Capítulo 8 #4
El despreciable liplap, el pequeño tonto timorato de Claus, reclamaría ahora su derecho de nacimiento, porque, por fin, su padre lo estaba reconociendo.
Ella no podía permitirlo; no lo haría mientras tuviera los medios para impedirlo.
Si actuara con rapidez y en secreto… Los medios estaban a su alcance, los mismos medios que Jos había ideado cuando, ante las dudas sobre la lealtad de su hijo, temió que el desdichado Claus pudiera revelar lo que había presenciado hacía tantos meses, en la granja de Rick, más allá de las montañas Azules.
Y lo había revelado. Al final, había traicionado a su padre por puro miedo: miedo a que lo enviaran de vuelta a Kupang.
Lucy sonrió sin alegría. Bueno, el chico debería volver a Kupang.
Una vez allí, incluso el honrado, el honorable juez De Lancey tendría dificultades para cumplir los deseos que Jos Van Buren había expresado en su testamento; no podría garantizar que el despreciado hijo nativo de Jos heredara lo que a ella le correspondía por derecho.
Claus debería desaparecer mucho antes de que George De Lancey encontrara a un hablante de holandés que lo ayudara a traducir el testamento…
y el certificado de nacimiento del niño.
Lucy pasó la noche casi en vela. Estuvo redactando, primero, una orden para el capitán del Dorcas.
Luego pasó un rato luchando con las complejidades del idioma holandés para descifrar los términos exactos del testamento.
Al amanecer del nuevo día, ya había hecho sus planes.
Recordaba con cierta satisfacción lo que Leah le había contado sobre su nuevo cochero, el delito por el que había sido deportado.
Cuando Saleh le trajo la bandeja con el chocolate de la mañana, lo recibió con una sonrisa, y, mientras él corría las cortinas, le preguntó:
—¿Dónde está Claus, Saleh?
Él se volvió sorprendido.
—Está haciendo sus tareas matutinas, como de costumbre, mevrouw. ¿Lo quiere ver?
Lucy negó con la cabeza.
—No, todavía no, pero asegúrate de que no salga de la casa.
Más tarde quiero que vaya con Larkin a entregarle una nota al capitán del Dorcas.
Y quiero ver a Larkin en media hora, cuando me haya terminado de vestir.
—Bebió un sorbo de chocolate con aire de satisfacción y, sin dejar de sonreír, añadió—: Le he dado a Leah permiso de casarse con Larkin.
Cuando ya estén casados, tengo la intención de enviarlos a trabajar a mi granja de Portland Place.
—Al menos, esa granja sí era suya, pensó, y su sonrisa se amplió.
Saleh le hizo una reverencia. Era evidente que el mayordomo no sospechaba nada. Luego, cuando Larkin fue a verla, Lucy le dio sus instrucciones. Añadió la promesa de que, si las cumplía a su entera satisfacción, podría casarse con Leah. Entonces les daría trabajo y una casita en Portland Place.
—¿Entiendes, Larkin, que estoy cumpliendo los deseos de mi difunto marido con respecto a Claus?
El mayor Van Buren quería que el chico regresara con los suyos, donde sería mucho más feliz que aquí.
Asegúrate de que permanezca a bordo del Dorcas y de que el capitán zarpe lo antes posible tras recibir mi nota.
—Sí, señora —respondió Larkin con voz seca.
Los ojos oscuros del cochero brillaban con un destello de comprensión. Lucy se daba cuenta de que no era tonto y que no podía correr ningún riesgo con ese hombre.
—Si no haces lo que te he ordenado —le dijo con brusquedad— o si surge algún problema con el chico, serás despedido de mi servicio y recomendaré que te envíen a una cuadrilla de obras. Entonces, por supuesto, no tendrás ninguna posibilidad de casarte con Leah ni con nadie más, ¿está claro?
—Sí, señora —le aseguró Larkin, y el brillo de sus ojos se fue apagando con rapidez—. Haré lo que me ha dicho, señora.
—Y no digas ni una palabra —le advirtió Lucy—. No quiero chácharas de sirvientes. Y el niño no debe saber nada de esto.
Larkin hizo como que se destocaba y salió de la habitación.
Unos minutos más tarde, desde la ventana de su dormitorio, Lucy lo vio salir de la casa.
Claus iba a su lado, saltando contento. Subieron a una de las lanchas de remos de alquiler y se alejaron hacia donde estaba anclado el Dorcas.
Ella cogió el catalejo de su difunto marido y observó a las dos dispares figuras subir a la plancha de embarque del bergantín.
Cuando ambos desaparecieron de su vista, sintió unos minutos de extrema ansiedad.
Pero pronto la invadió una sensación de alivio.
El bajo y robusto Larkin descendió al bote que la esperaba, y venía solo.
Aún estaba a mitad del camino de vuelta cuando la tripulación del Dorcas se agolpó en la cubierta.
Una docena de marineros escalaron los obenques, izaron los foques y levaron el ancla.
Había poco viento, pero, manejado con pericia por su capitán, el bergantín empezó a avanzar con lentitud y enfiló la salida del puerto mientras la tripulación izaba más velas.
Por la tarde, Saleh fue a decirle que Claus no había regresado.
—Supongo —respondió Lucy con indiferencia bien disimulada—, que el muchacho se ha escapado otra vez.
Quizá ha ido a buscar a Alice Fairweather.
O tal vez se haya ido con Dickon O’Shea a la granja de mi hermano, al otro lado de las montañas.
Es un muchacho tonto, Saleh, y muy cobarde, ya lo sabes.
Y sus temores suelen carecer de fundamento.
Supongo que volverá cuando le convenga. ¿Qué ha dicho Larkin de su desaparición?
—Nada, mevrouw —admitió Saleh—, salvo que Claus se ha alejado de él después de que salieran del Dorcas. No sabe adónde ha ido después.
Larkin había hecho lo que ella le había ordenado, ni más ni menos, pensó Lucy, satisfecha.
—Que venga Larkin —ordenó—, y Leah también. Haré los preparativos para su boda y su traslado a Portland Place.
Saleh dudó, como si estuviera a punto de decir algo más, pero desistió, hizo una mansa reverencia y la dejó sola.