Capítulo 4 #3
Solo que… ¿No había un texto de otro corresponsal del periódico del señor Wentworth, el Australian, sobre las atrocidades cometidas también en la bahía Moreton?
Con mano temblorosa, la señora Darling se sirvió una segunda taza de té.
Su mente registró que el sombrío redoble había cesado.
Los dos soldados que habían infringido la ley militar habían sido expulsados de su regimiento con ignominia y comenzarían a cumplir su castigo.
Recordó que, hacía unos minutos, ella misma había decidido que el castigo era severo, aunque muy merecido.
Bebió un sorbo del té tibio, con los pensamientos en desorden, dividida entre un deseo de buscar a la mujer que se hacía llamar Alcestis e interrogarla, pues eso era lo que le mandaba su conciencia, y el miedo, sí, el miedo de que, al hacerlo, estuviera pecando de deslealtad hacia su marido.
Llamaron a la puerta. La esposa del gobernador volvió el rostro bañado en lágrimas, aunque controlado, hacia el criado que acababa de entrar.
—¿Sí, MacCarthy?
—Una dama pregunta por usted, señora. Es la señora Van Buren.
Lucy Van Buren era la última persona a la que habría querido ver en ese momento, pero… La señora Darling se secó los ojos enrojecidos, se recompuso y habló en voz baja:
—Muy bien. Haga pasar a la señora Van Buren, por favor. Y llévese mi bandeja.
No solía recibir visitas en el comedor, pero a esa hora temprana quizá era el lugar más adecuado. De ser posible, aquella sería una breve entrevista.
Lucy Van Buren entró unos instantes después.
Mientras estrechaba su mano, la señora Darling se quedó observándola.
La encontró delgada y con aspecto enfermizo.
A pesar de eso, Lucy era una mujer atractiva, de ojos oscuros y profundos.
Llevaba un bello peinado y vestía a la última moda, con un vestido azul oscuro, hecho de seda india, corte perfecto y encajes que realzaban el cuello y las muñecas.
Para hacerla sentir más cómoda, la señora Darling le expresó su admiración por el vestido y la tela, pero se sintió un tanto sorprendida cuando la visitante exclamó indignada:
—¡Este es uno de los vestidos que me hizo la convicta Fairweather cuando la tuve asignada, señora Darling! No era de buen carácter, pero sí muy hábil con la aguja, así que se puede imaginar lo molesta que me quedé cuando se fugó.
—Sí, debe de haberlo estado —asintió cortés la esposa del gobernador—.
Las buenas costureras son difíciles de encontrar en esta ciudad, como sé por experiencia propia.
—Esperó un poco y luego, con alguna incertidumbre, preguntó—: ¿Es por…
? —Estuvo a punto de decir «Alcestis», pero se detuvo a tiempo—.
¿Es por esta chica por lo que ha venido a verme, señora Van Buren?
—Sí, desde luego. Sabrá usted, por supuesto, que es la autora de ese relato sesgado y lleno de falsedades sobre las condiciones en la isla de Norfolk, esa carta en la que se hace llamar Alcestis.
Había un tono áspero en la voz de Lucy Van Buren. La señora Darling se estremeció al oírlo.
—Usted me lo dijo el otro día, en la fiesta de jardín —respondió sin comprometerse—. Pero ¿tiene pruebas? ¿Ha admitido la joven que escribió la carta?
—Lo ha hecho su esposo. El señor Cox ha sido destituido de su cargo en el asentamiento y, hace unos días, regresó a bordo del Amity.
Por sugerencia mía, el señor Marsden, el reverendo Samuel Marsden, nuestro capellán principal, lo interrogó sobre el asunto.
Terminó admitiéndolo todo. Tengo entendido —añadió la rencorosa señora Van Buren— que el señor Marsden, con toda razón, me parece, ha exigido su dimisión del servicio de capellanes de prisiones.
Está claro que ese hombre no es apto para el servicio, señora Darling, ya que sus opiniones sobre el trato que se da a los delincuentes comunes en la isla de Norfolk son similares a las de su esposa.
—Ya veo —respondió la señora Darling con tono indiferente.
El reverendo Samuel Marsden no era uno de los funcionarios de la colonia por los que ella sentía afecto.
En las ocasiones en que ese hombre había venido desde Parramatta para predicar en la iglesia de Saint Philip, en Sídney, ella había tenido que soportar sus sermones con todo, menos agrado.
El tipo los pronunciaba con un acento duro y en tono autoritario, y sus amenazas de fuego y condenación eternos para los impíos, repetidas con frecuencia, le habían parecido de mal gusto, sobre todo porque que se dirigían a una congregación en la que se encontraban el gobernador y su personal.
Y Marsden, según le habían dicho, no solo era uno de los funcionarios más antiguos de la colonia, sino también uno de los terratenientes más ricos, cuyas ovejas de pura raza rivalizaban en número y valor con las de los Macarthur.
Emitió un sonido de preocupación y repitió en voz baja:
—Ya veo —aunque no estaba entendiendo lo que la señora Van Buren intentaba esbozar.
Sin querer, le vinieron a la mente las últimas líneas de la carta de Alcestis: «robarles la esperanza, aunque pudieran reformarse, ¿no es eso crueldad?
». La esposa del capellán había escrito esas palabras en referencia a delincuentes comunes de los que, en esos días, Lucy Van Buren había hablado con palabras tan ultrajantes.
Además, el capellán principal de la colonia, por lo visto, parecía más que dispuesto a privar a los pobres desgraciados de su guía espiritual, como si quisiera que el castigo que merecen los impíos cayera más rápido sobre estos.
La señora Darling reflexionó con tristeza que esa reacción del señor Marsden era típica de la llamada facción elitista, de esos respetables miembros de la sociedad que no habían llegado a Sídney encadenados a bordo de un barco de convictos.
El párroco había exigido al marido de Alcestis que renunciara al servicio de capellán solo porque el desafortunado joven clérigo se había atrevido a defender las opiniones de su esposa.
No había ningún otro motivo: solo las opiniones cristianas de su esposa y…
La señora Darling contuvo el aliento. Y también sus propias opiniones, pues ¿ no había dicho Cristo que había más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitaran arrepentirse?
Se movió inquieta. También había dicho que el que estuviera libre de pecado tirara la primera piedra.
—He pasado por el patio de armas de camino aquí —dijo la señora Van Buren— y he visto cómo expulsaban a esos dos soldados. Su Excelencia estaba allí y…
La señora Darling apenas la oía.
—¿Por qué ha venido, señora Van Buren? —preguntó con una indignación que la sorprendió incluso a ella misma—. ¿Por qué ha querido verme?
Lucy Van Buren la miró con sorpresa y dolor. Hizo ademán de levantarse, pero se volvió a sentar, como decidida a no ceder.