Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 7
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Capítulo 7

Jamie Willoughby, a diferencia de la mayoría de la tripulación del barco, estaba encantado de haberse marchado de Sídney.

Era cierto que la hospitalidad que les habían ofrecido todos los habitantes de la ciudad la recordaría como generosa y cálida.

El gobernador y la señora Darling les habían ofrecido un espléndido baile en la Casa de Gobierno, al que habían asistido los oficiales del barco francés Astrolabe, así como los de la escuadra británica, y había habido numerosas invitaciones a cenas, recepciones y picnics.

Jamie, junto con sus compañeros guardiamarinas, había aceptado obediente, pero…

Se detuvo en su mesurada marcha por la cubierta de la fragata surta.

La muerte de Rob y, en menor medida, la muerte del comodoro Brisbane y su funeral lo habían dejado en un triste desacuerdo tanto con sus compañeros como consigo mismo.

Incluso su amigo Tom Keppel le había reprochado la falta de entusiasmo.

—Aprovecha al máximo lo que te ofrece Sídney, Jamie —lo había instado Tom—. En cuanto zarpemos, será todo trabajo y nada de diversión, ya lo sabes, y tal vez sea un viaje peligroso si los nativos locales se muestran hostiles. Intentar averiguar cómo murió tu hermano no lo traerá de vuelta, ¿verdad?

Por supuesto que no, reflexionó Jamie con resignación. Aun así, quería saber más. Sin embargo, aquellos a quienes había interrogado se habían mostrado reticentes y evasivos. Era curioso.

Red Broome le había presentado al señor Richard Tempest, un hombre muy amable y hospitalario. Sin embargo, él también acababa de sufrir una aflicción de la que, por alguna razón, no parecía ansioso por hablar.

Jamie frunció el ceño mientras seguía paseándose.

Lo único que había conseguido sonsacarle al señor Tempest era que el fallecido, un holandés llamado Van Buren, que acababa de morir por accidente mientras limpiaba una pistola, se había batido en un duelo con Rob.

El señor Tempest no parecía muy apenado por ese accidente, a pesar de que una de sus hermanas había quedado viuda.

De hecho, pensó Jamie mientras recordaba el suceso, tenía una clara impresión de que Tempest se sentía más aliviado que arrepentido, pues no había habido el menor apego entre él y Van Buren.

Pero tampoco parecía haber aprobado al pobre Rob.

En su relato del duelo se había mostrado más que crítico.

Reservaba su compasión por el amigo y padrino de Rob, el señor Henry Daniels, también víctima del ataque de los bandoleros.

Jamie iba con la mirada fija al frente, ajeno a la belleza del entorno, mientras lidiaba con su problema.

Tom había desembarcado con el teniente Barrett-Lennard y algunos de los otros oficiales para ir a cazar codornices.

Después irían a cenar con el vicegobernador, el coronel Arthur.

Él también estaba invitado, pero… Dejó de pasearse y se detuvo junto a la barandilla.

No lo entusiasmaba la propuesta de ir de cacería, y menos aún seguida de otra cena formal en la Casa de Gobierno.

Estar de guardia en el puerto solía ser tedioso y aburrido, pero, al menos, podía cavilar en la poca información que había conseguido sobre la breve estancia de su hermano en la colonia, así como el triste desenlace.

Sus otros encuentros con miembros de las familias Tempest y Dawson no le habían servido de nada para aclarar sus ideas.

No había conocido a la esposa del señor Tempest, que acababa de dar a luz a un niño, en tanto que la señora Abigail Dawson, hermana mayor de Rick Tempest, se había mostrado amable pero poco comunicativa.

No había hecho otra cosa que formular sus condolencias.

Pero su hijastra, una joven antipática llamada Julia, había ido al otro extremo: a lanzar insinuaciones inquietantes.

Sin tener en cuenta los sentimientos de Jamie, había descrito a Rob como «uno de esos aventureros advenedizos que nos endilgó el anterior gobernador y cuyo único objetivo era hacer dinero con las grandes concesiones de tierras que les habían otorgado».

«Siempre he detestado al mayor Van Buren —había dicho Julia—, y ni siquiera puedo imaginar por qué mi tía Lucy se casó con él.

Era grosero y maleducado y solía beber en exceso.

Sin embargo, señor Willoughby, su hermano Rob se propuso engañarlo.

Si su hermano hubiera perecido a manos del mayor Van Buren en ese duelo, creo que la mayoría de la gente habría dicho que no era más de lo que se merecía.

Aquí no queremos colonos de ese tipo. Lamento que lo hayan asesinado, por supuesto, pero…

Había hablado largo y tendido. En un momento condenaba al difunto mayor Van Buren, en tanto que en el siguiente despotricaba contra el pobre Rob.

Sin embargo, nada de lo que había dicho servía para explicar los sucesos.

Tampoco esclarecía ningún motivo por el que los dos hombres se hubieran enfrentado en un duelo poco antes de la muerte de Rob.

