Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 4 #2
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Por supuesto, es más complicado que eso, pero, cuando te paras a pensarlo, hay un hecho innegable: queremos nuestras putas alas.

Queremos volar. Queremos volver a sentirnos completos.

Pan, Vane y Darling pueden surcar los cielos, y Kas y yo seguimos atrapados en el suelo, cosa que ha desequilibrado el grupo.

No lo hemos hablado entre nosotros, pero está ahí, como una grieta en el suelo, una línea que nos divide.

La dinámica del grupo es diferente, el poder ha cambiado.

¿Y qué significa eso para nosotros? Ni en un millón de años habría imaginado que Darling conseguiría la sombra, joder.

Tampoco puedo reprochárselo; no es que hubiera salido a buscarla.

Es simplemente una víctima de las circunstancias.

Pero eso no cambia los hechos.

Se oyen unos pasos por las escaleras. No son humanos, sino de lobo. Las garras de Balder repican contra la madera mientras avanza hacia nosotros.

Ha llegado en el momento perfecto.

Cuando llega al ático, nos ignora a todos y se dirige directamente hacia Darling. La rodea, se sienta sobre las patas traseras a su lado y le apoya la cabeza contra la cintura.

Me acerco a él.

—¿Qué sabes de que la laguna haya devuelto a la vida a nuestra madre?

Balder me mira con los brillantes ojos color ámbar. Darling hunde los dedos en su cuello para rascarle, y él se deja.

—Ahora no dices ni mu, ¿ eh?

Cierra los ojos.

—No vamos a conseguir nada de un perro. —Vane se deja caer sobre una de las butacas de cuero y pone las botas en la mesita—.

Pero, para que quede claro, creo que esto es una idea de mierda y, si lo que los gemelos quieren es volar, me ofrezco a ayudarlos.

Puedo daros una patada desde la Roca de los Abandonados; ya veréis c ó mo salís volando.

—Menudo gilipollas eres —le digo.

Se endereza.

—¿Cómo es ese dicho mortal, Win? El de engañar y eso.

Se agacha junto a Balder y él le da un empujoncito bajo la barbilla con la nariz.

—Si te engañan una vez, culpa al otro; si te engañan dos veces, cúlpate a ti mismo.

—Eso es. ¿Cuántas veces os ha engañado vuestra hermana?

Cruzo la habitación y le aparto las botas de la mesa con un manotazo para poder sentarme en el borde. Pongo los codos en las rodillas y me inclino hacia él. Vane me devuelve una mala cara.

—Mira, Tenebroso. ¿Preferiría emborracharme, atar a Darling a mi cama y follármela hasta que grite, o tratar con mi madre zombi y mi hermana conspiradora? No hay duda de que lo primero. Lo segundo me provoca dolor de cabeza. Pero tú también tuviste una hermana una vez.

Ladea la cabeza, aprieta la mandíbula y entrecierra los ojos.

—Cuidado, príncipe.

—Pero hiciste cosas cuestionables para vengarla.

—Sí, para vengarla —repite—. Ya estaba muerta.

—¿Y si no lo hubiera estado? Si hubiera estado viva, ¿qué habrías hecho para salvarla? —Se me quiebra la voz y, aunque creía que había conseguido enterrar lo que sent ía por Tilly, mi cuerpo me traiciona. Las lágrimas me queman—. ¿La habrías salvado? ¿Incluso de sí misma?

—Mi hermana nunca intentó matarme —señala.

—Si hubiera vivido lo suficiente para ver cómo te convertías en un gilipollas, seguramente lo habría hecho.

Se abalanza sobre mí. Caemos de la mesa y chocamos contra el suelo.

Él queda encima de mí, y el aire a su alrededor se oscurece.

Echa un brazo hacia atrás, listo para darme un puñetazo, pero yo soy más rápido y me da tiempo a invocar una ilusión que me transforma en Darling.

La visión hace su efecto y consigo desestabilizarlo durante una fracción de segundo y obligarlo a levantarse.

Eso me permite engancharlo con una pierna y tirarlo al suelo.

Me coloco sobre él y le doy un puñetazo en la mandíbula.

—¡Parad! —grita Darling.

—Eso ha sido un golpe bajo —dice Vane, y detiene mi segundo puñetazo; su agarre es tan fuerte que me duele todo el brazo.

—Como si tú hubieras jugado limpio alguna vez —respondo, y le pego con el puño izquierdo. También lo detiene, así que le doy en la cara con la frente. Le empieza a brotar sangre de la nariz. La violencia del golpe hace que los dientes me castañeen y que el sabor cobrizo me inunde la lengua.

—¡Pan! —grita Darling—. ¡Haz algo!

—Deja que se peleen, Darling —dice Kas—. Lo hacen de vez en cuando.

—Eso no significa que esté bien.

Con los puños atrapados, Vane nos hace rodar y cambiamos de postura. Me da un puñetazo en la mandíbula que hace que me tiemble todo el cuerpo.

Se prepara para otro golpe cuando una esbelta figura se abalanza sobre él y lo aparta de mí.

Me incorporo y la oscuridad invade el ático y oculta el cielo gris y los resplandecientes duendecillos.

—Parad. —La voz de Darling es un inquietante eco. Está a horcajadas sobre Vane, que está tumbado en el suelo—. O voy a barrer el suelo con vuestros cuerpos.

Vane la fulmina con la mirada y no puedo evitar reírme.

Darling me mira con los ojos negros y la furia grabada en la cara.

—Lo siento, Darling. —Alzo las manos en señal de inocencia—. No dudo de ti… pero ver a una chiquilla como tú derrotar al Tenebroso es como ver un número de comedia.

Darling se levanta de encima de Vane. Aún le cae sangre de la nariz y se la limpia con los nudillos; deja una mancha bajo el labio inferior.

—Esto es exactamente lo que Campanilla quiere, ¿no? —Los ojos de Darling pasan del negro a su resplandeciente verde—. Que nos peleemos y los gemelos se distancien de nosotros. —Fija en mí su atención y veo un dolor crudo que le curva los labios hacia abajo.

¿Darling está preocupada? Joder, mierda. No sé por qué iba a dudar de mí.

Me acerco a ella, con el sabor de la sangre aún en la boca, y la abrazo. Es fácil cubrirla al completo. En tamaño es la mitad que yo, una mujercita.

—No te voy a abandonar.

Se derrite en mi abrazo y me pasa los brazos por la cintura.

—Pero se trata de tu madre —lo dice con un hilo de voz amortiguado contra mi piel—. Y de tu hermana. Y es o ellas o estos capullos. ¿Cómo vas a poder escoger?

—Tal vez no tenga que hacerlo.

Darling se separa, pero mantiene los brazos a mi alrededor. Tiene que echar la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos.

—Pan no quiso escoger —me recuerda—. Y mira a dónde lo llevó eso.

Por encima de la cabeza de Darling, veo a Peter Pan. Ahora está en la ventana, mirando hacia el sombrío cielo de Nunca Jamás.

Nadie sabe mejor que él lo astuta que puede llegar a ser mi madre.

¿Está preocupado?

Tengo la firme sensación de que sí.