Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—He venido a traerle pruebas de la identidad de la autora de esa insolente carta del Australian, señora Darling —afirmó—.

Cuando nos vimos en casa de mi hermana Abigail, la semana pasada, intuí que usted dudaba de mi afirmación de que Alcestis había sido mi doncella y que, por lo tanto, el asunto no tenía importancia. Pensé que esto la tranquilizaría.

—¿Tranquilizarme?

—Pues sí. La carta era un ataque a la administración de su marido, lo que, supongo, la tendrá preocupada, ¿o no?

Y acabo de enterarme de que hay otra, algo similar, relacionada con la colonia penal de la bahía Moreton.

Pero supongo que… —Consciente de que ya no era bienvenida en ese lugar, la señora Van Buren se levantó con elegancia, aunque siguió hablando en tono frío—: Supongo que se demostrará que ha sido escrita por otro descontento, alguien movido por la malicia, como corresponde al propietario de ese desagradable periódico al que se le da tanta importancia.

Que tenga un buen día, señora Darling, y gracias por recibirme.

—Se dirigió hacia la puerta y, cuando la esposa del gobernador tiró de la cuerda de la campana para llamar a MacCarthy, añadió con más cordialidad—: Quizás, cuando mi marido regrese de su misión comercial, tengamos el placer de recibirlos a cenar, a usted y a Su Excelencia.

Salió de inmediato. Desde la ventana, la señora Darling la vio entrar en el carruaje que la esperaba, atendida por un niño pequeño de piel oscura. El niño extendió una manta sobre las rodillas de su ama y recibió una bofetada por haberle provocado molestias.

Los Van Buren, recordó la señora Darling, empleaban a un grupo de sirvientes javaneses.

Si había que creer en los rumores, eran casi esclavos.

Ese niño parecía ser uno de ellos, ya que aceptó la bofetada sin quejarse y saltó al pescante, junto al cochero, en cuanto el carruaje se puso en marcha.

No era de extrañar, pues, que la joven que se hacía llamar Alcestis hubiera huido de una casa así…

Se habría ido con la esperanza de que su matrimonio con el joven capellán la salvara de tener que volver al servicio de Lucy Van Buren.

Aunque, por supuesto, su desafortunado joven marido se había quedado sin un empleo remunerado.

Frunciendo un poco el ceño, la señora Darling se apartó de la ventana, se recogió las faldas y subió las escaleras hasta su salón, en el segundo piso.

Recordó que, en virtud de su cargo, era miembro de la junta directiva de la Corporación de Escuelas Eclesiásticas, una asociación que siempre estaba buscando profesores con formación pedagógica para sus más de veinte escuelas del reino, repartidas por todo el país.

El presidente de la junta, el archidiácono Scott, había señalado la falta de educadores en una reciente reunión de gobernadores.

En concreto, había expresado su inquietud de que la nueva escuela parroquial de Windsor ya tuviera más de cuarenta alumnos y que solo el reverendo Robert Cartwright, que estaba a punto de jubilarse, impartiera las clases.

Así que tal vez… La señora Darling abandonó su expresión de intranquilidad en cuanto se sentó al escritorio y se puso a buscar pluma y papel.

Pensaba que su marido preferiría que Alcestis no se quedara en Sídney, pues aquella carta había causado mucho revuelo.

Así que escribió a toda velocidad. Dirigió una nota al archidiácono en la que le sugería que el señor Cox, un joven sacerdote recién llegado de la isla de Norfolk, fuera contratado para ocupar la vacante en la escuela de la iglesia de Windsor.

Una vez firmada y sellada la nota, llamó a su doncella y le pidió que se encargara de su inmediata entrega.

También decidió que tendría tiempo suficiente para conocer a los jóvenes Cox.

Quizá, cuando acompañara a su marido en uno de sus viajes habituales, podría visitarlos.

Y no le importaba en absoluto que ninguno de ellos supiera a quién debían el nombramiento del señor Cox para la nueva escuela parroquial de Windsor.

De hecho, sería mejor que no supieran nada.

El ruido de cascos de los caballos sobre la grava del camino fue seguido, unos minutos después, por el rugido de la voz de su marido, elevada en señal de enfado. Diligente, la señora Darling cerró el escritorio y bajó con prisa las escaleras para recibirlo.

—¡Demonios, mayor Lockyer! —lo oyó gritar furioso—, ¿ha dicho usted que ese maldito francés…, cómo se llama…, D’Urville, lleva cuatro o cinco semanas anclado en el estrecho de King George con tres barcos?, ¿tres fragatas? ¿Qué se trae entre manos, por el amor de Dios?

—Creo, señor —respondió con firmeza el oficial al mando del Quincuagésimo Séptimo—, que lo mejor será que me autorice a averiguarlo. Puedo llevarme el Amity, señor, el Fly y una compañía. Y quizá usted podría prescindir de Charles Sturt.

—Tome lo que considere necesario —oyó decir a su marido la señora Darling.

Entre dudas, se acercó a él y enganchó su brazo al suyo. Él le dio un beso en la mejilla y dijo con cansancio:

—Ha sido un día difícil, querida, ¡un día muy difícil! Pero he hecho lo que tenía que hacer.