Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Así es, señor Belcher. Justin Broome y yo nos conocemos desde que llegué a Sídney, hace quince años.

Su hermano se ha establecido aquí, cerca de Launceston.

Llegó el año pasado con su esposa y algunas ovejas merinas de pura raza.

Por desgracia, el comandante Broome no ha podido visitarlos en Launceston, dado el poco tiempo de que dispone, pero —Damien Hayes sonrió— me ha confiado una carta y numerosos mensajes que entregaré tan pronto como pueda.

Se apartó después de hacer una reverencia.

Enseguida, el bote zarpó para recorrer la corta distancia que lo separaba del Success , surto en la cala.

Con la ayuda del catalejo del teniente Belcher, Jamie buscó en vano a sus hermanas y a Simon Yates en las cubiertas del Countess of Harcourt, pero las encontró desiertas, salvo por los hombres de guardia.

Al subir a su propio barco, a espaldas de Belcher, se sentía desanimado.

Sus expectativas habían sido desmesuradas, se dijo a sí mismo. La coincidencia tendría que haber sido demasiado grande. El reencuentro ocurriría, más bien, dentro de tres o cuatro meses, cuando el Success estuviera de regreso del río Swan.

Jamie notó que el comandante Broome estaba en cubierta cuando él y Belcher se detuvieron para hacer el saludo tradicional. Al reconocerlo, Broome lo llamó.

—Tengo para usted, señor Willoughby, lo que supongo será una agradable sorpresa —dijo—.

Dos visitantes del Countess of Harcourt lo esperan para saludarlo.

En ausencia del capitán Stirling, que se encuentra en tierra, me he tomado la libertad de ofrecerles cobijo en los camarotes de los guardiamarinas, hospitalidad que han decidido aceptar.

El doctor Yates y su esposa están deseando verlo.

Mientras aguardaban su regreso, los compañeros del barco han hecho todo lo posible por entretenerlos.

—Bajó la voz y añadió amable—: Les he contado al doctor y a su esposa lo de la muerte de su hermano, Jamie, con la esperanza de ahorrarle a usted el mal trago.

—Gracias, señor. —Jamie apenas podía contenerse—. Muchas gracias, mi…

—Oye, ten cuidado con mis especímenes —lo amonestó el teniente Belcher mientras agarraba la mochila que Jamie llevaba. Cuando el muchacho se la entregó, Belcher, sonriente, le dio una palmada en la espalda—. ¡Venga, muchacho, me alegro mucho por ti!

Jamie se alejó obediente, con el corazón palpitante.

Encontró a Emily sentada en el estrecho comedor, con su alto y sonriente marido a un lado, y ambos rodeados de guardiamarinas.

Se levantaron en cuanto vieron entrar a Jamie.

Emily, bronceada y con buen aspecto, fue hacia él y extendió los brazos en señal de bienvenida.

Apenas podía contener las lágrimas de felicidad.

Él la abrazó y se inclinó para darle un beso. Se sentía rebosante de alegría.

—Oh, Jamie, querido, ¡qué suerte encontrarte aquí! No podía creerlo cuando llegamos al fondeadero y vimos tu barco.

Guiados por Tom Keppel, los demás guardiamarinas salieron y los dejaron solos. Simon Yates se acercó para estrechar la mano de Jamie.

—Tus dos hermanitas están ansiosas por verte —le dijo—. Esperamos que cenes con nosotros. El comandante Broome nos ha dicho que zarpas mañana y que, en ausencia de tu capitán, te ha dado permiso hasta la medianoche.

—Será un placer, entonces —le aseguró Jamie—. ¿Os habéis enterado…? Es decir, ¿ya os ha contado el comandante Broome lo del pobre Rob?

—Sí —confirmó Emily, y su sonrisa se desvaneció—.

Nos lo ha contado, Jamie. ¿Qué puedo decir?

Lo siento mucho, por supuesto, y, sobre todo, lamento no haber estado contigo en Sídney cuando te enteraste de su muerte.

Debió de ser muy doloroso para ti. —Lo abrazó, y Jamie no hizo ningún intento por esquivar el abrazo.

—Ojalá Rob hubiera sabido que yo no tenía ninguna intención de quedarme con su herencia —logró decir con voz ronca—. No dejo de pensar en la última vez que lo vimos, Emmy. Cuando papá…

No pudo continuar. Simon Yates le ofreció consuelo:

—Quizá ya lo sabe, esté donde esté.

—Quizá —admitió Jamie—. Lo bueno es que estamos juntos. Volveremos a Sídney, ¿sabes?, en abril, si todo marcha bien con nuestra inspección. Tú seguirás allí, ¿verdad? Quiero decir, no te enviarán a Nueva Zelanda antes de esa fecha, ¿verdad?

