Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 8
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Winnie

Vane está inquieto. Ocupa una de las butacas de cuero, con el codo apoyado en el brazo y un cigarro entre los dedos índice y corazón. La punta arde y el humo se eleva en volutas.

Tengo la misma capacidad que él de sentir todo lo que él siente, pero a él se le da mejor ocultármelo, así que no me queda más remedio que adivinar.

—Estás enfadado con Pan —digo. Procuro que no suene a pregunta. Con Vane, siempre quiero parecer segura.

Se lleva el cigarro a la boca y da una calada. Habla al mismo tiempo que expulsa el humo.

—Está siendo imprudente.

—Tiene miedo —admito, y me sorprende descubrir que es cierto.

—Sí —dice Vane. Cierra los ojos y suspira—. Desde que conozco a Peter Pan, siempre ha estado en una búsqueda interminable de su sombra y, ahora que la tiene, creo que no sabe cómo respirar. Sigue inquieto.

—¿Y lo culpas? —Cruzo la habitación hacia Vane, pero me detengo cerca de la mesita de café y cruzo los brazos sobre el pecho—. Campanilla está de vuelta, y es una gran putada.

Vane resopla y el humo le sale por la nariz.

—Qué boca tan sucia tienes, Darling.

—No me gusta que me llames así.

Él me mira, y el ojo violeta le brilla ante el desafío de mi voz.

—¿Por qué?

—Porque solo tú me llamas Win.

—Quieres que lo nuestro sea algo especial, ¿ verdad, Darling ?

Está claro que he calculado mal. Porque ahora sabe que puede utilizarlo contra mí, para ponerme en mi lugar.

Sin pensarlo dos veces, acorto la distancia entre nosotros y me siento a horcajadas sobre su regazo. Él exhala, y una mano se dirige automáticamente a la curva de mi culo, aunque frunce el ceño, como si le molestara.

—Te guste o no, compartimos la sombra, así que sí, lo nuestro es especial .

Que sepamos, somos los primeros en compartir una sombra. Estamos en terreno desconocido.

Le quito el cigarro de la mano, me inclino hacia atrás y lo apago en el cenicero más cercano. Me deja hacerlo sin inmutarse y me pone ambas manos en el culo. Empieza a apretar y me guía hacia su ingle.

Cuando encuentro una buena postura, me muevo ligeramente y dejo que note todo el calor de mi coño.

—Me llamo Winnie.

—Sí —dice él.

—Darling también forma parte de mi nombre, pero a la vez es un apodo cariñoso. Cuando llegué a Nunca Jamás, no lo era. Sé que Pan usaba mi apellido para poner distancia entre nosotros. «La Darling», dec ía . No es muy diferente de decir «la alfombra» o «la puerta» o «la botella de ketchup ».

Vane resopla otra vez, así que vuelvo a mover las caderas y él emite un quejido; le noto la polla endurecerse. Me hunde más los dedos en el culo y me mantiene en el sitio.

—Tú eras el único que, al usar mi nombre, hacía que sonara a algo real.

—Mantengo la mirada en su rostro, atenta a cualquier cambio en su expresión.

Ahora no percibo la conexión que hay entre nosotros; creo que la está conteniendo—.

Cuando llegué aquí, fuiste muy cruel conmigo.

Eras el que más distancia intentaba poner entre nosotros.

Pero también fuiste el que la acortó al llamarme por mi nombre de una manera más íntima.

Su expresión se relaja.

—¿Eso es lo que crees, Darling ?

—Es lo que sé.

Se levanta de golpe, pero me sujeta con fuerza por el culo y me mantiene recta, y le rodeo la cintura con las piernas. Me lleva por el pasillo hasta la biblioteca. Cierra la puerta de golpe con la bota.

En sus brazos me siento diminuta, y nunca me he sentido tan segura. Y, cuando estoy a punto de dejarme llevar, me asalta una punzada de tristeza.

« No te mereces nada bueno. Y, aunque lo tuvieras, no durar ía mucho. Esto terminará. Él verá quién eres realmente. Todos lo harán, y un día te despertarás y volverás a estar sola » , parece decirme.

—Estoy contigo, Win —dice Vane, y sé que ha captado esa tristeza, que la siente.

—No tienes que salvarme.

