Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 10 #3
89%

Capítulo 10 #3

« La señora Van Buren » , pensó Alice, y de pronto sintió náuseas. Tras la muerte del mayor Van Buren, ella sería la propietaria del barco y, sin duda, había intentado deshacerse de Claus por alguna razón.

Entre sus cavilaciones, alcanzó a oír que el empleado añadía:

—Meesman ha sido declarado culpable de varios otros delitos y condenado a diez años de trabajos forzados.

Pero… —Se aclaró la garganta, metió la mano en el maletín que llevaba y sacó unos papeles— la razón por la que me han enviado aquí, señora Cox, es, como ya se lo he informado a su marido, la misión de comunicarle a Claus una noticia muy buena. Él…

El propio Claus entró en la habitación con una bandeja de té y Akeroyd cerró la boca. El chico dejó la bandeja y miró ansioso a Alice en busca de aprobación. Tras recibir un gesto tranquilizador, se dispuso a marcharse. Nathan, empero, le pidió con amabilidad que esperara.

—Este caballero ha venido a hablar contigo, Claus. Se llama Rodney Akeroyd y es el secretario del juez De Lancey. Te trae buenas noticias. Siéntate, muchacho, y escucha lo que tiene que decirte.

Claus dudó. Alarmado, abrió mucho los ojos después de haber oído el nombre del juez. Luego, por instinto, fue junto a Alice y se sentó a sus pies, con las piernas cruzadas.

El secretario mostró un montón de papeles en su mano alzada.

—Esto —dijo— es la traducción del testamento del difunto mayor Van Buren.

El mayor nombró al juez De Lancey su albacea, de modo que Su Señoría encargó la traducción del original, que estaba en holandés, y que había sido preparada, firmada y certificada en Batavia.

El documento original me fue entregado para su custodia en la sala del juez en Sídney, justo antes de la…

desafortunada desaparición del mayor Van Buren.

—Vaya al grano, señor Akeroyd —le aconsejó Nathan—. Todo esto es un poco complicado para el niño.

—Estoy obligado a darle esta explicación, reverendo —se defendió Akeroyd con aire ofendido—.

Bien… —Se volvió hacia Claus—. En su testamento, joven, el mayor Van Buren reconoce el parentesco.

Ha proporcionado copias de sus actas de matrimonio y del certificado de nacimiento de usted.

En su testamento declara que usted es su hijo legítimo y su heredero.

—Pero yo… —Claus se quedó mirándolo con la boca abierta, visiblemente desconcertado—. No lo merezco, el…

—Escucha lo que el señor Akeroyd tiene que decirte, Claus —le aconsejó Alice. Enseguida se levantó de la silla y se arrodilló al lado del niño para abrazarlo. Sentía cómo temblaba—. Tu padre solo estaba tratando de enmendar el daño que te hizo.

—Así es —confirmó Akeroyd—. Permítanme leer el testamento.

—Hizo una pausa, miró el montón de papeles y luego leyó, solemne—: «En este, mi último testamento, certificado de mi voluntad, deseo indemnizar a mi hijo Claus, conocido como Karimon, que era el nombre de su madre, por haberle negado durante toda su vida el derecho a reclamar mi paternidad.

Es mi deseo que, en adelante, adopte el apellido Van Buren y lo lleve siempre.

Por lo tanto, a mi muerte, lego a Claus Van Buren todo lo que poseo, lo que incluye mis barcos mercantes y las ganancias que he obtenido de ellos y que están depositadas a mi nombre en el Banco de Nueva Gales del Sur.

También la casa de la calle Bridge, en el municipio de Sídney, Nueva Gales del Sur, así como mis instrumentos náuticos, mis armas y mi ropa… ».

Claus profirió un grito ahogado y Rodney Akeroyd lo miró con reproche.

—Será muy rico, joven señor —le señaló—, y yo sería feliz en su lugar, como muchos otros, imagino.

Ah, hay más, si me permite continuar. —Volvió la mirada al papel que tenía en la mano—.

Su padre hace una petición y encarga a su albacea que se asegure de hacerla cumplir de forma equitativa.

