10
Winnie
Peter Pan es gilipollas.
Bueno, eso ya lo sabía. Después de todo, me secuestró. Pero ahora lo sé de primera mano .
También sé que está sufriendo y que no va a compartir su dolor.
No siento a Pan como a Vane, pero existe una conexión, como un ruido blanco lejano que nunca se detiene. Solo que no sé qué significa. Tener la sombra sigue siendo nuevo para mí. Aún no he conseguido descifrar cómo utilizarla.
Cuando Pan se va, el silencio se adueña de la sala. Vane sigue sentado en la mesita de café, inclinado hacia delante y con los codos en las rodillas. Sigue con el torso desnudo; me da la espalda y le veo la calavera que lleva tatuada. Tiene la boca abierta y asoman unos afilados colmillos.
Entonces pensé que era un diseño que había escogido, pero ahora me pregunto si representa lo que él era antes de las sombras. Un monstruo, dijo. A su hermano lo llaman el Devorador de Hombres. La calavera con colmillos les pega.
—Me tiene preocupada —digo por llenar el silencio.
Vane deja caer la cabeza.
—A mí también.
—Ver a Campanilla lo ha dejado tocado.
Vane asiente.
Miro a través de las puertas del balcón, donde la nieve sigue cayendo espesa.
Cuando mamá y yo vivíamos en climas más fríos, al principio odiaba la nieve.
Me gustaba llevar vestidos y jugar bajo el sol y la lluvia.
Ni siquiera tenía un abrigo, y mucho menos unas botas, así que me tocaba quedarme en casa.
Empecé a darme baños. Cada día. Algunos días hasta dos.
Me encantaba notar el calor cubriéndome hasta el cuello.
Entonces pensaba que ansiaba el calor porque la nieve era fría.
Pero seguramente era porque ansiaba el contacto humano, y un baño caliente era lo que más se le parecía.
—Voy a darme un baño.
Vane se gira hacia mí.
—¿Qué? ¿Ahora?
—De todos modos tengo que prepararme para ir al palacio. Así que mejor empiezo cuanto antes. —Me giro hacia mi dormitorio. Vane me sigue—. ¿Tú también vienes?
—Le he prometido a Pan que no te perdería de vista, así que supongo que a mí también me toca darme un baño.
Me río.Es un regalo del todo inesperado y basta para apaciguar la preocupación.
El inigualable Tenebroso va a bañarse conmigo. Esto va a ser divertido.
Vane abre el grifo mientras yo me cepillo el pelo. Mi aspecto nunca me ha importado demasiado. De niña era demasiado despreocupada y, al crecer, me volví demasiado fácil. Mientras me abriera de piernas, a los chicos les daba igual si me brillaba el pelo o no.
Pero ¿me importa ahora?
Miro mi reflejo en el espejo del tocador. El cristal está manchado y empañado. Tengo la cara más redonda y las mejillas un poco más llenas. Desde que llegué a Nunca Jamás he ganado peso, aunque no sabría decir si es porque Bash cocina de maravilla o porque soy feliz. Tal vez las dos cosas.
Me gusta esta nueva versión de mí.
Vane cierra el grifo. El agua gotea. Se oye una salpicadura y, cuando miro por encima del hombro, ya está metido hasta la cintura.
—¿Vas a empezar sin mí?
—Entra —ordena.
Dejo el cepillo a un lado y me quito la ropa. Vane me come con la mirada, como si no acabara de verme desnuda y de follarme con su polla hasta el fondo hace media hora.
Me tiende la mano para ayudarme a pasar por encima del borde alto de la bañera. El agua está caliente y me deleito en esa sensación mientras me sumerjo y dejo que el agua me envuelva.
Suspiro, me recuesto contra la pared curva de la bañera y enredo las piernas alrededor de Vane.
—Esto es exactamente lo que necesitaba —digo.
Vane me agarra un pie y me masajea la planta.
—No seas tan dura con Pan.
Abro los ojos de golpe. Ya veo… Esto es una trampa, y está intentando relajarme con un masaje en los pies.
—Pan estaba siendo un capullo.
—Ya lo sé.
—¿Y se supone que tengo que dejar que se comporte así?
Intento apartar el pie, pero él lo sujeta con firmeza y el agua se derrama por el borde.
—Se supone que tienes que entender la puta situación, Darling.
Y ahí está: ha vuelto a utilizar mi apellido porque sabe que me cabrea. Pero solo cuando lo hace él.
Me recuesto contra la bañera y Vane sigue masajeándome el arco del pie. Yo solo quiero disfrutar de este momento, pero me cuesta soltar todo lo demás.
