Capítulo 11 #2
—¡Ja! —exclamó Lockyer. Dio un golpe con la mano en la barandilla que tenía delante y lanzó una mirada resentida al grupo que, reunido a un lado, preparaba la sirena para que el capitán subiera a su chalupa—.
¡Así que eso es! La Compañía de las Indias Orientales…
Debería haberlo adivinado. El suegro de Stirling, Mangles, James Mangles, es director de la honorable compañía.
Maldita sea, Broome, esa es la respuesta, esa debe de ser.
Stirling tiene intereses en el comercio con la India.
Es posible que imagine el río Swan como un segundo Singapur, con él mismo como vicegobernador.
—No lo creo… —comenzó Justin, pero el mayor lo interrumpió. Sonreía, con el humor del todo repuesto.
—Bueno, todavía tiene que ir a la isla Melville, ¿no? ¡Eso me dará tiempo, por Dios!, y lo voy a aprovechar. No voy a quedarme de brazos cruzados y dejar que Stirling utilice su influencia con los magnates de la Compañía de las Indias Orientales para que abandonen Frederick.
Ya no dijo nada más sobre pedir el apoyo de Justin.
Se dirigió con paso firme hacia la escotilla de popa.
Era de presumir que volvía a su camarote.
Un tanto aliviado, Justin lo observó alejarse.
Esperaba poder evitar las controversias.
Si había acompañado al Success en su misión era solo por el amplio conocimiento que tenía de las aguas costeras del oeste.
Con toda probabilidad, nadie le pediría su opinión.
James Stirling recurriría a Peter Belcher y al botánico de Sídney, Charles Fraser, en caso de que surgiera alguna pregunta sobre la fertilidad del suelo.
Durante los diez días que estuvieron en la desembocadura del río, el capitán del Success, un oficial experimentado, había trabajado sin descanso en el estudio y la cartografía de los fondeaderos disponibles.
Quizás el interés de Stirling en la Compañía de las Indias Orientales era, como había sugerido Lockyer, un poco sospechoso; pero, aunque así fuera, Justin decidió que no era asunto suyo.
Él había hecho lo que le habían pedido. Ahora, tras una ausencia de tres meses, estaba ansioso por volver al seno de su familia y a su propio barco.
A petición suya, el teniente Barrett-Lennard, oficial de guardia, pidió una lancha para que lo llevaran a tierra.
En el jardín, Jessica lo esperaba con Red y Johnny. Llevaba en brazos al nuevo bebé, que había crecido de forma asombrosa.
—¡Ay, Justin! —exclamó ella con entusiasmo—, ¡qué alegría volver a verte!
Levantó el rostro para que él la besara y, con el brazo de su esposo alrededor de su esbelta cintura, entró en casa. Red iba delante, en tanto que Johnny, olvidada su dignidad, iba aferrado a la mano libre de Justin.
Dedicaron un largo tiempo a la comida y al intercambio de noticias. Red le pidió que le contara la expedición al río Swan. Con los dos chicos escuchando muy atentos, Justin hizo la descripción más extensa que pudo.
—Subimos por el río en dos barcos. Éramos dieciocho personas en total.
En la desembocadura solo había colinas áridas y playas, pero, a medida que avanzábamos río arriba, las orillas se volvían muy pintorescas, bordeadas de árboles altos y arbustos de un verde brillante.
Por desgracia, a menudo encallábamos en los bancos de arena.
Una noche, después de haber sirgado los barcos durante casi dos millas, incapaces de encontrar un canal, tuvimos que dormir a bordo.
Estábamos demasiado agotados para continuar.
—¿Habéis encontrado nativos? —preguntó Red.
—Sí, desde luego, y eran todo menos amistosos.
Nos fueron siguiendo por ambas orillas, dando voces y amenazándonos con sus lanzas.
Sin embargo, se volvieron menos hostiles cuando les lanzamos un cisne que habíamos cazado.
Al final, conseguimos convencerlos de que aceptaran algo de ropa regalada. Al parecer, la encontraban deseable…
Siguió hablando mientras los dos chicos, emocionados, le hacían preguntas. Jessica también escuchaba con interés.
—¿Te gustaría quedarte a vivir allí, papá? —preguntó Johnny cuando el relato llegó a su fin.
Justin negó con la cabeza.
—No, no creo. Pero es una buena tierra, una vez que se sale de la zona costera: está bien regada, tiene colinas boscosas y buenos pastos.
El clima es templado. El capitán Stirling tiene intención de volver, al igual que varios oficiales y tripulantes del Success, quienes ya han expresado su deseo de acompañarlo.
—Sonrió—. Como muestra de su intención, han dejado algunos animales en la desembocadura del río, en una isla: una vaca, dos ovejas preñadas y tres cabras.
Confían en que, mientras tanto, prosperarán y se multiplicarán.
Y podría ser, ya que esa isla, a la que llamamos Garden, está bien provista de pastos y agua.
Tomad —abrió su maletín—, esto os dará una idea de cómo es el lugar.
Peter Belcher y el médico del barco, el doctor Clause, hicieron algunos bocetos y me dieron uno o dos como recuerdo.