Dice, y cito de manera textual: «Pido a mi hijo que dote a los sirvientes que traje conmigo desde Java, en particular, al mayordomo, Ibnu Saleh.

También le pido que sea generoso con la criada Leah Hopal, en reconocimiento a su devoto servicio hacia mí».

—Akeroyd se aclaró de nuevo la garganta y continuó—: Como albacea, joven señor, Su Señoría el juez De Lancey me ha encargado decirle que le proporcionará todo el asesoramiento y la ayuda que necesite para cumplir los deseos del difunto mayor Van Buren en relación con sus sirvientes.

Claus esbozó una sonrisa nerviosa y Alice lo abrazó con más fuerza. Nathan, consciente de la tensión que estaba soportando el chico, se acercó a la bandeja abandonada y empezó a servir el té.

—Creo que esto nos vendrá bien a todos —dijo—. ¿Una taza para usted, señor Akeroyd? ¿Y un poco del pastel de nueces de mi esposa? Le aseguro que lo encontrará delicioso.

—Gracias, señor, será muy bien recibido, solo que…

—El concienzudo joven empleado volvió a rebuscar en su maletín—.

Hay otro asunto. Se trata de una carta, señor Van Buren, que acompañaba al testamento de su padre.

Está dirigida a usted y, como puede observar, el sello está intacto.

Sin duda, querrá leerla en privado. Esperaré hasta que lo haya hecho.

Entonces, una vez que haya reconocido sus deseos con respecto a la herencia, regresaré a Newcastle en el barco del correo y le comunicaré sus deseos al juez De Lancey.

Su Señoría estará en Sídney dentro de dos semanas.

Me ha encargado pedirle a usted que se reúna con él allí para consultarlo.

Claus tomó la carta y, desconcertado, miró a Alice. Parecía consternado. Ella supuso que semejante aturdimiento se debía a que el chico aún no había avanzado lo suficiente en sus lecciones de lectura como para poder descifrar la carta, así que dijo de inmediato:

—Vamos a tu habitación, Claus, y allí podrás leer tu carta.

Tendió ambas manos y el niño la ayudó a ponerse de pie.

Cuando se quedaron solos, con la puerta cerrada, Claus perdió el control y empezó a llorar.

Alice sintió lo desgarrador de sus sollozos, el dolor tan intenso como el de un adulto, y se sentó en el borde de la cama.

No sabía qué hacer para consolarlo. Era evidente que el niño sentía una profunda angustia.

No mostraba la menor alegría por el inesperado golpe de buena suerte, sino que, más bien, parecía lamentar las nuevas que le había traído el mensajero del juez De Lancey.

Al cabo de un rato, dejó de llorar y se irguió. Miró a Alice avergonzado.

—Alice, no puedo aceptar lo que mi… padre me ha legado.

Sus barcos, la casa, el dinero que hay en el banco.

La casa… Es la casa de la esposa de mi padre.

Yo no se la quitaría, ¡no podría! Pero ella cree que lo haré y por eso ha intentado enviarme de vuelta a Kupang en el Dorcas.

Tiene miedo de que le robe. Y mi padre… ¡Ay, Alice, lo he traicionado!

No me quedé callado. Conté todo lo que había hecho, se lo conté a mevrouw Van Buren. Y él… se suicidó por lo que yo dije.

Bajo la suave insistencia de Alice, toda la triste historia fue saliendo a la luz con palabras entrecortadas, salpicadas por el amargo llanto de Claus.

Ella quedó conmocionada, horrorizada, tanto por el relato como por el efecto que los acontecimientos habían tenido en el propio niño.

Cuando por fin llegó a las últimas revelaciones, un torrente de sollozos lo abrumó.

Claus aún no podía encontrar palabras. Alice solo pudo abrazar su pequeño cuerpo tembloroso en un vano intento por consolarlo.

Nathan, pensó desesperada, sabría mucho mejor que ella qué consejo darle, qué consejo ofrecerle, y estaba a punto de llamarlo cuando recordó la carta que no habían leído.

—Claus, querido —le dijo con timidez—, ¿quieres que leamos la carta que te dejó tu padre? ¿La leemos juntos?

Él se estremeció.