Hay mucho de la historia de Pan que no sé. Años y años y años. ¿Y si me he estado engañando al pensar que para él yo también soy especial?
Tal vez sea yo la arrogante.
—Pan… y Campanilla… ¿ellos…?
—No —dice Vane enseguida—. Solo eran amigos. Pero Campanilla quería más, obviamente.
Trago con fuerza. La idea de ansiar a Peter Pan y no conseguirlo…, no me extraña que Campanilla perdiera la puta cabeza.
—¿Y qué hay de los gemelos?
—¿Qué pasa con ellos? —Su voz denota desinterés, lo que contrasta con la gran preocupación que resuena a través de la sombra.
Le sonrío.
—También te preocupa perderlos.
—Son unos mierdecillas de la realeza —dice—. No me importa qué hagan.
Le doy un golpecito con el otro pie en su duro estómago.
—Mentiroso.
Refunfuña.
—Está bien. Pero, si les cuentas esto, te follaré hasta que estés a punto de correrte y luego te dejaré a medias. Y lo haré día tras día hasta que se te nuble la vista.
—Pues me provocaré el orgasmo yo sola.
Saca un instante la lengua por el labio inferior, sin dejar de mirarme.
Resoplo.
—Vale, sí, sería una puta tortura. Tu secreto está a salvo conmigo, lo juro por tu polla y tus divinos orgasmos.
Me masajea el arco del pie con más dulzura.
—Los gemelos fingen que no les importan su familia ni la conexión que han perdido.
Pero las anhelan. Cada día. Y no es solo por las alas.
Quizá ni ellos se den cuenta de que hay algo más, algo más difícil de cuantificar, más difícil de nombrar.
Puede que seamos la familia que han elegido, y creo que siempre lo seremos, contigo en medio, manteniéndonos unidos.
Pero también necesitan esa conexión con su pueblo.
No solo con la corte, sino con todos los fae.
Para los gemelos, el camino pasa por sentir que tienen un lugar entre los suyos.
Habrían sido unos grandes líderes —termina.
Asiento, con cuidado de no romper el hechizo.
Me gusta oírlo hablar de los demás cuando no intenta esconder el amor que siente por nosotros.
Vane no es de los que muestran mucho, pero, aquí y ahora, me doy cuenta de que, bajo su fachada distante, nos conoce bien, tal vez incluso mejor que nosotros mismos.
Cambia al otro pie. Los músculos de los antebrazos se le tensan mientras me masajea el talón.
—¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos con Campanilla?
—De eso nos preocupamos nosotros —dice Vane.
Bajo la voz varias octavas para imitarlo.
—Siéntate, mujercita, y deja que los hombres trabajen.
—No he querido decir eso. —No suena ofendido. Al contrario: el tono es cauteloso, como si supiera que solo lo estoy provocando.
—Puedo ayudar.
—Sé que puedes.
—Entonces, ¿por qué no me dejáis? Tengo la sombra y puedo…
Se incorpora y el agua chapotea a su alrededor. Los abdominales le sobresalen del agua y me cortan la frase a medias. Su cuerpo desnudo, su mirada intensa, el hecho de que no hace tanto me escupía en la boca y me rechazaba… Y ahora nos estamos bañando juntos y casi no soportamos estar separados.
—Si le damos la ocasión, te destruirá.
Su ojo violeta se vuelve negro, y noto que algo se estira dentro de mí: es la sombra reclamando venganza y violencia por algo que aún no ha ocurrido.
Pero también percibo el miedo de Vane.
—No se lo podemos permitir —dice.
Asiento, y la oscuridad se le va del ojo bueno. Vuelve a recostarse y a agarrarme el pie, pero esta vez sube hasta la pantorrilla y me recorre un escalofrío por los hombros, aunque estoy rodeada de calor y vapor.
Intenta distraerme. Y me da pena reconocer que está funcionando.
—Cuando lleguemos al palacio —continúa—, tú te quedas a mi lado. No te separes por ningún motivo ni excusa. ¿Lo entiendes?
—¿Y si tengo que ir al baño? —Me aprieta la pantorrilla con fuerza y abro mucho los ojos—. Te has pasado.
—¿Lo entiendes, Win?
—Vale. Sí. Lo entiendo.
Sigue subiendo por la curva de mi pierna, me masajea la parte posterior del muslo, y suelto un pequeño suspiro a medida que se acerca a mi centro.
—Ya has tenido suficiente por un día —dice.
—Cómo te atreves —digo.
Se ríe, y es el mejor sonido del mundo.
—Pequeña zorra necesitada.
—Siempre.
Vuelvo a tener los ojos cerrados, pero sé que está sonriendo.