Capítulo 9
El Dorcas estaba anclado a la sombra de la oscura masa de la isla Nobby, como si quisiera fundirse con el fondo y que su presencia pasara inadvertida.
Había entrado en el río Hunter al caer la tarde de hacía dos noches y había pasado el día cargando carbón con destino a Batavia.
Eso había dicho su capitán, un individuo de mirada furtiva llamado Meesman.
Murdo observaba el barco con el ceño fruncido.
Desde su traslado al cuartel de Newcastle, le habían encomendado el mando de la guardia portuaria.
No era una tarea ardua, en verdad, ya que la mayoría de los condenados a penas capitales y a condenas largas habían sido trasladados a la isla de Norfolk. Ahora escaseaban los intentos de fuga.
Los mineros huían a veces, ya que las condiciones en las que se veían obligados a trabajar eran desagradables y peligrosas.
Incluso los más afortunados, los que trabajaban en la península de Stockton quemando conchas para fabricar cal, también intentaban en ocasiones enrolarse en barcos cuyos destinos en el extranjero les ofrecían la oportunidad de ser libres.
Y Murdo sabía muy bien que los capitanes cuyos barcos necesitaban tripulantes estaban dispuestos a aceptar a esos fugitivos sin hacer preguntas.
Aún más dispuestos estaban a lucrar con el negocio clandestino de subirlos a bordo a cambio de sobornos.
Según su sargento, un suboficial del Cuerpo de Veteranos que había servido en Newcastle durante varios años, Meesman era uno de los peores en esa profesión delictiva.
Solo había sido capturado una vez, y entonces había conseguido engañar a los magistrados para que lo liberaran a cambio de una multa.
Eso había ocurrido hacía un año, más o menos.
—El Dorcas es propiedad de un caballero holandés, señor —había dicho un disgustado sargento Lee mientras los dos observaban la entrada del barco en el atracadero del muelle de carbón, bajo el jardín amurallado del comandante—.
Es de un tal mayor Van Buren o algo así.
Él fue quien sacó de apuros al astuto capitán y quien pagó su multa.
El tribunal les creyó cuando declararon que todo había sido un error, aunque pillamos al sinvergüenza con tres fugitivos escondidos bajo la cubierta.
Hay que vigilarlo, señor Dean. Esta mañana, al inspeccionar el barco, la tripulación estaba incompleta.
Es probable que se quede por aquí con la esperanza de robar a un par de hombres.
Lee era un buen suboficial y hacía bien su trabajo.
Se había ofrecido voluntario para vigilar el Dorcas .
Murdo notó su presencia cuando bajó al embarcadero, pero, al igual que el barco, el sargento se mantenía en las sombras; solo el resplandor de su pipa delataba su presencia.
No se movió cuando Murdo se detuvo a su lado, pero, en un tono de ruda aprobación, dijo:
—Me alegro de que haya venido, señor; pero por el momento no hay nada que hacer.
—He cenado con el mayor Morisset. Su casa está a un paso de aquí, así que se me ha ocurrido venir a ver cómo estaba usted, sargento.
Murdo contuvo un bostezo. El comandante había sido muy hospitalario y lo había agasajado con comida y vino. Ahora, bajo aire fresco de la noche, la somnolencia amenazaba con vencerlo.
No había querido venir a Newcastle. En Sídney se estaban planeando expediciones exploratorias y esperaba que lo incluyeran en una de ellas, gracias a su experiencia con William Lawson y los Cunningham, así como a su propia exploración del río Brisbane; primero, con el mayor Lockyer, y más tarde, en solitario.
Pero el Success había partido en su expedición al río Swan, y el único oficial de la colonia que llevaba a bordo era Justin Broome.
Se rumoreaba que Alexander Hume también estaba preparando un intento de seguir el curso del bajo río Macquarie, un territorio familiar para Murdo.
Hasta el momento, reflexionó con cierta amargura, no le habían sugerido que se uniera a este ni a ningún otro grupo.
Newcastle era un lugar apartado en muchos sentidos; para su gusto, demasiado lejos del centro de todo, aunque tenía sus compensaciones.
Entre esas recompensas estaba la apertura del valle Hunter a la colonización libre y los intentos no oficiales, si bien enérgicos, de los nuevos colonos por establecer conexiones fluviales y por carretera con los asentamientos del Hawkesbury y Sídney.
Y estaba George De Lancey, que había obtenido una concesión de tierras no lejos de la ciudad.
Murdo sonrió. Aquel hombre siempre le había caído bien, siempre lo había admirado, desde su viaje a la colonia en el mismo barco.
Y en los últimos días, tanto De Lancey como su joven y guapa esposa lo habían admitido en su círculo de amistades.
Incluso le habían ofrecido una invitación abierta, para cuando le apeteciera, a visitar su nueva y elegante casa en Adamstown.
Y la propia Newcastle estaba creciendo con una prosperidad basada en la tala de madera y la minería del carbón.
Estaba bien trazada y tenía un centenar de casas residenciales.
