Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—No necesito tiempo, señor —comenzó Red, y luego dudó, con las mejillas enrojecidas—. Mientras mamá esté dispuesta a dejarme ir, yo… Es lo que siempre he querido, solo que nunca pensé que se me daría la oportunidad. Sería una… oportunidad maravillosa, si el capitán Stirling me aceptara.

—¿Y bien? —instó Justin—, ¿qué dices, Jessie, mi amor? ¿Estás dispuesta a que se vaya?

Jessica miró a su marido y luego a su hijo. Tenía el rostro pálido, sin expresión. Justin sabía lo que le estaba costando dar su consentimiento; pero lo dio sin vacilar ni reprochar nada.

—Es tu vida, Red. Es tu futuro, la decisión es tuya. Si esto es lo que de verdad quieres, no me interpondré en tu camino.

Red se puso de pie de un salto y fue a su madre para abrazarla.

Solo tenía doce años, pensó Justin con una punzada en el corazón; tan robusto y bien formado que parecía mayor, pero…

aún era un niño. Le estaban dando permiso de decidir sobre todo su futuro.

Quizá habría sido más prudente esperar antes de plantearle la propuesta. Quizá…

Red dijo con total convicción:

—Es lo que quiero, de verdad, mamá, y… gracias. Volveré, ya lo sabes. Puedes contar con que siempre volveré. —Sonrió—. Soy australiano, ¿no?

—Sí —asintió su madre con voz temblorosa—, eres australiano, Red.

—Johnny… —Red agarró a su hermano por los hombros y lo levantó de la silla—. Venga, ya has terminado, ¿verdad? A ver si podemos coger un bote para ir al Success y visitar a Willoughby y Keppel en el camarote de los marineros, ¿te parece?

Johnny no puso ninguna pega y lo siguió. Cuando Jessica y Justin se quedaron solos, ella empezó a apilar la vajilla usada, pero él negó con la cabeza y le quitó la carga.

—Ahora no, cariño. Ven, siéntate junto al fuego y cuéntame qué ha pasado en mi ausencia. He estado lejos durante tres largos meses, lo sabes.

—Sí —repitió ella con cierta aspereza—, y yo te he echado de menos durante tres largos meses. Ya debería estar acostumbrada, lo sé, pero no consigo habituarme. Y ahora tendré que afrontar la ausencia de Red durante… Dios mío, Justin, ¿cuánto tiempo será? ¿Un año, dos, tres?

—No lo sé —admitió Justin. La tomó en sus brazos y la besó con ansia—.

Yo también te he echado de menos, Dios lo sabe.

Te quiero, Jessie, Dios mío, ¡te quiero!

Y más aún por darle una oportunidad a Red, créeme.

Porque es una gran oportunidad. Con el tiempo, será nombrado oficial de la Marina Real.

Algún día, podrá comandar su propio barco del rey.

Eso nunca podría suceder si se quedara aquí, en el servicio colonial.

—No —admitió ella—, ya lo veo.

Justin la cogió de la mano y la condujo hasta los dos sillones que había delante de la chimenea.

Ahí permanecieron en silencio durante un rato, hasta que el bebé empezó a llorar y Jessica se excusó para ir a atenderlo.

Cuando regresó, sonreía. Antes de volver a sentarse, se agachó para besar la cabeza inclinada de Justin.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, no volvieron a mencionar a Red y empezaron a hablar de otros temas.

—Hay fuertes rumores de que el gobernador Darling será destituido en breve.

En los últimos tres meses, Justin, su popularidad ha caído en picado.

La prensa libre sigue atacándolo mientras él intenta, sin éxito, censurar periódicos como el Australian.

El presidente del Tribunal Supremo, Forbes, se ha opuesto a él en todos los frentes.

En las últimas semanas, el gobernador ha recurrido a emprender acciones legales por difamación y calumnia contra particulares.

Demandó al señor Edward Hall, del Monitor, por difamación sediciosa, y no solo le impuso una fuerte multa, sino que lo privó del derecho a arrendar tierras y a contratar sirvientes convictos.

Ahora quiere que todos los periódicos tengan una licencia.

El señor Wentworth vendió su parte del Australian a su socio, el doctor Waddell, y ha aparecido como abogado defensor en casi todos los casos que el gobernador ha llevado a los tribunales.

Además, está haciendo campaña a favor de los juicios con jurados no militares.

—Te has vuelto muy partidista, querida —observó Justin con indulgencia.

Jessica se sonrojó.

—Sí, quizá. Sin duda, apoyo al señor Wentworth. Y somos muchos los que creemos que debería haber un gobierno representativo y una prensa libre. Ya es hora de una reforma, Justin, la gente de aquí está preparada.

—¿De verdad? —preguntó él con escepticismo.

—Sí, lo está. Pero el gobernador Darling no lo acepta; y no se puede negar que merece ser criticado por ello.

Es demasiado severo, demasiado autocrático, y no tolera que alguien se atreva a decir algo en su contra, aunque tenga razón.

—Jessica suspiró—. Murdo ha tenido mucha suerte, ¿sabes?

—continuó con gravedad—. El señor Wentworth se ha negado a revelar que él es el autor de la carta que se publicó en el Australian sobre las condiciones de los reos en la bahía Moreton.

