Capítulo 10
La tormenta, cada vez más violenta, se desató sobre Sídney y Parramatta a última hora de la tarde.
Lucy Van Buren había salido en su carruaje cuando Sídney aún estaba bañada por el cálido sol otoñal y solo unas pocas nubes negras y densas en el cielo del norte podían presagiar lo que se avecinaba.
El carruaje, tirado por dos caballos de alquiler, rápidos y de paso alto, había recorrido casi diez millas por la carretera de peaje hacia Parramatta cuando, sin apenas aviso, se desató el chubasco.
Empezó a caer una lluvia torrencial, acompañada de vívidos relámpagos y truenos ensordecedores. Inundaba la carretera y empapaba a Samuel Larkin y a su esposa, Leah, que iban juntos en el pescante.
Samuel y Leah se habían casado la víspera.
Ella llevaba su mejor vestido y se había adornado con alhajas que le habían regalado sus compañeras sirvientas.
Lucía sobre los hombros un colorido chal bordado que le había regalado Saleh, pero se dio cuenta con disgusto de que, si bien el chal era hermoso, la prenda era demasiado ligera y frágil para resistir el embate del aguacero.
Gritó consternada. Entonces, Samuel Larkin detuvo los caballos al abrigo de un grupo de árboles.
Los dos animales estaban tan asustados y nerviosos que le costó mucho mantenerlos quietos.
—Bájate, muchacha —le ordenó a su temblorosa esposa— y pídele a la señora que te deje montar con ella. No puedes quedarte ahí fuera con este tiempo.
—Mevrouw no me permitirá ir con ella, Samuel —protestó Leah.
—Pídeselo —gruñó Larkin—. Vamos, haz lo que te digo. No quiero que te mueras de frío cuando acabamos de casarnos.
Las palabras se ahogaron en el fragor de un trueno, pero un empellón le dejó claro lo que el cochero quería decir. Con temor, Leah se deslizó del asiento. Agachó la cabeza bajo el chal empapado, retrocedió hasta la puerta del carruaje y, tras dos intentos, consiguió abrirla.
—¿Ya?
Hacía calor en el seco interior del carruaje. A pesar de ello, la señora estaba enfadada. Leah retrocedió por instinto.
—Por favor, mevrouw —tartamudeó nerviosa—, me … Quiero decir, Samuel…
La señora Van Buren la interrumpió.
—¿Por qué se ha detenido? —preguntó—. Estamos muy cerca de Portland Place. Tardaremos media hora en llegar a un refugio. Dile a Larkin que siga adelante.
—Sí, mevrouw. Pero él me ha enviado a pedirle que me deje subir al carruaje con usted. Hace muy mal tiempo y estoy empapada. Y también tengo frío, mevrouw.
Lucy Van Buren la miró con desagrado.
—Ni hablar —respondió en un tono que no admitía réplica—. Así, como estás, no puedo tenerte aquí… Estropearás los cojines. Vuelve con tu marido y dile que siga adelante.
Leah sabía que era inútil protestar. Cerró la puerta del carruaje y volvió a la parte delantera del vehículo, chapoteando. Los pies, apenas calzados, los tenía tan empapados como el resto del cuerpo.
—Samuel, me ha dicho que no, que debes seguir adelante —le gritó con voz lastimera.
Larkin maldijo.
—¡Maldita zorra! ¡Ya lo veremos, por Dios que lo veremos!
No voy a conducir a ningún sitio hasta que estés en un lugar seco.
¡Eh, demonios, quietos! —gritó a los caballos.
Se enganchó las riendas en el brazo y saltó furioso del pescante.
En su prisa, tuvo un aterrizaje desmañado y cayó sobre los cuartos traseros de uno de los caballos.
Siguió agarrado con fuerza a las riendas para evitar el barro del camino.
El animal, que ya estaba asustado por el ruido de la tormenta y los relámpagos, se espantó, se encabritó y logró soltarse del agarre de Larkin.
Antes de que el cochero pudiera reaccionar, los dos caballos salieron a galope, relinchando de terror mientras corrían por el camino inundado.
A medida que ganaban velocidad, el carruaje iba balanceándose de un lado a otro.
—¡Ay, Dios! —gritó Larkin con voz ronca, y echó a correr. Sabía que tenía pocas esperanzas de alcanzar a los caballos en fuga, pero, a pesar de todo, se sentía obligado a intentarlo. Leah empezó a seguirlo, sollozando.
Dentro del coche, Lucy salió disparada de su asiento.
Los meneos del pesado vehículo la zarandeaban de un lado al otro mientras rodaba dando sacudidas nauseabundas por los baches del camino.
De repente, una imagen horripilante resurgió del limbo de su pasado.
Era un recuerdo que, durante años, había intentado borrar de su mente.
En aquel entonces era muy joven, una chica de apenas diecisiete años.
Henrietta Dawson, la primera esposa de Timothy, la había acusado de libertinaje y, como castigo, había decidido llevarla a la granja de Abigail, en el Hawkesbury.
Ahí pensaba dejarla condenada a un exilio al que Lucy le tenía horror.
Viajaban en el carruaje de Henrietta y, al igual que ahora, los caballos se desbocaron…
Un escalofrío de miedo asaltó su corazón mientras revivía el terrible momento en que el coche volcó.
