Capítulo 8 #3
Tim Dawson acudió de inmediato a socorrer a su esposa. Se puso de pie, levantó su copa y propuso el brindis. Hasta el momento en que las damas se retiraron a tomar el café en el salón, la charla se volvió más frívola y personal y, en opinión de Lucy, muy poco interesante.
Dos veces intentó romper la armonía del grupo.
Primero, para sugerir que el nuevo secretario de la colonia, Alexander McLeay, distaba mucho de ser un digno sucesor del mayor Goulburn.
Luego, para lamentar la hospitalidad con la que los habitantes de Sídney habían recibido al comandante francés, Dumont d’Urville, y a sus oficiales durante su estancia.
Solo que nadie le siguió la corriente. Lucy ya estaba de mal humor cuando Abigail clavó en ella la vista y salieron para dejar a los caballeros con su oporto y sus puros, y su mal humor no mejoró en absoluto cuando Katie trajo a su hijo de ocho semanas y vio que incluso Julia se extasiaba ante la perfección del pequeño regordete.
Lucy pensó con amargura que nunca había tenido un hijo.
Lo lamentaba en ese momento, pero no era la primera vez.
Quizás habría sido más feliz de haber dado a luz a un retoño, como Katie…
o como su hermana Abigail, aunque un niño como Dickon habría sido insoportable.
O, por lo menos, un hijo de Jos Van Buren.
Se estremeció al pensar en Claus y en el niño que Leah llevaba en su vientre.
Al menos, Dios le había ahorrado eso. Pero un hijo de Robert…
¡Ah, habría dado con mucho gusto un hijo al pobre Robert Willoughby!
Cuando los caballeros volvieron a reunirse con ellas, Katie y Rick fueron juntos a devolver a su hijo a su cuna y a dejarlo al cuidado de Kate Lamerton. Para sorpresa de Lucy, George De Lancey se le acercó, la llevó aparte y le dijo en voz baja:
—Señora Van Buren, le he dejado un paquete en su casa. Se lo he dejado de camino aquí, pues no sabía que los dos éramos invitados de los Dawson esta noche. Y… —Su gesto se endureció—. Lamento decirle que no supe de la muerte de su marido hasta que regresé a Sídney ayer.
De Lancey no expresó sus condolencias, así que Lucy le respondió con frialdad:
—La muerte de mi marido fue un accidente, juez. Supongo que ya lo sabe.
—Sí —confirmó él con tono gélido—. He sido informado del veredicto del forense, señora Van Buren.
No estoy haciendo otra cosa que obedecer las órdenes que su marido dejó con el envoltorio, instrucciones que me obligaban a entregárselo en caso de que él falleciera.
El paquete está sellado, pero tengo entendido que contiene una copia de su testamento y…
—¡Su testamento! —exclamó Lucy incrédula—.
No…, por el amor de Dios, ¿por qué iba a dejar un testamento?
Soy su esposa, su viuda, y, como tal, debo heredar sus bienes, ¿o no?
Él no tenía más herederos legales. —George De Lancey guardaba silencio, así que ella, presa del miedo, lo agarró del brazo—.
Señor De Lancey, ¿redactó usted su testamento?
Él negó con la cabeza.
—No, lo redactó un abogado de Batavia y está en holandés, así que tendré que mandarlo traducir.
Sin embargo, por la carta que lo acompaña, tengo entendido que su difunto marido me nombró albacea.
—Hizo una pausa, miró a la mujer con aire inquisitivo y continuó—: Tanto el testamento como el paquete fueron depositados en mi antiguo despacho de la calle Macquarie.
Los dejaron en manos de mi secretario. Le pido disculpas por el retraso en informarla, pero mi secretario, suponiendo que se trataba de un asunto personal, no hizo otra cosa que guardar el sobre en la caja fuerte, a la espera de mi regreso a Sídney.
Ha sido una negligencia por su parte, pero…
solo puedo pedirle que sea indulgente con nosotros.
Lucy contuvo el aliento. La mente se le aceleraba a medida que crecía su temor. Típico de Jos, pensó resentida, típico de él. Recuperada la compostura, preguntó vacilante:
—¿Cuánto tiempo han estado esos documentos, quiero decir, ese sobre en su caja fuerte?
—Según me ha dicho mi empleado, señora Van Buren —respondió De Lancey—, parece que su difunto marido dejó el sobre cuando llegó a tierra el día del… eh… accidente que le costó la vida. Por supuesto, mi empleado no lo abrió.
—¿Y el testamento? ¿Conoce sus disposiciones? —tartamudeó Lucy.
—No. Como le he dicho, está en holandés.
Me dejó sus instrucciones en una breve carta en inglés.
Supongo —añadió George De Lancey, sin dejar de someterla a un frío escrutinio— que el paquete que he dejado en su casa le aclarará las disposiciones del testamento.
Usted habla holandés, ¿no? ¿También sabe leerlo?
Lucy se puso rígida.
