desabrocha la espalda.

—Métete dentro y te ayudo.

Me desabrocho la bata y la tiro a un lado. La mirada de Kas se vuelve penetrante cuando ve que no llevo nada debajo.

En una ocasión, cuando intenté llevármelo a la cama, Kas me rechazó. Bueno, eso no es del todo cierto… Sí que se metió en la cama conmigo, pero no me dejó deleitarme con su espectacular cuerpo.

Varios mechones de pelo oscuro le cuelgan por la cara, como si se hubiera recogido el pelo de cualquier manera y se le hubieran escapado algunos.

Tiene la camisa algo torcida y se le marcan las duras líneas de la clavícula.

Qué pena que no lleve el pecho desnudo. Dios, podría pasarme todo el día mirándolo.

Kas tiene los músculos de un héroe de Hollywood y yo solo quiero meterle mano de todas las maneras inapropiadas que existen.

—Cuando Bash me ate, ¿te unirás a nosotros?

Ladea la cabeza y se le meten unos mechones sueltos en la boca.

—Ese siempre ha sido su juego.

—¿Y cuál es el tuyo?

La pregunta lo vuelve pensativo. Puedo ver cómo le da vueltas a través de sus ojos.

—Tomarme mi tiempo —dice al cabo de unos segundos.

Nos miramos fijamente en el estrecho espacio que hay entre nosotros; yo sigo desnuda y él sigue sujetando el vestido.

Ahora entiendo por qué le gustó tanto obligarme a tener un orgasmo tras otro cuando me ataron al Árbol de Nunca Jamás. El placer prolongado, una y otra vez. Casi me volvió loca. Me mojo solo de pensarlo y el coño me palpita.

—Lo quiero —le digo, y se me pone la piel de gallina—. Que me provoques hasta hacerme perder la cordura.

—Cuando te lo ganes —dice, y se le curva la comisura de la boca—. Ahora, sé una buena chica y métete en el vestido, Darling.

—Si insistes…

Meto los pies dentro y Kas lo levanta para que pase los brazos por las mangas abiertas. Cuando estoy totalmente vestida, me doy cuenta de que me queda grande. Desde que llegué a Nunca Jamás he ganado peso, pero mi pecho siempre será más pequeño que el de Cherry.

El corpiño tiene el escote alto y un llamativo estampado de hojas bordado en dorado que resalta sobre el verde de la tela. Más bordados dorados adornan el dobladillo de la falda y los sutiles pliegues donde esta se encuentra con el corpiño.

Kas se ocupa de los broches de la espalda.

—No sé si esto va a salir bien.

—Deja que te abroche y luego lo ajustamos.

Frunzo el ceño.

—¿Ahora eres costurero?

—Algo así.

Cuando me abrocha el último botón a la altura de la nuca, se pone frente a mí. En la habitación de Cherry solo hay una ventana y, con el cielo encapotado, la luz es tenue y apenas ilumina la silueta de Kas.

Me mira con los ojos entornados, observándome con detenimiento.

—Cierra los ojos —me dice.

Sonrío; me gusta por dónde va esto.

—No tenemos tiempo para eso —dice con una sonrisilla.

Me tiene calada.

—Vale… está bien.

Hago lo que me pide. La sombra se revuelve.

El aire cambia y el vello de los brazos se me eriza. Percibo el ligero aroma a tierra y musgo húmedo, y también algo dulce, como hierba limón. El aroma remueve algo viejo en mi interior, como un recuerdo olvidado del que solo queda una débil huella.

Noto que el vestido se me ajusta a la cintura. Suelto un gritito de sorpresa.

—Ya casi estoy —dice Kas—. Mantén los ojos cerrados.

El peso de mi pelo mojado desaparece, a pesar de que sigo notando a Kas frente a mí, sin tocarme, aunque ojalá lo hiciera.

—Vale, abre —ordena.

Lo miro. Sonríe de oreja a oreja.

Observo el vestido y veo que el corpiño se me ajusta a los pechos, como si lo hubieran hecho a mi medida.

Kas me agarra de la muñeca y tira de mí hacia el vestidor de Cherry y el espejo que cuelga de la pared.

Cuando veo mi reflejo, suelto una palabrota a modo de sorpresa. Kas se ríe.

—¿Qué has hecho?

Tengo el pelo seco y peinado hacia atrás, recogido en un complejo moño en la nuca. Unos pocos mechones finos me caen por la mandíbula.

Al mirar con más detenimiento, me fijo en que estoy maquillada.

—Es una ilusión; una muy buena, la verdad.

—Eres un artista.

Tengo las mejillas rosadas y los labios de un rosa suave. Llevo un poco de sombra de ojos brillante y una capa de rímel en tono negro.

—¿Ves? —dice, y me coge de la mano como un caballero y me hace un gesto para que dé una vuelta—. Ha salido bien.

Media hora después, estoy en la cocina, sentada en la isla, atiborrándome. Bash ha calentado el pollo y los bollos que sobraron y, aunque he comido pollo y bollos toda mi vida, estos son sin duda los mejores que he probado.

Los bollos están mantecosos y mezclados con unas sabrosas hierbas. El pollo está jugoso y tierno, y las verduras son, sin exagerar, las mejores del mundo. No lo entiendo. Nunca me han gustado los guisantes, pero, cuando Bash los cocina, me los comer ía como chuches.

Me observa comer desde el otro lado de la isla, apoyado en la encimera. Cruza un brazo por el abdomen y con la otra mano sostiene una taza de café.

Está sonriendo.

Me detengo con la cuchara casi en la boca.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras?

—No es nada. —Su sonrisa se le ensancha—. Es que me gusta verte comer mi comida. Me hace feliz.

—¿Feliz o insoportablemente egocéntrico?

