Capítulo 5
Claus corrió, como era su costumbre, al muelle del rey tan pronto como Saleh le dio permiso para ausentarse de la casa de la calle Bridge.
Cada día, desde su regreso a la casa de los Van Buren tras su breve fuga, inspeccionaba con cuidado los barcos anclados en la cala de Sídney.
En esos últimos días había mucho ir y venir y muchos cañonazos ceremoniales.
Claus había visto cómo las balandras gubernamentales Amity, Fly y Dragon embarcaban tropas y convictos y partían hacia un destino desconocido.
Poco después, junto con una multitud de curiosos que se había congregado en todos los puntos estratégicos, había sido testigo de la llegada de un hermoso buque de guerra que enarbolaba un largo pabellón azul en el mástil principal.
Venía escoltado por otros dos barcos del rey.
Red Broome le había dicho que se trataba del Warspite , un buque de guerra de setenta y cuatro cañones.
Hacía poco tiempo, ese navío había participado en una guerra en Birmania, un lugar del que nunca había oído hablar.
Su comodoro, sir James Brisbane, hermano del gobernador anterior, había sido comandante en jefe de la armada.
A las embarcaciones que lo acompañaban, fragatas las dos, Red las había llamado Volage y Success, y había añadido, con comprensible entusiasmo, que el Success tenía órdenes de zarpar hacia la isla Melville y que era probable que su padre viajara en ella, debido a lo bien que conocía la zona.
Claus se detuvo sin aliento, se protegió del intenso sol con la mano y examinó con ansia el fondeadero.
Todos los barcos del rey estaban allí, al igual que el elegante Mermaid del comandante Broome , pero no había ni rastro del bergantín mercante Dorcas del mayor Van Buren. El chico soltó un suspiro de alivio.
Habían pasado más de tres meses desde que el Dorcas zarpara hacia las Indias Orientales Neerlandesas, recordó Claus, y diez días desde que Alice y el hombre de Dios, el señor Cox, partieran de Sídney hacia Windsor.
Ahí, en Windsor, el señor Cox asumiría su nuevo cargo como profesor en la escuela de la iglesia.
Alice, con mucho afecto, lo había invitado a que los acompañara, pero…
Claus se sentó abatido en el borde del muelle.
Por mucho que quisiera irse, sabía que no podía abandonar a su padre y a su madrastra, a menos que se produjera otro intento de enviarlo de vuelta a Timor.
Si se diera el caso, huiría presa del pánico, como ya lo había hecho; pero, a estas alturas, su padre debía de saber que no había vacilado en su lealtad, que no había hablado con nadie del terrible secreto que él y Dickon compartían.
Dickon no podía… Claus se levantó de un salto, sobresaltado por el sonido de un cañón.
Una tercera fragata entraba en el fondeadero con foques y juanetes desplegados.
Enarbolaba la misma bandera que aquel barco que él y su padre habían encontrado frente a la isla de Norfolk cuando la visitaron en el malogrado Flinders: ¡la bandera francesa!
Su cañón de señales disparaba salvas en honor a la bandera del almirante británico.
Iba escoltada por el bote piloto, con el oficial del puerto a bordo, de modo que no venía con intenciones hostiles, eso estaba claro.
Al recibir respuesta del Warspite, el recién llegado arrió las velas.
Claus sintió cómo la tensión se desvanecía cuando vio al francés detenerse y oyó el ruido metálico de su cadena al soltarse el ancla de proa.
Una voz familiar lo llamó por su nombre.
Vio entonces a Red y Johnny Broome, seguidos por dos jóvenes guardiamarinas desconocidos.
Los cuatro venían hacia él desde el muelle.
Claus se dio cuenta de que una lancha de uno de los buques de guerra volvía al fondeadero después de haber traído a tierra a los dos guardiamarinas.
Por lo visto, habían desembarcado para reunirse con los Broome.
Contento, se apresuró a encontrarse con ellos. Red le dijo entre sonrisas:
—El Dorcas aún no ha llegado, Claus, y apostaría una libra a que no tienes prisa por verlo.
Claus se puso tenso, como siempre que se insinuaba un desaire hacia su padre, pero la sonrisa amistosa de Red despojaba esas palabras de cualquier intención de ofender. Presentó a sus dos compañeros.
—Estos son los guardiamarinas Tom Keppel y Jamie Willoughby , del buque Success de Su Majestad. Este es nuestro buen amigo Claus Karimon.
Los dos guardiamarinas estrecharon la mano con toda cortesía.
Por lo que Claus pudo juzgar, eran un poco mayores que Red.
Keppel era robusto, de hombros anchos y penetrantes ojos azules, en tanto que Willoughby era alto, moreno y de modales un poco vacilantes.
Por un momento, el nombre de Willoughby le sonó familiar.
Claus se preguntó dónde lo había oído, pero, en ese momento, los tres jóvenes oficiales estaban mirando entusiasmados la fragata francesa recién llegada.
