6
Roc
A pesar de todos sus defectos, Nunca Jamás es un lugar repleto de magia, y la magia puede ayudar a una bestia a encontrar a una Darling desaparecida.
Así que toca empezar a tachar cosas de la lista.
Puede que Peter Pan sepa cómo encontrar a Wendy. Pero la reina fae podría tener aún más idea. Después de todo, me invitó a la isla con la promesa de revelarme ciertos secretos y, aunque me mostró uno, sé que hay más.
El problema es que no sé en qué estado voy a encontrármela, sobre todo después de su enfrentamiento con Peter Pan, sus Niños Perdidos y su escalofriante Darling.
Puede que la reina fae esté muerta. Puede que sus secretos se hayan perdido.
Pero, si una bestia es capaz de tener una lista, hay que seguirla y, mira por dónde, la reina fae es la siguiente.
Decido hacer una parada en la ciudad antes de poner rumbo a territorio fae.
La casa del Capitán se alza en lo alto de la colina, de manera que puedo contemplar todo su territorio.
Desde aquí se ve que el cielo de Nunca Jamás está revuelto.
Sin embargo, la ciudad sigue igual de animada que siempre.
Nieve o no, la gente sigue teniendo cosas que vender y pan que hornear.
Sigo el olor a cacahuetes recién tostados hasta una plaza junto a la bahía. En el centro de la plaza hay un pequeño parque con una fuente, y en la fuente, una estatua de piedra del Capitán con sus mejores galas y la mirada fija en el horizonte.
A lo largo de mi vida he comprobado que todos los hombres que deciden levantarse una estatua en su honor comparten un mismo rasgo: la debilidad.
Irónico, cuando menos.
Por la plaza hay repartidos varios carritos que venden pan, joyas y vino feérico. Los gritos, las risas y las negociaciones llenan el aire. El cielo oscuro atrae muchas miradas.
Encuentro enseguida el carrito de cacahuetes y me dirijo hacia él. Un anciano encorvado está a su lado. En un extremo del carrito hay una bandeja con vasos desechables llenos de cacahuetes recién tostados.
—Anciano, acabas de hacer muy feliz a este vejestorio. —Cojo un vaso.
El cacahuatero me mira de arriba abajo.
—No eres un vejestorio.
Rompo la cáscara con el pulgar y el índice.
—Me halagas. —Me meto un cacahuete en la boca y lo hago crujir con las muelas; tanto es el placer que casi me da un orgasmo en medio de la plaza—. Me cago en la puta. Tú sí que sabes tostar un cacahuete.
Entrecierra los ojos bajo la visera de la boina de vendedor de periódicos manchada de aceite y polvo.
Lleva una camisa vaquera, lo que me parece raro, ya que el tejido vaquero solo existe en el mundo mortal.
Está claro que a esta cadena de islas llegan cachivaches, baratijas y putas de muchos reinos, así que supongo que una camisa vaquera tiene la misma probabilidad de llegar aquí que una puta.
Yo, desde luego, prefiero a la puta. No me importa meter la polla en un agujero húmedo y caliente. No puedo decir lo mismo de unos pantalones rígidos.
Rompo otra cáscara.
—¿Sabes dónde puedo encontrar a Wendy Darling?
—¿Quién? —El hombre cambia el peso de un pie a otro, y sus gastadas botas raspan los adoquines.
—Wendy Darling —repito más alto.
Niega con la cabeza.
—Lástima.
La nieve empieza a caer con más fuerza y cubre los adoquines.
—Vaya tiempo hace, ¿eh?
Rompo otra cáscara y los restos caen sobre la nieve a mis pies.
—Nunca nieva en Nunca Jamás —me informa.
—¿Cuál crees que es el motivo?
El anciano vuelve a cambiar el peso y el carrito cruje cuando se apoya en él.
—Mi abuelo decía que el mal tiempo es Dios intentando decirnos algo.
—¿Y qué crees que nos quiere decir?
—Que estamos bien jodidos.
Me río y le doy una palmada en la cabeza.
—Eres un encanto.
—¿Vas a pagarlos? —Señala el vaso de cacahuetes que tengo en la mano.
—¿Vas a obligarme?
Empieza a temblarle la mano derecha y la esconde de golpe a la espalda. Ni aunque lo intentara conseguiría obligarme.
Me meto la mano en el bolsillo, saco una moneda y se la tiro.
Puede que sea un anciano, pero la atrapa con facilidad, aunque el movimiento casi le hace perder el equilibro.
Mantiene la mano abierta para examinarla.
Vale el doble de lo que tiene escrito en pintura blanca en el lateral del carrito, justo al lado de «Los cacahuetes de Potter» y «Los mejores cacahuetes de Nunca Jamás ».
En eso estoy de acuerdo.
—¿Eso te parece bien? —pregunto.
—Me parece más que bien.
Unas espesas nubes se ciernen sobre la plaza y le roban la luz.
Me giro hacia el camino.
