Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Los hombres parecían peligrosos; tenían barba, iban muy desaliñados, vestían ropas toscas.

Dos de ellos iban descalzos. También discutían en voz alta y con tono airado.

Uno de ellos, que vestía como un caballero, intentó persuadir a sus compañeros de que dejaran en paz a los pobres muertos, pero lo acallaron a gritos.

Entonces, uno de los descalzos le arrancó las botas al señor Daniels.

»Desnudaron a los dos muertos y les quitaron los caballos y las pistolas.

Dickon y yo teníamos miedo de que nos vieran, así que salimos corriendo.

Yo… —Claus dudó y miró a Saleh con ansiedad—.

Estaba preocupado por mi padre. Pensé… Oh, Saleh, mijnheer Van Buren es mi padre, aunque no me permita decir que soy su hijo.

Dickon tenía los dibujos que había hecho, pero le dije que nadie le creería si los enseñaba.

Lo hice prometer que no se los enseñaría a nadie.

Que los hombres malos cargaran con la culpa, le dije; eran fugitivos, convictos.

Los atraparían pronto y los castigarían; quizá los ahorcarían solo por haber escapado.

Y así fue, eso fue lo que pasó, ¿no es así?

—Sí —asintió Saleh inquieto—, eso fue lo que pasó. Pero no los ahorcaron, los enviaron a la isla de Norfolk. —Suspiró y se quedó mirando al chico.

Claus se quedó con un gesto de profunda turbación. Su conciencia volvió a atormentarlo.

—¿Hice mal en guardar silencio por el bien de mi padre?

—No lo sé —confesó Saleh—. En tu lugar, no sé qué habría hecho, pequeño. —Suspiró de nuevo, más hondo que antes, y luego preguntó en voz baja—: ¿Sabe mijnheer Van Buren que tú y tu amigo vísteis lo que hizo?

—Nunca me ha dicho nada. Pero es posible que lo haya adivinado. ¿Por qué, si no —añadió Claus con amargura—, me ha dicho que tengo que volver a Kupang? No he hecho nada para enfadarlo.

—Eso es cierto, Claus. Yo mismo me he preguntado cuáles podrían ser sus motivos.

—Y ahora —susurró Claus con tristeza—, el hermano del señor Willoughby está aquí, y le dirán que mijnheer Willoughby ha muerto.

Y Dickon está en Sídney. Desde que eso ocurrió, Dickon ha estado en la granja de mijnheer Tempest, y creo que solo ha guardado silencio porque me lo prometió. Pero quizá ahora no siga tan reservado.

El rostro moreno y liso de Saleh se volvió pensativo.

—Dame tiempo para considerar este asunto, pequeño —dijo, tras una pausa apreciable—.

La verdad es que no sé qué consejo darte.

Mi primera idea es que vayas sin demora a ver a Alice y a su hombre de Dios antes de que regrese mijnheer Van Buren.

Pero… —Frunció el ceño—. Quizá fuera más prudente que le contaras todo esto a mevrouw Van Buren antes de marcharte de esta casa.

Claus se lo quedó mirando, consternado.

—¿Decírselo? ¿Contarle esto a la esposa de mi padre? Saleh, ¡no puedo!

—Tampoco puedes estar seguro de que Dickon se lo guarde todo —le recordó Saleh— ni de que se resista a mostrar sus dibujos.

Tal vez quiera mostrárselos al hermano menor de mijnheer Willoughby o a mijnheer Dawson.

Vamos… —Cogió con firmeza por el brazo a un encogido Claus—.

Vamos a ver a mevrouw Van Buren y contémosle lo que haya que contarle. Ella sabrá qué hacer.

* * *

El gobernador Darling recibió al guardiamarina Willoughby en el salón de la Casa de Gobierno, acompañado de su esposa.

Con todo el tacto que pudo reunir, le dio la noticia.

Los hechos desnudos, expresados con la voz militar y, en apariencia, sin compasión, dejaron a Jamie temblando, conmocionado y con las mejillas descoloridas.

La señora Darling frunció el ceño a su marido y fue a rodear con un brazo los hombros temblorosos y vestidos de azul del muchacho, pero Jamie, consciente de la dignidad que le confería su rango naval, se las arregló para eludir el bienintencionado gesto.

Se irguió, puso la mano en la daga que llevaba a la cintura, y dijo con voz controlada:

—Es un… un golpe para mí, Excelencia. Tenía muchas ganas de ver a mi hermano. Nosotros, es decir, mi hermana Emily y yo, habíamos planeado una reunión familiar. Ella también está de camino a Sídney, señor.

—¿Sola? —preguntó la señora Darling alarmada.

Jamie negó con la cabeza. Empezaba a recuperar la compostura.

—No, señora, con su marido. Tras la muerte de nuestro padre, Emily se casó con un médico de apellido Yates y pusimos la casa en venta con la intención de venir a la colonia para reunirnos…

, para poder estar todos juntos, ya ve. El doctor Yates va a trabajar para la Sociedad Misionera de la Iglesia en Nueva Zelanda y se va a llevar a nuestras dos hermanas pequeñas con él.

Iban a viajar poco después de que yo zarpara a bordo del Success, señora.

—¿Sabe en qué barco, señor Willoughby? —preguntó el gobernador.