—No muy bien —admitió—. Yo… —Era evidente que no conseguiría sacar nada más de ese abogado tan seco como el polvo, así que le dio las gracias sin entusiasmo.
Ni siquiera se ofreció a ayudarlo a traducir el testamento.
Supuso que él lograría encontrar un traductor, con lo que podría cumplir con su función de albacea.
Hasta entonces, sin embargo, ella podría contar con un poco de margen.
Lucy se despidió de Abigail y Timothy, saludó apenas a Rick y a su esposa y, desentendida de Julia, estrechó la mano del mayor Macintyre. Unos minutos más tarde, estaba de vuelta en su casa.
Saleh la recibió en la puerta principal con el paquete en una bandeja. Ella se lo arrebató con impaciencia y con un gesto que exigía a su mayordomo callarse las explicaciones.
—He visto al señor De Lancey en casa de mi hermana. Trae brandy y caramelos a mi habitación. Después, puedes retirarte, Saleh. Y no quiero que Leah me atienda.
El hombre arqueó las cejas, pero, como buen sirviente, obedeció.
Vino a dejar la bandeja en la mesita de noche, hizo una silenciosa reverencia y se retiró.
Lucy se sirvió un vaso de brandy y, sin molestarse en quitarse más que el vestido, se subió a la amplia cama con dosel.
Apoyada en las almohadas, abrió el paquete que Jos le había dejado.
Lo primero que vio fue la copia del testamento de su difunto marido.
Estaba escrito en holandés, tal y como había dicho George De Lancey, al igual que otros dos documentos que lo acompañaban.
Los dejó a un lado para leerlos más tarde.
Había una carta dirigida a ella, escrita en su propio idioma.
Con dedos temblorosos, a pesar de sus esfuerzos por controlar el miedo, Lucy la extendió sobre la colcha y acercó la lámpara de aceite.
Aún estremecía su mente la conmoción que había sufrido al leer el contenido de los otros papeles de Jos.
La carta era vengativa y ofensiva. Mientras la leía, pensaba con amargura que era hiriente con toda intención.
Ya no eres mi esposa. Tu infidelidad desenfrenada con Robert Willoughby me ha abierto los ojos por fin y me ha hecho ver en qué clase de mujer te has convertido. Y no tienes hijos.
Pero yo sí tengo un hijo, uno cuya existencia he desconocido a instancias tuyas.
Lo peor es que, por culpa tuya y de tus pretensiones sociales, le he negado el derecho a divulgar que es mi hijo.
Y he estado a punto de cometer una injusticia irreparable con él cuando tuve intenciones de enviarlo lejos de Sídney, una decisión de la que ahora me arrepiento hasta lo más hondo.
Soy consciente de que me ha sido leal, pero yo, al poner en duda esa lealtad, estoy casi seguro de que lo he perdido.
En mi última voluntad y testamento, cuya copia encontrarás junto con esta carta, tengo la intención de reparar a mi hijo Claus Van Buren.
A él le dejo mis barcos mercantes y todos los beneficios que he obtenido de ellos.
El dinero está depositado a mi nombre en el Banco de Nueva Gales del Sur.
También le dejo la casa de la calle Bridge, que está a mi nombre.
Tus compatriotas se negaron a permitirme poseer tierras en la colonia, pero podrás comprobar que la casa la compré por mi propia cuenta, legalmente, antes de que el exgobernador me proscribiera por mi nacionalidad.
Cuando leas estas palabras, yo habré muerto en circunstancias que desconozco. Pero leerás esta carta y sabrás, por fin, el desprecio que siento por ti.
Los certificados adjuntos —mi certificado de matrimonio y el de nacimiento de mi hijo— son copias, al igual que mi testamento.
Los originales están en manos del juez George De Lancey, a quien he nombrado mi albacea.
Sé que es un caballero íntegro y honorable.
A pesar de que él y yo hemos tenido ciertas diferencias en el pasado, estoy seguro de que cumplirá mis deseos.
También le he encargado que se ocupe de todos los sirvientes que traje conmigo de Java y, en particular, le he pedido que sea generoso con la criada Leah Hopal, en reconocimiento a su devoto servicio, un servicio que tú, en tu arrogancia, no has querido prestar.
Lucy arrojó la carta con un grito ahogado.
Así que Jos había buscado venganza, se dijo a sí misma, invadida de rabia e impotencia.
Desde su tumba, en el cementerio de Sídney, su mano muerta se había extendido para privarla de casi todo lo que era suyo: su hermosa casa, su hogar, los barcos comprados con el producto de la venta de sus joyas y la considerable suma de dinero que él había amasado con su comercio y depositado en el principal banco de la colonia.
Solo unos días antes, el capitán del Dorcas, creyendo que ella era la propietaria del barco, había ido a verla para pedirle un permiso.
Tenía intenciones de cumplir un contrato que Jos había firmado, consistente en transportar un cargamento de carbón desde Newcastle a Batavia.
Y ella le había dado la autorización, pero…
El corazón de Lucy dio un vuelco. Aún no había zarpado, él… Apretó los labios con fuerza.