Y este es el mapa que hice del fondeadero en el estrecho Cockburn.
Los dos niños observaron los bocetos con creciente interés.
Johnny señaló una de las acuarelas del doctor Clause.
—Papá —dijo—, ha pintado los cisnes de negro. ¿Eran negros? Creía que los cisnes eran blancos.
—Estos eran negros —confirmó Justin—. El río toma su nombre de los cisnes, porque parecen ser propios de la región.
El primer europeo que remontó el río fue un capitán holandés, Willem de Vlamingh, hace unos ciento treinta años.
Lo bautizó como Río de los Cisnes Negros.
El nombre se acortó a Zwaan Rivier, en holandés.
En las cartas náuticas de la costa oeste hay muchos nombres en ese idioma y, por supuesto, también en la costa norte de Australia.
Y los hay portugueses y franceses, pero, sobre todo, holandeses: una gran flota de barcos holandeses procedentes de Batavia exploró las regiones costeras durante el siglo pasado.
Claro, recuerda que Abel Tasman descubrió la Tierra de Van Diemen.
—Pero no se quedaron —comentó Red—, ¿por qué?
—No, no se quedaron —respondió Justin, pensando en el mayor Lockyer—. No descubrieron las posibilidades de Australia, Red.
Y los británicos, reflexionó con ironía, la consideraron apta solo para una colonia penal. James Stirling, al menos, la veía de otra manera.
Le pasó los bocetos a Jessica y preguntó a Red por sus actividades en el Mermaid.
—Llevamos al capitán Clunie y a veinte condenados a muerte a la bahía Moreton, señor. En nuestro viaje de vuelta, hicimos escala en Newcastle. El tío Murdo volvió a Sídney con nosotros y se va a unir a una nueva expedición con el señor Hume y el capitán Sturt. Y yo… —Cerró la boca y se ruborizó.
—¿Qué pasa, muchacho? —lo animó Justin.
Justin miró a Jessica al otro lado de la mesa y ella, con un brillo de diversión en los ojos, le dijo:
—Me temo que, como su padre, Red tiene espíritu viajero. Estaba decepcionado por no haber ido contigo al Swan y ahora se ha metido en la cabeza que le gustaría unirse a la expedición de Murdo, ¿verdad, Red?
El chico se sonrojó aún más.
—No es que no me guste estar en la mar, padre. Pero…, bueno, es que…
—Llevar reos a la bahía Moreton no te llena, ¿es eso lo que intentas decirme?
El chico asintió y Justin le dedicó una sonrisa comprensiva.
—¿Qué te parecería unirte a un barco del rey, hijo?
—¿Un barco del rey, señor? ¿ No te referirás al Success? Ese barco zarpará hacia el norte, ¿no es así? A la isla Melville.
—Así es; y sí, me refiero al Success . —Justin sonrió aún más—.
Estoy bastante seguro de que podremos arreglarlo.
El capitán Stirling va a perder a un oficial, pues el joven James Willoughby ha decidido abandonar el servicio y quedarse aquí.
James quiere hacerse cargo de la concesión de su hermano, pero es muy joven y no tiene experiencia en la agricultura.
Le he prometido que le pediré a Tim Dawson que lo acoja en Upwey durante un año, más o menos, para que aprenda.
O quizá Rick estaría dispuesto a acogerlo, y Pengallon está cerca de las tierras de los Willoughby.
Solo que el muchacho quiere quedarse en Sídney hasta que lleguen sus hermanas y su cuñado.
El cuñado es médico y su destino final es Nueva Zelanda, pero está cumpliendo una misión temporal en la Tierra de Van Diemen.
No estará aquí hasta dentro de unas semanas.
Mientras tanto… —Hizo una pausa y miró a Jessica con expectación.
Ella suspiró.
—¿Le has ofrecido al señor Willoughby que se quede con nosotros?
—Solo si Red se convirtiera en uno de los guardiamarinas del capitán Stirling, mi amor. Y no sé…
Pero los ojos de Red ya estaban brillando.
—¡Señor, aceptaría sin dudarlo! ¡Un barco del rey y un crucero a la isla Melville, la Gran Barrera de Coral, el estrecho de Endeavour, el golfo de Carpentaria! Son lugares con los que he soñado, lugares a los que tú fuiste con el capitán Flinders. Daría mi mano derecha por ir.
—Entonces usaré todo mi poder de persuasión con el capitán Stirling —prometió Justin—.
Pero… —de nuevo, su mirada se posó en el rostro de Jessica, y fue a ella a quien se dirigió, más que a su hijo— tendrías que quedarte en el Success, Red.
Regresará a Inglaterra después de completar su misión y relevar a la guarnición de la isla Melville.
Entonces, cuando te hayan pagado, dependerás del patrocinio del capitán Stirling para que te ayude a encontrar otro barco.
Podría ser cualquiera, con un contrato de tres o cuatro años y con destino a cualquier parte del mundo.
Jessica contuvo el aliento, pero no dijo nada. Justin volvió a dirigirse a Red.
—Será mejor que te tomes un tiempo para pensarlo, hijo, porque eso significará hacer tu carrera en la marina del rey. Podrías estar fuera mucho tiempo.