Capítulo 6
Lucy Van Buren escuchó el relato de Claus con rostro impasible.
El niño estaba asustado. El miedo lo hacía dudar y buscar en vano ciertas palabras, de modo que su narración estaba salpicada de largas pausas y, en ocasiones, de lágrimas.
Lucy se sentía demasiado conmocionada para hablar.
Era Saleh quien lo confortaba y lo animaba, quien le exigía con severidad que dijera la verdad, aunque, con ternura y amabilidad, daba apoyo con sus brazos al pequeño y delgado cuerpo del chico.
Hacía lo posible por vencer la renuencia de aquel niño que, atormentado por su conciencia, estaba traicionando al hombre que le había dado la vida.
A pesar de que tenía sus emociones bajo control, Lucy estaba dividida entre el dolor y la ira.
Su silencio y calma aparente ocultaban su desolación.
Había amado a Robert Willoughby con profundidad y arrebato y había llorado su fallecimiento con un dolor agonizante; pero nunca se le había ocurrido que su marido pudiera ser responsable de esa muerte.
Sin embargo, las palabras balbuceadas por Claus eran convincentes.
Sus instintos le decían que el despreciable liplap le estaba diciendo la verdad.
El duelo había sido un engaño, se dijo a sí misma.
Jos habría tenido la intención de matar a su rival en ese enfrentamiento con pistolas cargadas, sobre un césped pisoteado y a pocos metros de distancia.
El hecho de no haberlo conseguido no habría disminuido su determinación de deshacerse de su rival, sino que incluso podría haberla intensificado.
Jos, como la mayoría de sus compatriotas, se enorgullecía de ser un hombre de honor.
Podía disfrutar con prostitutas convictas y mujeres como Leah, pero a su esposa no le habría permitido tal libertad.
Saber que el malogrado Robert había sido amante de Lucy debía de haberlo llevado más allá de los límites de la prudencia.
Ella respiró con dolor mientras Claus describía con voz vacilante cómo él y Dickon habían visto a su padre situarse detrás de las rocas y, aun con el brazo herido, preparar la emboscada.
Tan grande era su conmoción que, aunque Claus se había referido dos veces a Jos Van Buren como su padre, ella no lo había reprendido. Envalentonado, el niño siguió hablando. Le contó lo de los dibujos que Dickon había hecho al carboncillo en su libro.
—Está aquí, mevrouw; Dickon está aquí, en Sídney, después de mucho tiempo —advirtió Claus.
Dickon había venido con Rick y Katie, recordaba Lucy.
Abigail le había contado que estaba esperando a la pareja, pues Katie quería dar a luz bajo supervisión médica.
Era casi seguro que Dickon trajera sus bocetos, como prueba de lo que él y Claus habían visto.
Si necesitara una prueba de la infamia de su marido, tal vez la tendría allí, y solo tenía que pedirla.
Se movió inquieta. Por su propia cuenta, no necesitaba pruebas; sabía que lo que Claus le estaba contando era la cruda verdad.
Aquello era propio de Jos, era lo que el holandés habría hecho.
Tampoco habría dudado en dejar que los convictos fugitivos cargaran con la culpa.
Al contrario, se habría considerado afortunado de que se hubieran presentado unos chivos expiatorios tan convenientes.
Pero ¡Dios!, ¿qué debía hacer, armada con ese nuevo conocimiento? ¿Qué podía hacer? Nerviosa, Lucy se apretó las pequeñas manos sobre el regazo.
El odio era su sentimiento más potente en ese momento: odio y deseo de vengarse por el dolor que Jos le había causado al robarle a su amante de un modo tan despiadado.
Pero presentar una acusación formal, exigir el arresto y el juicio de su marido, daría lugar a un escándalo espantoso en el que, sin poderlo evitar, ella también se vería envuelta.
Con repugnante certeza, Lucy pensó en lo que dirían las lenguas viperinas de Sídney.
Fuera cual fuera el castigo que se le impusiera a Jos, su propia reputación quedaría destrozada.
La sociedad la condenaría al ostracismo, y aquellos a quienes ella había despreciado por su falta de educación se regodearían con malicia al pasar junto a ella por la calle.
La despreciarían, rechazarían sus invitaciones y no le harían ninguna.
La vida se le haría insoportable. El escándalo sería mucho más dañino de lo que habría significado abandonar a Jos y huir con el pobre Robert. Aquello la habría reducido. Se había negado a las súplicas de Rob en ese sentido, a pesar de que lo amaba con tanta pasión. Había tenido miedo y…
Se oyó un suave golpe en la puerta y Leah entró de puntillas con una insolente sonrisa en su rostro moreno. Saleh la reprendió con dureza, pero ella no le hizo caso y, con el rencor de quien sabe la consternación que causará su noticia, anunció:
—El señor ha regresado. El koetsier Amos ha visto atracar su barco. Llegará pronto, mevrouw ¿Desea que le prepare su habitación?