—No, señor, no lo sé. Nosotros zarpamos el veinticinco de enero.

Simon y Emily esperaban conseguir pasajes en un transporte poco después, señor.

Tuve que dejar la venta de la casa en manos de mi hermana.

Yo le escribí a Rob, mi hermano, señor, para contarle todo, pero él…

No creo que mi carta le llegara nunca, si es que…

Es decir… —Se interrumpió, pues luchaba de nuevo por recuperar la compostura—.

Lo siento, señor, todavía no puedo asimilar el hecho de que… Rob haya sido asesinado, señor.

Apesadumbrado, el gobernador Darling se pasó una mano por su ralo cabello.

—Me temo que no hay duda de que lo fue, señor Willoughby.

Él y su compañero, el señor Henry Daniels, fueron atacados y despojados de sus cosas por una banda de los que aquí se conocen como bushrangers, convictos en fuga.

Los malhechores fueron detenidos y llevados ante la justicia y, si le sirve de consuelo, todos cumplen cadena perpetua en la prisión de la isla de Norfolk.

La muerte de su pobre hermano no ha quedado impune.

—No, señor. —Jamie sentía los labios rígidos y le dolía la garganta.

Ojalá que Rob hubiera vivido solo un poco más, pensó con tristeza, al menos lo suficiente para saber que su hermano no tenía intención de quedarse con un solo centavo de lo que su padre le había legado.

Pero, tal y como estaban las cosas, el pobre Rob ni siquiera supo que toda su familia estaba de camino para reunirse con él…

Se bebió de un trago la taza de té que la señora Darling había insistido en servirle y volvió a armarse de valor.

—¿Dónde mataron a mi hermano, señor? ¿En esta ciudad?, ¿en Sídney?

—No permitimos que los convictos fugados vayan armados por las calles de Sídney, señor Willoughby —replicó con frialdad el gobernador—.

A su hermano y al señor Daniels se les habían concedido tierras en el interior, más allá de las montañas Azules, a varias millas del asentamiento de Bathurst. Habían ido allí a preparar el lugar para construir las casas y llevar el ganado.

—Explicó la situación de las concesiones con todo detalle y sin hacer caso a los intentos de la señora Darling por llamar su atención.

Terminó sus explicaciones de forma abrupta, lo que dejó a Jamie con la impresión de que, por algún motivo, Darling no le estaba diciendo todo lo que había tenido intención de revelar—.

Los dos desafortunados jóvenes están enterrados en el cementerio de Bathurst. Se han colocado lápidas en sus tumbas.

Eh…, su padre era almirante, ¿verdad? ¿El almirante Sir Francis Willoughby?

—Sí, señor —confirmó Jamie, anhelante de que la entrevista llegara a su fin.

—¿Era baronet? —sugirió el gobernador.

De repente, sin palabras, Jamie solo pudo mirarlo con fijeza. Por el amor de Dios, se dijo a sí mismo, el título debería haber sido para Rob, que era —había sido— el hijo mayor. Pero ahora… El gobernador Darling lo dijo todo por él:

—Entonces, usted es el heredero del título, ¿no es así? Usted es… ah… el guardiamarina sir James Willoughby.

—Yo… —Jamie tuvo que tragarse el nudo que se le había formado en la garganta.

El título ni siquiera aparecería en la lápida del pobre Rob, en el cementerio de Bathurst, pensó con pesar, porque su muerte había tenido lugar antes que la de su padre.

Rob se merecía algo mejor que eso, él… ¡Ah, demonios!

, Rob no merecía haber sido asesinado—. Señor, eh…

La señora Darling acudió en su ayuda.

—Señor Willoughby… James, me temo que todo esto está siendo una terrible experiencia para usted. Supongo que querrá estar solo un rato. Puede quedarse aquí o… ¿Ha venido alguno de sus compañeros con usted?

—Tom Keppel, señora —logró decir Jamie—. Me estará esperando fuera. Y un… un guardiamarina llamado Broome, del Mermaid, quien nos ha traído aquí. Yo… eh… es muy amable por su parte, señora Darling, pero quizá es mejor que me vaya.

—Espero que volvamos a verlo antes de que su barco zarpe de Sídney —dijo la señora Darling con amabilidad—.

Su capitán, Stirling, cenará con nosotros mañana por la noche.

Y supongo que estaremos obligados a ofrecer nuestra hospitalidad oficial al capitán francés recién llegado, ya que se encuentra aquí en lo que él ha llamado una misión de buena voluntad.

—Se encontró con la mirada de reproche del gobernador y sonrió—.

Vamos, Ralph, querido, James es un oficial de la marina. Sabe lo que esa visita implica.

—Lo llevaré con sus amigos —ofreció el gobernador Darling con brusquedad.

Agarró a Jamie por el brazo y este, que intentaba despedirse de la señora Darling, no pasó de balbucear unas palabras. El gobernador lo empujó por la elegante escalera de caracol hasta la planta baja.

Tom Keppel y Red Broome esperaban en el vestíbulo charlando con un oficial vestido de escarlata a quien Tom presentó como el mayor Dumaresq.

Ya reunidos, los tres guardiamarinas se despidieron y, mientras caminaban a paso lento por el sendero arbolado que conducía a las puertas de la Casa de Gobierno, Tom dijo con torpeza: