Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 1
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Peter Pan

Tengo que estar soñando despierto. Más una pesadilla que un sueño.

Cuando dormía en mi tumba, a veces me despertaba en la oscuridad total y silenciosa y me preguntaba si seguía atrapado en el mundo de los sueños.

Puede que ahora me esté pasando eso, pero, en vez de oscuridad, hay una luz dorada.

Es la única respuesta coherente.

Campanilla está muerta. Yo la maté. Es imposible que esté en nuestro balcón, pronunciando mi nombre.

«Hola, Peter Pan».

Una eternidad transcurre en un instante.

Las alas de Campanilla ondean tras ella. Sigue teniendo la misma edad que cuando la maté: inmortal y eterna, más hermosa de lo que cualquier cadáver tiene derecho a ser.

Lleva el mismo vestido de aquella noche, cuando le dije esas horribles palabras.

Está confeccionado para imitar esqueletos de hojas; el corte del pecho es recto y el bajo, dentado a la altura de las rodillas.

Polvo de hadas revolotea a su alrededor y cubre la barandilla del balcón, que reluce bajo la luz grisácea.

—Camp… —No pronuncio su nombre desde hace muchos años, y las sílabas me saben a maldición en los labios—. Campanilla.

Me sonríe y se me entrecorta la respiración.

—Me alegra verte —dice.

—¿Cómo es posible que estés aquí?

Se agarra un pliegue del vestido y curva el cuerpo hasta formar una «S». Bate las pestañas en mi dirección.

—¿Me has echado de menos, Peter?

Se me revuelve el estómago.

No puedo hacerlo.

Es imposible que esté aquí.

Darling no puede verla, los gemelos no pueden saber que está viva, y Vane… bueno, ya sé lo que diría Vane.

«Deshazte de ella».

—¿Cómo es posible que estés aquí, Campanilla? —insisto.

Tengo que descubrir qué tipo de magia la ha traído hasta aquí. Si es la isla castigándome de nuevo. Si es Tilly, que juega conmigo. ¿O tal vez sea Roc? ¿Tiene Roc el poder de la ilusión?

El pánico me sube por la garganta como fuego.

Tengo que deshacerme de ella .

—La isla me ha traído de vuelta —responde, y da un paso hacia mí.

Yo retrocedo y ella hace una mueca.

Hubo un tiempo en que habría cedido ante Campanilla. Le daba todo lo que quería. Era la única amiga que tenía y me aterrorizaba la idea de quedarme solo.

—Creo que soy un regalo para ti, para mis hijos y para la corte —dice. Agita las alas y el polvo de hadas que desprenden se arremolina a mi alrededor—. Un poco de luz para vuestra oscuridad.

Un sudor frío me recorre la nuca.

Vuelven a mí los susurros de los espíritus de la laguna.

«Sumergido en la oscuridad, aterrorizado por la luz».

Pero ¿esto? Esto tiene que ser una puta broma.

Campanilla podrá irradiar luz, pero siempre ha sido la personificación de la oscuridad. Creo que por eso nos llevábamos tan bien. Veíamos en el otro lo que a los demás les faltaba. La voluntad de hacer el trabajo sucio. Y, a veces, lo hacíamos solo porque era divertido.

¿Qué lección pretenden darme los espíritus?

¿Cuántos obstáculos más tengo que superar?

¿Cuándo va a terminar esta pesadilla?

«Deshazte de ella».

Oigo la voz de Vane en el fondo de mi mente. Un medio para un fin. Sea lo que sea esto, solo puede traer más problemas, y empiezo a cansarme. Por una vez en la vida, quiero estar tranquilo. Poder respirar. Poder disfrutar de mi sombra. Quiero a Darling en mis brazos. Quiero…

Quiero estar en paz .

Ese pensamiento me pilla desprevenido. Me sorprende tanto que noto un escozor en la nariz; supongo que son lágrimas.

Solo quiero tumbarme y no tener que preocuparme por nada.

Vuelvo a tener la sombra. ¿Tengo que jugar otra vez al mismo juego?

No . Y una puta mierda.

Un último acto cruel en nombre de la paz bastará para que los espíritus entiendan que ya no bailo para ellos, sea cual sea esta puta broma.

Cojo aire y luego pronuncio las palabras que juré no volver a decir jamás.

—No creo en las hadas.

Me abrasan la lengua, más incluso que la primera vez que las dije y vi morir a Campanilla delante de mis ojos.

Salvo que… esta vez ella me sonríe, echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.