Capítulo 11
Justin estaba de pie, en el lado de sotavento de la cubierta de popa, mientras el buque de Su Majestado Success hacía su lenta entrada en el fondeadero de la cala de Sídney.
Notó que en la ensenada no había ningún barco con bandera francesa.
A su lado, el mayor Edmund Lockyer dejó escapar un suspiro de satisfacción.
—Parece que el Astrolabe se ha marchado, ¿eh, comandante?
Temía que aún estuviera aquí, por no hablar de los barcos escolta.
Por supuesto, cuando llegué al estrecho de King George, ya se habían esfumado, pero aun así tuve que cumplir con el trámite de reclamar la tierra en nombre del rey…
, por si acaso. No me fío de los malditos franceses, nunca me he fiado de ellos.
—Y es evidente que el gobierno del país tampoco —respondió Justin.
Se llevó el catalejo al ojo y enfocó su pequeña cabaña pintada de blanco frente al mar. Su sensación de bienestar aumentó cuando pudo distinguir la esbelta figura de Jessica saludándolo con la mano desde el jardín.
Habían pasado tres meses desde que el Success zarpara en su expedición exploratoria al río Swan, en la costa occidental de Australia, y se alegraba de estar de vuelta en casa.
Otras seis semanas había pasado fuera el mayor Lockyer, que había estado dedicado a la ardua tarea de fundar un nuevo asentamiento, al que había bautizado como Frederick.
El Success lo había recogido en el estrecho de King George durante el viaje de vuelta, pero el mayor tuvo que pasar una gran parte del tiempo en su camarote, tratando de recuperarse de los efectos de una fiebre.
Hasta entonces, Justin apenas había podido hablar con él.
Siguiendo la dirección de la mirada de Justin, Lockyer sonrió.
—¿Su familia? —sugirió—. Estarán ansiosos por verlo.
—Mi esposa, mi hijo mayor, mi hija y…, sí, mi hijo menor. —Justin bajó el catalejo y sonrió también—. Me alegro de estar de vuelta.
—Esta es su tierra, ¿verdad? ¿Usted nació aquí?
—Sí, señor, así es. Mis hijos se consideran australianos, y con cierto orgullo; pero, cuando yo tenía su edad, la gente me llamaba «niño de la moneda». En aquella época era un estigma.
—Pero ahora ya no, ¿verdad? Usted es comandante de la Marina Real y, según me ha dicho el capitán Stirling, sirvió bajo las órdenes de Matthew Flinders en el Investigator. De niño, supongo.
Justin asintió y el comandante continuó pensativo:
—Flinders exploró el estrecho de King George, según creo, y señaló que era un puerto magnífico. ¿Está de acuerdo, comandante?
—Por supuesto. Es de fácil acceso, cerrado con respecto a la mar y más que protegido de todos los vientos.
—Lo cual —añadió Lockyer con astucia—, a pesar del entusiasmo de nuestro venerado capitán Stirling, ningún fondeadero en las proximidades del río Swan puede ofrecer… ¿no es así?
Pero Justin no se dejó llevar por las críticas a su superior y se limitó a gruñir sin comprometerse.
De hecho, no compartía del todo el entusiasmo de James Stirling por el río Swan como lugar para un nuevo asentamiento.
Y, si no lo compartía, era por la razón que Lockyer acababa de aducir, ni más ni menos.
Había varios fondeaderos posibles para grandes embarcaciones en las proximidades del río, pero todos tenían desventajas.
Los dos más cercanos no estaban protegidos de los vientos del noroeste, y el mejor, señalado en la carta náutica como estrecho de Cockburn, estaba a cierta distancia del río.
La desembocadura era impracticable e incluso peligrosa debido a la presencia de numerosos arrecifes y bancos de arena, así como a una barra que bloqueaba la salida del río.
Con el fin de explorar el curso superior del Swan, Stirling había cruzado la barra; primero en su chalupa y, más tarde, con dos barcos. Sostenía que el obstáculo podría eliminarse sin dificultad para dar acceso a lo que, según su convicción, podía convertirse en un puerto sin igual.
Justin había acompañado al grupo principal de exploradores y había pasado diez días examinando al detalle las tierras interiores.
Llevaba como compañeros al teniente Belcher, botánico, y al joven Jamie Willoughby, cuyo entusiasmo rivalizaba con el de su comandante; pero, tal como el mayor Lockyer intuía, su propia reacción estaba atenuada por la cautela.
Como marinero, reflexionó, quizás lo preocupaba más el peligro que podía suponer para la navegación un vendaval del noroeste.
Como si leyera su pensamiento, Lockyer señaló la alta figura del comandante de la fragata mientras el ancla de proa se hundía en las aguas azules y brillantes de la ensenada, y observó:
—Diga lo que diga Stirling, por extravagantes que sean sus afirmaciones acerca del infernal Swan, no hay mejor puerto en el mundo que este. ¡Y Cook lo pasó por alto! Bueno, yo no he desatendido las posibilidades del estrecho de King George y estoy seguro de que el capitán d’Urville tampoco.
Tal vez no, pensó Justin, aunque, durante la estancia del Astrolabe en Sídney, ni el cortés y comedido comandante ni ninguno de sus oficiales habían mencionado su larga visita al lugar del nuevo asentamiento británico.
Y eso había sido pocas semanas antes de la llegada del mayor Lockyer y su destacamento de tropas y convictos.
—La sonda de King George tiene una ubicación ideal como puerto para balleneros y cazadores de focas —prosiguió Lockyer con un tono un tanto agrio.
Entró en detalles y añadió con énfasis—: Y su posición resulta estratégica para proteger la ruta marítima meridional de los barcos británicos que navegan hacia Hobart y el puerto Jackson.
Ni falta hace que lo diga. Solo espero poder convencer al gobernador de que la ciudad de Frederick debe tener prioridad sobre los vagos planes del capitán Stirling para el río Swan.
Qué maldita lástima no haber podido contar con Charles Sturt, como habría querido, ya que Charles tiene influencia sobre Su Excelencia y es un orador muy persuasivo.
Pero quizá pueda enviarlo allí antes de que se embarque en la expedición que lo tiene tan apasionado, junto con ese tal Hume. A menos que ya se haya ido, claro está.
Los contramaestres de guardia, una vez terminada su tarea de arriar velas, volvieron en tropel a cubierta e interrumpieron por un momento la conversación. Justin hizo ademán de excusarse, pero el mayor Lockyer lo agarró con firmeza del brazo y lo llevó aparte.
—Mire —dijo con aire afligido—, están bajando el bote del capitán. Stirling va a desembarcar. Sin duda, quiere ser el primero en reunirse con el gobernador.
—Sí, mayor, es una cortesía —sugirió Justin con suavidad—. Si lo desea, puedo pedirle al oficial de guardia que pida una lancha para usted.
—Aún no estoy listo —replicó Lockyer—. Esta fiebre del demonio me ha dejado tan débil que ni siquiera he podido preparar mi equipo.
—Si necesita ayuda, señor, estoy seguro de que… —comenzó Justin, pero el mayor negó con la cabeza.
—No, habrá tiempo suficiente. Sin andarme con rodeos, Broome, la ayuda que necesito es la suya: su apoyo, cuando presente mi caso al gobernador.
Puede dármelo, ¿verdad? —Reacio a comprometerse, Justin dudó, así que Lockyer le hizo una pregunta inesperada—: ¿Qué tipo de hombre es Stirling?
Usted ha pasado los últimos tres meses en su compañía y yo no he cruzado con él más que un par de palabras. ¿Qué opinión le merece?
Ante una pregunta tan directa, Justin se sintió desconcertado.
James Stirling le caía muy bien en lo personal, además de que no se podía negar que era un oficial naval muy competente.
Con solo treinta y seis años, ya hacía nueve que Stirling había alcanzado su rango.
Como un joven oficial, había participado en las guerras francesa y americana.
Sin embargo, su obsesión por fundar un asentamiento en el río Swan era, en opinión de Justin, algo desconcertante.
Stirling había llegado con un plan bien elaborado y, en menos de una semana desde la llegada del Success a la ensenada de Sídney, había convencido al gobernador para que lo autorizara a posponer la misión que le había encomendado el Almirantazgo.
Esa misión consistía en trasladar el asentamiento de la isla Melville, en el norte, a un lugar más adecuado.
Consiguió que, en su lugar, el gobernador le concediera tres meses para realizar un estudio del Swan.
Era cierto que la estación húmeda no era la mejor para llevar un velero a las aguas del norte, pero, aun así… Justin miró inquieto a su interlocutor y el mayor Lockyer insistió con tono tajante:
—Quiero la verdad, comandante. No saldrá de aquí, le doy mi palabra.
—Bueno, el capitán Stirling es un oficial de primera clase, alguien muy querido y respetado por toda la tripulación —respondió Justin—. De hecho, señor, es un tipo muy agradable y…
—¡Ahórrese las trivialidades, maldita sea! —interrumpió Lockyer, irritado—. Quiero saber por qué está tan empeñado en fundar un asentamiento en el Swan. Todo tiene que ver con el comercio con la India, ¿no es así?
—Ese es el principal argumento del capitán Stirling —admitió Justin—, y es un argumento sólido.
Calcula que los barcos que navegan hacia la India podrían llegar a Madrás en tres semanas y estar de vuelta en el Swan en un mes.
Java estaría a diez días de navegación, y Cabo, a menos de seis semanas.
Los vientos dominantes, como usted sabe, señor, hacen posibles esos tiempos.
Además, el capitán Stirling cree que los barcos de transporte de convictos, que casi siempre navegan hacia el norte después de descargar a sus pasajeros en Hobart o aquí, en Sídney, podrían muy bien tomar el paso oriental del océano Índico, recoger cargamentos en el Swan y luego continuar hacia China.
Como usted sabe, están fletados por la Compañía de las Indias Orientales y navegan con las bodegas casi vacías para recoger cargamentos de té en Cantón.