Capítulo 5 #2
—Yo nunca fui a la escuela —confesó Claus con un poco de tristeza—.
Pero, si mi… Pero, si mijnheer Van Buren vuelve y me dice una vez más que debo regresar a Kupang, entonces quizá me iría a la escuela donde va a dar clase el señor Cox, el esposo de Alice.
Alice me dijo que lo hiciera si era necesario, y sí que lo haría.
—Te cae bien Alice, ¿verdad, Claus?
—Sí, sí, la quiero mucho. Es una mujer muy buena, Johnny. Tan buena como mi madre.
—A mí también me cayó bien cuando estuvo alojada con nosotros —asintió Johnny—.
Y fue muy valiente al escribir esa carta al Australian .
—Frunció el ceño—. ¿Sabes?, quizá me haga periodista y aprenda el oficio con el señor Wentworth.
Tendría que empezar repartiendo periódicos o trabajando en la imprenta, pero sería interesante.
Mamá dice que los periódicos como el Australian pueden hacer mucho bien.
—¿De verdad? —preguntó Claus con escepticismo.
—Por supuesto que pueden —le aseguró Johnny—.
Mira a ese soldado, al que el gobernador mandó a la cárcel después de ordenar que lo expulsaran del regimiento.
Se llamaba Sudds y murió una semana después en la cárcel.
El Australian publicó un gran artículo sobre eso, al igual que el Monitor, y ambos acusaron al gobernador de ser demasiado severo.
El señor Wentworth incluso afirmó que debería ser destituido.
—¿Qué es eso, Johnny? ¿Destituido? —quiso saber Claus.
Johnny se encogió de hombros.
—No estoy muy seguro. Pero, si lo declararan culpable, lo colgarían, eso sí que lo sé.
—¿Colgar al gobernador? —Claus lo miró asombrado, con la boca y los ojos muy abiertos—. Pero el gobernador es… Johnny, ¿no es lo que llaman un virrey?, ¿no representa al rey de Inglaterra?
—Sí, así es —admitió Johnny, dudando un poco de sus datos—.
Supongo que el señor Wentworth solo quería escandalizar a sus lectores.
Pero sé que publicó una especie de panfleto titulado «Juicio político», porque papá tenía un ejemplar y lo estaba comentando con mi tío Murdo.
Lo malo es que no les presté mucha atención, porque aún no pensaba en hacerme periodista.
—Señaló con un movimiento de cabeza el lugar donde su hermano y los dos guardiamarinas del Success seguían conversando exaltados.
Comentó, como si tal cosa—: Siguen discutiendo.
Si Red no para pronto, hará que el señor Willoughby llegue tarde a su cita con el gobernador.
—¿Tiene una cita con el gobernador? —preguntó Claus, desconcertado una vez más.
—Sí, el gobernador le dará la noticia de que su hermano ha muerto. Nos han pedido que no digamos nada. Red debía reunirse con él y llevarlo a la Casa de Gobierno. —Siguió hablando, pero Claus ya no estaba prestando atención a lo que su amigo decía.
Claro, pensó, asustado de repente: ¡por eso el nombre de Willoughby le sonaba familiar!
El señor Robert Willoughby, el joven alto que había sido minnaar de mevrouw Van Buren, el que se quedaba con ella toda la noche y que…
había muerto en el bosque cerca de la granja del señor Tempest, donde él y Dickon…
Claus sintió que se le helaba la sangre.
Ahora se daba cuenta de que el guardiamarina Willoughby era hermano de aquel otro Willoughby, pero, tonto de él, no había…
, ¿cómo se decía en inglés?, no había atado cabos.
Le había faltado agudeza para percatarse de quién era el recién llegado.
No podría volver a mirarlo a la cara, no podría hablar con él…
Claus agarró a Johnny por el brazo y lo interrumpió sin disculparse.
—Tengo que marcharme, Johnny. Ya me he quedado demasiado tiempo. Mevrouw… La señora Van Buren se enfadará.
Johnny parecía decepcionado, pero Claus no esperó a escuchar reproches.
Echó a correr, dominado por el miedo. Sorteó a Red y a sus dos compañeros y apenas se detuvo para saludar con la gorra a la señora Broome, que estaba en su pequeño jardín, frente al mar, con la niña que acababa de llegar a la familia.
—Dickon ha vuelto a Sídney, Claus —le gritó la señora Broome, pero su inesperado anuncio no hizo más que aumentar el pánico de Claus.
El chico consiguió articular un saludo y siguió corriendo a ciegas hasta la puerta de la cocina de su casa.
Ahí, Saleh lo alcanzó, lo agarró por los hombros y lo hizo girar.
—¿Por qué corres, pequeño liplap ? —le preguntó con severidad en su propia lengua—. ¿Ha vuelto nuestro amo?
Claus negó con la cabeza. Incapaz de contener las lágrimas, rompió a llorar a lágrima viva.
Saleh lo abrazó con sus fuertes brazos morenos y lo dejó llorar. Al cabo de un rato, cuando el torrente se hubo calmado, le dijo con dulzura:
—No temas, pequeño. Aquí, con nosotros, estás a salvo, te protegeremos. Y, si no hubiera nada que hacer, nada sería más sencillo que enviarte con Alice a Windsor.
