Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Sí, señor —afirmó Lee—, desde hace cinco o seis años. Pero las antiguas galerías siguen ahí; derrumbadas, en su mayoría. Puede que haya fugitivos escondidos, esperando a que Meesman los recoja cuando haya caído la noche. Si es así, los está haciendo esperar.

—Los fugitivos habrían tenido que cruzar a nado —le recordó Murdo—, con grilletes.

—La distancia no es grande, señor, para un buen nadador. Y los presos de buena conducta no llevan grilletes. La mayoría de los mineros tampoco los llevan, ellos… —El sargento Lee volvió a soltar un taco—. El barco ha desembarcado a media docena de hombres en Nobby. ¡Mire, señor!

—Sí, los veo. Mejor llame a la lancha de guardia, sargento —decidió Murdo—. Iremos a ver qué está pasando.

La lancha de guardia, con seis soldados armados a los remos, cubrió la distancia hasta la isla en menos de diez minutos sin que nadie pudiera descubrirla desde la cubierta del Dorcas gracias al rompeolas a medio construir.

Murdo fue el primero en desembarcar. Miró a su alrededor, desconcertado.

Ahí estaba el bote de remos que había traído a los marineros del bergantín, pero no había rastro de los hombres.

—Están en la antigua mina, señor —le dijo el sargento Lee, que subía sin aliento por la pendiente cubierta de hierba para llegar junto a Murdo—.

¡Pero han de ser contrabandistas, no fugitivos, se lo apuesto!

Meesman habrá hecho un trato con algunos de los convictos y ahora estará escondiendo la mercancía para recogerla cuando crea que nadie lo ve.

Ha de ser ron barato. Tendremos que ser astutos, señor, y pillar a los villanos con las manos en la masa, o dirán que no fueron ellos quienes pusieron allí el contrabando.

Ninguna ley les prohíbe desembarcar en Nobby, ya que la mina está abandonada.

Un soldado se acercó con una linterna. Lee la cogió, se puso en cabeza del grupo y se dirigió hacia la entrada tapiada de la mina.

Murdo venía detrás. Tropezó con un montón de madera podrida que no había visto en la penumbra.

Dentro de la mina hacía mucho frío y se sentía una gran humedad.

Varios pasadizos, excavados en la roca sólida, partían de la entrada en pronunciada pendiente.

A la luz parpadeante de la linterna del sargento Lee, Murdo vio que dos de los pasadizos, si no más, se habían derrumbado y eran intransitables.

Uno parecía terminar en un precipicio justo más allá de los restos destrozados de lo que había sido, acaso, una jaula para los mineros.

Lee se detuvo y levantó una mano para pedir silencio. Desde un pasadizo a su derecha llegaba un sonido débil pero inconfundible. Era como si alguien estuviera arrastrando objetos pesados por una superficie rugosa. El viejo sargento exclamó en señal de triunfo:

—¡Están escondiendo licor barato, tal como le he dicho, señor Dean!

Hemos atrapado a estos sinvergüenzas. —Hizo un gesto a dos de sus hombres para que lo siguieran y otro al resto del grupo para que vigilara la entrada—.

Podría haber otra salida. Algunos de estos pasadizos están conectados, pero los descubriremos si intentan escapar hacia el barco.

Quédese aquí, señor, y mantenga los ojos bien abiertos.

Sin esperar la respuesta de Murdo, enfiló el pasillo de la derecha, seguido por dos soldados.

Murdo regresó a la entrada, agradecido por escapar del frío y los confines nauseabundos de la vieja mina, y llenó sus pulmones de aire fresco.

Recordó que, en los viejos tiempos, los convictos condenados a trabajar aquí permanecían en las profundidades seis días a la semana, comiendo y durmiendo bajo tierra al término de la jornada.

Solo se les permitía salir a la superficie los domingos para asistir al servicio divino.

Tembló, muy consciente de lo que debían de haber soportado aquellos pobres desgraciados, siempre en peligro de perder las extremidades, o incluso la vida, por la caída de rocas.

Las galerías estaban mal apuntaladas. Los pilares de carbón que se usaban como soporte del techo desde que se inició la explotación de Nobby se derrumbaban.

La nueva mina, según le había dicho el mayor Morisset, tenía una mayor profundidad.

Descendía más cien pies, pero era mucho más segura.

Los treinta y tantos convictos que trabajaban en ella solo permanecían bajo tierra durante sus turnos.

Miró hacia abajo, hacia el Dorcas anclado. Pobres diablos, pensó, si querían ahogar sus penas en licor barato, ¿cómo culparlos? Pero había que hacer cumplir la ley y castigar a los patrones como Meesman por infringirla. El tipo…

—¡Cuidado, señor! —gritó uno de los soldados—, ¡están huyendo hacia su barco!

El joven se puso el mosquete al hombro, pero Murdo le ordenó que no disparara.

—¡Alto! ¡Quietos! —gritó a los marineros que corrían.

Acababan de salir del otro lado de la cima de la isla Nobby, un montículo aplanado.

Era evidente que había otra salida, tal como había advertido el sargento Lee, y los contrabandistas de ron habrían huido por ahí—.