Emily intercambió una rápida mirada con su marido, y Simon suspiró.

—Eso está en manos de Dios —respondió con gravedad—, pero puede que pase mucho tiempo antes de que podamos ir a Nueva Zelanda, Jamie.

El capellán principal de aquí, el reverendo William Bedford, me ha dicho que las tribus maoríes están en guerra entre sí.

Algunas de las misiones han tenido que ser abandonadas.

La metodista de Kerikiri fue atacada, e incluso la estación del reverendo Samuel Marsden en Whangaroa está pasando graves penurias.

No pueden cultivar alimentos suficientes para mantenerse, además de que la mayor parte del ganado que llevaron con ellos ha muerto o se lo han robado los maoríes.

Al parecer, un jefe, un tal Hongi, se ha hecho con un alijo de mosquetes y está decidido a someter toda la Isla Norte.

Masacrará a todos los que se atrevan a oponerse.

—Volvió a mirar a Emily y se encogió de hombros con resignación—.

Por supuesto que sigo queriendo ir, pero está claro que sería una locura exponer a tus hermanas a semejante peligro.

Mientras tanto, el señor Bedford me ha pedido que me quede aquí por un tiempo.

Me ha asegurado que podría recibir el consentimiento de la Sociedad Misionera Eclesiástica.

—¿Te quedarías aquí? —preguntó Jamie—, ¿en Hobart?

Simon Yates negó con la cabeza.

—No, aquí no. Al parecer, en el asentamiento de Richmond, en el río Coal, no tienen médico ni capellán residente.

Voy a desempeñar ambas funciones, como médico y predicador laico.

Sin embargo, tengo entendido que mi tarea principal será reconciliar a los colonos blancos con los nativos, que en estos momentos están enzarzados en una guerra salvaje y sangrienta.

—Explicó la ubicación de Richmond y añadió con ironía—: Quién sabe, tal vez pueda llevar el cristianismo tanto a los blancos como a los negros si me lo propongo, ¿eh, Jamie?

Al menos, me servirá de experiencia antes de enfrentarme a los maoríes…

y al jefe Hongi. El comandante Broome me ha contado que conoció a Hongi hace unos años, cuando fue a Whangaroa acompañando al señor Marsden en un barco del rey.

Por lo que me ha dicho, Hongi parece un personaje formidable.

—Yo esperaba que te quedaras en Sídney —dijo Jamie, inquieto—. Está el asunto de las tierras y el ganado de Rob, y…

—Son tuyos, Jamie —lo interrumpió Simon Yates en un tono que no admitía réplica—.

Tú eres el heredero. Emmy y yo no necesitamos nada, ¿verdad, Emmy, mi amor?

Y tenemos el dinero de la venta de la casa de tu difunto padre para entregártelo a su debido tiempo, cuando llegue el cheque del abogado, el señor Peake.

—Sí, pero yo… —comenzó Jamie.

Emily lo interrumpió. Enlazó su brazo con el de él y le dijo con dulzura:

—Podemos hablar de estos asuntos durante la cena, ¿no? Quizá más adelante quieras hacer alguna provisión económica para Charlotte y Biddy, pero… El deseo de papá era que tú heredaras sus bienes, Jamie. Y no son muchos, aunque la casa se vendió a buen precio.

—¿Quién la compró? —preguntó Jamie, con la curiosidad un tanto despierta. Se sorprendió al ver que su hermana volvía a intercambiar una mirada cautelosa con su marido.

—Daniel Raven —dijo ella por fin, y Jamie percibió dolor en la voz de su hermana—.

Fue su último acto de venganza contra Rob y papá.

Pero ya no importa, ¿verdad? El pobre Rob ha muerto y nosotros estamos empezando una nueva vida en un nuevo país.

Aquí Raven no puede tocarnos, Jamie. Así que, si Dios quiere, todo saldrá bien.

—Amén —dijo Simon, alegre—. El comandante Broome nos ha prometido una lancha para llevarnos a Harcourt , y el capitán tiene una buena mesa.

Celebremos este reencuentro antes de que nuestros caminos se separen de nuevo, ¿te parece?

Tú, yo y tus hermanas. Casi una familia completa.

Y el buen nombre de los Willoughby está ahora en tus manos, tal y como quería tu padre. No creo que fuera mal juez, Jamie.

Jamie se sonrojó, pero caminaba con pasos ligeros mientras se dirigía a la cubierta del Success.

Más tarde, al recordar aquel momento, supo que fue entonces, mientras contemplaba el fondeadero de la ciudad de Hobart, a la espera de que llamaran la lancha, cuando decidió quedarse en Australia y terminar lo que Rob había empezado.