Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—No, yo no hice eso. Por favor, mijnheer , ¿hay algún barco correo que vaya al río Hawkesbury?

No tengo dinero, pero, si trabajo para usted, mijnheer, quizá me dé dinero para el pasaje.

Quiero ir con Alice Cox y su marido, que es el reverendo Cox.

Quiero ir a su escuela en la ciudad de Windsor.

Me quedaré allí con la señora Alice Cox, y no volveré a huir…

La mención del nombre Alice Cox, antes Alice Fairweather, distrajo a Murdo por un momento de lo que le estaba diciendo el chico.

Recordó la profunda impresión que le había dejado esa chica, por su valentía y belleza, cuando la vio llegar a Sídney en un transporte de convictos.

Incluso ahora sentía una punzada de arrepentimiento.

Y cierto día, cuando Murdo regresó de la bahía Moreton y Justin los presentó, le costó mucho ocultar sus sentimientos.

Por supuesto, había quedado atónito al enterarse de que Alice había escrito la carta de Alcestis.

Sorprendido, sí, pero también decepcionado al saber que ahora era la esposa de Nathan Cox.

Pero la chica parecía feliz. Estaba casada con un clérigo, un joven admirable, y no servía de nada lamentarse por las oportunidades perdidas.

Murdo bajó la mirada hacia el pequeño mestizo y desistió de seguir interrogándolo.

Ese lugar a donde el niño quería ir parecía, a primera vista, el mejor.

Sin duda, Alice, la señora Cox, se ocuparía de él.

Si Claus no quería testificar contra Meesman ni acusarlo de secuestro, no tenía sentido seguir reteniéndolo.

Por pura casualidad, el paquebote del Hawkesbury zarparía río arriba, en su recorrido quincenal, ese mismo día.

Murdo puso al chico a bordo después de informar al mayor Morisett, quien estuvo de acuerdo con la decisión.

—Tendrás pruebas suficientes para condenar a ese sinvergüenza de Meesman sin tener que llamar al niño.

Estoy de acuerdo. De hecho, las cosas podrían complicarse si Claus no estuviera dispuesto a presentar acusaciones.

Además, es un mestizo javanés, ¿no es así?

, y poco más que un niño. En cualquier caso, es poco probable que el tribunal dé mucho crédito a su testimonio.

Déjalo ir, Dean. A Meesman le caerán diez años, por más que intente alegar que es holandés.

Su barco está registrado en Sídney y su tripulación está compuesta, en su mayoría, por convictos o personas en libertad condicional.

Has hecho bien en atrapar a esos sinvergüenzas.

No fue hasta una semana más tarde, cuando George De Lancey regresó de Sídney, que Murdo pudo resolver el misterio de la identidad de Claus Karimon.

—Es hijo del difunto mayor Josef Van Buren —le dijo De Lancey mientras la sesión del tribunal estaba suspendida para el almuerzo—, y es, además, su heredero.

Mira qué ironía: eso significa que, según los términos del testamento de su padre, que acabo de hacer traducir, Claus es el propietario legítimo del Dorcas, así como de otro barco y de la residencia Van Buren en Sídney.

—¿Por eso lo secuestraron? —sugirió Murdo.

—Creo que no hay duda de ello —confirmó De Lancey con gravedad.

—Pero ¿quién está detrás de esto? Seguro que no ha sido Meesman, ¿o sí?

—No, imagino que a él le pagaron bien por hacerlo.

Y no creo que lo disgustara semejante tarea, pues es un sinvergüenza de pura cepa.

Se habría salido con la suya, solo que dejó que la avaricia lo dominara y creyó que podría vender aquí el licor.

No suelen registrar los barcos en este puerto, ¿verdad?

Murdo negó con la cabeza.

—Solo cuando despiertan sospechas, juez. —Vaciló, con la curiosidad avivada.

George De Lancey respondió a su pregunta tácita:

—Esto queda entre nosotros, Michael. Pero… la persona que le pagó a Meesman tenía buenas razones para hacerlo y, aunque soy el albacea de Van Buren, no me creo capaz de demostrar quién ha sido; al menos, desde un punto de vista legal.

—¡Que no puede probarlo! —repitió Murdo indignado—. Pero, por el amor de Dios, señor, si usted sabe quién fue, ¿por qué no puede probarlo?