¡Alto —ordenó de nuevo— o abriremos fuego!

—Se volvió a su compañero y le ordenó con brusquedad—: Vaya hacia el barco. Si intentan abordarlo, dispare.

Los marineros, seis en total, tomados por sorpresa, dejaron de avanzar.

No opusieron resistencia. De hecho, estaban desarmados, según Murdo pudo descubrir cuando bajó a encararlos.

Solo uno de ellos, un hombre que tenía el rostro ennegrecido e irreconocible, intentó intimidarlo.

Murdo supuso que era el capitán. El desafío, sin embargo, no pasó de ahí, pues el sargento Lee y sus hombres venían saliendo de la mina con pruebas de las actividades clandestinas: media docena de barriles de licor recuperados de su escondite.

—Deténgalos, sargento —ordenó Murdo—. Registraremos el barco y dejaremos un guardia a bordo. Y…

El capitán comenzó a protestar, más alarmado que enfadado. Como Murdo no le hacía caso, afirmó con hosquedad que a bordo del Dorcas no había nada que mereciera la atención.

—Lléveme a la cárcel si es necesario —gruñó—, pero mi barco es otro asunto. Usted no tiene derecho a registrarlo.

—Tenemos todo el derecho, capitán Meesman —respondió Murdo en seco—. Su barco quedará detenido, a la espera de una audiencia ante el juez. Sargento Lee, suba a todo el mundo a las lanchas. Iremos al Dorcas de inmediato.

El Dorcas estaba bajo el mando del segundo, un javanés de tez oscura. Después de que las lanchas se hubieran puesto de costado, el hombre recibió a Murdo en cubierta. En un inglés entrecortado, le aseguró que solo transportaban el carbón que habían cargado el día anterior.

—No hay más licor, mijnheer luitenant…, nada. No hace falta registrar el barco.

Cuando el sargento Lee empujó al capitán a bordo, el segundo cruzó miradas con él y mostró signos evidentes de consternación.

Eso convenció a Murdo de que estaban intentando encubrir alguna otra transgresión de las leyes de la colonia.

En tono brusco, ordenó que se llevara a cabo un registro exhaustivo.

—Diríjalo usted mismo, sargento, y busque en todos los rincones. Desplace el carbón si es necesario. Estoy seguro de que esconden algo; al menos, uno o dos fugitivos.

Sin embargo, para su sorpresa, el único resultado del registro fue un aterrado chico que el viejo sargento llevó a cubierta.

El niño estaba amordazado y tenía las piernas y los brazos atados con cuerdas.

Su ropa estaba sucia. Se veía tan débil que, cuando liberaron sus extremidades y le quitaron la cruel mordaza, no podía ponerse de pie ni hablar. El sargento Lee dijo con lástima:

—Hemos encontrado a este pobre diablo en la bodega de popa, señor, medio enterrado bajo el carbón.

Dios sabe quién es y qué hacía allí, pero yo diría que es víctima de un secuestro.

Desde luego, esta gente no quería que lo encontráramos.

Habría muerto si lo hubieran mantenido así atado durante mucho más tiempo.

Murdo sacó su petaca, se arrodilló y la puso en los labios del niño postrado.

—¿Quién es este chico, capitán Meesman? —preguntó con ira—. ¿Y por qué lo han tratado así?

Meesman evitó la mirada de Murdo.

—Es un polizón —respondió—. Le estamos dando una lección, eso es todo.

Como el capitán no quiso decir nada más, Murdo perdió la paciencia y ordenó que el capitán fuera llevado a tierra, junto con los cinco marineros arrestados, y que lo encarcelaran.

—El segundo oficial puede quedarse a bordo, pero el barco permanecerá bajo vigilancia.

Mañana a primera hora informaré al comandante de lo sucedido.

Y, en cuanto a este desafortunado polizón…

—Murdo volvió a tapar la petaca y se puso de pie—, hasta que sepamos quién es, no hay mucho que podamos hacer.

Sargento, póngalo en el bote de la guardia.

Me lo llevaré para que pase la noche en mis aposentos.

Quizá el niño pueda hablar después de comer y dormir bien.

No creo que sea un polizón; más bien, ha sido secuestrado por algún motivo.

A la mañana siguiente, el chico habló, aunque fue muy poco lo que reveló de sí mismo.

Eso sí, estaba muy agradecido de que lo hubieran rescatado de la carbonera del Dorcas y de haber recibido un abundante desayuno preparado por el ama de llaves convicta de Murdo.

Era un mestizo. Al menos eso quedó claro cuando le hubieron lavado la cara para quitarle el polvo de carbón.

Dijo que se llamaba Claus Karimon, lo que sugería que su nacionalidad era la misma de Meesman, el capitán del Dorcas.

Pero no acusó de nada al eurasiático; todos los intentos de Murdo por persuadirlo se encontraron con una negativa cortés pero firme.

—Todo ha sido un error, mijnheer. Me escapé. Luego cambié de opinión y quise quedarme. El kapitein se enfadó y me dejó atado.

—¿Te embarcaste como polizón sin que lo supiera el capitán, Claus? —preguntó Murdo.

El chico negó con la cabeza.