No quiero que piense que soy débil. No quiero que él, ni Pan ni los gemelos, sepan que a veces me da miedo que no sean más que granos de arena en las manos, condenados a escurrírseme entre los dedos por muy fuerte que los agarre.

Vane me sienta en el borde de la mesa más cercana. Con el sol ya puesto, la habitación está oscura, pero varios candelabros de cristal sostienen llamas encendidas.

—¿No hemos pasado ya por esto? —Se inclina hacia mí, me rodea la cintura con fuerza y se acomoda entre mis piernas—. No quiero salvarte.

—Entonces, ¿por qué me calmas como si fuera una gatita?

De un tirón me quita la camisa, me rodea el cuello con una mano y me empuja contra la mesa.

—Vamos, gatita. Atrévete a salvarte.

Ja. Esto le va a salir mal. Como si quisiera salvarme de esta situación. Él lo sabe y yo lo sé y, con la energía de la sombra corriendo entre nosotros, sé que él tampoco quiere que lo intente.

Bajo la mano y me desabrocho los pantalones. Vane mantiene la suya sobre mi garganta y me observa con interés. Me quito los shorts y los tiro a un lado; luego deslizo un dedo por las bragas y tiro de ellas hacia arriba hasta estrujarlas contra mi coño.

La mirada de Vane se clava en el hueco entre mis piernas, y mi clítoris palpita con la necesidad de que lo toque de una puta vez.

—Qué poco te ha costado empaparte —dice, con los ojos en la tela ya húmeda.

—Ya no me das caza, y yo ya no huyo.

Suelta un gruñido profundo y, con la mano libre, me aparta la mía para ocupar su lugar. Con los nudillos contra mi piel, recorre la tela entre mis piernas y roza mi humedad.

Me invade una oleada de placer y me sacudo sobre la mesa, pero Vane aprieta más mi cuello y me obliga a quedarme quieta.

Me mete un dedo despacio, y mi humedad suena con fuerza en la quietud de la sala.

Fuera de la biblioteca, la nieve se convierte en hielo y golpetea contra el cristal. El viento sopla. Agarro a Vane de la muñeca, desesperada por tocarlo a la vez que él me toca.

A la sombra le gusta esta conexión, y noto que se me encienden las venas. Nunca he estado colocada, pero esto debe de parecérsele, como si estuviera fuera de mi cuerpo y no fuera más que puro placer y calor.

Se me acelera la respiración.

—Fóllame, Vane. Duro.

—Qué mona eres… crees que puedes darme órdenes.

Vuelve a penetrarme con los dedos, pero esta vez recorre mi humedad con el pulgar y me acaricia el clítoris con un ligero toque. Muevo las caderas en busca de la presión de su mano, pero él es demasiado rápido. Y demasiado listo.

Me está llevando al límite a propósito, solo para demostrarme algo.

—Vane —gimo.

Me suelta, me arranca las bragas y me abre para él. Me besa delicadamente en la rodilla, en el interior del muslo…

—Tienes el coño más bonito que he visto nunca, Win.

Deja un rastro de besos y sigue avanzando hasta acercarse a mi centro. Noto el cosquilleo de su respiración.

Estoy ardiendo de calor y de necesidad, y él se mueve hacia la otra pierna, vuelve a besarme el muslo y acerca sus dedos peligrosamente a mi coño.

—Vane —repito, casi sin aliento.

Y entonces me lame el coño y me provoca una sacudida.

Vuelve a abandonarme.

—Deja de torturarme.

Coloca una mano sobre mi pubis, aprieta y me recorre una oleada de calor.

—Me gusta oír cómo suplicas.

Lo miro con los ojos entrecerrados. Tiene el ojo violeta y me observa con atención.

Con la Sombra de la muerte de Nunca Jamás se controla mucho mejor. No siente sed de violencia ni de sangre.

Solo una necesidad despiadada.

—Por favor —gimo.

—Más alto.

— Por favor .

Un ligero roce en mi clítoris hace que arquee la espalda, y cada nervio y cada hueso de mi cuerpo intentan llegar hasta él.

Sus dedos siguen en la cara interna del muslo, y luego se deslizan hasta mi humedad.

Me estremezco, y el clítoris vuelve a palpitarme.