—Creo saber quién fue; de hecho, tengo una certeza razonable, querido amigo.

Sin embargo… —El tono de De Lancey era seco—.

También conozco al chico Claus. Él podría aportar pruebas, pero me parece muy improbable que lo haga.

Se negó a presentar cargos contra Meesman, ¿no es así, según tú mismo has admitido?

Bueno, su motivo para negarse es muy sencillo: sabe quién pagó para que lo secuestraran, pero no tiene intención de llevar al culpable ante la justicia.

Y Meesman no hablará, ya que no se lo acusa de secuestro.

—Pero ¿por qué el chico querría proteger al culpable? —insistió Murdo, lejos de haber quedado satisfecho con la seca explicación legal de De Lancey.

—Por lealtad, Michael. No tiene ninguna malicia, y yo fui testigo de su valentía cuando él y su padre naufragaron frente al cabo Hawke, en el Flinders de Justin Broome.

—De Lancey sonrió al recordar aquello, pero su gesto se desvaneció enseguida—.

Toda su vida, el pobre diablo ha sido tratado como un sirviente en la casa de los Van Buren.

Su padre nunca lo reconoció; hasta ahora, claro está. Pero Claus no sabe nada del testamento.

—Usted se lo dirá, ¿verdad?

—Por supuesto. Enviaré a mi secretario a Windsor en el próximo paquebote para que le comunique al muchacho su buena suerte.

Es mi deber como albacea. Lo que haga Claus será decisión suya.

Pero, mientras tanto, supongo que estará a salvo con el reverendo y la señora Cox.

—De Lancey se levantó y cogió su peluca—.

Tenemos que volver al tribunal, Michael.

Y si el jurado compuesto por tus compañeros oficiales dicta el veredicto que espero, me satisfará condenar a Meesman y a su tripulación de sinvergüenzas a trabajos forzados.

El Dorcas tendrá que ser retenido, aunque podrá ser liberado en cuanto Claus Van Buren lo reclame.

Tendrá derecho a ello a su debido tiempo. —Se dirigió hacia la puerta—. ¿Listo?

Murdo se dispuso a seguirlo. Suponía que ese resultado era el único posible, dadas las circunstancias, pero… Frunció el ceño al recordar el estado en que habían hallado al niño, asustado en la sucia bodega del Dorcas, con la mordaza en la boca y las crueles cuerdas clavándose en su carne.

Él no sabía nada de los Van Buren. Había pasado muy poco tiempo en Sídney como para estar al tanto de los chismes de la ciudad.

Conocía a Abigail Dawson, por supuesto; la conocía y le caía bien, al igual que a su familia, pero…

Abigail tenía una hermana, una a quien durante un tiempo dieron por perdida en el mar frente a Timor, pero que había sobrevivido y regresado como…

Sí, regresado como la esposa del mayor Josef Van Buren. Se detuvo en la puerta de la sala.

—¿No hay…? —empezó a preguntar—. Juez De Lancey, ¿no hay una viuda, una señora Van Buren?

—Sí —respondió De Lancey sin dudar—. La hay, Michael: la madrastra del chico, Lucy Van Buren.

—El juez puso una mano sobre el hombro escarlata de Murdo y dijo en voz baja—: Lo que la ley puede hacer es muy limitado en un asunto como este.

Pero, como albacea del difunto Josef Van Buren, me esforzaré por garantizar que se haga justicia a todos los implicados, y no menos a su viuda, te lo aseguro.

Ahora… —hizo un gesto hacia la puerta—, vamos, que tenemos trabajo que hacer.

Tras una orden del ujier, los abogados y el jurado militar se levantaron. Los carceleros pusieron a los acusados de pie a fuerza de sacudidas y empujones. Luego De Lancey ocupó su lugar en el estrado y correspondió muy serio a todas las reverencias.

Murdo, que había prestado declaración antes del receso, encontró un lugar y se sentó a la espera de que el sargento Lee prestara juramento.

Fuera llovía con intensidad y se oían truenos en la distancia.

El vivo destello de un relámpago iluminó la sala en penumbra, así que el ujier se apresuró a cerrar la ventana situada sobre el estrado.