Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Sin embargo, el descubrimiento más significativo fue un cuadrado de vitela doblado, poco afectado por el agua de mar en la que había estado sumergido.

También estaba escrito en francés, con caracteres ornamentados y fluidos.

A medida que su significado se le iba aclarando, Lucy se sintió invadida por una ira fría e implacable, bien arraigada en una amarga desilusión.

El documento era un encargo dirigido a «Jozef Hendrik Van Buren», con el rango de teniente del ejército del emperador de Francia, y estaba fechado diecisiete años antes.

Aún no había ocurrido la invasión británica ni la captura de Java.

No era de extrañar que Jos estuviera tan preocupado por que ese paquete cayera en malas manos, pensó.

Dios, aunque el nombramiento se remontaba al reinado de Napoleón, el hecho de haberlo ostentado lo habría convertido en objeto de sospechas en Sídney.

Sospechas y cosas peores… Volvió a mirar el mapa con la reveladora cruz dibujada en tinta roja y se preguntó si su marido estaría utilizando sus viajes comerciales como tapadera para otros fines.

¿Era posible que se hubiera reunido con los barcos franceses en algún lugar acordado con antelación para proporcionarles cartas náuticas actualizadas de las aguas australianas o…

? El carruaje se detuvo y Lucy guardó los papeles en su bolso, se recogió el vestido y se dispuso a apearse.

Abigail la recibió en la puerta. Se la veía alegre y sorprendida por su inesperada llegada.

—¡Lucy, querida! —Fue un saludo cálido, como siempre. Abigail besó a su hermana con afecto antes de conducirla al interior de la casa—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Has oído las noticias y has venido a unirte a la celebración?

—¿Celebración? —Lucy la miró sin comprender—. ¿Qué estamos celebrando?

—El nacimiento de un niño sano de Katie y Rick, hace menos de una hora —le dijo Abigail con una gran sonrisa—. ¿No es motivo de celebración, después de todo lo que han pasado esos dos? Rick apenas puede contenerse y…

Lucy la interrumpió.

—Me alegro por ellos —respondió sin entusiasmo—. Es lo que querían, ¿no? Pero yo… He venido a ver a Dickon, Abby. Y es muy urgente. Jos ha vuelto y yo… Es muy importante que hable con Dickon de inmediato. Y a solas, si es posible.

—¿A solas? —Ahora era Abigail quien no entendía nada—. Bueno, claro, si es urgente, pero… ¿podréis haceros entender?, ¿hacerle entender lo que quieres?

Quizá no, pensó Lucy. Dickon sabía leer los labios, pero sus intentos por hablar eran ininteligibles para todos, excepto para su madre y sus familiares más cercanos. Lucy estaba tratando de contener su impaciencia.

—Quizá —pidió— podrías decirle que quiero ver los bocetos que hizo del mayor Van Buren en Pengallon cuando… el pobre Robert Willoughby y su amigo fueron asesinados.

—¿Dickon hizo bocetos? —repitió Abigail. Su sonrisa se desvaneció y añadió en tono de reproche—: Ay, Lucy, no lo creo. No me ha dicho nada.

—Pero hace meses que no lo ves —señaló Lucy—. Ha estado en Pengallon, ¿no? Y él estaba allí cuando… Robert y Henry Daniels fueron asesinados. Y también cuando Jos se batió en duelo con Robert.

—Sí, es cierto —admitió Abigail. La alegría por el nacimiento de su sobrino se había desvanecido tan pronto como su sonrisa, y hablaba con frialdad.

Pero, para alivio de Lucy, hizo lo que le estaba pidiendo—.

Se lo preguntaré a Dickon, está arriba. ¿Quieres esperar en el comedor?

Rick está con Katie, y Tim y Julia están en el salón. Supongo que aún no querrás verlos.

—Todavía no —confirmó Lucy con los labios apretados—. Lo entenderás cuando… Dickon te enseñe sus bocetos.

Pero, para su disgusto, Dickon, aunque admitió que tenía los bocetos, se negó. No quiso mostrárselos ni siquiera a su madre.

—Dice que le prometió a Claus que nunca se los enseñaría a nadie —informó Abigail—. Lucy, por el amor de Dios, ¿qué está pasando? No entiendo nada.

—Mandaré llamar a Claus —respondió Lucy—. Amos podrá traerlo. —Haciendo un esfuerzo notable por controlar su irritación, salió a dar órdenes al cochero y regresó al comedor. Encontró a Abigail junto a la ventana que daba a la ensenada.

—Tu marido está de camino a tierra, Lucy —dijo ella sin volverse—. Ese es su barco, ¿no?, el Dorcas, que está anclado frente a la oficina naval.

—Sí, el Dorcas es su barco. Acabo de decirte que había vuelto.

No dio señales de reunirse con ella en el mirador, así que Abigail se volvió hacia ella para hacerle un reproche.

—¿No deberías estar en casa para recibirlo?

—Si pudiera evitarlo —estalló Lucy, con el control al límite—, ¡nunca volvería a entrar en mi casa con él ahí!

Pero…, Abby, tendré que verlo una vez más y, si Dios quiere, será la última.

