9
Peter Pan
Cuando salgo de la tumba, oigo sus voces resonar por el pasillo. El suave gemido de Darling. El rugido de Vane. Hago acopio de todas mis fuerzas para no irrumpir en la biblioteca: primero para observar y luego para unirme.
La puerta está cerrada.
En el pasado, Vane y yo hemos compartido mujeres, pero él también disfruta de la soledad y la intimidad.
Si la puerta está cerrada, es porque así lo quiere.
Así que, por este momento, puede quedarse a Darling para él solo.
Me apoyo en la pared y enciendo un cigarro. Al otro lado del pasillo, la nieve baila tras las ventanas. Los copos chocan con fuerza contra el cristal y se convierten en hielo.
Durante décadas estuve atrapado en la oscuridad; la única luz que veía era la de las estrellas sobre mi cabeza. Pensaba en ello como mi propia prisión dorada, pero ahora que las estrellas han desaparecido, escondidas tras las nubes, me siento desorientado y desconectado.
Nada es como debería ser.
Intento con todas mis fuerzas mantener el pánico a raya.
«No te mereces la sombra».
Las palabras son un susurro en mi cabeza. Se repiten una y otra vez. Nunca Jamás debería estar frondoso y verde, el cielo debería ser azul, el aire suave y el océano tranquilo.
Tenemos ambas sombras. Y está claro que la sombra tenebrosa ha encontrado un hogar que le gusta.
Pero ¿la mía?
Le doy una calada al cigarro y me lleno los pulmones de humo.
Mi sombra está en silencio, pero la noto inquieta. ¿Soy yo? ¿O es la sombra? Nunca había tenido que pensar en la línea que nos separa.
«No te mereces la sombra».
Intento sacarme las palabras de mi cabeza.
Winnie jadea. La mesa se tambalea contra el suelo.
Suspiro y echo la cabeza hacia atrás.
El viento arrecia.
No quiero oír cómo se corren juntos, así que me separo de la pared, regreso al ático y me dejo caer en mi butaca. El cuero cruje. Pongo un codo en el brazo de la butaca, vuelvo a llevarme el cigarro a la boca y miro fijamente el Árbol de Nunca Jamás a través del humo.
Los duendecillos siguen iluminando las ramas, pero los periquitos se han ido, y no puedo evitar pensar que es otra señal de que nada es como debería ser.
Incluso los Niños Perdidos parecen haberse esfumado. Desde que desperté, no he visto a ni uno.
El cigarro arde y arde hasta consumirse.
Quiero otro, así que lo enciendo.
Me echo hacia delante y pongo los codos en las rodillas.
El pánico está a punto de invadirme; lo noto trepar por mi garganta.
¿Qué dijeron los espíritus de la laguna la noche que me arrastraron a las profundidades? ¿Cuáles fueron las palabras exactas? ¿Estaba demasiado concentrado en volver a la superficie con Darling , Vane y los gemelos como para escuchar?
¿Y si hay algo que obvié?
Había algo sobre la oscuridad… y la luz…
«Rey de Nunca Jamás ».
«Rey de Nunca Jamás ».
«La luz te hemos regalado, pero en la oscuridad estás atrapado».
¿Qué coño quieren decir con eso?
La puerta de la biblioteca se abre. Darling se ríe. Vane le susurra algo. Cuando salen al pasillo, están uno frente al otro. Darling me da la espalda y Vane la agarra de las caderas.
Es Vane quien me ve primero, y se recompone; se sacude de encima el aire de enamorado.
Cruzan la sala.
—Pan —empieza a decir Vane, pero lo corto.
—Darling, tráeme una copa.
Ella aprieta los dientes. Noto su mirada clavada en mí un segundo antes de que vaya a la barra que hay detrás de mí. Se oye descorcharse una botella y un vaso golpear la barra. Después, el gluglú del alcohol al servirse.
Vane me mira fijamente.
Sé que, cuando tengo miedo, me convierto en un gilipollas.
No puedo respirar.
Lleno los pulmones de más humo. Arden, arden y arden.
Darling se acerca a la butaca y me tiende el vaso.
—Para el rey de Nunca Jamás. —Lo dice con sarcasmo.
Le arrebato el vaso y me lo bebo de un trago.
—Otra.
—¿Es que ahora soy tu chacha o qué?
Me enderezo.
—Que. Me. Traigas. Otra.
El ambiente cambia. El aire se me clava en la piel como agujas. Los ojos de Darling se ponen negros.
—Cómo te atreves…
Vane se interpone entre nosotros, pero de cara a Darling.
—Mírame a mí —dice. Ella alza la barbilla y lo mira directamente. El aire ondula a su alrededor con gran intensidad—. Siéntate.
Ante la orden de Vane, se sienta. Se deja caer en el sofá con un resoplido y cruza los brazos sobre el pecho. Los ojos le vuelven al verde ardiente y resplandeciente y me fulmina con la mirada.
Vane se sienta en la mesita que hay entre nosotros.
—¿Qué pasa? —me pregunta.
—Nada —le digo.
Mentira.
Frunce el ceño, se lleva los brazos a los muslos y extiende las manos.
—¿Qué ocurre, Pan? Cuéntamelo.
«Rey de Nunca Jamás ».
«Rey de Nunca Jamás ».
«No puedes tener luz…».
Y tampoco puedo tener puta paz.
—¿Que qué pasa? —gruño—. ¿Que qué coño pasa, Vane? Campanilla ha regresado. Está nevando en Nunca Jamás. La laguna me está tocando los putos cojones. Los gemelos se irán y yo no… —Me interrumpo y aprieto los dientes.
—Tú no ¿qué? —me anima a seguir.
No me merezco la sombra.
Maté a Campanilla de la manera más cobarde posible y, cuando he vuelto a enfrentarme a ella, he escogido el mismo camino.
Si la laguna intentaba darme una lección, no la he entendido. O la he ignorado a conciencia.
Cierro los ojos y me los froto con el pulgar y el dedo índice.
—No es nada. —Me duele todo. Quiero arrancarme la piel y salir de ella. Apago el cigarro en el cenicero más cercano y me levanto—. No la pierdas de vista —le digo a Vane.
—No lo haré —me promete.
Darling se ha relajado, pero sigue con los brazos cruzados.
Quiero ir con ella. Quiero notar el calor de su piel y oír sus dulces gemidos mientras la lleno. Quiero perderme en ella.
En cambio, me giro y me voy.