A menos que…

Jamie frunció el ceño, reacio a pensar mal de su hermano.

Se sintió obligado, empero, a preguntarse si la maliciosa diatriba de Julia sugería que Rob había tenido una aventura amorosa con la esposa del mayor Van Buren.

Si esa mujer era guapa y más joven que su marido, Rob pudo haberse sentido atraído por ella.

Se sintió obligado a admitir que, en el pasado, su hermano había sido un mujeriego.

Se dejaba atraer y seducir por el sexo opuesto con demasiada facilidad.

La causa de su ruina había sido la desdichada Becky Raven, así como la razón por la que su padre lo había desheredado y enviado a Australia… y a la muerte.

La terrible escena con el viejo almirante seguía siendo un recuerdo vívido, imposible de borrar de su memoria.

Al verla en retrospectiva, Jamie sintió que las lágrimas le escocían los ojos.

Rob había sido condenado sin que su padre se dignara a escucharlo y, sin embargo, todo el miserable asunto de su inminente detención y los cargos que se le imputaban podrían haber sido un invento de Daniel Raven, el padre de la chica.

Raven, le había explicado Rob, guardaba rencor al almirante desde hacía mucho tiempo.

Arruinar a su hijo mayor bien podría haber sido un acto de venganza dirigido no contra Rob, sino contra su padre.

Apático, cruzó la cubierta para mirar la ciudad en la lejanía a través del agua azul salpicada por el sol.

Hobart había crecido hasta quedar irreconocible, le había dicho uno de los marineros más veteranos.

Donde antes solo había unas cuantas cabañas y chozas irregulares de construcción precaria, así como una pequeña estación ballenera, ahora había casas de ladrillo bien construidas, una elegante casa de gobierno y molinos de agua; y, para los balleneros, un importante muelle en la ensenada de Sullivan.

El teniente Belcher, que estaba de guardia, se unió a él con un bloc de dibujo en la mano. Peter Belcher era un hábil artista y un experto botánico. Mientras manejaba con destreza el lápiz, le señalaba algunos de los edificios y los identificaba para él.

—Barracones militares, ¿los ves?, ¿a nuestra izquierda?

, ¿y la cárcel? Ningún asentamiento está completo sin una cárcel.

No es que allí se alojen los presos más peligrosos.

A esos pobres desgraciados los envían al puerto Macquarie o a la isla Maria.

La mayoría pasarán allí el resto de sus vidas.

Sin embargo, se habla de trasladarlos a un lugar aún más remoto, entre el cabo Pillar y el cabo Raoul, en lo que se conoce como el puerto de Stewart.

¿Recuerdas haber visto el cabo Pillar, muchacho?

, ¿esos acantilados elevados y columnas basálticas que parecen chimeneas apiladas o las ruinas derruidas de la torre de Pisa?

Jamie asintió, con gran interés.

—Sí, señor. Es un lugar bastante desolado.

—Así es. —Belcher seguía dibujando afanoso, con la gorra calada para protegerse los ojos del sol—.

Supongo que es un lugar apto para fugitivos y bandoleros; aunque dicen que el gobernador Arthur ha estado haciendo grandes esfuerzos para poner fin a las depredaciones de los bushrangers y que ahora ya tiene a la mayoría entre rejas.

Tuvieron su apogeo bajo el mandato del gobernador anterior, un antiguo comandante de la marina que llegó aquí con la primera flota y era conocido como el Loco Tom.

Según todos los indicios, era un tipo despilfarrador cuya muerte nadie lamenta.

—Hizo un gesto con el lápiz—. La nueva iglesia anglicana de Saint David y el hospital, ¿lo ve?

Ese imponente edificio es la aduana. Me han dicho que aquí está prosperando mucho el comercio.

—¿De verdad, señor? —Jamie se sorprendió—. Creía que Hobart era, sobre todo, una estación ballenera.

—En absoluto, joven Willoughby —corrigió Belcher—.

Ayer por la tarde estuve escuchando al coronel Arthur alabar las virtudes de este lugar.

La población, incluidos los convictos, por supuesto, ronda ya los cinco mil habitantes.

Aparte del comercio local con el puerto Jackson, Hobart importa productos manufacturados británicos y vinos europeos; a cambio, exporta lana, pieles de foca, cuero y aceite de ballena.

Desde el fin del monopolio de la Compañía de las Indias Orientales, la colonia está desarrollando el comercio con China y la India, Cabo e incluso Brasil.

Nuestro querido capitán se sintió muy animado por el relato del gobernador.

Iremos a hacer un estudio del río Swan. El capitán Stirling prevé allí un asentamiento similar a este, siempre que el lugar cumpla con las expectativas.

Tendrá la inmensa ventaja de estar mucho más cerca de las rutas comerciales ordinarias que Hobart o Sídney. Ya conoces su teoría, ¿no es así?

—Sí, señor —confirmó Jamie—, la teoría de los vientos dominantes. Yo mismo traté de explicársela a algunas personas que conocí en Sídney.