—Ja. —Bebe de su café y el vapor le abraza el rostro—. Ambas.

Noto a Vane acercarse a mi espalda.

—¿Por qué no vas vestido?

—Estoy ocupado —dice Bash.

—No le dejo ponerse una camisa —le digo a Vane.

Refunfuña y se acerca a la isla mientras se arregla los puños de la chaqueta.

—Guau. —Dejo de masticar—. Madre del amor hermoso.

Vane me mira.

—Trágate la comida antes de que te atragantes.

—Así que ¿puedo atragantarme con la polla de un Niño Perdido, pero no con pollo y bollos? —digo cuando me lo he tragado todo.

Bash se ríe con la taza en los labios y derrama un poco de café.

Vane no me responde porque sabe que solo intento sacarlo de quicio, y tiene razón.

—Esa chaqueta te sienta de maravilla —le digo.

Mueve los hombros como si estuviera intentando acomodarse.

—La odio.

Es negra, con un cuello rígido que le enmarca la afilada mandíbula en una oscuridad perfecta. No hay hilos a la vista ni bordados. Para Vane, el negro es negro. Sin adornos.

—Estate quieto —le digo.

Vuelve a refunfuñar. Bash disimula otra risa.

—Ve a vestirte —le ordena Vane—. Nos vamos a ir pronto. Darling, ¿has comido suficiente?

—Sí, y Kas me ha vestido.

Salto del taburete y me arreglo la falda. Vane deja de manosearse la chaqueta.

La conexión de la sombra partida vibra entre nosotros. Fascinación. Emoción. Alegría.

Vane y yo nos miramos a los ojos. No creo que se permita sentir estas cosas a menudo y, si lo hace, no se lo dice a nadie.

Pero ahora no puede esconderse de mí.

Verme en un vestido tan bonito lo ha conmovido.

Sonrío de oreja a oreja y me agarro unos cuantos pliegues de la falda para dar una vuelta, tal y como hice con Kas.

—Estás preciosa, Win —dice ahora con voz dulce.

—Gracias.

Tardo un rato en darme cuenta de que volvemos a estar solos: los gemelos han ido a por su ropa elegante.

—¿Has visto a Pan? —le pregunto.

Niega con la cabeza.

—Y… ¿eso debería preocuparnos?

Rodea la isla y se sirve café en una de las tazas de barro.

—Aún no.

Me arreglo la falda y me acerco al fregadero, junto a él. Mira por las ventanas, hacia la nieve que empieza a acumularse en el suelo de Nunca Jamás.

—Estará bien —le digo, pero sospecho que intento convencerme a mí misma tanto como al Tenebroso.

—Lo sé —dice, con la mirada aún en el horizonte.

El tiempo parece ir despacio mientras observamos el cielo magullado y la isla nevada, pero, antes de que me dé cuenta, Kas y Bash están de vuelta y el aire se llena del repique de las campanas fae.

Me giro hacia ellos y suelto un silbido.

—Dios. Hoy estáis todos para comeros.

Los gemelos están uno al lado del otro al final de la isla. Kas lleva el pelo suelto, que brilla como el ébano y le realza la curva de los anchos hombros. Bash, en cambio, lo lleva peinado hacia atrás y desordenado; varios mechones se le rebelan y le caen por la frente.

Se los aparta con los dedos.

Ambos llevan chaquetas negras hechas a medida, parecidas a la de Vane, pero con el cuello vuelto hacia abajo y una solapa. Las camisas blancas resaltan contra el negro.

—¿Es que soy la única que lleva algo de color? —bromeo.

—No, no eres la única.

Todos nos giramos a la vez hacia Peter Pan, que llena el umbral de la puerta.

Algo se me rompe en el pecho, porque, en cuanto lo veo, me cuesta respirar.

Está guapísimo. Está buenísimo. El típico hombre al que, si me hubiera cruzado en mi mundo, le habría besado los pies.

La chaqueta que se le ciñe a los hombros es del mismo verde esmeralda que mi vestido. No estoy segura de si sabía que iba a ponerme este vestido o si es pura coincidencia, pero no voy a discutir con las fuerzas cósmicas que lo han hecho posible.

Mi vestido lleva un bonito estampado de hojas bordadas en oro; la chaqueta de Pan lleva hojas de verdad sobre los hombros, a modo de hombreras. Más hojas decoran el cuello de la chaqueta y lo rodean.

Lleva el pelo rubio oscuro peinado, sin un mechón fuera de lugar.

Cuando por fin le miro la cara, sus resplandecientes ojos azules me escrutan.

No sé leer su expresión, lo noto distante, y no sé qué pensar.

Antes se ha comportado como un imbécil; ha desahogado todas sus frustraciones en mí.

Me gustaría ser capaz de hacer lo que me ha dicho Vane, no ser tan dura con él, pero me niego a ser su chivo expiatorio.

Sobre todo cuando estamos a punto de adentrarnos en territorio enemigo, donde nos espera la mujer que mató a mi antepasada porque estaba locamente enamorada de Pan.

Y, por si fuera poco, se supone que debería estar muerta.

—Estás preciosa, Darling —dice con voz firme, sin ninguna emoción. Ya no queda nada del Pan de antes, el que estaba a punto de romperse.

—Tú también.

Aprieta la mandíbula y se me llena el pecho de mariposas.

—Deberíamos irnos —dice—. Pero, primero, prometedme que vais a comportaros y que os mantendréis juntos, ¿de acuerdo? Nadie va a ningún sitio solo. —Se gira hacia los gemelos—. Y eso os incluye a vosotros, príncipes. Aunque una vez fuera vuestro hogar.

Bash y Kas asienten.

—Iremos con cuidado.

—Entonces, vámonos —dice Pan, y se dirige hacia la puerta.