Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—¿Qué puede hacer, mayor? Wentworth ha formado una supuesta asociación patriótica para hacer campaña a favor del juicio político y la destitución del gobernador.

Y ya ha conseguido apoyos poderosos, tanto aquí como en Londres: Hume, Lytton Bulwer y Buller en la Cámara de los Comunes.

Además, todos los comerciantes de aquí están con él, y los emancipados, por supuesto, y el doctor Bland…

—¡Ese maldito alborotador! —prorrumpió Macintyre—.

¡Diablos, Tempest! William Bland mató a un hombre en un duelo, en Bombay, cuando servía como ayudante de médico naval.

Fue trasladado a esta colonia con una condena de siete años, pero el exgobernador de este lugar, el difunto general Macquarie, cometió la estupidez de indultarlo. ¿Qué se puede esperar de Bland?

Rick se encogió de hombros. Miró a Katie, que estaba sentada a su lado, y, en respuesta a su gesto de advertencia, sonrió y guardó silencio.

Lucy se dio cuenta de que entre los dos se había creado un nuevo vínculo afectivo.

Sorprendida por el cambio que habían experimentado desde el nacimiento de su hijo, se sumó a la sonrisa de su hermano.

Los sirvientes de Abigail, bien entrenados, vinieron a retirar la vajilla usada y a servir el plato principal.

Cuando Timothy se levantó para cortar la generosa pieza de carne que les acababan de traer, Abigail echó mano de sus habilidades y desvió la conversación hacia temas menos controvertidos.

Invitó a George De Lancey a que les hablara sobre su mudanza al valle de Hunter.

—¿Te arrepientes? —preguntó ella.

—Por supuesto que no —le aseguró George—.

Estamos muy felices allí. Nosotros también tenemos un hijo, Katie, un poco mayor que el tuyo.

Se llama William. Y hace tres meses que terminaron de construir nuestra casa de Adamstown, a las afueras de Newcastle.

A Rachel le encanta. Tenemos dos mil acres de tierra excelente y ella está criando caballos.

Sigue los pasos de su madre. Además, cultiva uva y tabaco, y también tiene un pequeño rebaño de vacas.

—¿Entonces usted es granjero? —preguntó el mayor Macintyre, algo desconcertado.

George negó con la cabeza, divertido.

—No, mi esposa es la granjera. Yo soy miembro del poder judicial.

Esto significa que no puedo pasar en la granja todo el tiempo que me gustaría, ya que soy juez en Newcastle.

Y también debo salir de gira y, por supuesto, mayor, tengo que venir a Sídney con cierta periodicidad para asistir a las reuniones del Consejo Legislativo.

—Se volvió hacia Abigail y continuó en voz baja—: Los dos estamos contentos de haber echado raíces en ese lugar.

Ahora que la mayoría de los convictos condenados a penas largas han sido trasladados a la isla de Norfolk, el valle de Hunter está atrayendo a nuevos colonos.

Newcastle se ha convertido en una ciudad muy agradable.

La minería sigue en marcha y, aunque parezca increíble, ahora exportamos carbón a las Indias Orientales Neerlandesas, además de a Sídney.

El puerto se está expandiendo a toda velocidad.

—Sin embargo, es una ciudad bastante pequeña, ¿no? —sugirió el mayor Macintyre con un tono un tanto despectivo.

—Está en crecimiento, señor —respondió George, tranquilo—, y tiene un trazo excepcional, gracias a la previsión del anterior comandante, el capitán Wallis, del Cuadragésimo Sexto.

Hizo edificar una espléndida iglesia y comenzó la construcción de un rompeolas que, cuando esté terminado, dará una considerable amplitud al puerto.

James Wallis es un hombre extraordinario.

Qué lástima no haberlo convencido de que se quedara cuando su regimiento partió para la India.

Confieso que su sucesor, el mayor Morisset, me gusta menos.

Ahora bien, pronto nos dejará, ya que ha sido nombrado comandante de la isla de Norfolk; eso, si consigue que el gobernador le permita llevarse a su esposa.

Como sabrá, las mujeres están prohibidas en Norfolk.

Al respecto corrió mucha correspondencia en el periódico del señor Wentworth, después de que las esposas de los prisioneros fueran evacuadas.

La carta de Alice Fairweather, pensó Lucy con resentimiento; la carta que había desencadenado la campaña de William Wentworth contra el gobernador. Intervino con acritud:

—Se armó un gran revuelo por eso, un alboroto innecesario, mayor Macintyre, y todo por culpa de una miserable convicta que se fugó de mi servicio.

—¿De verdad, señora Van Buren? —Dermot Macintyre volvió su mirada hacia ella, con las cejas arqueadas y un renovado interés.

—Sí, así es —respondió Lucy—. Al fin y al cabo, la isla de Norfolk se reabrió con el fin de librar a la colonia de los peores delincuentes: condenados a muerte indultados, fugitivos, bushrangers y quienes cometen delitos después de haber llegado aquí.

