Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 2
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Roc

Smee me encuentra en la barra, sirviéndome un chupito del mejor ron del Capitán. A medida que el oscuro licor llena el vaso, perfuma el ambiente de especias y humo.

—Estás despierto —dice.

—Y tú pareces muy emocionada de verme.

Le sostengo la mirada en el espejo que hay encima de la barra. Aún tengo el rostro salpicado de sangre seca, igual que la camisa, que está hecha jirones. El Capitán no se molestó en darme ropa limpia.

Tengo mis teorías sobre por qué me ha dejado dormir sobre el desastre que yo mismo provoqué.

—Se lo has contado, ¿verdad? —le digo a Smee—. Y se ha ido a Siempre Jamás.

Una de las ventajas de que la bestia se dé un atracón es que, cuando termina, se me aguzan la intuición y los sentidos. Y, ahora mismo, no siento la presencia del Capitán. Cuando intento buscarlo en mi esfera de conciencia, no encuentro más que el vacío.

Smee no responde así que la provoco un poco más.

—¿Se ha marchado y no te ha llevado con él? —le digo chasqueando la lengua.

Cruza los brazos sobre el pecho. La luz del sol se cuela por las vidrieras emplomadas que tiene a la espalda y la baña en oro.

No sé qué hora es; en casa de Garfio no hay nada que marque la hora y parece que he perdido mi reloj de bolsillo.

Pero calculo que serán poco más de las nueve de la mañana.

¿Cuándo fue la última vez que me alimenté?

¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? A alguien de mi especie, un festín ordinario puede dejarlo inconsciente durante días.

Pero este festín no ha sido ordinario y yo no soy un hombre ordinario.

—Sí, se lo he contado a Jas —dice Smee—. Ha ido tras ella y yo he elegido quedarme.

Ambos sabemos que la historia no acaba ahí, pero me importa una mierda las riñas que tengan entre ellos. Lo único que me interesa es cómo me afecta todo esto. Y solo una parte de su declaración me atañe.

«Ha ido tras ella».

Wendy Darling.

Si él la encuentra primero, le arrancaré la carne de los huesos.

Agarro el vaso y me bebo el chupito de un trago. El ardor del alcohol me ayuda a mantener a raya la chispa de ira. El Capitán se ha largado y ahora necesito un plan. No puedo perder la cabeza como haría un gilipollas.

—¿Hace cuánto? —le pregunto a Smee.

Ladea una cadera, con los brazos aún cruzados.

—Primero dime qué le harás si lo encuentras.

—¿Importa si te digo una verdad o una mentira? De todas maneras, no sé si me creerías.

—Lo sabré.

—Está bien. —Me sirvo otro trago y me giro para encararla—. La verdad es que… no estoy seguro. La respuesta depende de las circunstancias. Pero seguramente lo apuñale solo por divertirme.

Durante unos segundos, la expresión de Smee se mantiene firme. Me fascina la habilidad de esta mujer para no mostrar sus cartas. Nunca he descrito a una mujer como «de piedra», pero Smee podría pasar tranquilamente por una estatua de mármol.

Al cabo de un momento, se acerca a mí, me quita el vaso de la mano y lo deja sobre la barra. Apenas me ha dado tiempo a beber nada.

—¿Quieres saber qué pienso de ti? —pregunta.

—La verdad es que no.

—Creo que hay muy pocas cosas que te importan de verdad.

La miro, intentando descifrar sus palabras. Detecto compasión, y no me gusta.

—Creo que te obligas a que no te importen —continúa—, porque crees que eso te mantiene a salvo. Si nada te importa, no puedes perder nada.

Se me forma un nudo entre los omóplatos y cambio de postura, incómodo.

—Pero ¿sabes qué? —dice Smee—. Que nada te importe hace que, cuando algo sí te importa de verdad, la pérdida sea mucho mayor.

El nudo se tensa hasta que lo noto en el pecho. El instinto me dice que me aleje de su alcance, pero no voy a mostrar debilidad ante una pirata como Smee.

—Así que adelante —dice—. Amenaza la vida de Jas delante de la única persona que estuvo a punto de matar lo único que te importa de verdad .

Nos miramos fijamente durante varios segundos. La casa está en silencio, como nosotros, pero nuestro silencio dice muchas cosas.

—Me caes bien, Smee —le digo—. Pero vuelve a amenazar a mi hermano y te juro que será la última vez que lo hagas. No soy ningún artista, pero sí un experto en violencia, y haré una puta obra de arte con tu sangre. —Sonrío, cojo el vaso y me lo bebo de un trago sin apartar la mirada de ella.

Dejo el vaso sobre la barra con un fuerte golpe. A Smee le tiembla el ojo derecho, pero es la única pista que da sobre su estado.

—Haznos un favor a los dos y deja a Vane fuera de esto.

—Haznos un favor a los dos y no apuñales a Jas.

—No sé por qué te importa. Te ha abandonado.

—No sé por qué te importa a ti una chiquilla Darling a la que llevas años sin ver.

El nudo del pecho me aprieta y siento el corazón en un puño.

—Porque soy un cabronazo posesivo —le digo—. Ni siquiera tiene que importarme la cosa. O la chica, según el caso. Lo que es mío es mío, y una vez que lo es, nadie más tiene el derecho a reclamarlo.

—Es un poco triste el cuento que te estás contando —dice—. Y no puedo evitar sentir pena por Wendy Darling.

Se acercan unas nubes oscuras que tapan la luz del sol. El aire se vuelve gélido. Algo extraño en Nunca Jamás.

Smee observa el cambio de tiempo y se gira rápidamente hacia mí.

—Es hora de que te vayas, Cocodrilo. Diviértete en tu misión de destruir todo lo que tocas. Cuando termines, sospecho que solo quedará una pila de huesos y cenizas. Espero que merezca la pena. —Inclina la cabeza hacia la puerta, invitándome a salir.

—¿Sabes dónde está? —Procuro mantener la voz firme, no revelar nada.

—¿Para que tú también puedas destruirla?

Inspiro con fuerza y se me abren las aletas de la nariz.

—¿Quieres que te cuente todos los detalles? ¿Quieres saber dónde voy a meter la polla? ¿Cómo la haré gritar mi nombre? Destruir algo puede ser placentero, Smee. Te lo prometo.

—No tienes remedio —dice ella.

—¿Y no estamos todos igual en esta cadena de islas dejadas de la mano de Dios?

Puede que ahora esté un poco borracho. A veces, tras un atracón, el cuerpo me funciona diferente. El alcohol se me sube directamente a la cabeza. No suelo ser tan pesimista.

Smee suspira.

—Le perdí el rastro a Wendy Darling hace mucho tiempo. Jas tiene la misma información que tú.

Camina hacia la puerta y la abre. El marco de madera está lleno de suciedad y el pomo ha perdido el baño dorado. ¿Por qué lo consiente el Capitán, si es un puto maniático de las apariencias?

Ah, claro, porque nunca ha utilizado esta puerta. Es una puerta para piratas, para los degenerados.

Bien jugado, Smee.

Pero si hay algo que sí sé hacer, es comportarme tal y como alguien espera de mí hasta que baja la guardia.

Y luego me los como.

—Adiós, Smee.

Me despide con un portazo en las narices.

Echo a caminar por el sendero.

Es hora del plan B.