Justin se incorporó y frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices, Jessie?

—Porque podría haber corrido la misma suerte que el capitán Robison, del Cuerpo de Veteranos. Él alzó la voz para denunciar el trato que recibieron dos soldados, Sudds y Thompson… Ya sabes, esos que el gobernador expulsó del regimiento y condenó a trabajos forzados.

—Sí, los recuerdo. Sudds murió en la cárcel. ¿Qué pasó con el capitán Robison?

—El gobernador Darling lo sometió a un consejo de guerra y lo destituyeron.

Sigue en prisión, Justin, y tiene una esposa y una familia que mantener.

Murdo, gracias a Dios, se ha ido con un grupo liderado por el señor Hume a explorar uno de los ríos más allá de las montañas Azules; al Macquarie, creo.

Estuvo aquí unos días y no sabes qué gusto me dio verlo partir hacia Bathurst con el grupo de avanzada.

Pero… —La expresión de Jessica se relajó—.

No te he contado una de las mejores cosas que han pasado mientras estabas fuera.

—No —confirmó Justin con fingida severidad—. Todo lo que he oído hasta ahora ha sido una diatriba contra el gobernador. Cuéntame esa buena noticia, ¿quieres? ¿A quién le ha sucedido?

—Al chico Claus, al señor Claus Van Buren, como se le conocerá en el futuro. —Jessica hizo una pausa para que sus palabras calaran.

—¿Van Buren? —El rostro de Justin reflejaba asombro—. ¿Qué ha pasado, Jess?

—Supongo que recuerdas la muerte de su padre —continuó Jessica—. Pues bien, Lucy Van Buren también ha fallecido. Iba de camino a Parramatta en medio de una tormenta muy fuerte. Los caballos de su carruaje se desbocaron y fueron a dar contra un árbol caído.

Justin no sintió ningún pesar por Lucy Van Buren. Menos cuando se enteró de que ella también había intentado seguir el ejemplo de su difunto marido y enviar al niño de vuelta a las Indias Holandesas.

—Murdo me lo ha contado —prosiguió Jessica—.

Por suerte, el capitán del Dorcas fue arrestado y al pobre Claus lo encontraron atado en la bodega…

—Amplió la historia y añadió—: Lo bueno, lo maravilloso de todo esto, es que el mayor Van Buren debió de ablandarse.

Dejó un testamento en el que reconocía que Claus era hijo legítimo suyo, nacido de su primera esposa, y lo nombraba heredero universal.

El chico lo hereda todo, Justin: la casa, los barcos del mayor Van Buren y una considerable suma.

Por supuesto, ha habido una avalancha de rumores y especulaciones; todo Sídney está hablando de ello.

Los elitistas están horrorizados con la idea de que un niño pequeño y mestizo se haya vuelto tan rico.

Pero yo estoy encantada. Sobre todo, creo que me alegro de que Claus haya sido reconocido por su padre. Eso significará mucho para él.

Quizás más de lo que Jessica se daba cuenta, pensó Justin mientras lo sacudían los recuerdos: lo que el asustado niño le había dicho cuando lo subieron a bordo del Elizabeth, aquellas graves quemaduras que le había dejado el cohete de socorro que intentara disparar desde el Flinders medio hundido .

—Por favor, señor —suplicaba cuando se dirigían a él como «señor Van Buren»—, no me llame así. Todos me conocen por el nombre de mi madre, que es… era Karimon.

—¿Y qué piensa hacer Claus con su nueva fortuna? —preguntó Justin—. ¿Ya lo ha dicho?

—A Johnny le dijo que quería construir una nueva y bonita escuela para el señor Cox.

—Jessica sonreía—. Él mismo se ha propuesto matricularse e incluso ha invitado a Johnny a que se una a él.

Al parecer, Claus estaba con los Cox en Windsor, Alice y su marido, cuando le llegó la noticia de la herencia.

Pero ahora está aquí, en Sídney, y tengo entendido que dará una fiesta para todos sus amigos en la casa de la calle Bridge antes de regresar con Nathan y Alice.

Y, mira, querido Justin —Jessica se levantó y cogió una pequeña pieza de cartulina de la repisa de la chimenea—: estamos invitados.

Todos, incluida la pequeña Jenny. Creo que será un gran acontecimiento, así que espero que puedas acompañarme.

La invitación estaba escrita a mano, con letras mayúsculas algo desiguales, aunque trazadas con esmero.

Al leerla, Justin sintió un extraño nudo en la garganta.

En la época de los Van Buren, ni él ni Jessica habrían sido considerados dignos de figurar en una lista de invitados a esa casa, pero, ahora…

Repuso la tarjeta en su lugar de honor, en la tabla de la chimenea. Se volvió hacia su esposa y la atrajo.

—Tienes razón, mi querida esposa: ha sido una de las mejores cosas que han sucedido en mi ausencia. Y me aseguraré de estar libre para acompañarte a la calle Bridge. Ahora debo marcharme y pasar un par de horas en el Mermaid . Estarás aquí cuando vuelva, ¿verdad?

—Aquí estaré —le dijo Jessica en voz baja—. Siempre estaré aquí, esperando tu regreso. Y también el de Red, mientras me quede vida.