El gobernador Brisbane dejó claro que ningún convicto enviado a la isla de Norfolk podría volver jamás al continente.

Y nuestro actual gobernador ha ido más allá, ¿no es así, señor De Lancey?

—Así es, señora Van Buren.

George no añadió nada más, lo que provocó que Lucy se sonrojara de irritación. Ella se volvió hacia el mayor Macintyre y continuó:

—El gobernador Darling anunció que el asentamiento de la isla de Norfolk sería un lugar de castigo extremo, solo superado por la muerte.

La retirada de las mujeres estaba bien justificada; y esta no es solo mi opinión, sino también la de la mayoría de los habitantes respetables de la colonia.

Pero, por supuesto, con radicales tan peligrosos como el señor Wentworth y el doctor Waddell, a los que ahora se suma este señor Hall, con toda esta gente que publica periódicos para expresar sus opiniones liberales, como las llaman, se ha hecho una montaña de un grano de arena.

Y eso está provocando que la postura del pobre gobernador se vuelva aún más difícil.

¿Sabe usted que los miembros del Turf Club lo insultaron en público durante una cena?

—¡Dios mío! —exclamó Macintyre, escandalizado—, ¿de verdad?

Qué espanto. —Puso una mano sobre el brazo de Julia y añadió con aire santurrón—: Bueno, querida, te prometo que no verás ese tipo de comportamiento en la India, donde a la autoridad se la reverencia como es debido.

No tenía ni idea de las condiciones en las que tenía que vivir la gente respetable de aquí, pero…

Supongo que el problema fundamental es que, a los que fueron deportados como delincuentes, se les ha permitido volver a la sociedad una vez que han cumplido sus condenas.

Me refiero, por supuesto, a los que llaman emancipados, según he oído.

Pero, por desgracia, genio y figura hasta la sepultura, ¿verdad?

Hubo un momento de silencio incómodo. Timothy, que volvía a la mesa, opinó con tranquila convicción:

—No soy un radical, señor, y creo que puedo considerarme un miembro respetable de la comunidad.

Pero… —Hizo una pausa y miró a Macintyre y a Lucy—.

Los granjeros y comerciantes emancipados son la columna vertebral de esta colonia, al igual que sus descendientes.

Su arduo trabajo y dedicación la han convertido en lo que es hoy; y, hablando a título personal, apoyo su reivindicación de derechos ciudadanos y una nueva constitución.

Apoyo la campaña del señor Wentworth en ese sentido, aunque no estoy de acuerdo con los ataques al gobernador.

—No me lo parece, señor —intervino Macintyre, rojo de indignación—. ¡Por Dios, el gobernador es el representante de Su Majestad! Atacarlo o cuestionar su autoridad es traición.

Timothy se encogió de hombros.

—Todos los gobernadores que hemos tenido han sido objeto de críticas y ataques verbales, o incluso actos peores.

Y el mejor gobernador de todos, el gobernador Macquarie, que en paz descanse, señor, no fue una excepción.

Yo apoyé su política con respecto a los emancipados cuando la instauró, y sigo creyendo que era la política adecuada para esta colonia.

El general Macquarie sostenía que, cuando un delincuente convicto se ha ganado la libertad —y permítame citarlo de manera textual, señor— «mediante la servidumbre, el indulto o la emancipación, serán considerados, en todos los aspectos, en pie de igualdad con todos los demás en la colonia, de acuerdo con su posición y carácter… ».

Lucy perdió la paciencia. Sin hacer caso a la mirada suplicante de Abigail, dijo con gélido desdén:

—Sí, y, en la época del gobernador Macquarie, mayor Macintyre, una invitación a cenar en la Casa de Gobierno significaba, casi siempre, que uno debía sentarse entre un falsificador emancipado y un traidor irlandés; o, peor aún, ¡un caco ordinario!

Incluso recuerdo una ocasión en la que Sus Excelencias consideraron oportuno agasajar a los degradados presos de un grupo de trabajo al que habían traído para hacer reparaciones en la Casa de Gobierno.

Julia intervino:

—Tía Lucy tiene toda la razón. Recuerdo que mi pobre madre fue a visitar a la señora Macquarie y se encontró el jardín de la Casa de Gobierno repleto de convictos rudos y groseros. Bebían cerveza y escuchaban una banda militar.

Ese comentario le valió un gesto de aprobación de su prometido, pero, antes de que él pudiera continuar la conversación, Abigail intervino:

—Estamos aquí esta noche para despedir a Katie, Rick y su precioso hijo —dijo con firmeza—.

Y también para celebrar la próxima boda de Julia.

Dejemos las críticas a las políticas gubernamentales para otro momento más apropiado.

Llenad vuestras copas y brindemos por la felicidad y la prosperidad futura de los cuatro; o quizá debería decir de los cinco, si incluimos al pequeño Edmund Tempest en nuestro brindis.