Henrietta había quedado aplastada, atrapada entre las tablas rotas del carruaje destrozado, con espantosas heridas.
Y había gritado; la desdichada mujer había gritado y gritado sin cesar. Entonces…
Más allá de donde Lucy alcanzaba a ver, una rama grande, hueca, podrida y nudosa fue alcanzada por un rayo.
Cayó encima de la carretera y la bloqueó por completo.
Los caballos desbocados la vieron y la oyeron caer, pero estaban muy cerca y galopaban demasiado rápido como para poder detenerse a tiempo.
Los dos hicieron un gallardo intento por saltar el obstáculo, pero, con los arneses y el eje del carruaje frenándolos, tropezaron y cayeron al otro lado del obstáculo.
El carruaje chocó con la rama y volcó. Lucy salió disparada con una fuerza espantosa y fue a dar contra la madera astillada y los cristales rotos de lo que había sido la puerta izquierda.
Entonces, volvió a oír aquellos gritos agonizantes que sonaban sin darle tregua. Hacía todos esos años, había podido silenciarlos apretando un cojín contra la cara de Henrietta, durante un rato, sin moverlo; pero, ahora…
Lucy, desesperada, intentó liberarse, solo que ya no le quedaban fuerzas.
Y, con ellas, se había desvanecido también, hasta desaparecer, aquel recuerdo espantoso y desagradable.
Mientras se sumergía en una inconsciencia misericordiosa, supo que los gritos que acababa de oír no eran los de Henrietta, sino los suyos propios.
* * *
Larkin todavía estaba a cincuenta yardas del carruaje destrozado cuando un relámpago iluminó la escena con espantosa claridad. Se detuvo, jadeando, paralizado por la conmoción. Después de haber obligado a sus miembros entumecidos a obedecerlo, siguió adelante, murmurando obscenidades entre dientes.
Ese sería su fin, pensó, el suyo y el de Leah, si su señora aún estaba viva.
Nunca los perdonaría. A él lo enviarían a una de las cuadrillas de presos encadenados, y a Leah, a la fábrica de mujeres.
El accidente había sido culpa suya. Lo acusarían de haber dejado escapar a los malditos caballos, y un convicto acusado de algo así no tenía defensa alguna, como él sabía muy bien.
Llegó al carruaje volcado y le bastó una mirada para entender que ambos caballos habían muerto.
Pobres animales, no habían tenido ninguna oportunidad, con el carruaje como un peso muerto que tenían que arrastrar mientras intentaban dar el salto.
Al mirarlos, inundaron sus ojos unas lágrimas poco varoniles.
Los animales se llamaban Barney y Betsy.
En el corto tiempo que los tuvo bajo su cuidado, había llegado a quererlos.
Pero… sabía que tendría que entrar en el carruaje; tendría que ver lo que había ocurrido con la señora Van Buren.
Larkin aguardó con el corazón palpitante y, entonces, para su gran alivio, apareció la figura empapada de Leah, que llegaba a él tambaleándose, sin aliento y sollozando sin consuelo.
—Recomponte, muchacha —la instó—, y ve a ver qué le ha pasado a la señora Van Buren.
—¿Yo? Ay, no, Samuel, ¡no puedo!
Leah hablaba un inglés pobre y le castañeteaban los dientes con tanta fuerza que a Larkin le costaba entenderla. Pero la negativa de su esposa con la cabeza era lo bastante clara, así que él la tomó por los hombros y le quitó el chal empapado.
—Eres mujer. No sería apropiado que fuera yo. Venga, entra, que yo te ayudaré a subir. Debe de estar muerta, porque no la oigo gritar.
Otro trueno ahogó sus palabras. Larkin ya no hizo caso a las débiles objeciones de su esposa. Consiguió abrir la puerta del vehículo volcado, agarró a Leah con sus musculosos brazos, la levantó y la metió dentro del carruaje destrozado.
La esperó fuera durante lo que le pareció una eternidad y, aunque escuchaba con atención, no alcanzó a oír ningún ruido.
Por fin, el rostro pálido de la conmocionada Leah apareció en la abertura de la ventana.
Ella le hizo señas para que le abriera la puerta y la ayudara a salir.
Y él, mientras la sostenía con las manos, presionando con los dedos la carne de los delgados brazos desnudos, le exigió que le dijera lo que había encontrado.
—Está muerta, ¿verdad? ¿La señora Van Buren está muerta?
—Ahora sí —logró decir Leah—. Pero…
—¿Qué quieres decir, muchacha? ¿No estaba muerta cuando has entrado?
—No. Moribunda, sí, pero primero me ha hablado. «Claus —me ha dicho—, el niño Claus…».
—Bueno, ¿y qué pasa con él? —Larkin la sacudió—. ¡Dime lo que ha dicho, por piedad!
Leah se aferró a su hombre y se echó a llorar. Él cedió, la tomó en sus brazos y le habló con más delicadeza.
—Ya está, muchacha, cálmate; solo dime lo que ha dicho sobre Claus.
Leah lo miró con ojos ansiosos y llenos de lágrimas.
— Mevrouw me he pedido que trajera a Claus de vuelta a Sídney. Ese ha sido su último deseo. Me ha dicho… que le había hecho daño. Que Claus no debe ir a Timor.