Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 8
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Capítulo 8

La nota de Abigail había llegado tres días antes:

Daremos una cena de despedida para Katie y Rick antes de que partan hacia Pengallon.

También celebraremos el compromiso de Julia con el mayor Dermot Macintyre, de los Ingenieros de Bengala de la Compañía de las Indias Orientales.

Espero, querida Lucy, que podamos contar con tu compañía el viernes por la noche, a las ocho.

Lucy reflexionó que había aceptado. Sin embargo, mientras se vestía, ayudada por la hosca Leah, deseaba haber ideado alguna excusa para rechazar la invitación.

Las cenas de Abby solían estar bien organizadas y la comida era excelente, pero…

Lucy se miró con ojo crítico en el espejo del tocador y frunció los labios en un puchero.

Solían ser muy aburridas, con Timothy Dawson departiendo sobre ovejas y otros asuntos agrícolas sin parar con cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo, y Julia contando los últimos chismes maliciosos.

Abby, siempre la anfitriona concienzuda, intentaría en vano cambiar de tema.

Rick y Katie, cierto, animaban un poco la conversación, pero, desde el nacimiento de su hijo, ellos también se habían vuelto aburridos, ya que no podían hablar de otra cosa.

En cuanto al nuevo novio de Julia… El puchero de Lucy se convirtió en un ceño de desprecio.

Era, por supuesto, la última oportunidad de la desdichada muchacha.

Ya había pasado su edad de casarse y ninguno de los subalternos del Quincuagésimo Séptimo le había prestado la más mínima atención.

Dermot Macintyre era un escocés bajito y marchito, pelirrojo, escaso de cabello y con aires de suficiencia.

Además, era viudo. Tenía una familia joven y, si había que creer a los chismosos de Sídney, había venido a la colonia con el propósito específico de encontrar una mujer adecuada para llevársela consigo a la India en calidad de madrastra, más que de esposa.

La torpe Leah enredó un mechón de pelo en el peine. Lucy se giró y le dio una bofetada.

—¡Ten cuidado, estúpida! ¿No sabes usar un cepillo?

Leah dejó escapar un gemido rebelde, pero cogió el cepillo y empezó a manejarlo con demasiado vigor. Lucy perdió la paciencia, se lo arrebató y terminó de peinarse sin ayuda.

—Trae mi capa —ordenó. Se quitó la toalla de los hombros y la arrojó al suelo de modo que Leah tuvo que arrodillarse para recogerla—.

Dios sabe que Alice Fairweather tenía sus defectos, ¡pero al menos no era torpe ni estúpida!

Le diré a Saleh que te pegue. Eso te mereces.

Ahora ve a decirle a Larkin que traiga el carruaje. De inmediato.

Amos, el excelente cochero que había contratado desde su regreso a Sídney, había cumplido su condena y se había comprometido como capataz en la granja de un rico colono.

Su sustituto, Samuel Larkin, era un reemplazo muy pobre, pensó Lucy irritada.

Cierto: sabía manejar los caballos, pero era tosco y grosero.

A menudo, su actitud era insolente, y su honradez, cuestionable.

Ya tendía decidido que, tan pronto como pudiera convencer a la junta de asignación para que encontrara un sustituto más adecuado, Larkin se iría o sería relegado al trabajo de mozo de cuadra.

Por supuesto, el problema era que muy pocos cocheros cualificados cometían delitos que los hicieran candidatos a ser deportados.

Leah trajo la capa y se la puso con cuidado sobre los hombros. Ahí se quedó, con la mirada baja, sin hacer ningún intento por obedecer la orden que Lucy acababa de darle. Era claro que estaba tratando de reunir el valor para pedirle algo.

—¿Qué pasa? —espetó Lucy—, ¿qué es? No tengo tiempo que perder, Leah. Llegaré tarde.

Leah levantó la vista para mirarla a los ojos.

—Si fuera posible, mevrouw —respondió en un holandés cuidadoso—, me gustaría casarme y…

—¿Casarte? ¿Qué hombre querría tomarte por esposa?

Lucy le hablaba con desprecio, pero Leah se mantuvo firme. La mejilla abofeteada se le estaba hinchando. Cuando Lucy volvió a levantar la mano, los ojos oscuros de la mujer reflejaban miedo.

—Por favor, mevrouw, no me golpee. No le hago daño a nadie y no quiero dejar su servicio.

Lucy bajó la mano. Tenía que reconocer que esa chica le había hecho poco daño; más bien, había sido beneficioso que Jos Van Buren la hubiera utilizado, ya que eso lo mantuvo alejado de su cama y sin que pudiera reclamar unos derechos conyugales que hacía tiempo que a Lucy le resultaban repugnantes.

Se ablandó y preguntó en un tono más conciliador:

—¿Quién es el hombre con el que te vas a casar? No será Saleh, ¿verdad?

—Oh, no, mevrouw, claro que no.

—¿Quién, entonces? ¿Un convicto?

—Sí —admitió Leah—, el hombre nuevo, mevrouw. Samuel Larkin.

—¡Ese sinvergüenza! Serías una tonta si te casaras con un villano así, Leah. Por tu bien, no puedo permitirlo.