Tenía, también, cabañas para convictos, un juzgado, un hospital de piedra bien construido, una hermosa iglesia y la inevitable cárcel.
Sus propias habitaciones eran más que aceptables.
Hacía poco había contratado a una convicta para que se ocupara de la casa y atendiera sus necesidades.
La joven era analfabeta, pero, en general, todo lo hacía muy bien.
Sin duda, sus circunstancias actuales eran mejores, por mucho, que las que había tenido en la bahía Moreton.
A pesar de todo, anhelaba darle más sentido a su vida y…
, sí, más emoción: la emoción de descubrir un nuevo país.
Bostezó de nuevo y el sargento Lee dijo en un susurro casi de justificación:
—No hay señales de movimiento en la cubierta, señor.
Sin embargo, juraría que ese granuja de Meesman está tramando algo.
Podría haber zarpado esta tarde, de haberlo querido, y no lo ha hecho.
Además, ha echado el ancla muy cerca de Nobby.
Si su intención fuera permitir que su tripulación bajara a tierra, supongo que este no sería el camino, señor, ¿no cree?
—No creo que lo hiciera —asintió Murdo. Estaba cansado de esa vigilancia autoimpuesta y a punto de marcharse cuando el sargento le preguntó, por pura curiosidad, si le gustaba estar destinado en Newcastle.
—¡Debe de haber leído mis pensamientos, sargento! Estaba preguntándome eso, ni más ni menos —admitió—. Pero ¿por qué lo pregunta?
—Bueno, señor, el sargento Rolfe, que estaba con usted en el asentamiento de la bahía Moreton, es amigo mío.
Servimos juntos en la Península cuando éramos jóvenes.
—Por puro instinto, Murdo se tensó. Temía que Rolfe hubiera hablado más de la cuenta, pero las siguientes palabras del viejo lo tranquilizaron de inmediato—.
Lo vi cuando estuve en Sídney de permiso, señor Dean, y Rolfe no dejó de alabarlo.
—Me alegro, sargento. Pero…
—Los dos servimos bajo el mando del capitán Logan, señor —dijo Lee, y en su tono, más que en las palabras, dejó clara la alusión—. Lo mataron los nativos, ¿verdad?
—Eso se supone —confirmó Murdo con cautela—. Nunca se probó nada, salvo que su caballo se cayó y él resultó herido cuando lideraba la búsqueda de un fugitivo.
—Sí, eso fue lo que me dijo Rolfe. También me contó que se había publicado una carta en un periódico de Sídney sobre las condiciones en la bahía Moreton. No dudo de que usted la habrá leído, señor.
—Sí, la leí. —Murdo estaba ahora bien despierto. Todas sus ganas de dormir se habían disipado. Repitió sin rodeos su pregunta anterior—: ¿Por qué lo pregunta, sargento?
El sargento Lee vació su pipa y, antes de responder, lanzó otra mirada larga y escrutadora a la silueta oscura del Dorcas. Continuó con evasivas:
—No hay ninguna razón en particular, señor Dean.
Solo se me ha ocurrido que, si usted se ha adaptado bien aquí, por así decirlo, quizá considere la idea de trasladarse al Cuerpo de Veteranos.
Yo lo he hecho y Rolfe también lo está pensando.
Las condiciones para los oficiales son buenas.
Mil acres, señor, con posibilidad de elegir el lugar; mano de obra de convictos y una asignación justa en semillas y ganado.
Yo acepté quinientos acres cuando me alisté en el cuerpo.
Están cerca del lago Macquarie y son tierras de primera, con mucha madera buena para construir.
A usted no podría irle peor, señor, y quizá le darían el nombramiento de comandante una vez que el mayor se haya ido a la isla de Norfolk.
Murdo lo miró sorprendido. Durante la cena, el mayor Morisset se había mostrado inflexible: no tenía intenciones de aceptar el nombramiento en Norfolk a menos que el gobernador revocara la prohibición de llevar mujeres y le permitiera hacerse acompañar de su esposa y sus dos pequeños.
Murdo, que había conocido a la encantadora joven esposa del mayor, lo entendía a la perfección.
—No creo que el mayor se vaya —dijo—. Está decidido a no abandonar a su familia, y no lo culpo. En su lugar, yo haría lo mismo. Las mujeres son una influencia civilizadora en asentamientos como la isla de Norfolk y la bahía Moreton, y…
—Sí —intervino el astuto sargento Lee—, eso era lo que decía la carta del periódico, ¿no, señor?
Y hubo otra, esa que dicen que escribió la esposa del capellán cuando a las mujeres las echaron de la isla.
Un… —Dejó en suspenso lo que estaba diciendo, murmuró entre dientes una palabrota, y señaló en dirección a la isla Nobby—.
Mire, señor, ¡hay un bote saliendo del Dorcas !
Murdo vio que tenía razón. Era un bote con remos amortiguados, apenas discernible a la tenue luz de una luna enlutada por las nubes.
—¿Qué diablos pretenden hacer, sargento? —exclamó—. La mina está abandonada, ¿no?