Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Cuando llegó a la casa, Saleh le dijo con aprensión que Jos ya había regresado.

Estaba en su habitación y había pedido agua para afeitarse y brandy.

Leah estaba con él. Lucy se dio por enterada con una brusca inclinación de cabeza, pero apenas escuchó lo que acababan de decirle.

Una extraña calma la envolvió hasta el punto en que sus lágrimas desaparecieron.

Una vez más, había perdido el miedo y la piedad.

Abrió de un golpe la puerta de la habitación de su marido y despidió a Leah con una sola palabra despectiva.

Esperó a que la criada se marchara y se enfrentó a Jos con el primer boceto de Dickon.

Mientras él miraba el dibujo, estupefacto, con la boca abierta, ella le lanzó la acusación.

Lo hizo con una voz tan clara y fría que le hizo imposible negarlo.

—Tú lo mataste, ¿verdad? ¡Tú mataste a Robert Willoughby! Y al pobre joven Daniels también. ¡Mira, aquí está la prueba! —Arrojó el segundo boceto sobre la mesa a la que él estaba sentado—. ¡Te vieron, Jos! ¡Te vieron hacerlo todo!

Por un momento, al holandés lo desconcertó esa acusación tan inesperada, pero luego, recuperado, la desafió colérico:

—¿Y qué si lo hice? ¡Era lo que se merecía ese cerdo, y a Dios pongo por testigo! Tú eres mi esposa, y Willoughby te hizo el amor, ¿no es así?, ¿a mis espaldas? No soy un cornudo… —Volvió a mirar los dibujos borrosos hechos con carboncillo—. ¡Esto no prueba nada! ¿Quién ha dibujado esto?

—Dickon O’Shea. Él estaba allí, con Claus. Te estaban observando. Vieron lo que hiciste y me lo han contado —le espetó Lucy—. Son prueba suficiente, Jos.

—¡Qué tonta eres, mujer! ¿Quién va a creer los desvaríos de un niño idiota que no puede oír ni hablar?

Dibuja, sí, pero ¿quién dice que no los dibujó mucho después, basándose en su imaginación?

En cualquier caso —ahora se burlaba de ella, notó Lucy, y había en sus labios una sonrisa desafiante—, esos miserables fugitivos ya fueron juzgados y condenados por el delito.

Estoy a salvo; todo ha terminado. Si intentaras acusarme, solo perderías el aliento.

—No, si Claus respalda la historia de Dickon —le recordó Lucy.

—¡No lo hará! Claus es mi hijo, como bien sabes. Es leal. Me quiere y me respeta.

—Si yo se lo pidiera, lo haría. No te quiere, Jos, solo te teme.

—No es cierto —bravuconeó Jos, pero con menos convicción.

—¿Por qué intentaste llevártelo contigo a Timor?

Si estabas tan seguro de su lealtad, si confiabas en él, ¿era eso necesario?

Lo que lo ha hecho hablar ha sido el miedo a que insistieras en enviarlo de vuelta.

Me lo ha contado todo, Jos, y fue él quien consiguió estos bocetos de Dickon.

—El tono de Lucy era tan despectivo que enfureció a Jos.

Él la maldijo furioso, pero ella despreció sus intentos de intimidarla—.

Hay una sola cosa honorable que puedes hacer, ¿no lo entiendes?

No puedes quedarte aquí. Sídney no tolerará tu presencia cuando se sepa lo que has hecho.

—¡Ni la tuya, si haces público esto! ¡Vete al demonio, mujer! ¡Eres mi esposa! Mi esposa infiel…

Jos intentó arrebatarle los bocetos, pero Lucy retrocedió para mantenerlos fuera de su alcance.

Se dio cuenta de que su esposo había estado bebiendo cuando este se tambaleó hacia ella y pudo percibir el olor a alcohol en su aliento.

Sobre una mesa, junto a la ventana, había una pesada pistola.

Él debía de haberla dejado allí cuando entró en la habitación.