—Mevrouw, estoy preñada —susurró Leah con tristeza— y mijnheer Van Buren ha muerto. Si estuviera vivo, él proveería. El niño es suyo.

Lucy la miró horrorizada. Otro hijo ilegítimo de Jos, pensó indignada, otro miserable liplap como Claus. Pero… esta chica podría abrir la boca; o Larkin, tal vez. Agachó la cabeza a regañadientes.

—Muy bien, estoy dispuesta a dar mi consentimiento. Pero Larkin es un sinvergüenza, Leah. ¿Sabes por qué delito fue deportado?

—¡Oh, gracias, mevrouw ! —exclamó Leah con entusiasmo—.

Me dijo que su delito fue secuestrar a la hija de su patrón y que eso había sido todo.

Y la secuestró porque la madre de la niña le pagó para que lo hiciera.

La madre quería dejar a su marido, ¿sabe?

, pero el hombre no quería que se llevara a la niña con ella.

No es un delito grave, ¿verdad, mevrouw ?

Quizá no lo fuera, pensó Lucy con reservas, pero, según los registros, el secuestro no era el único delito de Larkin. También había robado a su patrón y lo había agredido. Estaba purgando una condena de catorce años.

—¿Y él sabe que estás embarazada? —preguntó.

Leah asintió alegre.

—Sí, mevrouw. Larkin tiene hijos en Inglaterra. Los tuvo que dejar atrás. Pero no tiene esposa, ella murió. Y él… Mevrouw, él me quiere.

Tal vez fuera cierto, tal vez no, pero…, al menos, era una solución satisfactoria para cualquier problema que pudiera plantear el embarazo de Leah.

Tan pronto como se casaran, podría enviarlos a la granja de Portland Place, se dijo Lucy.

Exigiría a los comisionados que le buscaran un nuevo cochero y otra criada.

En la repisa de la chimenea, el reloj suizo ornamentado que Jos le había regalado años atrás dio la hora.

Llegaría tarde, y Abigail siempre era puntual con la cena.

—Vete —ordenó con impaciencia— y dile a Larkin que traiga mi carruaje a la puerta.

La cena, como había esperado, le resultó aburrida, salvo por la presencia de George De Lancey, que había venido de Newcastle.

Tanto él como Timothy Dawson habían sido nombrados miembros del consejo del gobernador y estaban en Sídney para asistir a una reunión.

Ahora formado por doce miembros, el consejo incluía representantes de la Iglesia, el poder judicial, los terratenientes y los comerciantes.

Y si bien los asuntos se trataban en el más estricto secreto, Lucy pudo reconstruir algunos de los resultados de las deliberaciones gracias a que escuchaba a escondidas los comentarios de los dos hombres.

El gobernador, por lo visto, había sido exonerado por sus asesores de toda culpa en el asunto Sudds y Thompson, a pesar de la agitación que William Wentworth y Edward Hall habían provocado a través de sus respectivos periódicos, el Australian y el Monitor.

—El doctor Bowman le ha fallado al pobre gobernador —dijo George, que, prudente, había bajado la voz para responder a una pregunta del mayor Macintyre—.

Es cierto que el soldado Sudds fue llevado a la cárcel con un collar de hierro; eso nadie lo discute.

Él y Thompson, su compañero, fueron condenados a trabajos forzados y a llevar collares, como muchos otros malhechores secundarios.

Pero el desafortunado Sudds ya padecía una infección renal grave antes del juicio y eso fue lo que le causó la muerte.

Ese es un hecho que el médico general no ha hecho público.

De haberlo hecho, no se habría producido todo este alboroto en la prensa.

¡Wentworth no habría tenido ningún argumento!

—En mi opinión, juez —afirmó Macintyre con pedantería—, el gobernador tenía todo el derecho y todas las razones para actuar como lo hizo en este asunto. La disciplina militar debe hacerse cumplir…

Continuó hablando durante un rato y Lucy siguió escuchándolo con interés decreciente, pero volvió a aguzar el oído cuando oyó a Timothy decir:

—A pesar de todo, mayor, Wentworth y sus partidarios están exigiendo el juicio político de Su Excelencia.

Quieren que una comisión especial de la Cámara de los Comunes británica encabece una investigación e insisten, sin el menor disimulo, en que el señor Joseph Hume ha accedido a llevar el asunto a la Cámara mediante una pregunta al secretario colonial.

—¿Y qué está haciendo el general Darling al respecto, señor?

—Macintyre parecía un pequeño terrier agresivo, pensó Lucy, y reprimió una sonrisa al verlo tan indignado.

Julia, se dijo con satisfacción, encontraría a su media naranja al convertirse en la esposa del mayor, pues estaba claro que Dermot Macintyre no le permitiría expresar opiniones que no coincidieran con las suyas.

Y la joven ya mostraba una inusual sumisión.

Se dirigía a su prometido con obediencia y limitaba sus propios comentarios a repeticiones en voz baja de las opiniones de él.

—¿Y bien? —insistió el escocés—. Seguro que Su Excelencia no va a tolerar una insolencia tan infernal.

Para sorpresa de Lucy, fue su hermano Rick quien respondió a la pregunta.