Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Bueno, ya está de camino —afirmó Larkin con severidad—.

Es un poco tarde para traer de vuelta al pobre diablo.

—Se encogió de hombros con resignación—.

Tuve que hacerlo, por órdenes suyas. En la nota que me dio para el capitán del Dorcas no decía nada al respecto.

La señora me pidió que, cuando el chico ya estuviera a bordo, le dijera al capitán que lo esperaba una generosa recompensa a su regreso de Kupang…

sin él. Según ella, el difunto mayor Van Buren había expresado su deseo de que Claus volviera allí, pero el capitán Meesman y yo tuvimos que arrastrar al chico a la bodega y atarlo.

Claus no quería irse, pobre desgraciado.

¿Por qué…? —Pero la muchacha, que temblaba entre sus brazos, ya no lo estaba escuchando.

El cochero dejó de hablar y maldijo entre dientes—.

Era el precio que tenía que pagar para casarme contigo, muchacha —le dijo en voz baja.

Luego le tendió la mano y la hizo girar para apartar de su vista el carruaje destrozado y su trágico cargamento.

—Vamos —le ordenó—. Tendremos que ir andando a Parramatta y contar lo que ha pasado. Será mejor que no digamos nada de Claus. Ya está hecho, y la que lo ha hecho no puede hablar más, ¿verdad?

Leah miró hacia atrás, hacia el carruaje. Sin dejar de sollozar, lo cogió de la mano.

* * *

Alice bajó la mirada hacia la pequeña cabeza morena de Claus. Sonreía con cariño. Era, pensó con orgullo, el más aplicado y, sin duda, el más diligente de los alumnos de Nathan, y estaba haciendo progresos encomiables en el programa de estudios de la clase de primaria.

—Quiere aprender —había dicho Nathan de él—. Muchos de los chicos no quieren; solo vienen a la escuela porque sus padres los obligan. Claus viene con entusiasmo.

Habían pasado casi tres semanas desde que el niño apareció en la puerta de la escuela sin avisar y con solo la ropa que llevaba puesta.

Sin dar ninguna explicación de cómo había salido de Sídney, suplicaba que lo dejaran quedarse.

Alice sabía que había llegado en el paquebote del Hawkesbury procedente, nada menos, que de Newcastle y el río Hunter, y que un oficial había pagado su pasaje, pero…

Aparte de alabar al teniente Dean, que, al parecer, se había hecho amigo suyo, no había revelado nada.

—Es mejor que no —había dicho con talante serio—. Podría causarte muchos problemas. Estoy aquí y voy a tu escuela. Trabajo para ti y para tu hombre de Dios, querida Alice, y no me iré por mucho tiempo. ¿Está bien?

—Claro que está bien, por supuesto —le había asegurado ella con calidez—. Yo misma te invité, ¿no? Y Nathan estará tan contento de tenerte aquí como yo. Al fin y al cabo, si no fuera por ti, no nos habríamos conocido, ¿verdad?

Fiel a su promesa, Claus había trabajado duro.

Alice estaba muy ocupada y, para su alegría, esperaba a su primer hijo dentro de dos meses.

Los Cartwright habían abandonado Windsor y se habían trasladado a Liverpool, a una bonita iglesia nueva y a una vida mejor remunerada.

A la espera de que se nombrara un nuevo rector, Nathan oficiaba los servicios religiosos en la parroquia, además de que dirigía la escuela de la iglesia.

Para ayudarle, Alice había empezado a dar clases de materias elementales a los niños más pequeños.

En días recientes, organizaba clases de costura y sombrerería para algunas de las niñas mayores.

Era una vida plena y ajetreada, pero tanto ella como Nathan eran felices.

Aquellos desagradables recuerdos de su breve estancia en la isla de Norfolk, si bien nunca pasarían al olvido por completo, empezaban por fin a desvanecerse.

No había vuelto a escribir cartas al Australian : la junta directiva de la Corporación de Escuelas Eclesiásticas le había dejado muy claro cuáles serían las consecuencias si volvía a hacerlo.

Por el bien de Nathan y su futuro en la colonia, acataba las órdenes de la junta.

En cualquier caso, se rumoreaba que el nuevo comandante de la colonia penal de Norfolk insistía en llevarse a su esposa y a su familia con él a la isla.

Alice estaba convencida de que, con la ayuda de Dios, eso podría impulsar el regreso de las esposas de los prisioneros en un futuro no muy lejano.

—¿Qué estás escribiendo, Claus? —preguntó ella, curiosa—. ¿Es un ejercicio para el colegio?

Él estaba tan absorto en su tarea que no la oyó. Alice tuvo que repetir la pregunta.

—No —respondió él, y negó también con la cabeza—. Le escribo una carta a Saleh. Él no sabe leer inglés, pero quizá encuentre a alguien que se la lea.

—¿Es para decirle que estás aquí?

—Así es. —Claus añadió unas palabras más con mucho cuidado y luego le pasó la carta—. Mira, Alice, es la primera carta que escribo en mi vida.

Las palabras eran sencillas y las letras grandes, pero bien formadas. El niño se sonrojó de placer cuando Alice elogió su claridad.

—¿Estoy progresando?