Años atrás, en Kupang, recordó Lucy, Jos le había enseñado a usar una pistola. Con la mesa en medio de los dos, cogió el arma.

—¡Cuidado! —le gritó Jos—, está cargada. Dámela, por Dios, ¿qué crees que estás haciendo? —Se tambaleó hasta la mesa, le arrebató a Lucy la pistola y, balanceándose inseguro, apuntó hacia ella—. Podría matarte —la amenazó con voz ronca—, como maté a tu amante, ¡no me costaría mucho hacerlo!

De repente, Lucy perdió todo el miedo.

—Te colgarían, sin duda, porque no tendrías a nadie a quien echarle la culpa —afirmó con desdén—.

Un oficial y caballero holandés… ¿Mancillarías así tu honor?

Aquí te desprecian y desconfían de ti porque saben que te reuniste con los franceses, ¡esos barcos que se supone que no existen!

También tengo pruebas. Tengo tu nombramiento francés, Jozef Hendrik Van Buren, teniente del ejército del emperador francés.

Oyó que a él se le escapaba un gemido y, lleno de desprecio, empezaba a bajar la pistola.

—No revelarías eso… Lucy, ¡eres mi esposa! Tú… Dios mío, ¿qué debo hacer?

Ella lo encaró.

—Tienes dos opciones, Jos. Ahí está tu barco; puedes escapar o usar la pistola que tienes en la mano. No me importa a cuál recurras, pero guardaré tus secretos, todos, si usas esa pistola.

Se dio la vuelta y empezó a alejarse, de espaldas a él.

La imagen del rostro de Robert flotaba ante sus ojos.

Cuando estaba a punto de cerrar la puerta, un disparo sordo resonó en la habitación que acababa de abandonar.

Casi desmayada, se aferró al marco de la puerta.

Todo su coraje acababa de desvanecerse y se sentía débil y asustada.

Pero era justo, se dijo a sí misma: una vida por otra.

Para cuando Saleh y Leah llegaron corriendo, había recuperado parte de la compostura.

El grito agudo y aterrorizado de Leah, junto al jadeo de un Saleh conmocionado, la advirtieron de lo que tendría que afrontar si volvía a la habitación de su marido.

A pesar de todo, Lucy reunió las últimas fuerzas de su menguante resolución y, con aparente calma, siguió a los dos sirvientes.

Jos yacía desplomado sobre la mesa con una horrible herida en la frente. La pistola había caído cerca de su mano derecha. Ella apartó de inmediato la mirada y Saleh, que se había inclinado sobre el cuerpo encogido, se enderezó y le dijo con voz inexpresiva:

—El amo está muerto, mevrouw. Parece que se ha pegado un tiro.

—Ha sido un accidente —dijo Lucy, que estaba haciendo un decidido esfuerzo por mantener su rígido autocontrol—.

El señor estaba limpiando la pistola. Se le debe de haber disparado.

Llama al doctor Bowman, Saleh, y… —En un arrebato de furia, se volvió hacia Leah, que sollozaba—. ¡Y deshazte de esa mujer, de inmediato!

Saleh obedeció. Agarró a Leah con rudeza por los hombros y la empujó sin ceremonias fuera de la habitación. Enseguida, hizo una reverencia respetuosa a Lucy y dijo en voz baja:

—Enviaré a Amos a buscar al doctor, mevrouw. No se altere, se lo ruego. Ha sido un accidente, sin duda, y puedo dar fe si es necesario.

Sus miradas se cruzaron. La de Saleh, oscura e impenetrable; la de Lucy, amplia y mortecina. Tras un largo suspiro reprimido, Lucy levantó la cabeza y salió de la habitación delante de él con el bolso en la mano.

Ya en su dormitorio, con meticuloso cuidado, rompió los bocetos de Dickon y el contenido del paquete envuelto en tela impermeable. Solo quedaron pequeños pedazos irreconocibles. Luego se arrodilló entre ellos.

—Que Dios te dé descanso, Robert —susurró—, ¡y que tenga misericordia de mí!