Capítulo 7 #2
—Bueno, espero que la hayas explicado bien.
—Terminado su boceto, el teniente Belcher se lo ofreció para que lo examinara.
Acto seguido, lo enrolló y comenzó uno nuevo—.
Deberías dar un paseo por tierra, Willoughby, en lugar de quedarte escondido en el barco.
Puede que no recibas una acogida tan civilizada como en Sídney, pero la gente es muy amable y está deseando darnos la bienvenida.
—Añadió con una sonrisa—: Las hijas del gobernador Arthur son excepcionalmente guapas.
Tan guapas, de hecho, que estoy tentado de abandonar la Marina Real y convertirme en colono, aunque, quizá, antes de tomar una decisión, sería mejor esperar a ver qué perspectivas ofrece la zona del río Swan.
—Su sonrisa creció—. ¿Y tú? ¿Has pensado en hacer algo parecido?
Hasta ese momento, no lo había pensado, reflexionó Jamie.
Rob no había dejado un testamento. Pobre, no esperaba que su vida terminara tan pronto y, en consecuencia, no había visto la necesidad de legar sus tierras y sus bienes a nadie.
Jamie sabía que podía reclamarlos; el propio gobernador se lo había dicho, pero…
Levantó la vista con incertidumbre hacia el rostro sonriente de Peter Belcher.
Se preguntaba si debía tomarse en serio su último comentario.
Emily y su marido irían a Australia. Tal vez ya estaban de camino, así que él había decidido dejar en suspenso el asunto de la propiedad de Rob; por lo menos, hasta averiguar cuáles eran los deseos de ellos dos.
Simon Yates se había comprometido con la Sociedad Misionera en Nueva Zelanda y, puesto que viajaba bajo sus auspicios, no podría quedarse en Sídney más allá del período acordado…
a menos que pagara el costo de su pasaje.
Pero él y Emmy estarían allí cuando el Success regresara al puerto Jackson, y entonces Jamie podría tomar la decisión definitiva.
Las ovejas de Rob, le había asegurado la señora Dawson, estaban en una de las granjas de su marido, por lo que eso no era un motivo de preocupación.
—No lo sé, señor —respondió, ya que el teniente Belcher parecía esperar una respuesta—, no lo he decidido todavía. Me gusta estar en la mar y tengo muchas ganas de explorar el río Swan.
—Lo mismo siento yo —confesó Belcher—. Sería prudente que ambos nos tomáramos un tiempo, ¿no cres?
Pero te gustará desembarcar, muchacho. No sirve de nada darle vueltas a la muerte de tu hermano.
Fue asesinado, y los sinvergüenzas que lo mataron han sido juzgados y castigados; tienes que intentar dejar eso atrás.
Te he estado observando desde que salimos del puerto Jackson y he visto lo que estás sufriendo.
—Le puso una mano en el hombro—. Escucha: si no te apetece la vida social, ¿qué tal si vienes conmigo mañana?
He quedado con el dueño de uno de los periódicos de aquí, un tipo encantador llamado Damien Hayes para que me lleve de excursión un par de días por el interior.
Quiero aprender algo sobre la flora y la fauna de la isla.
Podrías ayudarme a recoger especímenes y ser útil en general, y me encantaría contar con tu compañía.
De repente, Jamie sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima. El teniente Belcher tenía razón: darle vueltas a la muerte de Rob no servía de nada, y un viaje de exploración al interior le resultaba muy atractivo.
—Gracias, señor —respondió agradecido—, me encantaría acompañarlo.
El viaje superó todas sus expectativas. Con tan poco tiempo a su disposición, no podían ir muy lejos, pero el señor Damien Hayes, consciente de lo que el teniente Belcher quería ver, resultó ser un guía admirable y un gran conocedor de la zona.
Cruzaron el Derwent en ferri y continuaron a pie por una colina de densa vegetación.
Desde la cima, la magnífica vista de los alrededores dejó a Jamie sin aliento.
Abajo, el río Derwent brillaba a la luz del sol, con las orillas adornadas de alegres mimosas de color amarillo dorado que crecían en profusión por todas partes.
Peter Belcher estaba en su elemento, intercambiando con el propietario del Hobart Chronicle nombres latinos de helechos y orquídeas e identificando con asombrosa facilidad las aves a las que molestaban al moverse entre los árboles.
—Un pinzón de cola de fuego, joven Willoughby, ¿lo has visto? Y ese es un Myzantha garrula. Lo llaman pájaro soldado o minero ruidoso.
Acamparon esa noche bajo las estrellas, junto a un agradable riachuelo.
Los dos hombres mayores se quedaron charlando casi hasta el amanecer.
Jamie durmió bien, sin la perturbadora visita del rostro inerte de Rob que durante tanto tiempo lo había atormentado.
A la mañana siguiente partieron hacia el oeste.
Se adentraron en el bosque, con el señor Hayes identificando las diferentes variedades de eucaliptos y pinos, acacias y árboles del té.
De nuevo, el teniente Belcher estuvo ocupado con su libro de bocetos.