—Espero que Dios te perdone, anciano. Sería una pena perder estos deliciosos cacahuetes.
Los guardias que custodian la entrada del palacio fae me dejan pasar sin oponer resistencia. De hecho, casi parecen abatidos.
No me sorprende, dado que son unos inútiles.
Pero, cuando entro en el palacio por la puerta del sur, entiendo mejor por qué no cumplen con sus funciones.
El palacio es un completo caos.
No el tipo de caos que se ve a simple vista, como un tornado o una cabeza cortada, sino el silencioso, como el zumbido de una multitud reunida alrededor de una bomba, a la espera de que estalle. Nadie grita, pero tengo la clara impresión de que lo están haciendo en silencio.
Con el vaso de cacahuetes aún en la mano, me dirijo hacia la sala del trono y paso junto a un grupo de faes.
La mayoría llevan las galas de la corte: abrigos bordados con hilo dorado o vestidos cosidos de joyas.
Aunque esto tampoco es algo inusual en sí mismo.
He pasado mucho tiempo deambulando por cortes reales y siempre hay quien va vestido de punta en blanco.
Los Remaldi nunca se atrevían a ir a ningún sitio sin parecer unos ricachones.
La última vez que estuve en el palacio fae fue diferente, como si estuvieran acostumbrados a vestir de manera más informal y solo sacaran sus mejores ropas cuando necesitaban impresionar o celebrar algo.
Y si no les interesa impresionar a la corte visitante, ¿para qué se han vestido así?
Detengo a una fae de alas color perla y vestido verde esmeralda oscuro que pasa por mi lado.
—¿Dónde está tu reina? —le pregunto.
La chica va con prisas, y la primera emoción que le cruza el rostro es la irritación. Entonces se fija en mi camisa ensangrentada y rasgada y aprieta los dientes en una mueca de disgusto.
Y luego se fija en mi cara.
En un buen día, mi cara me abre puertas y piernas.
A la fae se le escapa un jadeo de sorpresa y los pies intentan hacerla huir.
La agarro de la muñeca y la arrastro hacia mí, y el jadeo se convierte en un grito ahogado.
—No tan rápido, pequeña fae.
No estoy seguro de qué edad tiene. Los fae envejecen de una manera que nadie entiende, igual que los de mi especie. Puede tener diecisiete años o setecientos y pico.
Por cómo le tiembla el cuerpo bajo mi agarre, diría que es más bien lo primero. Lo bastante mayor como para haber oído de mí, pero lo bastante joven como para temerme.
—¿Dónde está tu reina? —repito.
—Supongo que en la sala del trono, milord.
Milord . Madre mía. Qué anticuado. Técnicamente soy un barón de Isla Invernal porque me comí a todos los enemigos del rey y él me obsequió con el título. Pero esta pequeña fae desconoce ese detalle.
—Cocodrilo está bien —le digo, y luego me inclino y bajo la voz—. O Bestia.
Varios sirvientes pasan a toda prisa con los brazos cargados de cestas de fruta. Miro más allá de la chica y observo la actividad que rebosa del gran salón. Todo el mundo está ocupado . Casi nadie parlotea, algo extraño en cualquier corte.
—¿Estáis preparando alguna celebración? —pregunto.
La chica asiente y sus alas le revolotean con fuerza a la espalda.
—Para esta noche. Sí, mi… Quiero decir… Cocodrilo, señor.
La suelto.
—Entonces, ve. Puede que nos veamos esta noche. —Le muestro los dientes, ella suelta un chillido y desaparece.
Que celebren algo explica la ropa formal, pero ¿qué coño celebran?
En el gran salón no ha cambiado nada. Los tapices siguen siendo los mismos; algunos representan a sus dioses fae en distintas escenas. Batallas, banquetes y juergas. La alfombra que recorre el salón es la misma que cuando estuve aquí con los Remaldi.
Algo no cuadra.
Sigo la alfombra roja varios metros hasta llegar a las puertas dobles de la sala del trono, que están cerradas. No hay ningún guardia custodiándolas, protegiendo a la reina.
El picaporte es enorme y pesado. Y, si tuviera que adivinar, de bronce. Al tocarlo, está frío. Cuando lo bajo, los mecanismos interiores rechinan con fuerza y, cuando empujo la puerta, esta emite un quejido.
La sala del trono está vacía, salvo por la reina.
—¡He dicho que me dejéis! —Su voz resuena por el espacio cavernoso.
Puede que la sala esté bajo tierra, pero es una gran cúpula con el techo revestido de enredaderas y faroles parpadeantes.
La reina me da la espalda, de modo que me toma por un simple sirviente o un guardia.
Cierro las puertas a mi espalda y doy un paso al frente.
La reina se gira y bate las alas, que la alzan del suelo de piedra.
—¡He dicho que…! —Su grito vuelve a llenar el espacio. Cuando se interrumpe bruscamente, las palabras resuenan en un eco.