—Vane, no puedo…

Hunde la boca en mi centro.

En cuanto su lengua empieza a deslizarse por mi piel, no puedo quedarme quieta. Me retuerzo sobre la mesa, pero me ancla los muslos con las manos y me deja abierta para él. Pasea la lengua por mi clítoris y luego la arrastra y me lame despacio.

—Oh, Dios —digo entrecortadamente, y le hundo una mano en el pelo para guiarlo.

Lo amo tanto que duele y, de golpe, se me llenan los ojos de lágrimas mientras me lleva más y más cerca del límite.

—Joder, qué bien sabes —dice contra mí, y me besa lenta y deliberadamente, con la lengua deslizándose contra mí.

—Quiero correrme contigo. —Le tiro del pelo, como si pudiera controlarlo.

Me mira desde la uve de mis muslos, con el pelo revuelto de tanto manoseárselo.

—Yo no tengo por qué correrme —dice él.

—Y una mierda que no.

Me enderezo; noto a la sombra nadar bajo la superficie.

Hay un buen bulto justo donde la polla de Vane sigue atrapada en los pantalones. Se los desabrocho.

—Vas a follarme —le digo—. Aquí y ahora, y quiero que te corras conmigo.

Deslizo una mano bajo la cinturilla de su ropa interior y él exhala bruscamente cuando le agarro la polla. Cuando le paso el pulgar por el glande, ya está húmedo.

—No me rechaces.

Me aparta un mechón de pelo del hombro y deja la mano en mi nuca.

—Hubo un tiempo en que quería que corrieras más rápido, para que pudieras escapar de mí.

Le acaricio el miembro. Gruñe.

—Pero no creo que ningún camino, por largo que fuera, me hubiera detenido. —Me besa; su lengua se encuentra con la mía y hace que me saboree a mí misma.

Empezamos despacio, suave, y luego nos volvemos voraces; el beso se hace más intenso, frenético.

Le bajo los pantalones y se le libera la polla.

Me besa la mandíbula y me muerde el cuello.

Me muevo hasta el borde de la mesa y lo envuelvo con las piernas; lo alineo conmigo mientras volvemos a besarnos.

—Fóllame —le suplico contra su boca, y le mordisqueo el labio inferior—. Ahora —añado, más firme.

Pasa un brazo por mi cintura, me alza y me acerca más a él, como si quisiera fundirnos en uno solo, aunque ya esté enterrado en mí.

Gimo con fuerza. Me gruñe al oído y la polla embiste contra mis apretadas paredes interiores y hace que la mesa arañe el suelo.

Somos fuego y escombros de vidas rotas y aterradoras. Follamos como si el amor fuera un bálsamo y nos aterrase la sola idea de que se agotara.

Follamos como si solo existiera el ahora.

Ahora.

Ahora.

Ahora.

Vane sigue embistiéndome, la fricción me enciende el cuerpo y el orgasmo me llega con la fuerza de un maremoto.

Dejo escapar un grito sollozante y aprieto los tobillos tras él para hundirlo más en mí.

Vuelve a embestirme y se derrama dentro de mí, gruñéndome al oído.

Tiemblo en sus brazos; el placer me atraviesa como el agua atraviesa la piedra.

Él me ha cambiado para siempre.

Lo amo.

Lo amo tanto que quema y, aun así, me estremezco en sus brazos. El cuerpo me tiembla como si no supiera qué hacer con toda esta felicidad, con todo este placer.

Vane se retira despacio y luego vuelve a embestir. Los músculos de la espalda se le flexionan mientras me abraza.

—Puedo sentirlo —dice en un susurro, como si fuera un secreto.

—¿Sentir el qué?

—Tu amor —dice—. En mi pecho. —Me besa la mejilla y se inclina hacia mí—. Puedo sentir tu amor como si fuera un millón de estrellas doradas en el infinito abismo que soy yo.

Sus palabras me calan y noto las mariposas revoloteándome en el estómago.

Aprieto los dientes para reprimir las lágrimas, pero es demasiado tarde.

Vane me mira, me enjuga una lágrima y yo me apoyo en su mano a la espera de que el temblor se calme.

—Prométeme que siempre estarás ahí para mí.

Me inclina la barbilla para que lo mire y me besa con delicadeza.

—Lo prometo, Win.