Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 11
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Bash

Cuando regresamos a la casa, Pan sigue desaparecido, pero Vane y Darling están en el ático, con el pelo mojado y revuelto. Intento con todas mis fuerzas esconder la pesadumbre que llevo encima.

El encuentro con mi hermana me atormenta como una puta mosca que no consigo atrapar.

En cada rincón veo su cara; o peor aún, veo su miedo.

Cuando le ofreció el trono a la laguna, no tenía ni idea de dónde nos metía a todos. Y, aunque no quiera admitirlo, no sabe cómo salir de esta.

Pero ¿quiero ayudarla?

Ella se lo ha buscado, que se atenga a las consecuencias.

Y, sin embargo, hasta pensar en estas palabras se sienten vacías.

Yo también temo por ella.

—Hola —dice Darling cuando nos ve entrar por el balcón—. ¿Cómo estáis?

Kas nos sirve unos tragos y yo me dejo caer en el sofá al lado de Darling. Lleva un albornoz de felpa que creo que era de Cherry. Está descalza y tiene las piernas dobladas bajo el cuerpo. Vane está cerca de ella, afilando un cuchillo. T ípico de él.

—Hemos visto a Tilly —confieso.

La hoja deja de raspar contra la piedra de afilar y Vane alza la mirada tras un mechón de pelo oscuro.

—¿Sigue viva?

Refunfuño.

—Casi no lo cuenta. Kas intentó estrangularla.

—¿Lo hiciste? —le pregunta Darling.

Mi gemelo está en la barra, descorchando una botella de ron, y se le tensa la espalda al oír la pregunta. No le gusta que Darling vea su lado oscuro.

—Se lo merecía —dice Vane.

Darling frunce el ceño.

Kas se acerca con dos vasos en las manos. Vuelve a llevar el pelo recogido en una trenza desordenada en la nuca. Me tiende un vaso y luego se sienta frente a mí, en una de las butacas.

—Tilly le dio el trono fae a la laguna como sacrificio. No pidió que nuestra madre resucitara. Pero es lo que recibió.

Darling estira las piernas y no puedo evitar recorrerle con la mirada la piel lechosa. Sin pensarlo, estiro la mano y poso los dedos en el muslo desnudo.

Al instante me siento mejor, aunque no del todo saciado.

Ojalá pudiera darle bayas jugosas y maduras para ver cómo su boca se abre para mí, cómo sus ojos se abren ante el dulce sabor.

¿Por qué la gente en esta isla se pelea constantemente? ¿Es que no podemos disfrutar de dulces y sexo más de un día seguido? Estoy hasta los huevos.

Las largas y afiladas zarpas de un lobo repican sobre el suelo de madera maciza y, un segundo después, Balder entra en la habitación, con el oscuro pelaje aún cubierto de nieve.

—¿Dónde coño has estado? —le pregunto. Le cuelga la lengua, jadeante—. ¿Mojando el churro? —Enarco una ceja con malicia.

Cierra la boca y se sienta sobre las patas traseras; me deja claro que no está para mis estupideces.

Vane vuelve a escupir sobre la piedra y sigue afilando el cuchillo.

—Un trono es símbolo de poder, claro, y tiene su valor, pero es extraño que la laguna haya resucitado a un hada muerta a cambio de él.

—Eso mismo pienso yo —digo.

Darling se acomoda contra mi costado y apoya la cabeza en mi hombro. Balder se acerca y se tumba frente a ella. Darling estira los pies hasta apoyar los dedos en el grueso pelaje del lobo.

«Todo ocurre por un motivo».

Todos nos quedamos mirando al lobo.

—¿Ahora hablas? —le digo.

Él me mira y parpadea, con la cabeza apoyada entre las largas y gruesas patas.

—Entonces, ¿cuál es el motivo para traer a Campanilla de vuelta? —pregunto, pero vuelve a quedarse en silencio—. Capullo —murmuro, y él gruñe desde lo más profundo de la garganta—. Sí, sí, has oído bien.

Darling me coge la mano y desvía mi atención del lobo. Me mira y bate las pestañas.

—¿Quedan sobras?

Estiro la mano y le separo los labios con el pulgar.

—Tal vez.

—¿Me calientas algo antes de que nos vayamos?

Me inclino hacia ella y le beso los carnosos labios.

—¿Y qué me das a cambio?

Ella pasa una pierna por encima de mí y se sienta en mi regazo. Le pongo las manos en su cintura y la coloco justo encima de mi polla, que empieza a reaccionar: la noto poniéndose dura bajo el calor de su coño.

Darling se echa hacia delante y me pone la boca en la oreja.

—Luego dejaré que me ates.

—Perdona, pero ¿«dejaré»? —Niego con la cabeza—. Si quiero atarte, Darling, te ataré, y t ú obedecerás como una buena chica.

Ella sonríe, se balancea contra mi entrepierna y se me escapa un suspiro hondo antes de que pueda contenerme.

—Vale. Te tomo la palabra.

Con la mano en su garganta, la atraigo hacia mí y vuelvo a besarla. Sabe divinamente. Su lengua se desliza al encuentro de la mía y de golpe se me pone dura del todo. Ella gime y se hunde aún más sobre mí para apretar el centro contra mí; ese coño me está volviendo loco.

—Eh. —Vane chasquea los dedos.

Lo miro, desconcertado, a través de la cortina de pelo húmedo de Darling.

—¿Qué?

—Hazle algo de comer. Está muerta de hambre.