Con un ligero resentimiento, Johnny Broome dijo:
—Lo único que les interesa es el buque francés, Claus, ¡quién sabe por qué!
Su hermano mayor se volvió hacia él con un reproche.
—¡Claro que nos interesa, tonto! Es el que ha estado haciendo de las suyas en el estrecho de King George y el puerto Western, uno de los barcos que el mayor Lockyer había ido a buscar.
—Se dice que eran tres —añadió el guardiamarina Keppel—. Este es el Astrolabe, comandado por el capitán Jules Dumont d’Urville. Nuestro capitán Stirling habló con él frente a las costas de la Tierra de Van Diemen, pero entonces el navío estaba solo.
Claus negó con la cabeza mientras le llegaban los recuerdos.
—Creo que no es el Astrolabe, mijnheer Keppel —dijo con timidez—. Ya lo he visto y recuerdo su mascarón de proa. Es una concha de caracol con forma de trompeta, ¿ve? Este es el Coquille, que significa ‘concha’, creo.
—Eso no es lo que le ha dicho al capitán Stirling. —Keppel miró al joven con curiosidad—. ¿Dónde viste el Coquille, si puedes decirme, y cuándo?
Claus se sonrojó bajo la mirada escrutadora del guardiamarina.
—Frente a la isla de Norfolk… Ha… hace ya casi cuatro años. —El inglés del chico había mejorado mucho desde entonces, pero, de repente, se puso nervioso. Temía haber hablado de más. Volvió a su antiguo acento marcado—. Por favor, perdóneme, ha pasado mucho tiempo. Quizá me he equivocado.
—Quizá sí, Claus —respondió el guardiamarina sin rencor—.
Cuatro años es mucho tiempo, ¿no? Aunque el capitán Stirling ha dicho que los barcos franceses llevan más de cuatro años por estas costas haciendo lo que ellos llaman viajes de exploración.
Dice que deberíamos fundar más asentamientos para mantenerlos alejados y conservar nuestra soberanía sobre todo el continente; si no, los franceses nos la disputarán.
De hecho, cuando nos dirijamos al norte en el Success, lo haremos con el propósito de examinar posibles lugares para establecer asentamientos en esa región.
Está la isla Melville, por supuesto, que es nuestro destino final.
Sin embargo, el capitán Stirling ha puesto toda su fe en que las proximidades de un río de la costa occidental, el Swan, nos traerán más ventajas.
Eso está en las rutas comerciales hacia la India y las Indias Holandesas.
El tema tiene que ver con los vientos dominantes, ¿verdad, Jamie? Tú eres nuestro experto en navegación.
Jamie Willoughby, así interpelado, se lanzó a una disertación sobre los vientos predominantes del oeste en las latitudes más altas del océano Índico.
Dijo que llevarían los barcos hasta la costa australiana, donde se unirían con los vientos alisios del sureste, y que eso aseguraría un rápido paso a los puertos del norte del océano Índico y más allá.
—Si hubiera un puerto en las proximidades del río Swan, los barcos mercantes europeos se ahorrarían seis semanas, según ha calculado el capitán Stirling, ya que no sería necesario que hicieran escala aquí, en el puerto Jackson.
Está muy entusiasmado con la idea y espera convencer al gobernador Darling de que eso es viable.
Todo aquello superaba a Claus, pero era evidente que Red estaba emocionado por la perspectiva.
Bombardeaba a los guardiamarinas del Success con preguntas entusiastas.
Citaba con ardor los nombres de algunos de los primeros intrépidos exploradores junto con los de Matthew Flinders y su propio padre, cuyas observaciones citaba con orgullo.
Keppel y Willoughby estaban impresionados, pero la atención de Johnny se desviaba.
Miraba a Claus en silencio, interrogándolo con los ojos.
Claus asintió y los dos chicos se alejaron sin que los otros tres se dieran cuenta de su partida.
—Ahora que lo han nombrado guardiamarina, Red no habla ni piensa en otra cosa que en las insignias y los barcos —se quejó Johnny cuando estuvieron fuera del alcance de los otros—.
Estoy empezando a tener dudas sobre dedicarme a la marina.
O sea, si me alistara en el Mermaid , Red no me dejaría en paz, ¿verdad?
Sería mi oficial superior y mi hermano mayor, y eso se me haría insoportable.
Claus lo miró pensativo.
—¿Y qué harías entonces, Johnny?
Johnny se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizá me dedique a explorar; o a estudiar Derecho.
Me gustaría ser abogado. —Adoptó una pose y puso una sonrisa pícara en sus labios—.
Mi cliente se declara inocente, Su Señoría, y puedo demostrar que es imposible que hubiera cometido el delito del que se lo acusa, porque…
Bueno, se me ocurriría alguna razón. Y mamá se alegraría si me quedara en la escuela.
—Su sonrisa se amplió—. Incluso podría hacerla creer que soy más listo que Red.
Ella se enfadó mucho cuando él dejó la escuela, ¿sabes?