Los pioneros (Los australianos 12) Epílogo
100%

Epílogo

El descubrimiento de oro en la zona de Bathurst, en Nueva Gales del Sur, a mediados del siglo XIX, marcó un punto de inflexión en la historia de Australia.

Antes de esa fecha se habían encontrado y notificado pequeñas cantidades de oro aluvial.

Sin embargo, los sucesivos gobernadores, desde Macquarie hasta Gipps, habían ocultado los informes y desalentado nuevas búsquedas.

Tenían miedo al efecto que tal descubrimiento pudiera tener sobre la población; convictos, en su mayoría.

Los exploradores valientes, como Charles Sturt, George Grey (que más tarde gobernaría Nueva Zelanda), los hermanos Hamilton, John Hume y los dos Cunningham, George Macleay, T.

L. Mitchell, Edward Eyre y el conde de Strzelecki, tras los pasos de Oxley, Meehan, Throsby y Hovell, encontraron vastos pastos y largos ríos.

También nuevos lagos, lo mismo que desiertos hostiles y sin agua.

Los colonos, «ocupantes ilegales» —con sus crecientes demandas de más tierra para sus rebaños y manadas— y los ganaderos —con carne en pie para vender a las nuevas comunidades— siguieron, a su vez, a los exploradores y pioneros.

Los convictos, muchos de ellos deportados por delitos menores, trabajaron sin descanso, anónimos y ahora olvidados, construyendo carreteras, casas y granjas; cuidando y esquilando ovejas; reuniendo el ganado y conduciendo los rebaños a través de tierras sin caminos hasta cualquier lugar adonde los llevara el destino.

Han sido necesarios los esfuerzos de todos ellos, y también de los soldados y marineros, abogados y jueces, comerciantes, constructores navales, capellanes y médicos, así como de las mujeres de todos ellos, para construir Australia.

Ahora, la atracción del oro, ese sueño de la riqueza al alcance de la mano, influirá de alguna manera en todos y cada uno de ellos.

La única excepción serán los pueblos nativos a los que han desplazado.

Vivian Stuart

Noviembre de 1983