El revoloteo de las alas se ralentiza y vuelve a posarse en el suelo.
—Cocodrilo.
—Tenemos que hablar.
—No es el momento.
Vuelve a darme la espalda y se dirige hacia la barra, donde hay una botella descorchada de vino feérico y, al lado, un vaso con un poco de líquido.
A los fae les encanta el vino, pero su reina nunca lo bebe.
Se llena el vaso hasta la mitad y se lo acaba de un trago.
Bajo los escalones.
—Para ser una reina a punto de celebrar algo, no parece que estés de muy buen humor.
Resopla y vuelve a llenarse el vaso.
La energía de la sala está cargada y, por un segundo, dejo que la sensación me traiga viejos recuerdos de cuando yo aún tenía una hermana, cuando era el hermano mayor que debería haberla protegido.
La reina se desploma sobre la barra con los codos en la encimera.
Rodeo la sala. Aquí no ha habido ninguna reyerta. Las mesas están en su sitio y las sillas, recogidas debajo. Los tapices siguen intactos, los apliques de la pared en su lugar y la magia parpadea tras ellos.
Entonces, ¿qué ha pasado para que la reina fae esté angustiada y hecha un manojo de nervios?
Y entonces me doy cuenta de que falta algo.
El trono.
No está.
Subo al estrado para inspeccionar el espacio. No es fácil detectar ilusiones, pero, como acabo de saciarme, estoy seguro de que descubrir ía una si me concentrase.
Pero no hay nada que me llame la atención.
Solo un espacio vacío donde solía estar el trono.
Un trono marcado por los Creadores de mitos, una sociedad secreta conocida por utilizar magia oscura para ayudar a personas a apoderarse del trono o mantenerse en él.
—Tilly —digo—. Por favor, dime que no…
Una puerta lateral se abre con un chirrido y entra Campanilla.
Vaya, vaya.
Me sonríe, como si esperara encontrarme aquí. No hace falta decir que ha estado escuchando tras la puerta.
Campanilla cruza la sala y me abraza; trae consigo el tufo a magia oscura, vetiver y polvo de hadas.
—Cocodrilo. Bestia. El hombre de muchos nombres. —Se aparta y junta las manos frente a ella—. Recuerdo que nos conocimos una vez en Isla Tenebrosa. ¿Lo recuerdas? En aquel entonces se te conocía por tu verdadero nombre. Ay… ¿cómo era? —Frunce el ceño, pensativa.
—Pronuncia mi nombre y te devoraré entera.
Suelta una risa.
—Ay, Cocodrilo, eres muy gracioso.
De golpe se pone seria y sus alas la levantan del suelo hasta que quedamos a la misma altura.
Miro por encima de su hombro, hacia la reina fae, que está encogida sobre sí misma.
—Estúpida cría —digo—. ¿Qué has hecho?
—Ha hecho lo que había que hacer. —Campanilla vuela hacia mi izquierda y me tapa la vista de Tilly—.
Mi hija era incapaz de gobernar sin la guía de alguien más fuerte.
Así que ella y la laguna me resucitaron.
La isla siempre nos da lo que necesitamos.
—Sonríe de oreja a oreja y el cuerpo entero le brilla como un farol—.
Y ahora estoy aquí para ayudarla a enmendar sus errores.
La elección de palabras cuando alguien habla de temas delicados revela mucho.
No necesito mirar a Tilly para saber que está sangrando, aunque a simple vista no tenga ninguna herida.
Y eso mismo es el sonido de un grito silencioso.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —pregunto.
—Uniendo Nunca Jamás, por supuesto.
Deja que las alas la sostengan aunque solo esté a medio metro del suelo. No hay duda de que es una muestra de poder. Yo no puedo volar. Aún .
—Disculpa, has dicho… ¿uniendo Nunca Jamás? —Bajo del estrado.
Finalmente, Campanilla detiene el aleteo y posa los pies en el suelo. Está al lado de su hija, pero no con ella. Tilly traga con fuerza, tiene la mirada distante.
—Mis hijos estaban destinados a gobernar —dice Campanilla—. Era su derecho de nacimiento. Los traeré a casa y los convertiré en los verdaderos gobernantes de los fae y de Nunca Jamás, y Peter Pan no tendrá más remedio que aceptarlo.
Hay mucho que analizar aquí. Joder, demasiado.
Saco mis cigarros, me coloco uno entre los labios y enciendo el mechero.
—En el palacio no se puede fumar —dice Campanilla.
—Intenta detenerme —le digo, y doy una honda calada.
Todo esto me está pillando desprevenido.
Cuando el mechero se cierra con un clic, Tilly se estremece y se me encoge el corazón.
—Tu hija es la reina —señalo—. Si tu intención es convertir a tus hijos en reyes, ¿qué será de ella?
Campanilla se inclina para apartarle el pelo de la cara a su hija, y Tilly se encoge.
—Estoy segura de que le encontraremos algo con lo que ocuparse.