Me fijo en el vientre de Darling y oigo cómo le suenan las tripas con fuerza. Cabrón. Podría haber fingido no oír nada cinco minutos más, lo suficiente para enterrarme en ella.

La levanto y la dejo a un lado. Ella mira a Vane con una mueca de enfado por haber interrumpido la diversión, pero él la ignora.

—Ve a buscarle algo que ponerse en el armario de Cherry. Algo adecuado para el palacio —le dice a Kas.

—¿Por qué andas dándonos órdenes? —le pregunto—. Ah, mierda. Claro. Ahora eres algo más que un simple Niño Perdido. —Le sonrío.

—No tengas los santos huevos de decirlo —advierte.

—Eres un daddy .

—Dios.

Kas reprime una risa y a mí me alivia ver que el ambiente se ha relajado, aunque sea un poco.

—Ni siquiera sé de qué va todo esto, pero ver a Vane de mala hostia es mi pasatiempo favorito.

—No estoy de mala hostia.

Darling también se ríe y Vane la fulmina con la mirada.

—¿Qué? —dice ella—. Lo siento. Pero es que tienes ese aura de daddy … y podríamos decir que yo tengo daddy issues . Y muchos. —Se lleva una mano a la boca para no reírse aún más fuerte.

—No te contengas. —Le da un leve empujón—. Kas, tenemos una nueva norma: no perderla de vista. ¿Entendido?

Kas envuelve a Darling en sus grandes brazos.

—Entendido.

— Strip poker —le grito mientras se lleva a Darling por las escaleras—. Ahí es donde nació daddy Vane. Te lo perdiste.

—¡Pues sí! —grita Kas desde el hueco de la escalera.

Vane me fulmina con una mirada tan intensa como el sol.

Me dirijo hacia la cocina y el sonido de sus pasos me sigue.

—Cuéntame qué ha pasado en realidad con vuestra hermana.

—Ah, ya veo. —Abro la neverita y miro dentro—. Mandar a Darling con mi gemelo ha sido una estratagema para quedarte a solas conmigo. ¿Crees que voy a revelarte todos nuestros secretos sin más? ¿A contarte todos los trapos sucios de la familia? Vale, está bien, me has convencido.

Saco un recipiente de cristal con pollo y bollos de anoche y me doy la vuelta, y me encuentro a Vane mirándome con las manos en las caderas. Me dedica esa mirada de querer retorcerme el pescuezo como el tapón de una botella.

Supongo que salí de una familia disfuncional para meterme en otra.

—Tilly está desesperada —le digo, poniéndome serio—. Y cuando mi hermana se desespera, comete errores de mierda.

—Como resucitar a vuestra madre muerta por accidente.

—Sip.

Con las manos en la encimera, me inclino hacia delante para pensar. No creo que pueda decir nada que convenza a Vane, pero tampoco quiero que la oportunidad de intentarlo se me escurra entre los dedos.

No estoy seguro de qué quiero que le pase a Tilly: si venganza o perdón. Cambio de idea cada día. Depende de mi humor y de la fase lunar. O tal vez no dependa de nada.

—Si pudiera llegar a ella… sé que podríamos arreglarlo.

Miro a Vane. Su ira siempre ha sido fácil de leer. También su irritación y su cansancio. Pocas veces le he visto empatía en la cara, pero las finas líneas alrededor de los ojos se le suavizan y afloja la mandíbula.

—¿Qué haría falta para que eso ocurriera? —pregunta.

Niego con la cabeza y miro hacia las puertas del balcón, hacia la nieve danzante y el cielo gris.

Nunca en la vida he visto nevar en Nunca Jamás, pero a los fae siempre se les ha dado bien crear estaciones en el palacio.

Cada año, más o menos a finales, celebrábamos un festival de invierno, y los fae a los que mejor se les daban las ilusiones invocaban nieve desde el techo abovedado de la sala del trono.

Ahora que lo pienso, parece un sueño. Pero aún veo a Tilly bailando bajo el resplandor de las luces brillantes, con la falda alzándose mientras miraba hacia el techo y abría la boca para atrapar los copos de nieve. Entonces no estaba destinada a gobernar y vivía despreocupada.

—Tengo que volver a pillarla a solas —le digo a Vane—. Lejos de nuestra madre y de cualquiera de la corte que pueda estar comiéndole la cabeza.

Vane asiente.

—Pues vamos a conseguirlo.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—¿Para que puedas matarla?

—No, imbécil. Para que puedas salvarla.

Se dirige hacia la puerta.

—Espera. Para. —Voy tras él—. ¿Salvar a Tilly? ¿La reina fae que ha intentado derrotarnos a cada paso y que ha jodido la cabeza a todas las Darling? ¿La misma?

Se detiene en seco y casi me doy de bruces contra él cuando se da la vuelta. Vane no está tan fornido como yo, pero me saca algunos centímetros, así que, cuando me mira, tiene que bajar la vista.

No me importa lo que diga. Es muy daddy .

—Salva a tu hermana, Bash —dice—. Y repara el daño que has causado. Si no, un día echarás la vista atrás y estarás lleno de remordimientos.

Me doy cuenta de que ya no hablamos solo de mi hermana. Nunca he oído la historia completa de Vane y Roc, ni cómo perdieron a su hermana, pero sé que cargan con su muerte.

Vane reanuda la marcha.

—Has cambiado —le grito. Yo me he ablandado. Él se ha ablandado. ¿En qué se está convirtiendo el mundo?—. ¡Me gusta! —grito de nuevo.

—Vete a la mierda.