Josef Van Buren es…, Dios mío, ¡un asesino y algo peor!

A Robert Willoughby no lo mató ningún bandolero, lo mató Josef.

Yo amaba a Robert, Abby, lo amaba de verdad.

Éramos amantes. Mi marido lo acechó y lo asesinó.

Y también asesinó al pobre de Henry Daniels, simplemente porque estaba allí.

Lucy sollozaba desconsolada. Abigail se acercó a ella y la abrazó. Se sentía impotente de pura compasión.

—Lucy, ¿qué me estás diciendo? No puede ser: los fugitivos fueron juzgados y condenados.

Eran culpables. Josef no pudo haber matado a esos dos pobres jóvenes.

Resultó herido en el duelo. ¿Quién te ha contado esa historia?

Aunque Robert Willoughby fuera tu amante, no puedo creer que Josef lo hubiera matado.

¿Llamo a Rick? Él estaba allí cuando todo ocurrió y…

—Dickon estaba allí —sollozó Lucy con la voz entrecortada—, y también Claus.

Ellos vieron lo que pasó, Abby. Claus me ha dicho que Dickon dibujó lo que vio.

Por eso quiero esos bocetos. Voy a usarlos para enfrentarme a Jos.

Lo obligaré a marcharse de Sídney. Y no es solo que sea un asesino, sino que también está confabulado con los franceses.

Él… —Aunque luchaba por controlarse, levantó el bolso y terminó con amargura—: Aquí está la prueba, la prueba de su traición, Abby.

Tenía un cargo en el ejército del emperador francés.

Abigail suspiró desconcertada.

—Voy a llamar a Rick, Lucy. Si es cierto, quiero decir, si hay que enfrentar a Josef, ¿no sería Rick la persona más indicada para hacerlo? Es un hombre y…

—No —Lucy negaba con la cabeza—, no quiero que Rick lo sepa; no quiero que lo sepa nadie más que tú, Abby.

Por favor, prométeme que no dirás nada. Yo me encargaré de Jos.

Me casé con él y podré poner fin al matrimonio.

Y eso voy a hacer, porque ahora no siento más que odio por él, pura repugnancia.

Prométemelo, por favor, Abby. Rick no debe saberlo, ni Tim.

El escándalo… Si esto se supiera, sería mi fin.

—Sí, pero…

—Por favor, Abby. ¡Debemos guardarlo entre nosotras! Dickon y Claus no dirán nada. Han guardado silencio durante casi un año.

A regañadientes, Abigail le prometió que lo haría.

El carruaje se detuvo frente a la casa y Lucy, con el llanto contenido, salió al encuentro de Claus.

El niño temblaba. Estaba más asustado que nunca, pero subió obediente a la habitación de Dickon.

Diez minutos más tarde, los dos aparecieron con los bocetos en la mano.

Lucy vio que eran toscos, hechos con carboncillo en un pequeño libro, pero Dickon los había retocado con pluma y tinta.

El chico tenía un verdadero talento artístico.

Mostraban a un hombre agazapado detrás de un parapeto de rocas y con un rifle de caza en las manos.

Era, sin duda, Jos Van Buren. Se le veía un vendaje en un hombro, bajo la camisa.

Debajo, medio ocultos por las ramas suspendidas de un enorme eucalipto, se perfilaban dos jinetes, irreconocibles, pero…

Lucy comenzó a sollozar mientras estudiaba el segundo boceto.

Las dos figuras tendidas se reconocían sin dificultad, ya que, contra el oscuro sombreado que había aplicado Dickon, un rayo de sol parecía iluminar el rostro de Robert.

Era un rostro exánime, vuelto hacia arriba como si, incluso en la muerte, buscara a su asesino para acusarlo.

Henry Daniels yacía a su lado, desplomado boca abajo.

Había perdido el sombrero y tenía los brazos extendidos por delante.

En el dibujo de Dickon, ambos estaban vestidos…

Con manos temblorosas, Lucy abrió su bolso y guardó los bocetos.

—El hermano de Robert… Claus me ha dicho que está aquí, que es guardiamarina en uno de los barcos del rey. No debe saber nada, Abby.

—No —admitió Abigail con tristeza—, no le diré nada, te lo acabo de prometer. Pero creo que Rick debería saberlo, Lucy. Él…

Lucy negó con la cabeza.

—A Rick menos que a nadie. ¿Acaso Katie no acaba de darle el hijo que tanto deseaba? Deja que disfrute de su felicidad. Esto no es asunto suyo. Es solo mío, y yo… No te preocupes, Abby, te lo ruego. Sé lo que tengo que hacer.

Después de rechazar la copa de brandy que le ofrecía su hermana, dejó a Claus con Dickon y se despidió de Abigail con frialdad.

Luego subió sin ayuda al carruaje que la esperaba.

Fingió no oír a Rick, que la llamaba desde la puerta entreabierta.

Abby tendría que darle una buena excusa para explicar esa partida precipitada.

Lucy abrió su bolso y volvió a mirar los bocetos.

Su resolución se reafirmó en cuanto Amos azotó a los caballos y el carruaje empezó a ganar velocidad.