—Por supuesto que sí, Claus, ¡y es un progreso maravilloso!

Ella le tendió la hoja de papel rayado y el chico la dobló antes de devolvérsela.

—Por favor, envíala por correo a Sídney. Yo pagaré los gastos. He ganado un chelín cortando leña para mevrouw…, quiero decir, para la señora Carter y el jefe de policía.

Alice aceptó la carta y el dinero. Bien sabía que Claus era orgulloso y no aceptaría nada que no hubiera pagado. Sin duda, se había demorado en escribir la carta a Saleh hasta haber ganado el dinero suficiente para enviarla.

—Le habría escrito a Saleh en cuanto llegaste aquí si me lo hubieras permitido, Claus —le reprochó ella con suavidad—, pero tú mismo me dijiste que nadie debía saber dónde estabas.

—Sí, sí, lo sé. —Parecía avergonzado—. Tenía miedo de que…

O sea, pensé que mevrouw Van Buren podría enterarse y separarme de ti.

Pensé que era mejor esperar a que ella creyera que estaba lejos de Sídney, y entonces contárselo a Saleh.

Es un hombre muy bueno, ya lo sabes. Pongo en él toda mi confianza.

Así que la señora Van Buren era la responsable de la misteriosa llegada de ese chico a Newcastle, pensó Alice.

Estudió con preocupación el pequeño e inteligente rostro del niño y recordó aquel intento del mayor Van Buren de enviar a Claus a Timor.

El chico había escapado entonces; la señora Van Buren no habría seguido el ejemplo de su marido.

¿Qué motivo podía tener? Su marido estaba muerto y había rumores extraños sobre las circunstancias de su fallecimiento, pero Claus tampoco decía nada.

Por otra parte, Alice no se atrevía a hacerle preguntas.

Sin duda, el chico le contaría todo cuando llegara el momento adecuado.

Dado que él quería guardar el secreto, quizá lo más prudente era no indagar más.

Él se puso de pie de un salto y sonrió.

—Voy a preparar el té. El señor Cox volverá pronto de la escuela y, como siempre, tendrá sed de tanto hablar. Quédate aquí. Si quieres, ponte a remendar la ropa, pero descansa un poco, ¿no? Como un hijo mayor, estoy aquí para cuidarte.

Alice le devolvió la sonrisa y no puso ninguna objeción. Había sido un día largo y estaba cansada. En su vientre, el bebé pesaba cada vez más. Tiró de la cesta de costura, pero no la abrió. Oía pasos y voces fuera de la casa.

Claus estaba por salir del salón.

—Creo que Nathan ha traído un invitado —le dijo—. Prepara una tetera grande, ¿quieres?, y podremos comer un poco de mi pastel de nueces.

—Yo me encargo, no te preocupes —prometió Claus, y se alejó contento.

Nathan entró acompañado de un joven alto y moreno, cuyo atuendo sobrio sugería que era un empleado de oficina. Al ver que era un desconocido, Alice se levantó algo confundida y se alisó la falda.

Nathan le dio un beso en la mejilla y señaló al recién llegado.

—Te presento al señor Rodney Akeroyd, secretario del juez De Lancey. Esta es mi esposa, señor. El señor Akeroyd acaba de llegar en el paquebote procedente de Newcastle y desea ver a Claus. Dice que tiene noticias muy importantes que darle. Pero sentémonos, ¿les parece?

Akeroyd hizo una reverencia cortés y ocupó la silla que Nathan le indicaba.

—Estoy aquí en nombre del juez De Lancey, señora Cox.

Quizá ya está enterada de que el niño Claus Van Buren —Alice abrió los ojos con sorpresa al oír el apellido, pero Rodney Akeroyd no pareció notar nada extraño y continuó—: fue encontrado a bordo de un barco que iba a Batavia e hizo escala en Newcastle para cargar carbón.

Al parecer, el chico había sido retenido de forma bastante brutal en la bodega del barco.

Ahí lo encontró el oficial al mando de la guardia militar de la autoridad portuaria, un tal teniente Dean, señora, y lo liberó.

Según tengo entendido, el señor Dean lo envió aquí, a su casa, a petición expresa del propio Claus, ¿no es así?

—Sí —confirmó Alice—. Claus vino aquí porque…

Lo que quiero decir es que —miró a Nathan, quien asintió sonriendo— le habíamos dicho que siempre tendría un hogar con nosotros si lo necesitaba.

Supongo que, después de lo que sufrió a bordo de ese barco mercante, decidió venir a buscarnos.

No sabíamos… —Volvió a mirar a su marido con incertidumbre—.

Claus no nos había contado nada sobre esa terrible experiencia.

Pero ¿el capitán del barco…? No sé cuáles son los términos legales.

—¿Lo secuestró, señora Cox? —aclaró el secretario del juez—.

Eso se creía, pero el capitán, un hombre de apellido Meesman, quedó libre de toda sospecha cuando él y su tripulación fueron llevados ante el juez De Lancey.

Meesman tenía una carta de autorización de la propietaria del barco en la que se indicaba que el niño regresaba a las Indias Holandesas, de acuerdo con sus propios deseos y los de su difunto padre.