Claus tragó saliva e hizo un valiente esfuerzo por recomponerse.
—No temo por mi seguridad, Saleh —balbuceó por fin—.
Es, más bien, que no sé lo que debo hacer; es decir, no sé qué es lo correcto.
El hermano del señor Willoughby está aquí, se llama Jamie y es guardiamarina del Success, el barco del rey .
Ahora va a ver a Su Excelencia el gobernador, quien lo va a informar de la muerte de su hermano.
No sabe que mijnheer Willoughby ha muerto ni tampoco de qué manera, y…
—La voz del chico se quebró—. Saleh, él no sabe a manos de quién murió su hermano.
Saleh lo miró con los ojos entrecerrados.
—Pero tú sí lo sabes, Claus —sugirió, astuto—. Tú estabas allí.
—Sí —confirmó Claus—, y Dickon O’Shea, el que no puede hablar, estaba conmigo. Dickon ha vuelto a Sídney con su madre, mevrouw Dawson, creo.
Saleh permaneció en silencio durante tanto tiempo que Claus comenzó a preguntarse si el mayordomo había comprendido el dilema o si, a pesar de toda su sabiduría, no tenía cómo ayudarlo a resolverlo.
—Saleh —comenzó a decir con tristeza—, fue mi padre quien… Es decir, él… —Pero ni siquiera entonces se atrevía a pronunciar la acusación—. No puedo traicionar a mi padre, Saleh, no puedo contar lo que vi.
Saleh se sentó y atrajo al niño.
—¿Qué viste, pequeño? Puedes contárselo a Saleh.
En eso, Claus se dio cuenta de que contarle la horrible historia al mayordomo sería un alivio, un gran alivio de la carga que había soportado durante tanto tiempo. No sería una traición, porque ¿acaso Saleh no servía también a su padre? ¿No era también leal?
Al principio habló con voz vacilante, pero luego, con más convicción, continuó su relato:
—Dickon y yo huimos cuando los dos fueron a enfrentarse con sus pistolas.
Me refiero a mi padre y a mijnheer Willoughby.
Teníamos miedo, no sabíamos qué iba a pasar.
Oímos los disparos y, al poco tiempo, los vimos volver a la casa de mijnheer Tempest. Notamos que mi padre había recibido un disparo en el brazo.
Todos estaban furiosos. Mijnheer Daniels intentaba mantener la paz, pero mi padre no lo escuchaba.
—¿Resultó herido en el duelo? —intervino Saleh con el ceño fruncido—. ¿ Mijnheer Willoughby lo hirió en el brazo?
El niño asintió con la cabeza.
—Sí. Pero le vendaron la herida. Montó en su caballo y dijo que se iba a Bathurst, al hospital.
Quise ir con él para ayudarlo, pero Dickon me detuvo.
Yo tenía miedo porque lo veía muy enfadado, así que hice lo que Dickon me pedía.
Nos quedamos entre los árboles y lo seguimos, pero no cabalgó hacia la ciudad de Bathurst, Saleh, sino que dio media vuelta y regresó por donde habíamos venido.
Lo vimos desmontar y dejar su caballo atado a un árbol.
Entonces siguió a pie y se escondió detrás de unas rocas.
Llevaba consigo el mosquete que usa para cazar canguros.
Nos quedamos vigilando y Dickon lo dibujó con la cosa negra que usa.
Nos echamos a reír, pensando que era extraño que mi padre hubiera venido a esconderse entre las rocas en vez de haber ido al hospital, como había dicho que haría.
Y entonces… —La voz de Claus se quebró con un sollozo—. ¡Ay, Saleh, lo que siguió fue terrible!
—Continúa —lo animó Saleh. Era evidente, por el brillo de ira en sus ojos, que el mayordomo adivinaba lo que iba a pasar. Apretó con fuerza los delgados hombros de Claus—. Cuéntame el resto, pequeño.
Claus se estremeció, pero continuó.
—Llegaron, montados a caballo y charlando.
Eran mijnheer Willoughby y mijnheer Daniels.
No se dieron cuenta de nada. Dickon me agarró del brazo y me arrastró, pero no llegamos muy lejos, no había tiempo.
Sonaron los disparos y supimos de dónde venían; también oímos los gritos de un hombre.
Luego oímos a mi padre atravesar el bosque y, poco después, lo vimos montado en su caballo y galopando.
Nos quedamos esperando, porque los dos teníamos mucho miedo y no sabíamos qué hacer.
Entonces Dickon volvió al lugar donde nos habíamos escondido antes, y yo lo seguí.
Desde allí pudimos ver a los dos ingleses, que yacían muy quietos, por lo que supusimos que debían de estar muertos.
—¿No fuisteis a verlos? —preguntó Saleh.
Claus negó con la cabeza.
—Teníamos miedo. Temía que mi padre volviera y nos matara también.
Y Dickon quería hacer otro dibujo. Verás, él no puede hablar, pero hizo el dibujo como prueba de lo que habíamos visto.
Sin embargo, antes de que lo terminara, llegaron los hombres malos, los que habían escapado de ese lugar que creo que se llama el vado Emu.
Tenían mosquetes y, aunque eran cinco, traían solo tres caballos.
Claus hizo una pausa mientras revivía en su memoria la escena que intentaba describir.