Capítulo 10 #4
—Mi padre me odia —susurró con voz entrecortada—. Siempre me ha odiado, y también mevrouw Van Buren. Los dos querían deshacerse de mí, devolverme a Kupang.
—Quizá en el fondo te quería, Claus —sugirió Alice. Hablaba sin convicción, pues recordaba la forma en que el mayor Van Buren trataba a su hijo. El niño la miró con tristeza.
—Sabes que no era así, Alice. Nadie me quiere, solo tú. Y Saleh, claro, y mi madre. Nadie más.
—Nathan sí.
—Es un hombre de Dios, él ama a todo el mundo —señaló Claus sin dejar lugar a réplica—. Mi carta, por favor. La quiero.
Derrotada, Alice le devolvió la carta.
—¿No quieres que te la lea?
Claus negó con la cabeza.
—Me la quedaré, Alice. Cuando pueda leerla yo mismo, será el momento de saber lo que me dijo mi padre.
Por favor, vamos a decirle al señor Akeroyd que no quiero nada de lo que mi padre me ha legado.
Que mevrouw Van Buren se quede con todo, salvo lo que deba entregarse a Saleh y Leah.
Me quedaré aquí contigo y con el reverendo Nathan.
Aprenderé a leer y a hablar como tú. Soy feliz aquí contigo, Alice.
Ella no pudo disuadirlo. Cuando se reunieron con Nathan y el señor Akeroyd, el niño se mantuvo firme, a pesar de los argumentos razonados del empleado y de sus intentos de invocar precedentes legales.
Al fin, se despidió para coger el paquebote, aunque antes se aseguró de arrancarle a un renuente Nathan la promesa de encargarse de que Claus fuera a Sídney para ver al juez De Lancey y hablar con él sobre el asunto.
En los días siguientes, todo siguió como antes, con Claus aplicado con ahínco a sus lecciones escolares, trabajando en la casa y el jardín y haciendo tareas en el pueblo durante su tiempo libre.
Seguía, empero, negándose obstinado a hablar del testamento de su padre o a prepararse para el prometido viaje a Sídney.
Alice sentía compasión por él. Era consciente de la tensión que sujetaba al chico, pero, como solía recordarle Nathan, la compasión no era suficiente.
—Debe ir a Sídney, mi amor. Ambos sabemos que no debemos retenerlo aquí. El juez De Lancey lo aconsejará. Nosotros no podemos.
Era cierto, y Alice era capaz de reconocerlo, por más que se resistía a obligar al chico a actuar contra su voluntad. La señora Van Buren estaba en Sídney y… No, no se atrevía a expresar sus temores.
—Iré con él, entonces —se atrevió a decir—. Él no puede ir solo y tú no puedes dejar la escuela.
—El viaje sería demasiado para ti en tu estado, querida —le dijo Nathan—. Si es necesario, cerraré la escuela durante una semana para poder acompañarlo. Dices bien: no puede ir solo.
Alice tuvo que conformarse con eso. Pero, entonces, diez días después de la visita del secretario del juez De Lancey, apareció Saleh.
Llegó conduciendo un carruaje alquilado.
Anunció a la familia, sin emoción, la muerte de la señora Van Buren.
Sin embargo, Claus, al oírlo, se quedó rígido, con las mejillas descoloridas.
— ¿ Ha muerto? ¿Ha muerto la esposa de mi padre? —repitió, como si fuera incapaz de creerlo.
Saleh describió con mesura el accidente.
—Leah estaba a su lado cuando exhaló su último aliento —concluyó—, y sus últimas palabras fueron para ti, pequeño liplap. La esposa de tu padre dijo que debías volver a Sídney. «No debe ir a Timor», le dijo a Leah. No fue hasta que llegó tu carta que me enteré de que estabas aquí, y no en Timor.
Al observarlo, Alice pensó que era como si Saleh hubiera venido a quitar un enorme peso de los delgados hombros de Claus. El rostro del niño se iluminó y de sus ojos oscuros desapareció la angustia que los había llenado durante tanto tiempo.
—Volveré a Sídney —dijo—. Iré con Saleh y hablaré con el juez De Lancey sobre el testamento de mi padre. Mi padre me dejó su casa y sus barcos, Saleh, y también dinero para ti y para Leah.
El mayordomo no mostró sorpresa alguna. Tomó la mano del niño y se la llevó a la frente.
—Me inclino ante mi nuevo amo —dijo con solemnidad—, a quien llevaré de vuelta a su casa.
A la mañana siguiente, cuando le llegó el momento de despedirse, Alice lo hizo sin pesar. Sabía que Claus estaba en buenas manos y que la casa grande y triste de la calle Bridge ya no sería un lugar al que ninguno de los dos tuviera miedo de volver.
—Volveré al colegio del reverendo Nathan —prometió Claus mientras abrazaba con sus delgados brazos el cuello de Alice—.
Luego leeré la carta de mi padre. Quizá me diga que no me odiaba tanto como yo temía.
Quizá me diga que no lo entristece que yo sea su hijo.
Algún día, tal vez, yo me olvide de que lo traicioné.
Alice sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Solo sé —susurró— que, si tengo un hijo varón, Claus, espero que sea como tú.
Y se quedó de pie, con el brazo de Nathan a su alrededor, viendo alejarse el carruaje. Entonces oyó a su marido decir en voz baja:
—Comparto tus deseos, querida. Si Dios nos bendice con un varón, yo también rezo para que sea como ese niño.
—¿Y si fuera una niña? —bromeó Alice con dulzura.
Nathan rio.
—¡Pues entonces, mi dulce esposa, rezaré para que se parezca a ti!