Claus soltó un grito ahogado. Habría salido corriendo de no ser por las manos de Saleh que seguían sujetándolo por los hombros. Lucy lo miró con desdén.
—Quédate aquí con el chico, Saleh —ordenó—. Mantenlo oculto hasta que lo necesitemos. Y dile a Amos que traiga el carruaje de inmediato. Voy a ir a casa de mi hermana, a casa de la señora Dawson. Que Leah reciba a su amo, ya que está tan ansiosa por hacerlo.
Una cólera helada la invadía. Era típico de Jos Van Buren, pensó resentida, elegir un momento tan inoportuno para regresar.
Pero le llevaría una hora, más o menos, llegar a tierra.
Tenía que pasar por los trámites aduanales y la inspección médica obligatoria de su tripulación.
De repente, decidida, Lucy se puso en pie.
Sin embargo, la conmoción emocional le estaba pasando factura.
Tuvo una visión del cuerpo de Robert, ese cuerpo hermoso y fuerte que le había proporcionado tanto placer.
Lo veía tendido, desnudo y ensangrentado en la oscuridad del barranco donde Jos, traicionero, hombre con el asesinato en el corazón y un mosquete cargado al hombro, lo había acechado.
Se le escapó un sollozo. La habitación le dio vueltas y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla para mantener el equilibrio.
Saleh la observaba con ansiedad. Cuando el carruaje se detuvo frente a la puerta, el mayordomo ayudó a su ama a bajar los escalones y casi tuvo que cargarla para meterla en el interior acolchado.
—¿Verá al joven mijnheer Dickon —preguntó mientras le cubría las rodillas con una manta— y los dibujos que ha hecho?
Lucy se enderezó con rigidez.
—Sí —respondió—, sí, pediré verlos, Saleh.
Esos dibujos deberían bastar, pensaba; si se los enseñara a Jos y lo acusara con ellos, él se vería obligado a admitir su culpa y…
Apretó los labios. Se libraría de ese marido a quien odiaba, porque Jos no se atrevería a quedarse en Sídney con la amenaza de que todo se descubriera.
Tenía un barco. Podía volver al lugar de donde había venido, con su gente de Kupang o Batavia, y no habría ningún escándalo.
Tampoco habría venganza si se le permitía escapar.
A menos que… Lucy se reafirmó en su decisión.
Podría avergonzarlo, tal vez, para obligarlo a reparar el daño de la única manera posible, si seguía siendo el hombre de honor que había sido en otro tiempo.
Quizá… De un escondijo de su chaqueta blanca, Saleh sacó un pequeño paquete envuelto en tela impermeable. Lo dejó sobre las rodillas de su ama.
—Hace mucho tiempo, mevrouw —dijo el hombre en voz baja—, le trajeron este paquete.
Estaba en el barco de mijnheer Broome. El amo se lo quitó a usted.
Estaba en la habitación de mijnheer, y yo…
, mevrouw, no sé qué importancia tiene. Creo que hay documentos dentro, pero no sé leer.
Solo recuerdo que mi amo se enfadó porque fue a usted a quien se lo entregaron.
Lucy pensó, sorprendida, que ella también recordaba el incidente.
Parecía haber transcurrido una eternidad desde que Jos naufragara en el Flinders , aquel pequeño barco mercante que había fletado, y Justin Broome lo rescatara.
Sin quererlo, el holandés había dejado ese paquete a bordo del barco que lo rescató, y Jessica Broome se lo había traído a casa.
Al verlo, Jos se había puesto furioso, y…
¿qué había dicho? Había exigido saber si ella había leído los papeles que contenía el envoltorio, porque…
¡Ay, Dios!, ¿no había dicho que podrían colgarlo?
¿No era por eso por lo que el incidente había quedado grabado en su memoria y, al parecer, también en la de Saleh?
En aquel momento, ella no había tomado en serio la cólera de Jos ni sus palabras.
El carruaje avanzaba con lentitud por la calle empedrada.
Con los dedos temblorosos por las prisas, Lucy abrió el paquete.
Para su consternación, vio que los papeles estaban escritos en francés, idioma del que apenas tenía nociones.
Había dos cartas y un mapa —o una carta de navegación, de eso no estaba segura— con lo que parecían ser referencias náuticas marcadas, así como el contorno de la costa australiana, aunque eso no era más que una suposición suya.
Al pie, con tinta descolorida y muy afectada por el agua del mar, pudo traducir algunas palabras: «Corbeta La Coquille…
Capitán Louis Duperrey » y luego una fecha que no pudo descifrar.
Pero en el mapa había una pequeña cruz en tinta roja que señalaba la isla de Norfolk con toda claridad.
Solo tuvo tiempo de echar un vistazo a las cartas, pero en una encontró los nombres de otros dos barcos, el Thétis y el Espérance, y lo que, tras un vano intento de traducir, decidió que parecía ser una fecha ilegible expresada en el calendario francés.