Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 3
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Winnie

Me despierto helada. Desde que llegué a Nunca Jamás, siempre ha sido un lugar cálido y tropical. Nunca ha hecho tanto frío.

Noto el calor de los chicos a mi alrededor. Vane, con su sólida figura a mi espalda, rodeándome la cintura con el brazo. Bash, frente a mí, con nuestras piernas enredadas. Kas al otro lado de la cama, agarrándome los tobillos.

Y, aun así… tengo la piel de gallina.

Abro los ojos y me encuentro con la luz matutina; los primeros rayos de sol se cuelan por las ventanas abiertas de mi dormitorio.

Solo que la luz es… débil. M ás gris que naranja.

Y… ¿eso es nieve?

Me incorporo y me apoyo sobre los codos. Detrás de mí, Vane emite un quejido. Bash se estira hacia mí.

—Es demasiado pronto, Darling —masculla—. Vuelve a la cama.

—¿Alguna vez ha nevado en Nunca Jamás? —pregunto.

Unos gruesos copos se mezclan con la luz y, cuando el viento cambia, se cuelan por la ventana abierta y se derriten en diminutos charquitos en el suelo.

Bash frunce el ceño.

—Nunca.

—Bueno, pues está nevando. En vivo y en directo.

Abre los ojos de golpe. Frunce aún más el ceño y me mira; el sueño va desapareciendo lentamente de su mirada. Luego se endereza y mira por la ventana.

—Pero ¿qué cojones?

—¿Qué pasa? —pregunta Kas con voz adormilada.

Se me tensa el pecho. Tardo unos segundos en reconocer esa vieja sensación de terror. Crecí rodeada de ella. Me atormentaba como un fantasma, se extendía por las paredes desnudas y se escondía en los rincones oscuros. Antes de que pueda darme cuenta, el pánico se ha apoderado de mí.

Vuelvo a ser una niña que se esconde del hombre del saco, aterrada por lo que le depare el futuro, con miedo a volverse loca.

Se me acelera la respiración.

Vane se incorpora detrás de mí y me aprieta contra el calor de su pecho.

—No pasa nada, Win. —Junto a mi oído, su voz suena sombría y profunda, y se me contrae el estómago.

Ahora que Vane y yo compartimos la Sombra de la muerte de Nunca Jamás, no puedo esconderme de él. Siente todo lo que yo siento. Todo lo que temo.

No sé por qué, pero eso hace que se me agolpen las lágrimas en los ojos.

¿No es amor lo que siempre he anhelado? ¿ Que me protegieran y me cuidaran? Entonces, ¿por qué me siento tan estúpidamente vulnerable? Que conozca mis debilidades de primera mano me raspa como la lana virgen.

—Algo va mal —le digo.

Kas sale de la cama y se dirige hacia las ventanas. Su respiración condensa el aire.

El terror aumenta.

—¿Dónde está Peter Pan? —pregunto.

Miramos por la habitación y nos damos cuenta de que no está. ¿Habrá huido a su tumba? ¿Somos demasiado para su gusto? ¿Soy yo demasiado para él?

Salgo de la cama a toda prisa y me coloco junto a Kas frente a las ventanas. El pelo suelto le cae por los hombros y el viento le agita algunos mechones, que vuelan como una cortina de seda oscura y me hacen cosquillas en el hombro desnudo.

Fuera, Nunca Jamás está cubierta por un manto de nieve y, más allá de la casa, la playa se ve gris y las olas rompen con fuerza contra la orilla.

El terror se enrosca en mis costillas como una serpiente.

Miro a Kas.

—¿Alguna vez has visto Nunca Jamás así?

Mira hacia el horizonte con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido.

—Nunca —admite.

—¿Qué significa esto?

Y entonces lo oigo: el sonido lejano de una pelea. Y allí, en el bosque, entreveo una luz dorada.

Sé que es Pan.

Solo llevo una camiseta de tirantes y la ropa interior, así que me pongo lo primero que encuentro: unos pantalones cortos. Bash ya sale por la puerta y lo sigo a través del ático, luego por el balcón y bajamos las escaleras.

A lo lejos, las gaviotas graznan y las olas rugen en la playa.

El terror me sube por el esternón.

Algo va mal.

Algo va mal.

El terror no es mío.

Me doy cuenta al cruzar el patio trasero, con la nieve cortante bajo los pies descalzos entumeciéndome los dedos.

El terror que siento es de Peter Pan, y no sé cómo, pero soy capaz de percibirlo desde lo más profundo de Nunca Jamás.

Algo va muy, muy mal.

Y, cuando Bash y yo llegamos a un claro del bosque, vemos que Peter Pan no está solo.

—Hostia puta —suelta Bash.

Una mujer sostiene una resplandeciente daga negra contra el cuello de Peter Pan. Lo tiene acorralado contra el grueso tronco de un roble. La sangre le brota de un corte y le cae por el pecho desnudo.

—¿Quién es? —le pregunto a Bash—. ¿Qué quieres? —le pregunto a ella.

Entonces se gira hacia mí y curva los carnosos labios en una sonrisa.

Y de repente lo sé, porque la vi en la visión en la que mataba a mi antepasada, la Darling original.