No se toparon con ningún nativo. Hayes les contó, con triste voz, que casi todos habían sido expulsados o masacrados por los colonos durante la última década.
—Son un pueblo primitivo: no pescan, no tienen canoas.
Al principio se mostraron bien dispuestos hacia nosotros, a pesar de que hemos invadido sus territorios y nos hemos apropiado de sus cotos de caza.
Pero robaban ganado, de modo que los colonos los persiguieron con mosquetes y fueron matando a hombres, mujeres y niños sin distinción.
El gobernador Davey no hizo nada para detener las matanzas.
El gobernador Sorrell lo intentó, pero se encontró con una oposición concertada.
Ha sido nuestro actual gobernador quien ha tenido que introducir medidas más severas.
Hace tres años emitió una orden gubernamental en la que se declaraba que los nativos debían ser protegidos y que matar a cualquiera de ellos sería un delito capital.
Aun así… —Hayes se encogió de hombros en un gesto de impotencia—.
Esto continúa, y ahora ya casi no vemos nativos por aquí.
Se ocultan donde pueden, pero nuestros asentamientos crecen y se extienden.
Muy pronto no tendrán dónde esconderse. Y, por supuesto, cuando los atacan, se desquitan.
Si se encuentran con un hombre blanco solo, lo asesinan.
Rob también había sido asesinado, pensó Jamie con tristeza, solo que los asesinos de Rob eran hombres blancos, no unos nativos desposeídos como esos de los que el señor Hayes hablaba con tanto ardor. Los aborígenes podían tener alguna excusa, pero… Sintió en su hombro la mano del teniente Belcher.
—Mira, joven Willoughby —lo instó—, un buen ejemplo de Cystopteris fragilis, o helecho perejil para ti. Cerca de tu mano izquierda. Recógelo, por favor, y añádelo a los demás que llevas en la mochila.
Jamie obedeció, agradecido por la distracción.
Al mediodía hicieron un alto para preparar té y almorzar un poco de pan y carne fría. Damien Hayes dijo con pesar:
—Por desgracia, tendremos que volver si no quieren, caballeros, excederse en su permiso.
Pero este ha sido un descanso muy agradable para mí, que en estos tiempos paso demasiado tiempo en mi oficina.
Toda la prensa de Hobart, incluido el Gazette, está enzarzada en una prueba de fuerza con el gobernador Arthur.
Esto nos mantiene en vilo tanto al señor Bent, del Gazette , como a mí.
Me apresuro a añadir que no se trata de una contienda tan encarnizada como la que libran el señor Wentworth y el Australian en Sídney, pero nosotros también tenemos nuestros autores de anónimos.
El nuestro se hace llamar Colonist, mientras que los que se dirigen al señor Wentworth parecen preferir seudónimos clásicos.
—Sonrió—. De cualquier modo, creo que todos luchamos por los mismos objetivos: la libertad de prensa, por supuesto, además de tener representantes del pueblo en el gobierno y el poder judicial.
Peter Belcher se puso en pie.
—El señor Willoughby y yo, gracias a Dios —replicó riendo—, estamos bajo disciplina militar y, por lo tanto, no entramos en semejantes disputas. De todos modos, le deseo suerte, señor Hayes. Después de haber conocido a su vicegobernador, creo que la va a necesitar. ¿Nos ponemos en marcha?
El viaje de vuelta a Hobart, por una ruta más directa que la que habían tomado de ida, solo les llevó cuatro horas.
Abordaron el transbordador y, desde la cubierta, Jamie observó que, en su ausencia, había entrado en el fondeadero un gran transporte de convictos.
El catalejo de Belcher le permitió identificarlo como el Countess of Harcourt. Bajó el telescopio y dijo:
—Quién sabe… Quizá tu familia esté a bordo, Willoughby. Salieron poco después que nosotros, ¿no es así?
El corazón de Jamie dio un vuelco. Era posible, lo sabía.
Emmy le había asegurado que ella, Simon y sus dos hermanas pequeñas tomarían el primer pasaje disponible una vez se completara la venta de Murton Chase, pero…
Dio una respuesta precavida, temeroso de conceder demasiada importancia a lo que, en el mejor de los casos, no era más que una posibilidad.
Damien Hayes los acompañó hasta la lancha auxiliar del Success y se despidió. Interrumpió el agradecimiento de Belcher para decir con toda amabilidad:
—Si me da el nombre de la familia a la que espera, señor Willoughby, puedo hacer averiguaciones por usted. ¿Se trata de los Willoughby?
—No, señor, Yates. Mi hermana está casada con el doctor Simon Yates. Le estaría muy agradecido, señor Hayes, si pudiera averiguar si están a bordo.
—Por supuesto. —Hayes sonrió y estrechó la mano de Jamie—. Da la casualidad de que esta noche cenaré a bordo de su barco. Me ha invitado un viejo amigo mío que, según tengo entendido, navega con ustedes en calidad de voluntario.
—¿Se refiere al comandante Broome? —preguntó Peter Belcher, sorprendido.