—Campanilla.

Se aleja un par de pasos de Pan y, con un movimiento de muñeca, hace desaparecer la daga.

—Es un placer conocerte, Winnie Darling.

Sus alas aletean y la alzan del suelo del bosque. Se queda suspendida a pocos metros de altura y un polvo dorado revolotea a su alrededor, disipando el lúgubre gris de la mañana.

—Esto no puede ser real —dice Bash.

—Mi niño guapo. —Campanilla vuela hacia él, pero Bash retrocede con un traspié.

—No te acerques a mí.

El hada hace un puchero.

—¿Así es como recibes a tu madre después de tantos años?

—Y una mierda, esto es imposible. —Bash se endereza—. Es una puta broma. ¿Esto es cosa de Tilly? —Examina el bosque—. Ya está bien, hermana. ¡No tiene gracia!

Campanilla aterriza en el suelo y sus alas se detienen. Da un paso hacia Bash, pero yo la freno.

—Ya lo has oído —le digo.

Ella es solo unos centímetros más alta que yo, pero yo tengo la mitad de la sombra de Nunca Jamás, y no voy a recular.

—Niñita Darling. —Extiende las manos, como para mostrar su inocencia—. Solo he echado de menos a mi hijo. ¿Acaso no puede una madre abrazar a su hijo después de pasar media eternidad en las tinieblas?

Le lanza una mirada llena de significado a Peter Pan, y él aprieta la mandíbula.

Se oyen unos pasos por el sendero y, unos segundos después, Vane y Kas se unen a nosotros.

—Pero qué… —empieza a decir Kas.

—Lo sé —lo corta Bash.

Empiezan a hablar en su idioma fae; entre nosotros se oye el errático repique de unas campanas.

—Prometo que soy real —responde Campanilla—. De carne y hueso. —Extiende una mano—. Adelante. Os enseñé a ambos cómo distinguir una ilusión. Haced la prueba.

Kas me rodea y siento cómo el estómago me da un vuelco.

Esto no me gusta ni un pelo.

Kas estira el brazo y apoya la palma de la mano contra la mejilla de Campanilla. Ella se inclina hacia la mano y mi ira supera de repente al miedo.

Sé que está jugando con él, que está fingiendo ser una madre afectiva.

Kas retira la mano bruscamente, como si se hubiera quemado.

—¿Ves? —Las alas de Campanilla brillan con más intensidad bajo la luz gris.

Kas se frota los dedos, receloso, intentando descubrir el truco.

—¿Cómo es posible? —pregunta Bash.

—Nunca Jamás siempre ha sido un lugar de magia e imposibles, ¿verdad, Peter Pan? —Campanilla se gira hacia él, que sigue contra el tronco del roble con la sangre cayéndole por el pecho.

Parece que está en shock . Más de lo que me gustaría admitir.

—Tú fuiste la primera chispa de magia e imposible —continúa—. ¿No es así, Peter Pan? Todo el tiempo que he pasado ahí abajo con los espíritus de la laguna me ha servido para oír varias curiosidades sobre mitos y hombres… y hombres que se creen mitos.

Pan se pone rígido.

—Suficiente. —Vane entra en el claro—. ¿Qué quieres? Dilo y luego vete a tomar por culo.

Campanilla inclina la cabeza para mirar a Vane, y mi zorra territorial interior casi derriba los árboles.

—Te conozco —dice—. El Tenebroso. Los espíritus de la laguna te adoran. —Extiende la mano hacia él como si quisiera recorrerle el pecho con un dedo, pero él se la agarra antes de que llegue a tocarlo.

—Cuidado —le advierte.

—¿O qué? —pregunta ella.

—O te enviaré de vuelta al fondo de la laguna sin que nadie pueda detenerme.

—Podrías intentarlo. —Se da la vuelta y se aleja, abriendo y cerrando las alas—.

Peter Pan ya ha pronunciado las horribles palabras.

—Chasquea la lengua—. No he venido a buscar un enfrentamiento —añade—.

He venido a reparar el daño causado. Vengo a haceros una invitación.

—Alza la voz mientras extiende los brazos—.

Os invito al palacio fae: haremos un banquete y celebraremos mi resurrección. Todos podemos ser amigos.

—No somos unos putos imbéciles —dice Bash.

—Por supuesto que no. Tú eres mi hijo y quiero que estés donde perteneces.

Kas se coloca al lado de su gemelo.

—El palacio fae ya no es nuestro hogar.

—Yo puedo cambiar eso. —Campanilla empieza a caminar por el sendero más cercano—.

Le he pedido a vuestra hermana que revoque vuestro destierro y que os devuelva las alas.

Es lo menos que podemos hacer para demostraros nuestras buenas intenciones.

—Se detiene en mitad del sendero y nos mira por encima del hombro—.

Unamos Nunca Jamás y dejemos de luchar. Es todo lo que quiero.

Regresad a casa, queridos hijos. El palacio está listo para recibiros con los brazos abiertos.

Con las alas brillando bajo la tenue luz de la nevada, alza el vuelo y desaparece tras la siguiente curva envuelta en una nube de polvo de hadas.